EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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INTRODUCCION


EL CONOCIMIENTO Y SUS METODOS

                   
                   Una característica importante del conocimiento 1 consiste en que el conocer es siempre positivo, en el sentido de que es tal en tanto nos sea útil en el camino hacia la perfección (para esto lo buscamos, para ser más perfectos, aunque erremos mucho). Por el absurdo, si éste fuera para nuestra destrucción, finalmente terminaríamos destruyéndonos y, consecuentemente, con nosotros, el conocer desaparecería. Es decir, en cualquier caso, el conocimiento no existiría. De modo que, el verdadero conocer es aquel que perfecciona nuestra vida, la vida. Lo que no quita, por cierto, que podamos usarlo mal pero este mal ‘estará’ en nosotros y no en el conocimiento que, de suyo, es siempre positivo por cuanto hace a la aprehensión de la naturaleza. Me importa ahora discutir 'el método empírico', porque lo aplicaré en todo el ensayo. Ciertamente no me refiero al 'empirismo inglés', que suponía un universo exclusivamente 'físico', en donde sólo los hechos 'materiales' son merecedores de conocimiento, sino bien entendido. Esto es, que el conocimiento necesita, de modo imprescindible, de los datos que transmiten los fenómenos anteriores y externos a la capacidad lógica de la mente humana.

                   Paul Feyerabend explica que Jonathan Wurril (JW) "...tiene gran dificultad con la naturaleza de los hechos. Quiere distinguir entre hechos empíricos y hechos teóricos, pero no tiene idea de cómo separarlos. En alguna ocasión define la diferencia en términos puramente psicológicos... como una diferencia entre hechos que son aceptados por todos los expertos en un cierto dominio y otros hechos que suscitan debate. En otras ocasiones parece suponer que el acuerdo logrado es algo más que psicológico, pero fundamentado sobre los mismos hechos: los hechos empíricos estarían menos impregnados de teoría de lo que lo están los hechos teóricos; tendrían un 'núcleo empírico'. Neurath, Carnap y yo diríamos que tales hechos aparecen como menos invadidos por teoría: los antiguos griegos percibían directamente a sus dioses; estos fenómenos no mostraban ningún elemento teórico, pero alguien descubrió eventualmente la ideología compleja existente en la base y mostró como incluso 'hechos' muy sencillos están constituidos por una estructura extremadamente compleja... Los físicos clásicos describían y siguen describiendo nuestro entorno en un lenguaje que apenas considera la relación entre el observador y los objetos observados (suponemos cosas estables e inalterables; basamos nuestros experimentos en ellas), pero la teoría de la relatividad y la teoría cuántica nos han hecho constatar que este lenguaje, esta forma de percepción y esta manera de realizar experimentos tienen consecuencias cosmológicas. No se formulan explícitamente las consecuencias -y por esto no las advertimos y seguimos hablando sencillamente de 'hechos' empíricos-, pero dichas consecuencias se encuentran en la base de todos los fenómenos; es decir, los hechos aparentemente empíricos son plenamente teóricos aun cuando frecuentemente funcionen como jueces entre alternativas teóricas. JW supone que tales jueces deben contener o una componente teórica neutral, o un núcleo no-teórico 'fáctico'; es decir, supone que los científicos que utilizan hechos al examinar diversas teorías no los alteran, por ejemplo, no los convierten en hechos diferentes. Se muestra fácilmente el error de esta suposición. Los relativistas y los teóricos del éter tienen hechos diferentes, precisamente en el dominio de observación. Para el relativista, la masa, la longitud, el intervalo de tiempo observados son proyecciones de estructuras de cuatro dimensiones en ciertos sistemas de referencia (cf. Synge, en De Witt y De Witt, 'Relativity, Groups and Topology', New York, 1964), mientras que el 'absolutista' los considera como propiedades intrínsecas de los objetos físicos. El relativista admite que las descripciones clásicas (pensadas para expresar hechos clásicos) pueden usarse ocasionalmente para transportar información sobre hechos relativistas y no las emplea en las circunstancias pertinentes. Pero esto no implica que él acepte su interpretación clásica. Todo lo contrario. Su actitud está muy cerca de la del psiquiatra que puede hablar con un paciente que cree estar poseído, empleando el lenguaje del paciente, sin que ello implique que acepte también una ontología de demonios, ángeles, etc.: nuestra forma normal de hablar, incluyendo los argumentos científicos, es mucho más clásica de lo que cree JW" 2 .

