EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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JUSTICIA Y FUERZAS DE SEGURIDAD

                   Después de haber analizado como se financia esta estructura, me parece oportuno que pasemos a estudiar aquellos 'servicios básicos' que, algunos suponen, deben ser impuestos por la fuerza física. Esto es, la 'justicia', las fuerzas de 'seguridad' y, luego, en otro Capítulo, la educación y la salud.

La Justicia

                   “...los llamamientos repetidos y apasionados a la justicia y a las exigencias de la justicia, lejos de ofrecer posibilidad de contacto o de inteligencia, aumentan la confusión, agravan las diferencias, acaloran las contiendas y, como consecuencia, se difunde la persuasión de que, para hacer valer los propios derechos y conseguir los propios intereses, no se ofrece otro medio que el recurso a la violencia, fuente de males gravísimos... La confianza recíproca entre los hombres... no puede nacer y consolidarse sino con el reconocimiento del orden moral”, Juan XXIII1 .

                   Para empezar a hablar de justicia, me parece importante comenzar por aclarar un concepto que, a mi entender, no ha sido suficientemente considerado. Ya sabemos que sólo Dios conoce a la verdad de modo absoluto, de manera que, la justicia en términos absolutos es Su prerrogativa. Así y todo, dicen algunos teólogos, en rigor de verdad, ni siquiera El cuando juzga condena en el sentido humano, más allá de haber establecido normas perfectamente justas y que, por tanto, 'condenan' de por sí, en cuanto que cada uno elige: el bien o el mal, la condena. Sino que es el propio hombre el que, puesto frente al Señor de la Creación, se 'auto juzga', se condena o se salva a sí mismo. Es decir, prevalece absolutamente, hasta el último momento, no sólo el libre albedrío frente a la decisión de aceptar o no las normas perfectamente justas, de amar a Dios, sino de arrepentirse verdaderamente. Lo que, en realidad, no tiene nada de extraño. Efectivamente, dada Su infinita misericordia e infinito respeto por nuestra libertad, no hace otra cosa que intentar salvar a las personas hasta el último momento. Perdona hasta los pecados más graves y los perdona siempre. Dios, y esto es verdadera justicia, nunca le impone penas al hombre coercitivamente, violentamente, porque esto significaría contradecir su propia esencia.
                  
                   De otro modo, podría decirse que Dios, el Bien, reconoce el bien y lo confunde -de suyo- con Su propia esencia y que al mal, sencillamente, 'no lo reconoce'. En cualquier caso, lo que nos debe quedar claro es que, en cuanto que el bien o el mal en nosotros es el resultado de nuestro libre albedrío, no es Dios quién -en términos humanos- decide donde vamos sino que siempre somos nosotros los que decidimos el lugar. No es el momento de entrar en una discusión teológico-metafísica, pero alguno podrá pensar que si cada uno, puesto frente a Dios, fuera el responsable de elegir su propio destino2 nadie elegiría el infierno. Pues, por increíble que parezca, quienes están en el 'fuego eterno', dicen los teólogos, lo están por decisión propia, porque su soberbia les impide aceptar la presencia del Señor de la Creación junto a ellos en el Cielo. Esta breve digresión teológico-metafísica no viene a cuento para ponerme en teólogo, que no lo soy, sino simplemente para señalar que, en definitiva, la verdadera justicia, que proviene de Dios, no implica imposición de ninguna clase sino propio reconocimiento o asunción de las responsabilidades, derechos y obligaciones que a cada uno le corresponden. Lo que hace a un principio metafísico fundamental que es que, finalmente, la justicia debe surgir por acuerdo entre las partes y nunca debe ser una imposición coactiva desde ámbitos o personas 'jerárquicamente superiores'. La imposición violenta, coercitiva, de penas o castigos, por parte de terceros, de ninguna manera y en ningún caso puede llamarse justicia -peor aún, esto sería una verdadera burla- sino que es simplemente represión y venganza. Y la represión y la venganza solo sirven para alentar más violencia.

                   En cualquier caso, lo primero que me preocupa es que quede claro que, para el hombre, la justicia absoluta está definitivamente vedada, quedándonos solamente la relativa. En otras palabras, no es un intento por encontrar 'la' verdad, sino un simple acuerdo entre partes de modo de mantener el orden y la funcionalidad de la sociedad, evitando, justamente, la violencia que, en todos los casos, es dañina. Es decir, que la justicia humana no es más que un intento por conseguir que la convivencia social sea pacífica, eficiente. Y aquí es donde aparece, crudamente, el racionalismo de esta 'justicia' coercitiva, en el hecho de que está basada en el supuesto de que, con la razón humana, se puede llegar en forma absoluta a la verdad3 . Por otro lado, santo Tomás deja muy claro que, estrictamente, al hombre sólo le compete la justicia entre partes, la justicia 'conmutativa o directiva de los cambios o negociaciones', según habíamos visto4 . La otra, la distributiva -la de dar a cada uno lo suyo según su naturaleza y dignidad- estrictamente, es competencia de Dios. Remarcando, luego, claramente que "En todas las obras de Dios se encuentran necesariamente la misericordia y la verdad; con tal de que por la palabra 'misericordia' se entienda la remoción de cualquier defecto... en la naturaleza racional, creada para ser feliz...Pero toda obra de la justicia divina presupone siempre una obra de misericordia, y se funda en ella..."5 . Insisto, el hombre puede sólo aspirar a la justicia conmutativa -relativa entre partes- lo demás, la justicia distributiva, es obra de Dios fundada en su infinita misericordia, de la que el hombre sólo participa a través del orden natural -de la razón, de la Providencia, según vimos, de modo intrínseco- lo que implica, necesariamente, un básico respeto por el libre albedrío.

                   En consecuencia, la 'justicia' coercitiva en general, pero particularmente la penal 6, constituye una verdadera acción represiva y vengativa, es la expresión 'legal' de la necesaria represión del Estado violento. Por otro lado, si al hombre le está vedado el conocimiento de la verdad de modo absoluto, resulta francamente temerario, por decir lo menos, el encarcelar -ni hablar de la pena de muerte, que a la vida sólo Dios la puede quitar- a una persona. Sobre todo si las cárceles son lo que hoy son. Y arruinarle la vida, basándonos solamente en verdades conocidas parcialmente. Y las cárceles no son lo que son por pura casualidad, sino porque su fin real es la represión y la venganza, y nunca la recuperación del recluso. Mal puede alguien pretender realmente la rehabilitación de una persona si, primero, no confía en él como ser humano de valor infinito, frente al Ser Supremo.

                   Una cosa es neutralizar (preferiblemente con sabiduría y no con fuerza física) a un enfermo psiquiátrico que está, en ese momento, provocando severos daños; y otra, muy distinta, es legislar, por caso, que el juez debe encarcelar a todo el que, a su 'juicio', roba. Sin saber, de modo absoluto, si es culpable y en qué medida, si lo hizo por necesidad, si estaba bajo el influjo de las drogas, si fue inducido o engañado, si tenía motivos psicológicos para robar -por ejemplo que el propietario lo insultara por ser pobre todos los días, que la madre lo abofeteara por no traer dinero, que siendo ex prisionero nadie quisiera darle trabajo, y demás- y millones de circunstancias más que a nosotros nos resulta del todo imposible calibrar con certeza y que, en cambio, el orden natural si ordena de modo justo. El problema del racionalismo es que, al no creer en el orden natural -en nada anterior a la razón humana- no cree que éste pueda ordenar nada y, consecuentemente, tiene que, a partir de la razón, diseñar el modo de como lidiar con el 'delito', con la 'inmoralidad'. Y, como este diseño es posterior, no preexiste, tiene que imponerlo violentamente y, a semejante barbaridad -en el clásico sentido de la palabra bárbaro: primitivo, salvaje- pretenden llamarlo 'justicia'.

                   La experiencia empírica demuestra que no es cierto que el delito se solucione, ni siquiera se prevenga con la 'justicia' penal coercitiva. Por el contrario, los datos muestran que la cárcel empeora a los que entraron por algún delito y perjudica severamente a los inocentes -que no son pocos- que fueron 'erróneamente' encarcelados. Es decir que, existe evidencia abrumadora en el sentido de que, el actual sistema penal violento, no sólo no sirve para mejorar la calidad de vida de la sociedad en su conjunto, sino que la empeora 7. No sirve como sistema preventivo por muchos motivos. Para empezar, porque al ser la 'justicia' coercitiva una falsedad, lo que en la realidad ocurre, generalmente, es que quienes son culpables, pero tienen el poder material suficiente -es decir, justamente, quienes tienen capacidad de hacer más daño- quedan libres 8. Los que caen son los segundos, y muchas veces caen por haber cometido el 'delito' de traicionar a su jefe. Pero los primeros, rápidamente, pervierten a nuevas personas para que ocupen el lugar de los encarcelados. Como no existe modo científico de adelantar con certeza lo que ocurrirá con la sociedad y, en consecuencia, no hay modo de planificarla, al no existir, o al menos, al no tener conocimiento de que exista justicia penal surgida de la regencia del orden natural -aunque entiendo que alguna experiencia hubo9 - es decir, no impuesta violentamente, no puedo anticipar seriamente como funcionará. Pero, como sí existe justicia surgida por común acuerdo entre las partes, en otros ámbitos, lo que sí podemos hacer es intentar, a partir del estudio de la existente, y teniendo en cuenta lo que sabemos del orden natural, trazar algunas líneas generales.

                   Me parece oportuno aclarar que se suele calificar a esta justicia como 'privada'. En cualquier caso, la rescato no en el sentido de perteneciente a un individuo, sino en el de no coercitiva, no violenta, sino surgida por acuerdo voluntario entre las partes. No se trata, pues, de 'privatizar' en el sentido de entregársela a alguna empresa o grupo egocéntrico, sino de no pretender la incoherencia de querer imponerla violentamente y, en cambio, dejar que surja espontáneamente, dentro de la sociedad, como consecuencia de la vigencia del orden natural y la verdadera autoridad -moral, no coercitiva- que supone. Es así que, en el mundo, ha existido la justicia 'privada' desde tiempos inmemorables, demostrando, durante centurias de funcionamiento, que es en extremo eficiente y económica. Es importante notar que, la 'privada' ha surgido, espontáneamente, porque las distintas partes del mercado encontraron que éste era un modo de ordenar y hacer más eficientes sus actos. Es decir, que mientras que ésta es, de hecho, como corresponde al hombre, una justicia relativa entre las partes, por su origen, su modo y su funcionamiento, la 'justicia' coercitiva, en cambio, no surgió como una necesidad relativa entre las partes, sino que fue impuesta desde arriba por el legislador. De modo que, por su origen, modo y funcionamiento, intenta emular algo que, hemos dicho, está vedado a los hombres, y esto es la justicia en términos absolutos.

