EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

Volver al índice

EL FUTURO DE LOS ESTADOS

                   El mundo en general, históricamente con idas y venidas, viene desarmando las estructuras coercitivas -'desregulando' y 'achicando al Estado', entre otras cosas- hasta en la China comunista 1. La creciente apatía frente a la política que existe en los países de Occidente, siguiendo por el hartazgo que produce la burocracia estatal, particularmente en lo concerniente al pago de impuestos, conlleva una rebelión contra el Estado actual. Visto que, entre otras cosas, no podría existir de no ser por su capacidad de extraer coercitivamente recursos de la sociedad, a menos que rematara sus activos. Carga impositiva que luego no se traduce en beneficios, porque los malgasta debido a que es, en la medida en que utiliza la violencia coercitiva, intrínsecamente ineficiente en todas y cualquier actividad. En contraposición con esto, cada vez es mayor la participación de los ciudadanos en actividades sociales, como entidades de bien público y fundaciones sin fines de lucro, privadas. Lo que viene a dejar claro que, no se trata de un desinterés social por el prójimo, sino todo lo contrario2 . Este 'Tercer Sector', las organizaciones comunitarias no gubernamentales, viene creciendo tanto que hoy está de moda hablar de ellas. Y muchos, intuyendo el hartazgo que produce la ineficiencia del Estado coercitivo, ven en este sector la solución para la sociedad futura. Pero esta discusión, a mi modo de ver, y sin pretender desmerecer a estas organizaciones privadas de bien público, desvía la atención sobre el verdadero problema: la violencia.

                   El Estado, en la medida en que su modus vivendi es violento, en cambio, produce las guerras, promete seguridad y hoy existen amplios sectores de la ciudadanía que le temen a la policía estatal. Promete salud y educación y sólo aquellos que no tienen recursos se ven obligados a tener que acudir a los servicios estatales. Promete 'justicia' y hoy pocos le creen pero, además, la 'justicia' estatal coercitiva es juez y parte, de donde, no existe defensa real de la persona humana frente al Estado moderno. Por otro lado, el Estado racionalista se origina, se sostiene y maneja, en base al monopolio de la violencia. De otro modo, si recaudara impuestos en forma voluntaria se convertiría, de hecho, en una institución 'privada', que competiría ofreciendo sus servicios. Insisto, privada en el sentido de surgida espontáneamente bajo el gobierno del orden natural, no de posesión avara de algún personaje egocéntrico, porque este tipo de posesión, si efectivamente impera el orden natural, está dirigida al fracaso y la consecuente desaparición.

                   Es cierto, sin duda, que en la sociedad del hombre, también existe violencia, corrupción. Es decir, que existen personas que, de vez en cuando, tienen arranques violentos porque esto hace a la naturaleza humana 'extendida' que refiere san Agustín. Y aquí aparece la "'naturaleza caída' del hombre, surgida del pecado original", que tanto, y con razón, pues efectivamente el hombre es capaz de actuar mal, preocupa a los autores católicos. Pero, vamos a ver. Por un lado, una cosa es la violencia como excepción y otra como 'modus vivendi'. En ambos casos debe ser retirada de la sociedad. Si una persona tiene una actitud negativa, la sociedad natural se ocupará de retirarla -si un comerciante agrede a cada cliente, nadie entrará en su local y, finalmente, quebrará- al menos momentáneamente en tanto no se auto controle. Pero, si una organización tiene a la violencia en forma permanente, debe ser definitivamente retirada del mercado. En otras palabras, como ésta es siempre negativa, debe evitarse siempre, si es causa excepcional, excepcionalmente, si es regla permanente, debe evitarse permanentemente.

                   Inexorablemente 3, porque es imposible detener el derrotero del orden natural, el Estado del futuro será la comunidad organizada, pero basada en aquello que es propio de la actividad privada cuando es verdaderamente libre: la cooperación y el servicio voluntarios 4. Y aquellas sociedades que más rápidamente avancen en la vigencia plena, el gobierno, del orden natural, es decir, en la supresión de la violencia, de la coerción estatal, como método de 'organización' social, serán las sociedades más sanas, las más fuertes, las más justas y las más humanas 5. Está  claro que no se puede negar la necesidad de leyes y gobierno humano. Eventualmente, cualquier organización, institución, comunidad, club, empresa, sociedad de bien público o la entidad que fuera, puede tener las leyes y el gobierno que quiera. Y Usted puede, voluntariamente, asociarse o no. Mucho menos, por cierto, podemos oponernos al orden y la organización, sino todo lo contrario. De lo que se trata es de evitar, insisto, la violencia, con mayor énfasis cuando ésta es el 'modus vivendi', el principio de 'organización' obligatoria. Porque la violencia, lo dice el tomismo y lo corroboran miles de años de historia humana, a la inversa de lo que los racionalistas pretenden que creamos, produce caos, desorden, destrucción y mutilación.