                   Permítame también citar a Reinhardt Grossmann: "La revolución cartesiana condujo en un siglo a los sistemas idealistas de Berkeley y Hume... (Un excelente informe de la filosofía cartesiana puede encontrarse en R.A. Watson, 'La quiebra de la metafísica cartesiana', Journal of the History of Philosophy, 1, 1964, pp. 177-197; y en su libro posterior 'The Downfall of Cartesianism', La Haya 1673-1712)... podemos reconstruir el argumento ontológico (propuesto primeramente por Simon Foucher) contra la posición cartesiana del modo siguiente. Dado que los cartesianos mantienen que mentes y cosas materiales no tienen nada en común, el conocimiento indirecto de objetos materiales no puede reducirse a conocimiento directo de ideas. Pero dada la ontología cartesiana, sólo es posible el conocimiento directo. Por lo tanto, dada la ontología cartesiana, no podemos conocer objetos materiales ni directa ni indirectamente" 3.

                   Está claro que sí podemos 'conocer' los 'objetos materiales', en razón de que -además, por oposición al cartesianismo, al idealismo de Berkeley y Hume- existe 'algo en común' entre mentes y cosas materiales. Ahora, como las mentes son, necesariamente, subjetivas -pertenecen a un sujeto determinado-, no existe tal cosa como 'conocimiento objetivo'4 . Sino que, incluso lo que pareciera ser menos subjetivo ('menos teórico'), la experiencia empírica, lo es necesariamente. En cuanto sujeto intelectual -'teórico'- en cuanto sujeto físico -no es lo mismo mirar por ojos sanos que por otros casi ciegos- en cuanto sujeto psicológico, histórico, y demás. A lo que quiero llegar, entre otras cosas y además del inevitable 'coeficiente de abstracción' -que supone subjetivismo- sobre el que volveremos más adelante, es a que me parece muy importante que, a la hora de interpretar lo que otra persona presenta como hechos científicos -con más razón en los puramente teóricos, pero también en los empíricos- primero debemos transformar, en la medida de lo posible, su marco de referencia -su subjetividad inevitable- en el nuestro y referir, de este modo, los fenómenos por él presentados.

                   Para ponerlo en un ejemplo concreto y simplificado: dos personas, una que sólo ha leído a Etienne Gilson y otra sólo a Marx, frente al mismo hecho histórico -y aunque sus conclusiones fueran las mismas- utilizarán un 'lenguaje filosófico' distinto, aun cuando utilicen los mismos términos, los utilizarán con significados diferentes. Otro ejemplo, un economista afirma que la iniciativa privada es más eficiente que la estatal. Luego, sucede que se privatiza una empresa con el privilegio de un férreo monopolio y, un segundo economista, observa que los precios aumentan y la calidad baja, concluyendo que la iniciativa estatal es más eficiente. Lo que sucedió es que, uno se estaba refiriendo a un marco competitivo, y el otro realiza una observación en un marco monopólico.

                   Por otro lado, las hipótesis que 'salvan distancias', son perfectamente válidas, epistemológicamente hablando, aunque difíciles de digerir para quienes creen en la verdad materialista absoluta. Como ellos suponen que la verdad racional es perfecta, creen que todas las ciencias naturales deben basarse sobre verdades absolutamente lógicas, demostrables y comprobables, a partir de hechos 'físicos absolutos'. Pero lo cierto es que, las hipótesis que 'salvan distancias' en un mundo material inevitablemente relativo, son permanentemente utilizadas, no sólo en las investigaciones científicas naturales sino, también, en nuestra vida diaria. Lo que viene a corroborar que, las verdades naturales conocidas por los seres humanos, en definitiva, son inexorablemente relativas -al Absoluto, por cierto- lo que destruye la hipótesis de la verdad materialista perfecta.

                   Por ejemplo, desde la teoría de la relatividad de Einstein y el espacio de Minkovsky, sabemos que tanto los espacios como el tiempo no son absolutos, como durante muchos años se creyó, sino que son relativos a un marco de referencia que elegimos arbitrariamente. En alguna parte del mundo, en este mismo momento, es el día posterior o anterior al suyo con relación a donde esté Usted ubicado. Es decir que, si se le cae una taza dirá que ocurrió el día x, pero para otra persona en otra parte del planeta habrá ocurrido el día x + (-) 1. Lo que podrá discutir con él si está directamente conectado por vía telefónica. Pero volviendo a la relatividad, para un astronauta que viaja acercándose a la velocidad de la luz, para cuando vuelva a la tierra, habrá pasado una cantidad de tiempo diferente a la que pasó para Usted. Su reloj habrá registrado una cantidad de tiempo distinta.