                   Por caso, la Cámara Arbitral de la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, durante más de cien años ha impartido justicia relativa. De las setenta a ochenta causas que pasan cada año por este tribunal, en menos del diez por ciento de los casos los fallos no son acatados por alguna de las partes. Lo que significa un porcentaje muy bajo, mucho menor que el de los tribunales del Estado racionalista. Porcentaje que podría todavía reducirse sustancialmente sino fuera que, muchos se amparan, finalmente, en la 'justicia' estatal coercitiva. Pero, también, vale señalar que la eficiencia de la 'privada' no termina en el hecho de que sus resultados, en cuanto a impartir justicia son inmejorables, sino que, además, el tiempo promedio desde que se hace una denuncia hasta que se logra un fallo inapelable, es de solamente dos meses. Y aún más, es notablemente económica y se autofinancia, lo que le da verdadera independencia y, además, no significa una carga financiera para quienes no utilizan sus servicios. Por otro lado, estos tribunales tienen una ventaja profesional definitiva, desde que, como se realiza entre pares, puesto que las mismas partes se han obligado libremente, conocen el tema de que se trata al detalle. Y juzga, como corresponde a la justicia relativa, a la justicia humana, de acuerdo a los usos y costumbres vigentes 'en tiempo real' y no en base a pesados códigos, forzados por una 'autoridad superior' -el dios racionalista y su orden artificial- que fueron escritos en otras circunstancias y por legisladores que no pudieron haber previsto cada caso en particular.

                   Aquí se impone que discutamos, rápidamente, el tema de los códigos impuestos coercitivamente, puesto que no significan otra cosa que la planificación más cerrada, el constructivismo más racionalista en lo que a 'justicia' se refiere. Así "Los códigos son una especie de programa legal, por el cual deroga el Estado todo lo que no está en él", afirmó Savigny. Luego Alexis de Tocqueville escribió que "Il n'y a rien de plus politique chez un peuple que la legislation civile" (no existe nada más político en un pueblo que la legislación civil). Y Juan Bautista Alberdi: "Otro error nocivo a la libertad, es el creer que... pueda ser creada por decretos... en leyes políticas... De este error... resulta otro... que si las anteriores leyes no han producido libertad, las modernas la harán nacer si están mejor escritas...Siendo la sociedad... el producto de una evolución natural, como lo es todo organismo animado, tanto individual como social... un código no puede ser... jamás el programa de su indefinible e indefinido porvenir... Los códigos romanos... fueron el testamento de la sociedad romana... no el programa de su vida imposible de prever...Los códigos sancionados por vía de programa obligatorio... pueden... embarazar el progreso natural del organismo social... porque las sociedades tienen su historia natural, la ciencia de su organismo social, como la tiene el organismo de todo ser viviente... los germanos no tenían códigos, pero eran libres, según Tácito... los ingleses... no tienen códigos". Finalmente, según Roscoe Pound, en su 'The Development of Constitutional Guarantees of Liberty', "...en la teoría romana final la ley procedía del emperador -era hecha por él- en la teoría inglesa era preexistente..." 10.

                   Sin duda, resulta sintomático que Cicerón haya escrito "Summun jus, summa injuria": el extremo derecho, es extrema injusticia 11. Sólo esta incoherencia, clara, simple y sencilla, es suficiente razón lógica para dar por tierra con toda la teoría de la codificación coercitiva. En cualquier caso, debe quedar claro que, lo negativo, no es el derecho romano en sí mismo -que bien podría ser aplicado en forma voluntaria por cualquier institución- sino la imposición coercitiva, violenta. Del mismo modo en que no es buena la tradición inglesa en sí misma, sino en cuanto significa mayor respeto al orden natural, preexistente a la razón humana12 . De hecho, la codificación coercitiva, significa la imposición coactiva de normas por encima de lo que era tradicional hasta ese momento, que eran 'las costumbres'. Esto se establece claramente en el Imperio a partir de la imposición del Corpus Iuris Civilis en el año 533. Así, en las Institutas de Justiniano (1, 2, 6), de ese año, puede leerse que 'La voluntad del legislador tiene la fuerza de una ley', coincidiendo, indisimuladamente -aunque no históricamente, porque es anterior- con las ideas extremadamente racionalistas de Hobbes. En contraposición con esto, sir John Fortescue, escribió en 'De laudibus legum Angliae' (De los elogios a las leyes de Inglaterra), que "Un Rey de Inglaterra no puede, a su voluntad, hacer ninguna alteración a las leyes del país... en el Derecho Civil (la codificación romana)... lo que agrada al Príncipe tiene el efecto de una ley... Un Rey de Inglaterra, no esgrime una espada semejante sobre sus súbditos".

                   De cualquier manera, insisto, el sistema anglosajón, si bien es más 'libre', por cuanto no pretende imponer códigos cerrados, sigue siendo un sistema coercitivamente impuesto por el Estado y es esto lo verdaderamente negativo. Hechos estos comentarios con respecto a los códigos coercitivos, volvamos al tema central. Es de destacar que, el éxito de la justicia no coactiva, reside en el peso de su propio prestigio, y no en la fuerza física. Visto que, quién no cumple con algún fallo queda, de hecho, fuera del mercado. Una justicia que es capaz de imponerse sin violencia, hace de verdad a la convivencia y cooperación, y a la eficiencia social. Y esto es verdadera y efectiva autoridad, autoridad moral. Lo que, finalmente, resulta en un mayor beneficio tanto espiritual, como material, para la sociedad. Con respecto a la justicia penal, lo que está claro es que, si a una persona la ponen frente a un 'juez' que, de hecho, le está diciendo que intentará demostrar que es culpable, para luego enviarlo preso a una cárcel, en donde, probablemente, sea torturado -física o sicológicamente- obviamente, esta persona no sólo no cooperará en absoluto, sino que hará todo lo ético y no ético que sea necesario para evadir la pena del tribunal. Y, seamos honestos, ¿quién puede culparlo por intentar evadir la tortura?

                   Lo primero que debemos tener en cuenta es que, de no existir el Estado racionalista, de imperar el orden natural, no sólo no habría desocupación ni salarios misérrimos sino que, como ésta institución es la principal promotora de la violencia y la inmoralidad, la calidad moral de la sociedad sería muy superior. Y esto redundaría en una baja muy sustancial de las actividades delictivas. Luego, la eliminación del sistema penal racionalista, 'verdadera escuela de delincuencia', también redundaría en una disminución de la actividad criminal. Finalmente, debemos considerar que, básicamente, existen las siguientes clases de delincuentes: los que lo hacen presionados por necesidades urgentes, los 'enfermos' psicológicos o sociales y los enfermos mentales o la combinación de estas posibilidades13 . En cualquier caso, un verdadero tribunal "penal", debería ser una institución con verdadera y efectiva vocación de recuperar a la persona. Solucionándole sus problemas, en lugar de reprimirlo violentamente con lo que consigue un delincuente todavía más resentido. Un verdadero tribunal "penal" debe empezar por reconocer el infinito valor de la persona humana14 , por muchos delitos que haya cometido, y su sorprendente capacidad de recuperación. La Iglesia Romana, por caso, tiene una larga historia de grandes pecadores que terminaron siendo grandes santos. De hecho, en el caso de los enfermos mentales, si bien es todavía una ciencia muy joven, la psiquiatría ha avanzado mucho últimamente, pudiendo hoy recuperar para la sociedad personas que, no muchos años atrás, eran encerradas debido a su supuesta peligrosidad potencial para sí y para terceros.

                   Resumiendo, cualquier tribunal "penal", primero, debe reconocer que nunca conocerá la verdad de modo absoluto y que, en consecuencia, su accionar no tendrá otro fin que intentar el entendimiento para la convivencia pacífica. Lo que realmente importa, primero, no es quién cometió el homicidio, por caso, sino que no se produzcan más muertes y, segundo, intentar que el homicida auto reconozca su pecado pero, de ninguna manera para vengarnos, sino para que pueda enmendar su vida. Luego, el tribunal deberá reconocer que cualquier persona tiene un valor infinito y, en consecuencia, deberá ahondar en los problemas del delincuente de modo de lograr su recuperación, en base a una efectiva solución de sus problemas 15. Un tribunal "penal" deberá ser una institución de verdadero servicio para el delincuente y, consecuentemente, para la sociedad. Sin olvidar, por cierto, a las víctimas, que muchas veces necesitan más ayuda que los criminales debido al injusto daño físico, psicológico o moral que recibieron. Irónicamente -en rigor, coherentemente con su maldad intrínseca- el sistema 'judicial' actual suele olvidarse de las víctimas preocupándose solamente por la venganza contra los delincuentes. De funcionar esto así, otra sería la disposición del reo y otros los resultados del accionar del tribunal. Y la sociedad podría vivir en forma mucho más civilizada y pacífica. Es verdad que, frente a un delito grave, resulta difícil, heroico, olvidar las ansias de venganza y de represión, pero algún día deberemos alcanzar la suficiente madurez como para poder vivir la vida plenamente.

Las fuerzas de 'seguridad'

                   Obviamente, la consecuencia directa de cualquier institución cuyo principio sea la 'organización' violenta, coactiva, es que necesita tener fuerzas armadas -ejércitos, policía y otras- que le permitan ejercer este 'poder'. Necesariamente, en la medida en que el principio de 'existencia' social sea la violencia, éstas serán represivas y nunca preventivas. Porque de lo que se trata es de forzar un 'orden' contra natura, una sociedad racionalista, artificial y no prevenir un ataque a la verdadera moral, a la que -por ser artificiales- más allá de la retórica, no adhieren. Sabemos que las guerras son producidas por los Estados coercitivos16 . Efectivamente, en la medida en que son organizaciones que se imponen violentamente, muchas veces, lo que sucede es que esta imposición toma envergadura de guerra, ya sea contra 'enemigos' internos o externos, ya sean activos o pasivos. Activos cuando, por las razones que fueran, deciden iniciar una. Pasivos cuando son 'víctimas' -la violencia atrae a la violencia- porque otro grupo violento, extraño al que actualmente ejerce el poder sobre el territorio en cuestión, decide, por las razones que fueran, intentar tomarlo. Así, en rigor de verdad, estas instituciones significan la violencia del más fuerte, esto es así de hecho y lo es históricamente 17, tema que ya hemos analizado al estudiar 'La violencia institucional', en el Capítulo IV de la Parte Primera. 