                   No se trata de privatizar al Estado del modo como pretenden los liberales o libertarios, porque esto configura una utopía. Se trata de eliminar, lo más rápidamente posible y lo más profundamente posible, al aparato político institucional que se arroga el derecho de diseñar y 'organizar' por vía violenta a la sociedad. Se trata de trocar 'autoridad' coercitiva por autoridad real, es decir, moral. Se me preguntará que cómo será la sociedad en la medida en que se elimine a la coerción como método de 'organización'. Como sabemos, no hay forma científica de saberlo con certeza, lo único que puedo afirmar con seguridad, es que será una sociedad con una autoridad como el orden natural ha previsto. Se dirá que, en definitiva, la postura de este ensayo sólo difiere de los libertarios en una cuestión semántica. Que, al fin de cuentas, el Estado no coercitivo que preveo es lo mismo que privatizarlo al modo liberal. No resulta fácil explicar que esto es muy diferente porque, como no puedo planificar un Estado futuro, sólo puedo llamar al respeto al orden natural, no puedo compararlo con la postura racionalista. Pero, intentaré que el lector visualice lo que quiero decir.

                   Supongamos una empresa que pertenece a un Estado racionalista. ¿Qué dirá el liberalismo? Que se privatice, es decir, que el institucionalismo coercitivo, manteniendo todas las demás reglas constantes, venda a un grupo privado la empresa en cuestión. Y, en consecuencia, la única diferencia es que habrá cambiado la titularidad del propietario. Seguramente, el privado será más eficiente, pero básicamente todo seguirá igual. La empresa privada, desarrollará su actividad dentro de la sociedad artificial, el mercado capitalista, con todas las injusticias que esto supone y que estudiaremos con más detalle. La posición aquí expuesta es la de la eliminación de la violencia en general pero, particularmente, como método de 'organización' social, de modo que el orden natural pueda imperar libremente, que éste sea el principio de organización social. Y, en la medida en que esto se consiga, cambiarán radicalmente todas las reglas del juego -según iremos estudiando: el concepto de justicia, de seguridad, la moral, la ética, la educción, las ciencias, la legalidad y demás- y, en consecuencia, las empresas funcionarán de modo muy diferente, toda la sociedad lo hará. ¿De qué modo? Insisto, no lo sé con exactitud ni puedo saberlo ni existe cerebro humano que pueda.

                   En fin, la vida está en el servicio -fundamentalmente, hacia aquellas situaciones más críticas, es decir, los más pobres, los más necesitados- en la cooperación voluntaria. El miedo a la ausencia del Estado violento, a la vigencia del orden natural, es el miedo a la vida, a la moral y a la ética. Miedo que nos ganamos, ahora sí, con el 'pecado original', es decir, que es producto de nuestras imperfecciones, de nuestro materialismo finito, de nuestras inseguridades y demás actitudes egoístas, que nos llevan a pretender tener todo 'materialmente' seguro, cuando lo único seguro es Dios. Sin duda, en el fondo, el problema es un problema de índole ética y moral, de hecho, la coerción conlleva la corrupción de la naturaleza social del hombre. Pero, además, los principales enemigos de la verdadera libertad, son, sin duda, los mezquinos, y de visión corta, intereses creados.