                   La 'verdad materialista' es tan pobre -tan relativa- que ni siquiera podemos confiar en lo que vemos tan claramente, que nos parece tan real. Efectivamente, por ejemplo, muchas de las estrellas, que todas las noches observamos en el cielo y que nos parece que hasta podríamos tocarlas con las manos, realmente no existen. Lo que estamos viendo son solo luces que emitieron estrellas que existieron hace millones de años. Sí es real la luz en nuestra retina, pero no la estrella. Irónicamente, muchos de estos astros -solo luces, en rigor- podrían servirnos como referencias seguras. Queda claro, pues, que hasta en las ciencias naturales -aún más en éstas, me atrevería a decir- solemos aceptar momentáneamente, arbitrariamente, ciertas verdades de modo de poder ordenar y continuar avanzando en el conocimiento. De otro modo, y esto es importante no olvidarlo, sin estas hipótesis que 'salvan distancias' con el conocimiento perfecto, el conocer sería imposible. Se diría que son un ‘acto de fe’.

                   Insisto, me parece que resulta fundamental, para entendernos, que hagamos un esfuerzo por no concluir y cerrarnos en nuestro propio 'marco de referencia' (nuestra subjetividad), sino que intentemos comprender el del otro observador (su subjetividad) y, de este modo, poder interpretar acabadamente sus afirmaciones. Lo que no implica que lleguemos a estar de acuerdo sino, simplemente, que podemos comprendernos mejor y, consecuentemente, sostener una discusión más fructífera.

                   El motivo 'ontológico' por el cual prefiero el 'método empírico' es porque -además de que, las abstracciones puras, implican conocimiento 'excesivamente' teórico, de aquí que sea tan querido por los racionalistas- si bien no está exento de subjetivismo -desde el sujeto que observa y refiere- al menos es un método 'más humilde'. En el sentido de que 'se preocupa por lo exterior e intenta serle fiel'. Los otros métodos, en cambio, pretenden, de hecho, que la realidad es el propio interior -el propio yo- y, luego, quieren imponer hacia el exterior lo que su ego pretende que es verdad. Nótese que una cosa es encontrar la realidad en nuestro interior -lo que es válido, por ejemplo la idea de Dios que es un Ser externo-, y otra muy diferente pretender que nuestro ego y sus ocurrencias son la realidad. O sea que, si bien es imposible que lleguemos a la verdad de modo absoluto sino que, inevitablemente, nuestro conocimiento naturalmente será parcial y relativo, al menos el método empírico tiene la sensatez de intentar decirle a Usted, no la 'verdad' que se le antoja al autor sino, la verdad que el exterior, que lo incluye a Usted, 'le transmite' y el autor entiende que Usted comprenderá.

                   Por otro lado, este 'conocimiento empírico' le será útil en tanto y en cuanto -conociendo las reacciones a sus actos- lo dirija al bien. Está claro que sus ansias de conocimiento surgen a raíz de que Usted quiere mejorar su situación, ser más feliz, más efectivo en su trabajo, ser mejor padre o lo que fuera. Es decir, que sus deseos de saber surgen a partir de que siente la necesidad de mejorar, de dirigirse al bien. Así, si lo que el autor le explica no lo dirige al bien, no será conocimiento por cuanto no le permite avanzar. De aquí, la importancia de interpretar las ideas, en última instancia, a la luz del Bien, de la ciencia del Bien, de la Teología. De aquí también, la 'necesidad epistemológica' de que el orden natural esté dirigido al 'último fin'. O mejor dicho, la necesidad epistemológica de que el conocimiento sea para bien por cuanto, de suyo, la creación lo es. Efectivamente, si -aun con mi carga subjetiva- ninguno de los fenómenos que observo está dirigido al bien, no podré tener conocimiento, que dirija al 'último fin'. Así es que, epistemológicamente, deben existir fenómenos sistemáticamente dirigidos al bien para que pueda tener conocimiento.