                   El caso más curioso es el del terrorismo y la guerrilla, que no significa más que otro grupo violento que pretende arrebatar el poder a los que actualmente lo ostentan. En la medida en que la estructura estatal coercitiva no exista, la guerrilla y el terrorismo, no existirán sencillamente porque no tendría ningún sentido. Efectivamente, lo que les interesa a los violentos es la toma de las instituciones, estructuras, recursos y modos que permiten el ejercicio del poder por medio de la fuerza física. Si éstas no existen, sencillamente, por un lado, no tiene sentido intentar tomar lo que no existe y, por el otro, no tiene sentido, tampoco, tomar violentamente algo que se les da pacíficamente. No tiene sentido que Usted le saque a su madre un vaso de agua utilizando una ametralladora automática, si lo más probable es que su madre se lo diera, sin tanto despliegue cómico. En una sociedad sin Estado violento, cualquier persona tiene la posibilidad cierta y efectiva de obtener lo que quiera en forma pacífica, de modo que carece de sentido (y hasta haría el papel de ridículo) tomar las cosas violentamente. Como el principio fundacional de la policía, por caso, de cualquier institución violenta -y en la medida en que lo sea- es corruptor, en el sentido de que es un cuerpo creado a los fines de ejercer la violencia, no extraña, por el contrario es previsible, que buena parte de los delitos sean cometidos directamente por su personal, o por sus 'amigos', o por personas que pagan el 'derecho' correspondiente.          

                   Como es imposible que mente humana alguna pueda adelantar el futuro y, en consecuencia, planificar a la sociedad, no sé cómo serían las fuerzas de seguridad en una sociedad sin Estado violento. Pero hay algunas cosas que sí están claras y que nos permiten concluir algunas generalidades. Lo que surge clarísimamente es que, en una sociedad gobernada por el orden natural, las fuerzas armadas represivas no tienen ningún sentido. Por otro lado, lo que sí sabemos es que existen múltiples experiencias de guardia 'privada' dentro de territorios privados -clubes de campo, barrios cerrados, y demás- y que ésta ha demostrado ser únicamente defensiva-preventiva y nunca represiva, me refiero, claro está, a guardia efectivamente privada y no, lo que muchas veces sucede, a contubernio entre estatal coercitiva y 'privada'. Y ha demostrado ser mucho más eficiente y mucho más económica. Nuevamente, insisto, no se trata de 'privatizar' a las fuerzas de 'seguridad' en el sentido de entregarlas a una persona u organización egocéntrica sino de dejar que la sociedad, sin ser coaccionada, se organice bajo el reinado del orden natural. En consecuencia, lo que sí podemos afirmar es que, de existir distintos tipos de fuerzas de seguridad, tanto internas como externas, éstas serían verdaderas fuerzas preventivas y defensivas, nunca represivas, y serían mucho más eficientes y económicas. Y no serían corruptas.
              
                   Sin olvidar, por cierto que, en una sociedad sana, la fuerza física no tiene sentido. Si bien a algunos puede parecerles muy ideal la posibilidad de que existan sociedades sin fuerzas de seguridad, lo cierto es que en micro escala estas sociedades existen. Nadie tiene, por ejemplo, un policía en su casa para evitar que los hijos maten a los padres. Existen muchas empresas, edificios, clubes, y otros micro territorios, en donde conviven permanentemente muchas personas y, sin embargo, no tienen personal de seguridad. En cuanto a la seguridad externa, el caso de Suiza es sintomático. Este pequeño país, prácticamente no tiene fuerzas armadas. Aun así, durante la Segunda Guerra Mundial (SGM), a pesar de que poderosas fuerzas capaces de invadirlo como quien pasea por un parque pasaron por su alrededor, nadie se atrevió a violar un centímetro de su territorio. Esto, ciertamente, no fue casual sino el resultado, por un lado, de su política de relativa libertad que consigue que todos tengan intereses allí y, por tanto, estén interesados en mantener su neutralidad y, por el otro, a su acción externa no asociada a ninguna política coercitiva, ni a la moderna OTAN, ni a las Naciones Unidas, ni a ningún otro organismo multinacional estatal coercitivo dedicado a la 'seguridad' internacional.
 
                   Por otro lado, esto prueba que una sociedad, en la medida en que es gobernada por el orden natural, sin fuerzas de 'seguridad', no sólo no corre el riesgo de ser invadida, externa o internamente, sino que su fuerza moral, teórica y de hecho, resulta tan grande que a nadie se le ocurriría violarla haciendo uso de la violencia. Aún más, resulta obvio que corre mayor riesgo de violencia quien tiene mayores fuerzas de 'seguridad' violentas que quien no las tiene. En cuanto a la 'utilidad' de las guerras, y ya que mencioné a la SGM, me parece interesante citar el siguiente testimonio del actor Charlton Heston "... recuerdo estar volviendo desde ultramar en una mañana soleada de victoria al final de la Segunda Guerra Mundial;... pensábamos que la libertad rápidamente se esparciría por todo el mundo. El mundo quedaría libre de guerra y tiranía. Estábamos equivocados. Fue la tiranía la que prosperó, por más de cuarenta años. Es importante recordar: existió un Imperio Demoníaco, hubo una Guerra Fría... y ganamos" 18. Es decir que, la SGM, en lugar de acabar con una tiranía, como se decía pretender, en realidad, dio lugar y hasta legitimó a otra, la estalinista, quizás peor. Pero, ¡oh paradoja!: esta última dictadura luego fue vencida, ¿cómo?, sin guerras, a través de la paz, en lo que Juan Pablo II, sin duda, tuvo mucho que ver19 . "Parecía como si el orden europeo, surgido de la  segunda guerra mundial y consagrado por los Acuerdos de Yalta, ya no pudiese ser alterado más que por otra guerra. Y sin embargo, ha sido superado por el compromiso no violento de hombres que, resistiéndose siempre a ceder al poder de la fuerza, han sabido encontrar, una y otra vez, formas eficaces para dar testimonio de la verdad. Esta actitud ha desarmado al adversario, ya que la violencia tiene siempre necesidad de justificarse con la mentira y de asumir, aunque sea falsamente, el aspecto de la defensa de un derecho o de respuesta a una amenaza ajena", asegura Juan Pablo II20 .
                  
                   Lo que malograron los 'poderosísimos' ejércitos aliados luego fue resuelto, de acuerdo con el orden natural, sin violencia, por la paz y la fe. Ahora, la gran pregunta es ¿qué hubiera ocurrido si los Aliados no le hubieran presentado batalla al régimen Nazi? Como dije ya muchas veces, el cerebro humano no puede predecir el futuro, es decir, que no puede adivinar, consecuentemente, tampoco puedo saber con certeza que hubiera ocurrido -nótese que el cerebro humano es tan débil que ni siquiera podemos 'predecir' el pasado, es decir, que no podemos saber que hubiera ocurrido en el pasado dadas otras hipótesis, por la misma razón por la que no podemos predecir el futuro- pero sí puedo 'proyectar' el futuro. De modo que, siendo estrictos en la aplicación del orden natural, podemos afirmar que, de no haber atacado los Aliados, lo que hubiera ocurrido es que el régimen Nazi hubiera caído, más tarde o más temprano, de modo inexorable y, seguramente, provocando menos daño que la SGM. De hecho la SGM le prolongó la vida y le dio más poder y 'autoridad', por cuanto todo el pueblo germano se unió debido a que había que 'defender a la Nación Alemana'. Además, no se hubiera 'legitimado' al régimen estalinista, ni se le hubieran entregado tantos territorios y poder. Lo que hubiera provocado una caída más rápida del 'muro de Berlín', más aún, este muro difícilmente hubiera existido.

La corrupción 

                   "Que triste es para la república y que odioso es para las buenas personas ver que aquellos que entran en la administración pública cuando son pobres terminan ricos y gordos en el servicio público"21, Juan de Mariana, jesuita y escolástico español.
                                   

                   Habiendo estudiado la justicia, y rozado el tema de la corrupción al hablar de las fuerzas de 'seguridad' violentas, me parece éste el lugar oportuno para extendernos un poco más. Según la Real Academia Española -por tomar alguna referencia aunque probablemente no sea la mejor- corromper es alterar, trastocar la forma de alguna cosa, echar a perder, depravar, dañar, pudrir; y la corrupción es la acción y efecto de corromper o corromperse. En consecuencia, como la violencia es la destrucción, implica, entonces, la corrupción de la naturaleza humana. De donde, cualquier organización violenta, es decir, contraria al orden natural es, por esto mismo, por definición, inevitable agente de corrupción. Y, si es la organización más violenta es, por lo mismo, el mayor agente de corrupción. Ya se ve, por la cita de Mariana, que la corrupción ni es un fenómeno nuevo, ni exclusivo de ningún país. La abrumadora cantidad de casos que ocurren diariamente en los sistemas -ejecutivo, legislativo, 'judicial' y de 'seguridad'- en la medida en que son coercitivos, incluidos, por cierto, los países 'civilizados', son una demostración clara de que ésta es sistémica. De hecho, en los cientos de países en donde impera, durante cientos de años, se han ensayado todas las 'soluciones' posibles y, sin embargo, todo sigue igual.
                  
                   Es así que, en las sociedades artificiales, y en la medida en que sean coercitivas, la destrucción tiene su principal fuente -sino el origen- en el Estado violento, que significa la corrupción del mercado, de la natural tendencia a la cooperación pacífica y voluntaria, que caracteriza al ser humano. Y esto no es más que el intento por destruir el orden ético y moral, el orden natural. De modo que, es absolutamente irónico pretender que la corrupción dentro del institucionalismo coercitivo, que inevitablemente irradia con mucha potencia sobre el resto de la sociedad, tenga algún tipo de solución. Puesto que, al ser agente corruptor por naturaleza -en rigor de verdad, anti naturaleza- la única solución es la supresión de la violencia estatal. Vamos a ver. A partir del momento en que un funcionario tiene el poder de coerción en sus manos 22, es decir, alguien que en menor o mayor grado ejerce un poder violento, por ejemplo, el funcionario que decide que artículos Usted puede pasar por la aduana -con o sin pagar aranceles- y cuáles no, necesariamente será arbitrario. Porque la violencia es arbitraria -extrínseca al libre albedrío- desde el momento en que queda decidida por la persona que la ejerce. Para que nos quede claro esto, notemos que lo normal, en las relaciones sociales -entre las personas- es la cooperación que implica la aceptación voluntaria de todas las partes involucradas. Por ejemplo, cuando usted compra una bebida en un bar, significa que quiere hacerlo pero, también, que el vendedor quiere venderle.
                  