1 Algunos liberales (ver, por ejemplo, Alberto Benegas Lynch h., 'Socialismo de Mercado', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997, p. 190), aseguran que los Estados han venido creciendo sustancialmente desde la Primera Guerra Mundial hasta 1991. Más allá de que este período histórico es relativamente pequeño, esta afirmación me llama la atención. Efectivamente, Benegas Lynch (h) basa su presunción en cálculos de la participación estatal en la renta nacional. Pero, él sabe muy bien que, estos cálculos, son muy caprichosos y carecen de valor científico. Sin embargo, es interesante traer esto a colación, porque marca una diferencia sustancial entre ellos y la postura que explico en este ensayo. Los liberales tienden (por oficio racionalista) a basar todo, finalmente, en lo material (lo económico, es lo único que, más allá de algunos débiles intentos en contrario, finalmente, les interesa; consecuentemente, es lo único que entienden relativamente bien). Así, para ellos, lo malo es el tamaño 'económico' del Estado, a diferencia de éste ensayo que pretende demostrar que lo malo es el nivel de violencia que se ejerza. Un Estado podría ser muy 'pequeño', económicamente hablando, pero con un nivel de coacción física muy elevado. Supongamos un gobierno que sólo administrara el monopolio de la fuerza física y, para esto, solamente gastara dinero en fuerzas armadas poderosas, con las cuales garantizaría que todo el resto fuera privado pero todo monopólico. Tendría un gasto pequeño, probablemente una mínima parte de lo que hoy gastan, pero su resultado sería nefasto. En fin, hecha esta aclaración, y sólo para tener una rápida idea del resultado del respeto a la imperancia del orden natural, señalemos que, según de "The World in 1989" de Economist Survey, 1988, pp. 81-87, las economías con menor intervención coercitiva institucional (las economías más 'libres') del mundo gozaban del siguiente PIB anual per capita, en el año 1988: Suiza 30.000, Japón 26.000, Noruega 24.000 y los EE.UU. 22.000, todos expresados en dólares. 'The Wall Street Journal Americas' publicó una lista de los países de menor a mayor nivel de coerción institucional (más a menos 'libres'). Si bien esta lista es discutible, resulta notable la coincidencia con la mayor a menor riqueza de los países en cuestión. Gracias al ritmo en el achicamiento del Estado coercitivo, la producción industrial China aumentó, entre 1991 y 1996, aproximadamente, 235 por ciento. Por su lado, la ausencia de coerción estatal en los Estados Unidos, produce el hecho de que este mercado represente alrededor del 31 por ciento del capital en acciones en todo el mundo. Así es que, el resto de los países, no lo pueden ignorar y, hasta empresas de la comunista China, han colocado ADRs (American Depositary Receipts), acciones que una compañía extranjera emite en los Estados Unidos, y paralelamente en su país, con la intención de atraer capitales.

2 Durante 1997, en la Argentina, por caso, la confianza de la gente en la resolución de los problemas sociales era "mucha o bastante" en la Iglesia Católica (58%), en las entidades de bien público sin fines de lucro (57%), en el Estado Nacional (19%), en los sindicatos (13%) y en los partidos políticos (11%); se notaba también una gran confianza, quizás la mayor, en la educación. El total de la población que colaboró en trabajos voluntarios llegaba al 20%. De estos el 35,8% colaboró en parroquias, templos o lugares de rezo; y solo 7,4% en partidos políticos. El 57% de los hogares realizó donaciones con fines benéficos. De estos, el 34,6% donó a parroquias, templos o lugares de rezo y sólo el 1% a partidos políticos. Ver Instituto Gallup de la Argentina, Encuesta: 97029. Sólo por ver un ejemplo, de los miles que ocurren todos los días, puede leerse 'Un Incalculable Aluvión Solidario', La Nación, Buenos Aires, 20 de abril de 1998, p. 14, en donde se relata cómo, frente a una crisis puntual, la ayuda privada fue muy superior a la estatal coercitiva, sin olvidar, por cierto, que los dineros estatales fueron sustraídos del sector privado.