                   Cómo pasar del pensamiento al ser y, especialmente, cómo demostrar la existencia del mundo material -había dicho, anteriormente, que existía 'algo en común' entre mentes y cosas materiales- el famoso 'problema del puente', es otro tema que, históricamente, le ha demandado mucho esfuerzo a los filósofos. En cuanto al problema del ser me parece que, en principio, lo tenemos resuelto. Porque, gran parte de los más destacados teólogos y filósofos coinciden en que, de algún modo, el ser y el pensamiento se confunden (ver, por ejemplo, la cita de Verneaux en la nota 3). Anima est quodammodo omnia -el alma es de algún modo el todo- solía afirmar la antropología de la Alta Edad Media. Santo Tomas, por su lado, escribió que el alma espiritual está esencialmente dispuesta para "convenire cum omni ente" 5 -para convenir con todo lo existente- y en tanto hay espíritu "es posible que en un solo ser tenga existencia la perfección del todo en su conjunto" 6.

                   En cuanto a la demostración de la existencia del mundo material, me parece que el problema no es tal o, al menos, no nos incumbe a los fines de este ensayo. Efectivamente, en primer lugar, lo primero que tenemos que tener claro es que no existe el mundo material como, generalmente, nos lo han descrito. Sino que todo está sometido a un incesante y permanente cambio originado en fuerzas 'no materiales'. De hecho, hasta nuestro propio cuerpo no es el mismo ahora que hace un instante: habrán cambiado muchas células; nuestra mente tampoco lo es y ni siquiera nuestra alma. Así, según veremos, un sistema económico altamente eficiente y rico no se caracteriza, fundamentalmente, por sus bienes materiales -que los tiene, por eso es rico- sino por su capacidad tecnológica, científica, mental, 'creativa'.

                   Ahora, por otro lado, estas fuerzas espirituales -como creatividad mental distinta a lo material- que son las que verdadera y definitivamente conducen al mundo, son 'morales' y no materiales, es decir que no son violentas, coercitivas o coactivas. Por todo esto es que en mi opinión, dicho muy rápidamente, la sabiduría frente al 'problema del puente' consiste, justamente, no en cruzarlo sino, en conocer y 'aprehender' estas fuerzas 'no materiales' que le permitirán a nuestra 'mente' ser y -'tener algo en común'- participar en la creación de las cosas materiales.

                   Con respecto a la hermenéutica, entendida como el "Arte de interpretar textos para fijar su verdadero sentido, y especialmente el de interpretar los textos sagrados"7 , me parece que debemos manejarnos con cierta prudencia. Lo cierto es que, este arte, tiene pleno sentido cuando se trata de textos de tipo religioso superior. Pero resulta un tanto peligroso al hablar de ciencias naturales, cualesquiera que estas fueran. De hecho, a mi modo de ver algunos racionalistas han abusado de la hermenéutica utilizándola para forzar, en alguna medida, argumentos a su favor.
                   Efectivamente, como en los textos sagrados lo que importa es lo que el autor verdaderamente quiso transmitir que, por otro lado, son verdades religiosas superiores de difícil acceso (sino imposible) a través de la razón humana, va de suyo -vale en este caso lo que veremos para los dogmas- que este arte es importante 8. Del mismo modo que lo es la autoridad correspondiente, que debe interpretarlos finalmente 9. Porque, en este caso no se trata de conocimiento que, justamente, por ser únicamente humano en consecuencia, relativo, debe ser 'consensuado', sino de conocimiento absoluto que, por el contrario, supone una interpretación unívoca, de otro modo dejaría de ser absoluto. Pero, como para los racionalistas la razón humana es 'sagrada', absoluta, va de suyo que para algunos de ellos la hermenéutica es una ciencia 'inevitable'.

                   Es cierto que todos los autores deben ser interpretados. De hecho, en el sólo acto de leer estamos haciendo un ejercicio de interpretación. Pero de aquí a pretender que existe una hermenéutica 'sagrada' -sobre textos no sagrados- que nadie puede violar so pena de no ser científico, que nadie puede desconocer so pena de no realizar una 'interpretación seria' del autor en cuestión, existe una gran distancia. Y esto podría implicar coartar la capacidad creadora del hombre. Porque, lo cierto es que como la razón humana no es absoluta lo que realmente importa no es lo que el autor haya querido encontrar, sino lo que real y efectivamente encontró. Cosas que pueden o no coincidir. Esto se ve muy claramente en las 'ciencias aplicadas', en donde existen innumerables casos, me atrevería a decir que es lo común, de científicos que, queriendo hallar una cosa terminaron, aunque parezca increíble, muchas veces sin enterarse jamás, encontrando otra cosa que nada tiene que ver con lo que propusieron10 .