                   En cambio, al funcionario en cuestión, no le importa si Usted compró, voluntariamente, un televisor, por caso, a un comerciante en el exterior que voluntariamente quiso venderle. El, arbitrariamente, decidirá por su cuenta -ya sea que esgrima una ley, en cuyo caso la arbitrariedad será compartida con el legislador, o simplemente su criterio- quedando desde ya corrompida la esencia del orden natural social. En rigor de verdad, es imposible corromper al orden natural porque es anterior, lo que realmente sucede es un intento del funcionario en cuestión por destruir el orden natural. Y, en consecuencia, sólo destruirá a la sociedad, de la que forma parte. Para que quede bien claro, insisto en que es de orden natural el principio de supervivencia, y la necesidad de existencia de la sociedad humana. Es, en consecuencia, de orden natural la cooperación y el servicio voluntarios entre los seres humanos. Porque la violencia -extrínseca a la naturaleza humana y, por tanto, de suyo arbitraria- significaría violar el principio de supervivencia de la sociedad. Al ser una acción arbitraria, entonces, ya queda corrompido el debido respeto a la naturaleza social del hombre.
                 
                   El funcionario en cuestión tiene varios modos de decidir arbitrariamente, y siempre, necesariamente, su decisión será egocéntrica, por simple definición, por mucho que esgrima 'la defensa del bien común' que, ciertamente, a los hechos me remito, será destrucción del bien común. Porque, mal se puede servir al bien común si no se empieza por respetar a la persona, lo voluntario y lo natural. Ya sea que su propio argumento sea el dinero, el poder, la política, la patria, la mujer, el amigo, los intereses partidarios o lo que fuera, su decisión, y esto es lo importante, insisto, será necesariamente egocéntrica. De verdad que lo mismo da que su excusa fuera la 'moral'. Una moral muy mal entendida, por cierto, y que, generalmente, degenera en los peores dictadores que terminan siendo los más corruptores. Porque, no sólo corrompen como consecuencia de ser funcionarios coercitivos sino que, además, lo hacen con la idea de moral. De aquí a recibir un soborno hay sólo un pequeño pasillo extremadamente resbaladizo. Aunque por cierto que, el soborno, no es la corrupción, insisto en que podría hacerlo por un amigo, por intereses partidarios, por la 'moral esotérica' o por lo que le venga en gana, y seguiría existiendo la corrupción porque ésta es la violación de la naturaleza humana.

                   Algunos argumentan que, lo sistémico, es la imperfección humana, su inclinación al mal. Pero lo cierto es que, en innumerable cantidad de casos, las mismas personas tenían comportamientos éticos razonables una vez fuera del sistema coercitivo y antes de ingresar. Más allá de que ya ha quedado demostrado el sistema perverso de la violencia, lo cierto es justamente al revés. Es decir, si el hombre fuera perfecto -que es lo que supone el racionalismo- no habría problema con el sistema coercitivo, porque el ser humano sería siempre perfectamente justo a la hora de la arbitrariedad que implica la coacción. El problema es, precisamente, que como el hombre no es perfecto, necesariamente sucumbirá ante un sistema que, de suyo -por extrínseco- lo obliga a ser egocéntrico y arbitrario. Es absolutamente ingenuo -es desconocer mucho a la naturaleza humana- pretender que una persona que ejerce la coerción, que decide arbitrariamente –egocéntricamente- no fallará. Porque toda decisión humana, de modo necesario e inevitable es, por imperfecta, en alguna medida incorrecta. Consecuentemente, la arbitrariedad de la violencia será, de modo necesario e inevitable, corruptora, por muy 'santo' que sea el funcionario, porque lo contrario sería pretender que es perfecto. Lo que el racionalismo no comprende es que, precisamente, como el hombre no es perfecto ni nunca lo será, debemos extremar el respeto al orden natural -necesario y espontáneo- que, siendo 'infinitamente sabio', es el único camino seguro hacia el bien.
                                   
                   El corolario es que, sin duda, poner a una persona en un cargo coercitivo es prácticamente obligarlo a corromperse. Los 'moralistas' partidarios del sistema coactivo, llegado el momento de los hechos prácticos, no pueden desconocer esta abrumadora realidad y, consecuentemente, suelen 'justificar' -siempre a 'escondidas' y en una conversación personal- un 'poquito de corrupción'. Se me dirá que no hay que ser tan estricto con la verdad, ¡como si se pudiera ser lo suficientemente estricto con la verdad! El último corolario importante que quiero dejar planteado es que, por todo lo que hemos visto, la corrupción es lo que se opone a la eficiencia, desde que supone la destrucción. Para visualizar lo sistémica e intrínseca que es dentro de un sistema coercitivo, veamos algunos ejemplos concretos.

                   Supongamos que un destacado empresario, que vive de los privilegios que le otorga el gobierno -reservas de mercado, trabas aduaneras para sus competidores y demás- decide presentarse en la licitación de alguna privatización. Supongamos que un alto funcionario del gobierno recibe una generosa donación a su cuenta de Suiza, por parte de otra empresa que desea quedarse con la privatización en cuestión. Este funcionario, todo lo que tiene que hacer es recordarle al primero que vive de los privilegios que él le garantiza y, amablemente, pedirle que le diga cuál es el precio ofertado en los sobres cerrados. Acto seguido, el funcionario informa de este precio a la empresa que le donó fondos a su cuenta. Esta presenta un precio levemente superior y gana la licitación con todas las de la ley. En un caso así, ¿cómo podría demostrarse que hubo corrupción? Después de todo, el funcionario lo único que hizo fue 'pedirle' un simple comentario 'casual' y el empresario accedió 'voluntariamente' en una conversación de amigos. A lo sumo podría notarse un enriquecimiento súbito del funcionario en cuestión, pero este enriquecimiento podría ser fácilmente disimulado o justificado.

                   Pero veamos otro ejemplo que, lamentablemente, vemos todos los días y no nos asusta porque nos hemos acostumbrado, nos parece normal. Supongamos que una empresa determinada tiene un privilegio monopólico garantizado por un ministro. La empresa en cuestión, contrata al hijo del funcionario estatal para un cargo de primera línea, le dona a su mujer todos los fondos que solicita para sus obras de caridad, participan en todos los emprendimientos que el ministro solicita, lo invitan a partidos de tenis, almuerzos, casamientos. Finalmente, consiguen que un hombre de confianza de la empresa sea asesor del ministro, y demás. ¿Usted cree que el funcionario estatal le quitará a la empresa su privilegio? Y esto es corrupción en forma de soborno, muy sutil, pero soborno al fin. Para 'demostrar' que la corrupción tiene que ver con la naturaleza humana y que, por tanto, no es sistémica dentro del Estado coercitivo, suele señalarse que en el 'ámbito privado' también existe. Cuando lo cierto es que, más allá de los casos excepcionales -como cualquier mal comportamiento del hombre, recordemos su naturaleza inferior- que no sirven para formar reglas generales, en general, la corrupción 'privada' tiene su sustento directo o indirecto en el Estado coercitivo. Efectivamente, el tipo de corrupción 'privada' más común es aquella en donde un empresario privado soborna a un funcionario público, precisamente, para que éste último le de la oportunidad de favorecerse con la coerción estatal. Por ejemplo, trabas aduaneras para sus competidores, o adjudicarse trabajos contratados por el Estado, o conseguir 'reservas de mercado', y tantas otras lindezas que leemos como si tal cosa todos los días en los periódicos.

                   Los demás casos de corrupción 'privada' tienen un origen indirecto en la coerción estatal. Los ejemplos que podríamos estudiar son infinitos, pero todos responden al mismo principio: se originan, justamente, en la violencia que introduce el Estado coactivo en el mercado natural. De modo que, para muestra, basta un caso. En un momento dado, a un Estado racionalista, se le ocurrió que todos los automovilistas debían usar cinturones de seguridad. Esto provocó un aumento artificial excesivo en la demanda de estos implementos que se tradujo, inmediatamente, en un aumento exagerado en las ganancias de las empresas fabricantes. Así las cosas, un gerente de compras de una de estas compañías solía comprar los insumos para la fabricación de estos implementos a precios más caros, perjudicando a su empresa pero recibiendo para sí un soborno. Como la demanda había sido aumentada artificialmente, el aumento en los costos de producción originados en este acto de corrupción, no hacían mella en las finanzas de la empresa fabricante de los implementos y todos quedaban contentos, empezando por el sobornado. Si la demanda de los cinturones de seguridad no hubiera sido artificialmente aumentada, los márgenes de ganancias para los fabricantes hubieran sido altamente competitivos. Y el aumento en los costos de los insumos, provocado por este acto de corrupción, hubiera sido inmediatamente detectado o la empresa hubiera sufrido las consecuencias. En cualquiera de los dos casos, el acto de corrupción no hubiera podido tener lugar o hubiera sido rápidamente eliminado por la misma empresa, o por el mercado haciéndola quebrar.
      
                   De aquí, entre otros motivos, dicho sea de paso y para terminar, es que me parece que la 'filosofía egocéntrica' del liberalismo 23 es peligrosa. Porque deja lugar a la justificación de la arbitrariedad, cuando las relaciones sociales sanas nunca son el producto del arbitrio -egocéntrico- sino que son el resultado del voluntario acuerdo entre las partes. En otras palabras, la actitud normal en una sociedad natural, cuando una persona enfrenta a otra, es tratar de dar efectivamente, actualmente, algo positivo y no pensar como podría beneficiarse uno mismo sin importar lo que resulte actual y efectivamente para el otro. Si vivimos pensando en como satisfacer nuestro ego, terminaremos justificando la violencia de modo de garantizarnos privilegios a costa de otros. Si vivimos pensando, sanamente, que el Bien está en hacer el bien al prójimo y, consecuentemente, esto es lo que se debe buscar -lo demás, nuestro bien, se dará por añadidura- entonces, no tendremos lugar para justificar el daño hacia terceros.