3 Ya discutimos la palabra capitalismo, y queda claro que solamente la reivindico en la medida en que significa ausencia de coerción institucional. Lo que importa ahora es que, al hablar de su caída, se implicaba la desaparición de las sociedades abiertas, las sociedades 'libres', las sociedades con menor intervención coercitiva institucional. Desde Karl Marx, que anunció la caída del capitalismo, se siguieron una cantidad de autores que sostuvieron la misma idea. Así, Werner Sombart, que con su libro 'El capitalismo moderno', publicado en 1902, hizo mucho en la difusión del término capitalismo, dio por hecha la declinación de este sistema socioeconómico. Rudolf Hilferding, socialdemócrata alemán, publica en 1910 'El capitalismo financiero'. Y, en el mismo sentido, Rosa Luxemburgo publicó, en 1913, 'La acumulación del capital'. Luego Lenin, en 1916, da a luz 'El imperialismo: última etapa del capitalismo'. También desde la derecha se oían estas mismas ideas apocalípticas. Así, en 1930, Ferdinand Fried, publica 'El fin del capitalismo'. Y siguieron una cantidad de autores e intelectuales, como Howard Scott, en los EE.UU., Karl Mannheim, en Inglaterra, A. J. P. Taylor, Richard Lowenthal y tantos otros. Luego aparece la nueva izquierda, con exponentes como Jürgen Habermas que, en 1973, publica su libro 'Problemas de la legitimación en el capitalismo tardío'. Y así podríamos seguir, incluso hasta nuestros días, en que no falta algún personaje preguntándose cómo será la civilización 'post moderna', 'post liberal', 'post capitalista'. Por caso, Ronald Dworkin, con su 'A Matter of Principle' (Harvard University Press, 1985); John Rawls, que llega a afirmar que "La idea intuitiva es que el orden social no ha de establecer y asegurar las perspectivas más atractivas de los mejor situados a menos que el hacerlo sea en beneficio de aquellos menos afortunados", en su 'Teoría de la Justicia' (México: Fondo de Cultura Económica, 1978, pp. 97-8), lo que significa todo un avance ya que reconoce "intuitivamente" un principio original del orden natural social, pero, como buen racionalista, no parece creer que este principio sea anterior sino que debe forzarse coactivamente, de hecho, más adelante, afirma que "Nadie merece una mayor capacidad natural ni tampoco un lugar inicial más favorable en la sociedad" (op. cit., p. 124), lo que supone una incoherencia, que luego explicita del siguiente modo "El sistema social no es un orden inmodificable colocado más allá del control de los hombres, sino un patrón de la acción humana" (op. cit., p. 125). También Jorge Castañeda, 'La utopía desarmada' (Ariel, Buenos Aires, 1993); Lester C. Thurrow, 'El futuro del capitalismo' (Javier Vergara Editor, Buenos Aires, 1996); Frank Roosevelt, 'Marx and Market Socialism' (en 'Why Market Socialism?: Voices from Dissent', M. E. Sharpe, New York, 1994) que explícitamente intenta rescatar algo de Marx; James Tobin, 'One or Two Cheers for the Invisible Hand', (en 'Why Market Socialism?: Voices from Dissent', op. cit.); y Alain Touraine, '¿Qué es la democracia?' (Fondo de Cultura Económica, México, 1995). Pero, lo cierto es que, todas las ideas de estos autores, cayeron con el muro de Berlín, en tanto que el sistema de 'libertades' sigue su avance con mayor fuerza y mayor bravura que nunca (ver Jerry Z. Muller, 'El futuro del capitalismo', revista Facetas no. 85, USIA Washington DC 3/89; y Alberto Benegas Lynch (h), 'Socialismo de Mercado', Libertas no. 27, ESEADE, Buenos Aires, Octubre de 1997).

4 Algunas personas han querido ver en lo que se propone en este ensayo, esto es, un Estado no coercitivo, un "laissez faire universal", con lo que dejan al descubierto su racionalismo, según hemos visto cuando estudiamos La Autoridad. En definitiva, me parece que a esta altura es obvio, lo que aquí describo es un Estado, una "comunidad organizada" bajo la única y real autoridad: la autoridad moral.

5 "En el  ámbito político se debe constatar que la veracidad en las relaciones entre gobernantes y gobernados; la transparencia en la administración pública; la imparcialidad en el servicio de la cosa pública; el respeto de los derechos de los adversarios políticos; la tutela de los derechos de los acusados contra procesos y condenas sumarias; el uso justo y honesto del dinero público; el rechazo de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener o aumentar a cualquier costo el poder, son principios que tienen su base fundamental - así como su urgencia singular - en el valor trascendente de la persona y en las exigencias morales objetivas del funcionamiento de los Estados. Cuando no se observan estos principios, se resiente el fundamento mismo de la convivencia política y toda la vida social se ve progresivamente comprometida, amenazada y abocada a su disolución (cf. Sal 13 (14), 3-4; Ap 18, 2-3, 9-24). Después de la caída... de las ideologías que condicionaban la política a una concepción totalitaria del mundo... existe hoy un riesgo no menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y por la absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del reconocimiento de la verdad. En efecto, 'si no existe una verdad última - la cual guía y orienta la acción política - entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia' (Encíclica Centesimus annus, 1 mayo 1991). Así, en cualquier campo de la vida personal, familiar, social y política, la moral- que se basa en la verdad y que a través de ella se abre a la auténtica libertad - ofrece un servicio original, insustituible y de enorme valor no sólo para cada persona y para su crecimiento en el bien, sino también para la sociedad y su verdadero desarrollo", asegura Juan Pablo II, Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, n. 101.