                   Un ejemplo típico es Cristóbal Colón, que murió sin saber que había descubierto América. Si pudiéramos leer sus memorias encontraríamos permanentes referencias a cómo debe hacerse para llegar a las Indias. Y aquí se produce la ironía de que su trabajo es extremadamente útil, porque le permitió llegar a las Américas, pero perfectamente ridículo en el sentido en que él lo planteó porque está claro que de ese modo jamás llegaremos a las Indias.

                   En definitiva, el conocimiento -no sagrado- se va desarrollando sobre lo que cada científico particular describe y cada otra persona comprende, interpreta y entiende. Quedando, finalmente, como conocimiento válido aquel que conduce al bien aquello que resulta, de hecho, positivo. Y en esta selección de la verdad científica, finalmente, poco importa lo que diga la hermenéutica y mucho cada persona. Así, el proceso del conocimiento humano es un proceso de 'decantación' que, finalmente, será decidido por el orden natural, en razón de que éste sólo 'registra' el bien -según veremos- en sentido positivo. Visto desde el absurdo: el 'conocimiento' negativo destruirá a quien lo sostenga y, con él, desaparecerá. Proceso interactivo, en donde, el autor escribe lo que le parece y el lector entiende lo que puede participando ambos, de modo necesario, en la creación 11. De tal modo que, si se interrumpe este proceso interactivo, se interrumpe el proceso del conocimiento.

                   Por esta misma razón sí es necesaria, en cambio, la hermenéutica -y la autoridad correspondiente- en el conocimiento sagrado. Porque éste ya está creado, desde que son verdades absolutas. De modo que, todo este proceso 'creativo' interactivo no tiene sentido y sólo podría dar como resultado la 'relativización' -la pérdida de unicidad- del conocimiento sagrado. Para evitar ésta pérdida de 'unicidad' -constitutiva del conocimiento absoluto- es necesario que la mayor autoridad moral sea su único intérprete. Esto, por cierto, en caso de que 'se quiera tener' conocimiento sagrado puesto que, en uso de su libre albedrío, el hombre podría decidir no tenerlo, en cuyo caso, no necesita de ninguna interpretación unívoca.

                   Así, como veremos más adelante, la idea de razón que actualmente utilizamos, impuesta por el racionalismo, nada tiene que ver con el concepto que manejaba santo Tomás. Personalmente, en principio, utilizaré el término 'razón' con el significado actual y 'razón natural' al referirme a la idea tomista. En su momento, discutiremos las ideas de sociedad, mercado y Estado. También discutiré la idea de libertad. La palabra capitalismo es muy poco precisa. El vocablo "privado" tiene una connotación de perteneciente a un individuo con cierta carga egocéntrica pero, personalmente, reivindicaré ésta palabra, o propiedad privada, en tanto signifique aquello que, como resultado de la vigencia del orden natural, está circunstancialmente bajo el gobierno –propiedad- directo de una persona o personas. Y así con muchos términos. De modo que, me parece importante que el lector no se deje llevar por el sentido corriente o actual de las palabras, sino que preste atención al sentido real con que se utilizan. Por otro lado, me veré obligado a citar a muchos autores pero, si los cito, es por aquello que sirve para mi tesis sin hacerme cargo del sentido que ellos les dan a las palabras ni de la connotación completa de la cita.

 

LA VIOLENCIA, LA PLANIFICACION Y LA ESPERANZA
                   "La paz en la tierra, profunda aspiración de los hombres de todos los tiempos, no se puede establecer ni asegurar si no se guarda íntegramente el orden establecido por Dios", S.S. Juan XXIII 12.