Un ejemplo: El llamado 'Tráfico de drogas'

                   Ya que estudiamos a las 'organizaciones' de principio violento, su 'justicia' y sus fuerzas de 'seguridad', a modo de ejemplo estudiemos, ahora con alguna profundidad, un caso de mucha actualidad para ver, en los hechos, como funciona la corrupción. Lo primero que llama poderosamente la atención es que, aun cuando está por demás probado que el alcohol produce más muertes -por lo menos en los Estados Unidos- que la cocaína, la heroína y la marihuana24 , aun así, poco se ocupan los Estados coercitivos de esta droga líquida, pero mucho de las otras. ¿Será casualidad? Vamos a ver. El juego en el que estamos inmersos hoy en día, en que algunas drogas están 'prohibidas' -entre comillas porque, en rigor de verdad, como veremos, no lo están- se desarrolla, más o menos -y sin con esto involucrar a todos los funcionarios estatales, que, seguramente, los habrá inocentes- de la siguiente manera. El Estado racionalista impone coercitivamente la 'prohibición' de la producción, tráfico y venta de algunas drogas, pero no prohíbe, de hecho, el consumo. Con lo cual, lo que realmente hace es otorgarle el monopolio a los traficantes que ya existen, dejando libertad para el uso, porque lo que le importa es que haya consumidores pero no competidores. De modo que, sin lugar a dudas, puede decirse que existe, en general, libertad para el monopolio de la droga a pesar de la interesada propaganda masiva que pretende que creamos lo contrario.
                                   
                   Hay que ser francamente ingenuo para creer que, el Estado artificial, con los recursos que posee, el número de hombres en sus fuerzas de 'seguridad', la cantidad de armamento, el equipamiento de alta tecnología como radares, escuchas telefónicas, aviones, helicópteros y demás, no puede encontrar a los traficantes que abastecen a cualquier simple ciudadano que, normalmente, sólo cuenta con un teléfono móvil como todo equipamiento. La policía del Estado coercitivo hace 'cumplir' las leyes, es decir, evita que cualquier traficante entre en el mercado. Salvo, claro está, por los que ya existen y que le pagan a las fuerzas de 'seguridad', no sólo para no ser molestados, sino para que evite la competencia. Los traficantes, de este modo, se ven beneficiados con el monopolio, de manera que pueden vender muy caro. Y este excedente lo utilizan para pagar al legislador, de modo que les mantenga el monopolio, al policía, para que evite la entrada de competidores, y al juez para que sancione a la competencia. Los espectaculares procedimientos policiales, que cada tanto se realizan, en donde caen traficantes y se decomisa droga, no son más que espectáculos montados a los fines de mantener a la opinión pública adormecida. Y sólo son castigados los traficantes intrusos, es decir, los que están fuera del sistema convenido con el legislador, juez y policía. No es casual que, muchas veces -algunos investigadores serios afirman que siempre- gran parte de la droga secuestrada en estos procedimientos, vuelva al mercado a través del circuito autorizado por los funcionarios del Estado coercitivo.
                                   
                  Está probado que la publicidad estatal, supuestamente antidroga, es, en realidad, propaganda subliminal a favor del consumo. Ya hemos visto que desde un punto de vista metafísico el mal, en cuanto tal, no existe y, consecuentemente, la propaganda negativa 'lo crea'. En las sociedades sanas, en donde el consumo de droga es bajo, no se la menciona. ¿Por qué? Porque está probado que la mención de algo induce al subconsciente, cuando no al consciente, a su favor, aun cuando se lo mencione negativamente25 . Y, sobretodo, si el que lo menciona negativamente es alguien con el desprestigio que tienen los Estados actualmente. La verdadera publicidad contra la droga es la propuesta de alternativas que la excluyan, sin mencionarla ni siquiera indirectamente. Porque su mención, aunque sea indirecta, claramente es propaganda. De modo que, el Estado coercitivo, primero la publicita y da libertad para aumentar el consumo. Luego la 'prohíbe' para mantener el monopolio de sus asociados -está por demás probada la participación de funcionarios estatales, legisladores, jueces y/o policías en prácticamente todas, sino todas, las bandas de traficantes- con el que realizan grandes fortunas. Y, finalmente, persiguen y castigan severamente a quienes pretendan traficar por fuera del circuito establecido. Es importante notar que la droga no es cara de por sí, sino por el monopolio que ejercen los delincuentes. De donde, de terminarse con esta reserva de mercado, lo que ocurriría, en forma inmediata, sería la desaparición de muchas plantaciones y traficantes y propagandistas, por la sencilla razón de que dejaría de ser un negocio tan rentable.
                                     
                   Es así que, no es casual que el Estado violento prefiera ocuparse de estas drogas y olvidarse del alcohol. Efectivamente, en su momento, en los Estados Unidos con la 'ley seca', intentó el monopolio de estas bebidas. Esto dio lugar a la aparición -o, al menos, a la consolidación- de la famosa 'mafia' que se encargaba de la parte 'sucia' del negocio, que compartían con el Estado. Es importante que, este monopolio, se refiera a una droga, por la simple razón de que ésta produce adicción y, en consecuencia, los adictos pagarán cualquier precio que los únicos vendedores autorizados decidan imponerles. Pero, el monopolio del alcohol fracasó, por la sencilla razón de que es de muy fácil producción casera, es decir, que le resultaba muy difícil controlar la competencia. De modo que, se olvidó de esta droga, y creó el monopolio de otras, que son más difíciles o imposibles de manejar sin su consentimiento. En definitiva, no se trata de liberar territorio para el monopolio de la droga26 , que es lo que buscan las organizaciones violentas, sino todo lo contrario. Se trata de, empezando por respetar el orden natural, negar la violencia -que muy hipócritamente dice 'prohibir' la droga- que sostiene al actual monopolio, dando lugar a una sociedad sana que pueda controlar efectivamente a todas las drogas dañinas -incluidas el alcohol y el tabaco- y, por qué no, llegar a eliminarlas o, al menos, conseguir minimizar el consumo.

1 Encíclica 'Mater et Magistra', Roma 1961, Tercera Parte, 56-57. Durante años he observado por la televisión (y a veces personalmente) como personas, sin duda, víctimas (o sus relaciones directas) de grandes injusticias, exigían en forma acalorada que 'se hiciera justicia'. Muchas veces, irónicamente, acusando al 'aparato judicial' de no hacer suficiente 'justicia'. Por el modo en que efectuaban su pedido, en forma acalorada, y por lo que pedían en nombre de la 'justicia' (muchas veces la muerte o la peor cárcel para él o los delincuentes) siempre me dio la impresión de que, en realidad (más allá del dolor genuino y profundo que inevitablemente sentían), lo que buscaban era venganza. Es decir, de ser posible, un perjuicio peor al delincuente. Como si con esto pudieran reparar de algún modo el daño que se había causado. Pero, lo más desconcertante era ver que, como, obviamente, este modo de 'justicia' no sólo no repara nada (ni evita futuros daños) sino que, ni siquiera permite la reconciliación (primero con uno mismo y luego con el resto), los meses pasaban y a veces los años, y, las personas en cuestión, no sólo no habían encontrado la paz sino que la herida se había ido agrandando. A tal punto que, muchas veces, hasta deseaban fervientemente hacer 'justicia con sus propias manos'. Conclusión: irónicamente, el 'sistema judicial' imperante, no sólo no hacía verdadera justicia, sino que les hacía perder mucho tiempo y esfuerzos y, lo que es aún peor, no sólo no les permitía encontrar la paz sino que alentaba la venganza y, consecuentemente, aumentaba la amargura. "'Buen trabajo, fin de la historia', exclamó con ira Chris Walsh, el hijo mayor de la mujer asesinada. No lejos de él, Bonnie Cannon, hermana de Joe, hasta ese momento había llorado y rezado. Se secó los ojos y suspiró: 'Soy feliz porque Joe finalmente está libre'", 'Antes de ser ejecutado, a condenado le explotó una vena', Diario Popular, Buenos Aires, 24 de abril de 1998, p. 19. Me parece que la crónica es suficientemente clara: la ira es del hijo de la víctima, mientras que la paz está del lado de los familiares del condenado, ya muerto. Aquí se entienden perfectamente las palabras del Papa Pio XII: "Os ha sido dada una vocación extraordinaria y casi querríamos decir privilegiada: expiar por el mundo verdaderamente culpable" (Radiomensaje a los encarcelados, 30/12/1951). Por el contrario, es de rescatar el éxito que tiene en los Estados Unidos un 'programa de reconciliación' que, si bien no va al fondo del problema (porque básicamente se mantiene el mismo sistema), al menos permite que, durante varias sesiones guiadas por profesionales, la víctima (o sus parientes) y el victimario, se encuentren y discutan los hechos sucedidos. Resultando en mayor paz para la parte agredida y un mejor reconocimiento de su culpa por parte del agresor. Generalmente (así lo he podido ver por televisión, y sólo Dios sabe hasta qué punto eran sinceros) éstas entrevistas culminaban con el perdón, por parte de la víctima, y el delincuente arrepentido, reconociendo el daño que había provocado y que se había causado él mismo, moralmente, prometiendo no volver a repetir algún delito. En algún caso, hasta terminaron amigos, y la víctima intentaba sacar de la prisión al victimario. En fin, en cualquier caso, lo primero que deberíamos hacer es intentar superar la psicosis que existe en muchas sociedades con respecto a los delitos; de hecho, normalmente, lo que sucede en estos países es que la cantidad de muertes por accidentes en el tránsito es muy superior a las ocurridas como consecuencia de actos delictivos, excluidos los delincuentes.

2 Esto, por cierto, tiene que ver con el libre albedrío, tema que ya hemos discutido. El C. Ig. C. asegura que (de paso, lo siguiente nos sirve para que no quede duda de la unidad de la persona humana, cuerpo y alma, de modo permanente, eterno y real) "'La misma santa Iglesia romana cree y firmemente confiesa que todos los hombres comparecerán con sus cuerpos en el día del Juicio ante el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propias acciones' (DS 859; cf. DS 1549)" (n. 1059). "La muerte pone fin a la vida del hombre como tiempo abierto a la aceptación o el rechazo de la gracia divina..." (n. 1021). "Cada hombre, después de morir, recibe en su alma inmortal su retribución eterna en un juicio particular que pone su vida en relación con Cristo, sea a través de una purificación (cf. Cc. de Lyon: DS 857-858; Cc. de Florencia: DS 1304-1306; Cc. de Trento: DS 1820), o bien para entrar inmediatamente en la bienaventuranza del Cielo (cf. Benedicto XII: DS 1000-1001; Juan XXII: DS 990), o para condenarse inmediatamente para siempre (cf. Benedicto XII: DS 1002)" (n. 1022). Y más adelante "Salvo que elijamos libremente amarlo, no podemos estar unidos con Dios... Morir en pecado mortal sin estar arrepentido ni acoger el amor misericordioso de Dios significa permanecer separados de El para siempre por nuestra propia y libre elección. Este estado de autoexclusión definitiva de la comunión con Dios y con los bienaventurados es lo que se designa con la palabra 'Infierno'" (n. 1033). "Dios no predestina a nadie a ir al Infierno (cf. DS 397; 1567); para que esto suceda es necesaria una aversión voluntaria a Dios (un pecado mortal), y persistir en él hasta el final" (n. 1037). Que Dios no predestine (cosa que sí hace la 'justicia' racionalista) significa que no promulgará ninguna ley que diga, por ejemplo, que el automovilista que mate a un transeúnte irá, inexorablemente, al Infierno (la 'justicia' racionalista, impondría otra pena, por ejemplo, dos años de cárcel). Dios, en su infinita sabiduría conocerá todas las infinitas variables que actuaron en el incidente y, luego, esperará hasta el último momento el verdadero arrepentimiento que, definitivamente, salve al automovilista, si es que tiene culpa. San Agustín lo pone de forma dramática, pero no por eso menos cierta: "¿No es verdad, Dios mío, que habiéndoos confesado yo mis culpas y acusándome a mí mismo, Vos ya habéis perdonado las impiedades de mi corazón? No alego esto con ánimo de entrar a juicio con Vos, que sois la suma Verdad...  porque si Vos, Señor, atendéis a todas nuestras culpas, ¿quién podrá comparecer en vuestra presencia?", 'Confesiones', I, V.

3 En cuanto a que 'la ignorancia del juez viene a ser la calamidad del inocente' sin duda es interesante la lectura del capítulo VI del Libro XIX de la 'De Civitate Dei' de san Agustín.

4 Ver 'Santo Tomás y la violencia institucional', Capítulo IV, Parte Primera (S.Th., I, q. 21, a. 1).

5 S.Th., I, q. 21, a. 4. Claramente el tema de la misericordia no es un tema menor. El infinito poder real, efectivo, eficiente de Dios proviene, precisamente, de su infinita misericordia. "Es propio de Dios usar su misericordia; y en esto, especialmente, se manifiesta su omnipotencia", afirma santo Tomás en la S.Th. II-II, q. 30, a. 4, in c. Si los hombres fuéramos infinitamente misericordiosos, esto es, nos adaptáramos infinitamente bien al orden natural, nuestra autoridad moral sería tan grande que, de hecho, realmente (efectivamente, eficientemente) seríamos todopoderosos. Piénsese, por ejemplo, en la Madre Teresa de Calcuta: durante los últimos años de su vida era una viejecita sin ningún poder político, prácticamente sin ningún poder económico, ciertamente sin ningún poder físico y, sin embargo, gracias a su autoridad moral, era capaz de conmover a millones de seres humanos, incluidos, por cierto, muchos 'poderosos'. Lo cierto es que "Sobre este punto el cristianismo de los primeros siglos cumplió con una intensa obra de inculturación de la fe, purificando corrientes significativas del pensamiento greco-latino de concepciones profundamente anticristianas. Platón, Aristóteles y, sobre todo, los estoicos, tendían a considerar la misericordia, la piedad y la compasión como sentimentalismos inútiles. La misericordia, para Aristóteles, no era virtud sino debilidad de viejos y adolescentes y para los estoicos una enfermedad del alma. Los Padres se opusieron a esta visión, acogiendo los principios presentes, por ejemplo, en Cicerón, quien rechazando como absurda la concepción estoica de la misericordia, la consideraba indicio de sabiduría, de moralidad y de bondad..." hoy existe "...una cierta mentalidad contemporánea, que 'parece oponerse al Dios de la misericordia...'(DM 2)... el teólogo R. Garrigou-Lagrange afirmaba... 'La misericordia divina es como la raíz, el principio de todas las obras de Dios, ella las compenetra con su fuerza y las domina. A título de manantial primario de todos los dones, ella es la que influye más fuertemente; por esto supera también a la justicia que viene a estar en segundo puesto y le está subordinada'. La obra decisiva del Padre, por tanto, es la misericordia. En ella se encierra el misterio de su amor que llega hasta el perdón. Esto llama a todos a una existencia nueva: la de verdaderos hijos de Dios", asegura el Comité para el Jubileo del Año 2000 en su 'Dios, Padre Misericordioso', Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid MCMXCVIII, pp. 77-8-9.

6 El juez de la Corte Suprema de Justicia argentina, Raúl Zaffaroni, y profesor de la Universidad de Buenos Aires, afirmó algo muy sintomático, refiriéndose a la 'justicia' coercitiva, racionalista (del modo en que la conocemos hoy): "La acción judicial nunca es popular en ningún país del mundo... el modelo penal no es una solución para aquellos conflictos... En el modelo penal, el que sufrió un daño no existe: el Estado reemplaza a la víctima. Para decirlo con un ejemplo, si en este momento alguien me rompe la cara, en el mejor de los casos el Estado viene y se lleva al que me golpeó. Yo digo: 'No quiero que lo pongan preso. (Por el contrario) Quiero que trabaje y pague la recomposición de mi cara'. Entonces, el Estado me responde: 'Señor... acá... usted no tiene nada que hacer'. Yo insisto: 'Mire que la cara es mía, y a mí me la rompió'. Pero el Estado confirma: 'No, no, la víctima soy yo'. Directamente me reemplazó. El penal es un modelo que nunca resuelve el conflicto... En la mayoría de estos casos se pueden encontrar soluciones más o menos aceptables dentro de la cultura occidental y contemporánea, y que no tienen nada que ver con el modelo punitivo", Viva, La Revista de Clarín, Buenos Aires, 18 de enero de 1998, p. 75.

7 Pareciera que las estadísticas dicen que, un aumento en las penas, no amedrenta a los delincuentes. "Más aún, las encuestas señalan que la cárcel es, en la mayoría de los casos, una escuela de delincuencia", asegura Mons. Ambrosio Echebarría, Obispo de Madrid, en la Presentación de la 'Pastoral Penitenciaria' de Evaristo Martín Nieto, Ediciones Paulinas, Madrid 1990, p. 6. En tanto que J. R. Iraeta opinó que "Las cárceles no disminuyen las tasas de delincuencia. Se multiplican las prisiones, se aumenta su capacidad, se mejora su personal, se transforman sus métodos, pero la cantidad de delitos y de delincuentes permanece estable, cuando no aumenta", 'La cárcel', Madrid 1977, p. 67. Esto quedó muy claro cuando se discutió, fuertemente, la pena de muerte en los EE.UU., encontrándose que, luego del establecimiento de esta pena, aumentaban los delitos correspondientes. "La prisión es un medio falso que hace que el prisionero sea cada vez menos apto para la vida social. Carece de finalidad... debe desaparecer", asegura P. Kropotkine en 'Las prisiones', Valencia 1897, p. 34. Entre 1972 y 1996, la población carcelaria en los EE. UU. aumentó de 164 a 550 personas por cada cien mil habitantes según Andrew Rutherford ('Beyond crime control', en Charles Murray, 'Does Prision Work?', IEA, London 1997, p. 47), y esto no provocó una disminución en los delitos reportados sino que, por el contrario, durante el mismo período, estos aumentaron de 3.000 a 10.600 por cada cien mil habitantes (ver Charles Murray, 'Does Prision Work?', IEA, London 1997, p. 2). Por otro lado, la prueba de que la cárcel empeora a las personas, es que las estadísticas muestran que la mayoría de los excarcelados son reincidentes, aun cuando la mayoría de los reclusos son inocentes, en el sentido de que o no cometieron el delito en cuestión o cometieron un delito al que le corresponde una pena menor a la que efectivamente le impusieron. Es famoso el caso, tratado en el largometraje "En el nombre del padre", ocurrido en Gran Bretaña, en donde se termina descubriendo, después de años de cárcel durante los cuales murió uno de los condenados, que no sólo eran inocentes sino que las pruebas fueron fraguadas por los policías y funcionarios judiciales. Pero ninguno de los fraguadores fueron jamás penados. Este es solamente un ejemplo de los cientos (sino miles) que han tomado estado público, considerando que el Estado racionalista se cuida muy bien de modo que estos hechos no sean conocidos, puede Usted sacar conclusiones de cuantos inocentes son encarcelados y sus vidas arruinadas, cuando no muertos. Entre los muchísimos modos que se utilizan para la criminalización de los pobres, por parte del Estado racionalista, puede leerse el artículo de Gerardo Codina '¿Hay chicos condenados de antemano?' en el diario Clarín (Buenos Aires, 2 de junio de 1999) en donde explica cómo, el sistema penal racionalista, libera extraoficialmente a menores que estaban encarcelados sin que se les hubiera probado delito, y esta liberación queda asentada como fuga en el expediente judicial; de este modo, los menores quedan convertidos en 'verdaderos' delincuentes y con un expediente engrosado. Pero en fin, esta vieja discusión acerca de la utilidad o no de las prisiones como instrumento para evitar el crimen, no hace estrictamente al tema de este ensayo porque, lo que aquí critico, es algo anterior, es decir, el sistema penal coercitivo; sin embargo me parece rescatable la abrumadora bibliografía contra las prisiones en cuanto demuestra que el sistema penal coercitivo, finalmente, es contraproducente. Entre quienes defienden las prisiones está Charles Murray (ver op. cit.) cuya única argumentación 'científica' son estadísticas que, ya sabemos, no tienen rigor científico definitorio, de hecho, sus estadísticas son luego fácilmente desmentidas por otros autores (por ejemplo, Andrew Rutherford, op. cit.) sobre bases más sólidas. Para una crítica a las prisiones puede leerse, además de los ya mencionados, entre muchos, a N. Christie, 'Social Control as Industry. Towards GULAGS, Western Style', Routledge, London 1995; A. Rutherford, 'Criminal Policy and the Eliminative Ideal', University of Southampton, Great Britain 1996; E. Currie, 'Confronting Crime: An American Challenge', Pantheon Books, New York 1985. En particular debe leerse al ya mencionado Evaristo Martín Nieto que con más de treinta años de experiencia en las cárceles y con el franco apoyo de la jerarquía eclesiástica, asegura que "Jesucristo vino a 'anunciar la libertad a los presos (Lc 4, 19). Juan Pablo II, comentando estas palabras en la cárcel romana de Rebbibia, dijo: '¿Es que estas palabras se deben relacionar con las estructuras de las cárceles en su acepción más inmediata, como si Jesucristo hubiera venido a eliminar las prisiones y todas las demás formas de instituciones de detención? En cierto sentido, así es también' (26/12/1983). Esto, en análisis profundo y en relación con la esencia del evangelio, significa que en el mensaje cristiano está contenida la abolición de la cárcel. No hay que hacer esclavos a los que Dios hizo libres...", op. cit., p. 16.