 

                   En definitiva, la intención de este ensayo es mostrar como la vida se potencia inconmensurablemente en la medida en que no exista violencia13 que, después de todo, es cobarde porque es el resultado de la inseguridad, del miedo a la vida. Es, sin duda, una actitud egocéntrica -derivada de la inseguridad- que pretende tener todo 'ego controlado'. Y, metafísicamente hablando, no existe en cuanto tal visto que no tiene entidad propia sino que es, precisamente, la negación del Ser 14. Pero no oponiéndole más violencia, coerción, lo que sería la peor de las ironías, sino caridad y comprensión, amor en definitiva, lo que, sin dudas, necesitará de una actitud valiente y, muchas veces, heroica.
                   Paralelamente desarrollaré la idea de que, al contrario de lo que pretende el racionalismo, es imposible predecir el futuro y, consecuentemente, no hay modo de planificar. La planificación, finalmente, es un invento de la soberbia humana que pretende que con la 'razón absoluta' todo se puede. Es la presunción de que, las propias capacidades del hombre son, finalmente, capaces de encontrar la perfección, capaces de establecer y darse un 'orden' que lo lleve al infinito. Y da lugar a la violencia porque, como luego resulta que sus predicciones son falsas, para no admitir el error -y mantener el 'ego control'- no le queda otra alternativa que intentar imponer violentamente lo que había predicho.
                   Por el contrario, la ausencia de violencia conlleva la desaparición del racionalismo porque, al no tener la capacidad de imponer las ideas coercitivamente, no queda otra alternativa que admitir que el 'juicio final' sobre la verdad no queda ya en la razón sino en el 'derrotero de los hechos'. En otras palabras, al perder el 'ego control' el racionalismo egocéntrico pierde sentido. Es decir, que la razón deja de ser absoluta para quedar en forma 'jerárquica y permanente' supeditada a la 'evolución de los acontecimientos'. Acontecimientos que, en definitiva, no son 'caprichosos' sino que, por el contrario, tienen una 'Causa'.

                   Y aquí es donde, en oposición, aparece la necesidad de la fe porque ésta le permite, en definitiva, el mayor 'acercamiento' que el hombre puede tener con el futuro, un futuro inevitablemente impredecible, pero esencialmente cognoscible, justamente, a través de la fe que es la proyección del hombre hacia lo Perfecto, lo Absoluto, lo Eterno15 . Este es, por tanto, el único modo válido de conocimiento tal que le permite al ser humano proyectar y proyectarse en el futuro. Y, siendo que es de suyo positiva, el conocimiento del futuro necesariamente está fundado sobre la esperanza16 , virtud opuesta al pretendido 'ego control' de la planificación racionalista. A ver si soy lo suficientemente claro. Por mucho que les pese a los racionalistas, sus métodos de conocimiento son falsos y fabularios, y son acientíficos. El mundo material, mucho más el espiritual, real, se maneja con la fe basada en la esperanza.
                    
                   Pero en fin, como me interesa particularmente el tema de la violencia, quiero comentar rápidamente algunos ejemplos comunes. Está muy difundida la creencia de que un poco de violencia es necesaria. Por ejemplo, cuando un niño, sin saber lo que hace, está a punto de introducir sus dedos en un enchufe eléctrico, corriendo el riesgo de electrocutarse. Según algunos, habrá que pegarle suavemente al infante de modo que comprenda que no deber repetir esa acción. Este es, sin duda, un grave error. En primer lugar, los padres deberían ser más cuidadosos y poner los enchufes lejos del alcance del niño, ésta es la clave del asunto. Y, en segundo lugar, deben explicarle, con palabras o ademanes y con mucho amor, que no debe hacerlo. Cualquiera sea su edad, entenderá esto mucho mejor, a no dudarlo, que utilizar la violencia que para lo único que servirá es, por lo menos, para desconcertarlo. El proceso psicológico ocurre del siguiente modo. El niño -debido a su corta experiencia- no sabe que hay cosas que no se deben hacer y, ciertamente, está en su derecho a no saberlo. En consecuencia, cuando encuentra un enchufe, 'tiene todo el derecho' de introducir los dedos. Si por ejercerlo se lo castiga, se le produce un mal, la inevitable conclusión del niño será que sus padres son injustos doblemente, por castigarlo sin motivo y por producirle un mal. Y, consecuentemente, carecen de autoridad moral.