8 No es casual, por tanto, que las estadísticas muestren claramente que la población carcelaria está compuesta, en su gran mayoría, por personas provenientes de los estratos socioeconómicos más bajos. Lo que, sin duda, no es nuevo, ya Chuang-Tsé (probablemente el primer libertario) afirmaba en la China del siglo IV a.C. que "Un ladronzuelo... acaba en prisión. Un gran bandido acaba en jefe de Estado". Es una gran mentira, según veremos en la nota 20 siguiente, que esto se deba a la 'falta de educación'. Sí se debe, en parte, a la marginalidad, pero la marginalidad, justamente, es producto del sistema coercitivo. Ya vimos que, en un sistema basado en la coerción, en lo material, de modo necesario, 'triunfarán' quienes tienen más poder material. Pretender lo contrario, pretender que en un sistema, basado en la coerción, triunfen los ideales es de un 'romanticismo' filosófico (mejor dicho, incoherencia), de tan ingenuo, culpable.

9 El ejemplo más antiguo que he podido corroborar en Occidente ocurrió dentro de la Iglesia Católica. Desde el Apóstol san Pablo, era costumbre que los pleitos entre cristianos sobre cuestiones temporales fueran resueltos (en principio, por el procedimiento del arbitraje) dentro de la jurisdicción eclesiástica, que así intervino ampliamente en juicios de toda índole (cfr. José Orlandis, 'Historia de la Iglesia', Ediciones Palabra, Madrid 1977, T. I, p. 60 y ss.). Luego, las ferias en la región de Champaña durante la alta Edad Media (particularmente durante el siglo XIII, siglo extremadamente próspero) que constituían el principal emporio del comercio internacional de la época, en donde los asuntos de justicia se resolvían privadamente, entre las partes, en tribunales arbitrales, muy rápidos y eficientes, voluntariamente designados por las partes. Por otro ejemplo, en el estado de California, a mediados del siglo XIX, a raíz de que la 'autoridad federal' no había llegado aún al lugar, de hecho funcionaba una sociedad 'privada', y esto incluía justicia penal. Y la sociedad era, sin duda, extremadamente próspera y pacífica (a pesar de la deformación histórica que popularizaron los 'westerns'); de cualquier manera, los pocos datos que he podido estudiar, no me convencen mucho en el sentido de que esto funcionaba como una sociedad sin Estado coercitivo o, más bien, como una especie de concesión. Es decir que, si bien la autoridad inmediata era 'privada' en el lugar, en última instancia dependía del gobierno federal en Washington (ver 'The Pursuit of Happiness', William C. Dennis, The Freeman, Ed. The FEE, Irvington on Hudson, New York, July 1987, Vol. 37, no. 7, p. 252). En cuanto a la justicia en general sin duda resulta sintomático el hecho de que "...miles de estos chinos inmigrantes se volvieron ricos... Ellos se apoyaban en asociaciones de asistencia mutua para obtener préstamos, información comercial, reclutamiento de trabajadores, presentaciones empresarias, y, lo más importante, el cumplimiento de los acuerdos de palabra sobre los que gran parte de sus negocios estaba basado... Todavía hoy, un empresario chino que viola un acuerdo rara vez es llevado a los tribunales estatales. En cambio, es incluido en la lista negra. 'Si alguien no honra sus compromisos' asegura David Li, Jefe Ejecutivo del Hong Kong's Bank of East Asia, 'toda la comunidad china lo sabrá y estará acabado'", según recuerda Jerome Schneider en su 'The Complete Guide to Offshore Money Havens', Prima Publishing, USA 1997, p. 37. Para empezar una discusión, sin duda es muy interesante la opinión del chino Pao Ching-yen (siglo IV a.C.) según quien "Las disputas entre gente corriente son asunto trivial, ya que... no tiene... autoridad para lograr sus propósitos... Su poder... ¿Cómo van a compararse con una manifestación de furia real, capaz de desplegar ejércitos y batallones, y de hacer que gente sin enemigos ataque Estados que no les han hecho nada?"

10 citados por Alejandro A. Tagliavini, en 'Alberdi y la Constitución del 53-60 contra el Código de Vélez Sarsfield', Institución Alberdi, Buenos Aires.

11 'De Oficcis', I, X.

12 Para una mejor comprensión del derecho, y del 'common law' británico, ver Bruno Leoni, 'La Libertad y la Ley'; y L. B. Curzon, 'English Legal History'.

13 "Por supuesto, hoy en día tenemos una comprensión mucho mayor acerca de la complejidad del crimen y de las causas que lo producen. Ciertamente, el tema es objeto de un razonamiento mucho más sofisticado y se ha establecido, en particular, que cierta proporción de personas convictas sufren trastornos mentales que... requieren tratamiento psiquiátrico. Todavía se están investigando muchos otros factores predisponentes, entre los cuales se incluyen el divorcio, los hogares destruidos, la persistencia de la conducta criminal en algunas familias, la escasa concurrencia a las iglesias, el hecho de que la madre trabaje fuera del hogar, la salud y el tipo de empleo. Mientras tanto, el hombre común puede no tener presente el hecho de que en nuestra época los crímenes sumamente organizados requieren tal grado de preparación e inteligencia que la educación no es un factor competitivo sino complementario. Cuanto más inteligente es el criminal, más efectivo resulta el crimen. Pero es interesante observar que hasta ahora los científicos sociales ingleses no han informado una correlación definida entre la educación y el crimen. Así, Lord Packenham publicó ('Causes of Crime', Weidenfeld and Nicholson, Londres 1958) resultados de una investigación sobre las causas del crimen... que incluye la siguiente observación: 'Sin embargo, no creo que los distinguidos expertos que nos precedieron en la presentación de evidencias, entre ellos los representantes de la National Union of Teachers, hayan afirmado que, hasta ahora, se hayan hecho muchos progresos en lo que respecta a relacionar la educación con el crimen'", E. G. West, 'El caso infundado de la educación estatal', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997, p. 158.

14 "La imagen divina está presente en todo hombre. Resplandece en la comunión de las personas a semejanza de la unidad de las Personas divinas entre sí...", C. Ig. C. n. 1702 (según corrección publicada por la Conferencia Episcopal Argentina, Buenos Aires, septiembre de 1997). En contraposición con esto hoy en día "los presos se ven con frecuencia sometidos"... a "...la vejación, el desprecio y la tortura" asegura Evaristo Martín Nieto en 'Pastoral Penitenciaria', Ediciones Paulinas, Madrid 1990, p. 17.

15 Solemos olvidar que, cuando se comete un delito, en rigor (ver 'La violencia y la defensa propia', Capítulo I, Parte Primera), la naturaleza humana violada y que debe ser recuperada, es la del delincuente, no la del agredido. Ya Demócrito (460-370 a. C.) aseguraba que "Quien comete una injusticia es más infeliz que quien la padece" (Frag. 45).

16 Para tener una idea de los recursos humanos y materiales que se gastan en armamentos, leamos la siguiente cita: "... lo que está a la venta no son los excedentes del Proyecto Manhattan (dedicado a la construcción de una bomba atómica para la Segunda Guerra Mundial), sino sistemas fabricados ex profeso..." por los Estados "... para la Tercera Guerra Mundial... En 1939 cuando Albert Einstein le reveló... al Presidente Roosevelt que la bomba atómica era factible, la Sociedad Estadounidense de Física tenía solo 4.000 miembros. Casi la mitad... se unieron al proyecto Manhattan... el presupuesto relativamente ilimitado de ese programa fue muy importante para su rápido avance. Se le asignó... cerca de 2.000 millones de dólares en los años 40, cuando los equipos de investigación industrial más numerosos tenían un presupuesto anual del orden de los 10 millones", Tom Clancy y Russell Seitz, '¿Es Inevitable la Proliferación?', Facetas no. 100, USIA, Washington DC 2/93, pp. 36-37. Ya había dicho que, una vez instalado el Estado violento, muchas personas intentan sacar provecho de esta situación, en lugar de trabajar productivamente para la sociedad: "Durante la noche, Bruce Jackson es presidente del Comité de los EE.UU. para Expandir la OTAN, ofreciendo comidas íntimas a senadores y oficiales extranjeros. Durante el día, es el director de planeamiento estratégico de Lockheed Martin Corp., el mayor fabricante mundial de armamentos. El Sr. Jackson dice que mantiene sus dos identidades separadas, pero su empresa y su grupo de lobbying están peleando la misma batalla. Los contratistas de (el ministerio de) Defensa están actuando como diplomáticos para incentivar la expansión de la Organización del Tratado del Atlántico Norte lo que crearía un enorme mercado para sus productos... el mercado potencial solamente para jets de caza es de 10.000 millones de dólares...", 'U.S. Arm Makers Lobby For NATO Expansion', International Herald Tribune, Paris, June 30, 1997, p. 1. Para un análisis de como las economías 'libres' producen la paz (en razón de que, la libertad, permite la natural e inevitable interrelación entre las personas y pueblos), en contraposición con las economías intervenidas por la coerción de los gobiernos, que son fuente permanente de conflictos violentos, puede verse 'Welfare States at War', H. F. Sennholz, The Freeman, The FEE, Irvington on Hudson, New York, March 1987, vol. 37, no. 3, p. 103.