                   En rigor de verdad, carece de autoridad quién produce cualquier mal, aun cuando 'tuviera motivos' para hacerlo, dado que la verdadera autoridad moral sólo provoca bien. Entonces, en la medida en que los progenitores sean injustos, los infantes nunca obedecerán. Luego, los mayores se quejan de estas desobediencias en lugar de reconocer sus propias culpas. En cambio, los padres sí saben que los niños no pueden hacer de todo, y, consecuentemente, tienen que disponer las cosas –prevenir- de modo que el infante no tenga oportunidad de hacer lo que no debe. La verdad es que el niño no tiene aún el sentido de justicia, de modo que lo que él advertirá es que los padres son violentos en cualquier momento y sin ningún motivo, entonces, no tiene sentido obedecer por evitar el castigo. Y que son violentos cuando les viene en gana, de manera que creerá que es válido, que sus padres aceptan, la posibilidad de ser violento cuando le viene en gana. Violencia siempre disfrazada de "justicia" y de "imposición del orden", ya que son muy pocos, si alguno, que justifique la violencia por sí misma.

                   Si, por algún error, los padres olvidan poner los enchufes lejos del alcance del infante y éste se dirige directamente a introducir sus dedos deberán, con gracia, desviar su acción, sin violencia. E, inmediatamente, explicarle el motivo por el cual no debe repetir la acción, y luego retirar los enchufes del lugar. Algo comprenderá, los padres no habrán perdido autoridad frente a su hijo, y el niño quedará a salvo.  

                   Muchas veces, en la educación de los hijos, se  opone 'permisivismo'17 a coacción. Supuestamente, para no ser 'permisivos', cada tanto hay que usar un poco de violencia de modo que los chicos se disciplinen. Así, primero, los padres son violentos y luego los envían a escuelas en donde los educan como bárbaros para, después de todo esto, quejarse porque los adolescentes 'son rebeldes'. Pues claro que son rebeldes. ¿Cómo no se van a rebelar ante la actitud injusta e incoherente de los padres? La mejor disciplina -la única me animaría a decir- surge del amor, del respeto y el ejemplo. La violencia, es el resultado de las culpas de los padres, de sus miedos e inseguridades; y los hijos advertirán esto con mucha claridad18 . Se dirá que, por ejemplo, resulta imposible que un niño asista a la escuela si no lo coercionamos. Como éste no es un ensayo sobre psicología infantil, no profundizaré esta discusión. Pero sí quiero aclarar un poco el asunto, porque hace a un tema importante: la educación. Lo que está claro es que, definitivamente, no es cierto que el ser humano sienta apatía frente al aprendizaje. Muy por el contrario, desde el principio el hombre tiene una insaciable curiosidad por aprender, y tanto más cuanto más necesario para la vida se le presenta19 .

                   Es sabido que la 'manía' de los infantes por tocar y desarmar todo, hurgar todo, llevarse todo a la boca y demás, responde a su incansable sed de conocer. Los niños aprenden increíblemente bien y en muy breve tiempo, imitando a sus padres, por ejemplo, a hablar un idioma. Está claro, pues, que, para la persona humana, es de su propia naturaleza la fuerte tendencia al aprendizaje y el gozo que le produce. Aun cuando esto implica un esfuerzo, debido a nuestras imperfecciones -déjelo al niño y verá el esfuerzo que realiza por tocar todo- como en cualquier deporte, en cualquier trabajo e, incluso, como en cualquier diversión. Pero lo que también es cierto es que, el sistema 'educativo' hoy corriente -coercitivo, racionalista- que analizaremos más adelante, como en gran medida es contrario a la naturaleza humana, produce un fuerte rechazo. No sólo en los niños, sino también en los adultos. De modo que, la solución definitiva, no pasa por coaccionarlos para que vayan a la escuela, sino por terminar con la 'educación' contra natura. Entretanto, habrá que esforzarse, del mejor modo posible, para que reciban una buena educación.

                   Otro ejemplo. Un empleado, con diez hijos, al que el jefe lo despide de su trabajo. Si su respuesta es agresiva, violenta, lo que denotaría miedo e inseguridad frente a la nueva situación que se le plantea, el resultado será, probablemente, complicar aún más su situación. Además de perder la calma necesaria como para hacer frente a un futuro complicado. Si, en cambio, tiene el coraje como para aceptar el reto que le impone la vida, se despide del jefe en los mejores términos y, porque no, hasta agradeciéndole el tiempo durante el que lo empleó, tendrá mucho para ganar. Además de empezar su nuevo camino con una disposición positiva que lo ayudará, y mucho. La 'buena onda' atrae 'buena onda', y a la inversa. Este es el motivo psicológico por el cual 'los ganadores' generalmente ganan, porque son personas que no se dejan destruir -ya que el éxito no pasa sólo por lo material- manteniendo alto su espíritu y liderando, de este modo, los acontecimientos de su vida.