17 "El Estado, completamente durante su génesis, esencialmente y casi completamente durante los primeros estadios de su existencia, es una institución social, forzada por un grupo victorioso de hombres sobre un grupo vencido, con el único propósito de regular el dominio de los victoriosos sobre los vencidos, y asegurarse a sí mismos contra las revueltas internas y ataques del exterior. Teleológicamente, este dominio no tenía otro propósito que la explotación económica de los vencidos por parte de los vencedores... Ningún Estado original conocido para la historia se originó de ninguna otra manera", Franz Oppenheimer, 'The State', Fox & Wilkes, San Francisco 1997, p. 9. Según Frédéric Bastiat, la gran ficción del estatismo es aquella "por la cual cada uno trata de vivir a costa de los demás", 'Selected Essays on Political Economy', D. Van Nostrand Co., New York 1964, p. 144. Según Blaise Pascal "Los hombres indudablemente pelearan hasta que el partido más fuerte se sobreponga al más débil, y un partido dominante sea establecido", Pensées, J. M. Dent & Sons Ltd., London 1932, p. 87. Parker Thomas Moon, acertadamente, escribió que "No son las naciones las que erigen los imperios, sino los hombres. El problema consiste en descubrir a los hombres, las minorías activas en cada nación que tienen intereses concretos y se benefician directamente con el imperialismo, y a partir de allí analizar las razones por las cuales las mayorías pagan los costos y libran las guerras...", 'Imperialism and World Politics', The Macmillan Company, New York, 1930, p. 58.

18 'Remembering Great Men', Imprimis, Hillsdale College, Hillsdale Michigan, May 1997, Volume 26, Number 5, p. 7.

19 Ver 'Como el Papa venció al comunismo', B. Lecomte, Rialp, Madrid 1992.

20 Encíclica 'Centesimus Annus', Roma 1991, n. 23.

21 'Del Rey y de la Institución Real', Biblioteca de Autores Españoles, Rivadaneyra, vol. 31 (Madrid: ediciones Atlas, 1950), p.548 (citado por Alejandro A. Chafuén en 'Christians For Freedom', Ignatius Press, San Francisco, USA, 1986, p. 65).

22 Supuestamente, esta violencia, este poder coercitivo, ha sido delegado democráticamente por el pueblo. Semejante afirmación no tiene ningún sentido, según sabemos. Efectivamente: los derechos naturales son anteriores a nuestra persona, de modo que no tenemos ninguna posibilidad de delegarlos, aun cuando lo quisiéramos fervientemente. Así como no tenemos derecho al suicidio, porque no lo tenemos para eliminar ninguna vida humana futura, no tenemos ninguna posibilidad de delegar en nadie el ejercicio de la violencia sobre nosotros, mucho menos sobre terceros. Otros la justifican diciendo que, como, según el orden natural, la autoridad del gobernante proviene de Dios, esta coerción del funcionario, en definitiva, proviene del Señor de la Creación (créame, algunos afirman esto y no son sólo los fundamentalistas islámicos). Es absolutamente cierto que la verdadera autoridad, en definitiva, proviene de Dios, pero de aquí a afirmar que así se justifica la coerción del funcionario, existe un largo camino imposible de transitar (por lo menos dentro del orden natural). Porque, precisamente, si la autoridad proviene de Dios, que es en absoluto incapaz de violencia, la violencia es contraria a la verdadera autoridad que es moral.

23 ver 'El racionalismo liberal y libertario', en el Capítulo III de la Parte Primera, y 'El gasto social' en el Capítulo VI de la Parte Segunda. "El contenido de la libertad se transforma entonces en amor propio, con desprecio de Dios y del prójimo; amor que conduce al afianzamiento ilimitado del propio interés y que no se deja limitar por ninguna obligación de justicia...", Juan Pablo II, Encíclica 'Centesimus Annus', Roma 1991, n. 17.

24 Según el Consejo Nacional Sobre Alcoholismo de los EE.UU., durante 1985 se registraron solamente 3.562 casos de muerte por el uso de alguna droga ilegal. Aun suponiendo que miles de muertes más, no reportadas, estuvieron relacionadas, de una forma u otra, aunque sea de modo indirecto, con el abuso de drogas ilícitas, se puede concluir que la cantidad total de marihuana, cocaína y heroína que daña a la salud, es sólo una pequeña parte de la que afectan el tabaco y el alcohol. Efectivamente, durante ese mismo año murieron alrededor de 200.000 personas por abuso de alcohol y alrededor de 320.000 por abuso de tabaco.

25 "La definición tradicional de la publicidad la describe como una comunicación de un auspiciante identificado a través de un medio impersonal pagado", Lawrence Fisher, 'Industrial Marketing', Business Books Limited, London 1969, p. 170. "Hay que señalar que, hasta que aquél (el consumidor) llega a ser consciente de una oportunidad, ésta, en un sentido real, no existe para el consumidor. Así, pues, la tarea de hacer que el consumidor 'capte' la oportunidad se convierte en parte integrante de la tarea de conseguir que dicha oportunidad esté disponible", Israel M. Kirzner, 'Competencia y Empresarialidad', Unión Editorial, Madrid 1998, pié de p. 164. Apenas aparecida la televisión, en los Estados Unidos, podían verse propagandas negativas. Por ejemplo, una fábrica de automóviles que señalaba las ventajas de su modelo con respecto a otro de la competencia, al que calificaban de malo comparado con el propio. Hoy este tipo de propaganda, prácticamente, ha desaparecido. La razón de esto es que, los publicitarios, encontraron que, este tipo de avisos negativos, solían tener el efecto contrario. Es decir, la gente, por naturaleza, suele desconfiar de los negativos, los desconfiados, y, en cambio, suele ser compasiva con los agredidos. Entre los políticos suele ser muy popular un dicho atribuido a Salvador Dalí: "Espero que me mencionen, aunque sea bien". Porque manejan muy bien el hecho de que, la falta de propaganda, los convierte en 'no existentes' frente a la opinión pública que, de este modo, jamás los tendrá en cuenta. "Los más destacados profesionales norteamericanos, como Robert Abelson, profesor de psicología y ciencias políticas en Yale, Donald Kinder de la Universidad de Michigan y Susan Fiske de la Universidad de Massachusetts, coinciden en que el principal factor que decide el voto es el sentimiento. Lo que resulta coherente... dado que la publicidad masiva influye casi exclusivamente en los sentimientos... De cualquier manera no deben confundirse los sentimientos sanos y válidos con un sentimentalismo barato... Esto no significa que los principios no sean importantes, lo son, pero en realidad son más importantes..." los sentimientos, Alejandro A. Tagliavini, 'Cómo decide la gente', La Prensa, Buenos Aires, 29 de marzo de 1989, p. 9. "... Van Gordon Sauter, en aquel entonces jefe de la división noticias de la CBS, aseguraba que los noticieros de las cadenas de televisión inevitablemente terminaban fijando la agenda de las aspiraciones nacionales de aprensión, júbilo y propósitos, aseveración conocida como 'la hipótesis de fijar la agenda'. Esta hipótesis sostiene básicamente que los espectadores imitan la televisión, es decir que si a lo largo de un período la mayor parte de los reportajes son dedicados a un tema en particular como, por ejemplo, el tráfico de drogas, y si entonces, días después y fuera del contexto de la televisión, se le pregunta a la gente cuál es el principal problema que enfrenta el país, contestará: el tráfico de drogas. En definitiva, los espectadores atribuyen importancia a lo que ven en proporción al tiempo en que lo ven. Pero a su vez la televisión busca el 'rating', y es aquí donde Shanto Iyengar y Donald Kinder...en su libro 'News That Matter. Television and American Opinion', se preguntan: ¿expresa la realidad la televisión o expresa la televisión la realidad? Es decir quién es primero: ¿la realidad o la televisión? ...pero probablemente la respuesta sea, justamente, la duda, y quizá sea en esta duda en donde reside el arte de manejar este medio de comunicación ...la evidencia muestra a un público con una memoria limitada a las noticias del último mes y una vulnerabilidad recurrente a las de hoy. La gente no toma en cuenta todo lo que sabe y sí considera lo que le viene a la memoria, aquellos fragmentos de la memoria... que le son accesibles en forma instantánea", Alejandro A. Tagliavini, 'El poder de la prensa', diario La Prensa, Buenos Aires, 17 de mayo de 1989, p. 9. Me parece que queda claro, pues, la peligrosidad de la propaganda masiva 'negativa' (o lo importante que resulta cuando se quieren conseguir adeptos para aquello que se menciona 'negativamente'). Personalmente, poco tiempo atrás, pude observar un hecho por demás sintomático. Un gobierno realizó una campaña televisiva, supuestamente, contra la droga. El aviso en cuestión, terminaba diciendo "Drogas, ¿Para qué?". La respuesta de los niños fue inmediata, solían repetir en la escuela: "Colegio, ¿Para qué?", es decir, consciente o inconscientemente, comparaban la idea del colegio con la que la propaganda en cuestión transmitía sobre la droga. Lo más preocupante del caso es que, en mi opinión, en la comparación, ganaba la droga. Una cosa muy diferente es el relato 'objetivo' de un hecho puntual, por ejemplo, que un médico, que goza de prestigio entre los oyentes, informe que una persona particular murió por sobredosis de cocaína, cuando se le pregunta por las causas del deceso. Porque, en este caso, el médico no está intentando hacer propaganda barata, es decir, 'informando acerca de la existencia de la droga e intentando influenciar la decisión (supuestamente negativa) de potenciales consumidores', sino que simplemente está, profesionalmente, relatando las causas y efectos. Lo que en realidad sucede es que la verdadera y sana publicidad no es más que una información (con la carga de sentimientos que esto supone), lo más 'objetiva' posible, acerca de las ventajas de determinado producto, y nunca un intento por sobrepasar el libre albedrío del consumidor. Porque, en este caso, en defensa propia, de su naturaleza, de su libre albedrío, reaccionará (de modo espontáneo) negativamente. Su razonamiento subconsciente será el siguiente: "Si esta institución intenta burlar mi libre albedrío que es parte de mi más pura esencia, ¿por qué he de confiar en sus productos y propaganda?, por el contrario, debo defenderme de ellos".

26 Como se podrá ver, mi planteo final no consiste en 'legalizar' la droga, porque, eventualmente, ésta podría estar prohibida, por la verdadera autoridad (moral), dentro del Estado no coercitivo o dentro de los ámbitos privados en que se dividiría la sociedad. Más aún, creo que proponer la 'legalización' significaría, en alguna medida, desorientar al público. Sin embargo, para un estudio serio del tema, ver 'Evidencias para su legalización', E. A. Nadelmann, Facetas no. 85, USIA, Washington DC 3/89.