                   Un tercer y último ejemplo. Según recuerdo haber escuchado, y si lo repito es porque me parece perfectamente creíble, un importante empresario salvó su vida, gracias a saber oponer servicio y caridad a la violencia. La persona en cuestión, fue secuestrada por un grupo terrorista. En lugar de reaccionar violentamente y con temor -porque la violencia siempre esconde miedo- trató a sus raptores con mucha caridad, intentando explicarles los principios cristianos y sirviéndoles café y otros detalles. Los captores terminaron por tomarle tal cariño que, cuando la policía rodeó la casa en donde se encontraban, en lugar de matarlo según habían prometido, lo pusieron a resguardo de modo que no resultara herido durante el tiroteo. Todos los captores murieron, con gran pena para el empresario, y él salió ileso. En principio, cuando alguien adopta una actitud violenta en contra de otra persona espera de su parte una reacción del mismo tipo, aunque sea defensiva. Si el agredido no reacciona violentamente ni con miedo, sino con seguridad y paz, con caridad, comprensión y servicio, se producen dos efectos inmediatos. Primero, descoloca al agresor y, luego, lo desconcierta de tal modo que, psicológicamente, pasara a tener el control de la situación20 .

                   La defensa propia, y lo mismo la defensa de terceros y del bien común, según veremos, no sólo es legítima sino que puede llegar a ser una obligación grave. Pero, es legítima, justamente, en tanto y en cuanto sirve para defender la vida; y en este estricto sentido, es, sin ninguna duda, un grave deber moral. Pero no debemos olvidar que, un 'triunfo moral perfecto' es tener la valentía de enfrentar a la violencia con caridad, comprensión y servicio; y, de este modo, evitar la destrucción de la vida. Hay que tener mucho coraje, qué duda cabe, para, cuando a uno lo agreden físicamente, por caso, no salir corriendo ni intentar parar al agresor violentamente sino 'poner la otra mejilla' con calma y sin temor. Y aquí, por cierto, no estoy llamando al 'suicidio' por negligencia, ni tratando de justificar la falta de defensa a un tercero agredido, sino remarcando la infinita superioridad efectiva y eficiente del Amor por sobre la violencia. 

                   Los hay muchos que nos quieren hacer creer que él que mata debe recibir la pena de muerte, que debemos castigar sin misericordia al que nos robó, encarcelándolo. Que debemos vivir desconfiando de la maldad del prójimo, y debemos vengarnos y castigarlos apenas tengamos oportunidad. Que para evitar la violencia alguien debe, violentamente, imponer orden (?!). Que existe una 'violencia justa' -algo así como 'mátame que te quiero'- pero lo cierto es que, la civilización y el progreso, vienen por el lado opuesto, por el lado de oponer la paz, la vida, a la barbarie. Por otro lado, quisiera ver que 'el que esté libre de pecado, tire la primera piedra'.

                   Pero, como este ensayo trata de la sociedad, su conformación y modo de gobernarse, dejemos la 'psicología', para estudiar a la violencia como método para intentar 'organizarla'. En definitiva, lo que intentaré mostrar es que, lejos de servirle a la comunidad, ésta provoca una gran injusticia. Ya Pao Ching-yen -libertario, ya que advertía la espontaneidad del orden natural pero descreía de todo gobierno, nacido en la China del siglo IV a.C.- advertía que la idea habitual de que era necesario un gobierno 'fuerte' para imponer el orden confundía causa con efecto. Los argumentos en favor de la coacción, coerción -violencia al fin de cuentas- como método válido, no resisten ningún tipo de análisis científico. Tanto es así, que quienes la sostienen deben, finalmente, apelar a principios que dan por válidos sin explicación alguna. Mucho menos una explicación dogmática seria. La violencia, para ellos, se transforma en un 'dogma' diría, en el sentido de que son sentencias no alcanzables por medio de la razón natural, sino fuera que los dogmas son verdades superiores, absolutas y, como tales, de modo necesario, positivas.

                   Normalmente lo que sostienen estos personajes es una confusa mezcla de "postulados evidentes" y "datos empíricos" a partir de preconceptos abstractos, y con esto conforman una ideología de la violencia, absolutamente incoherente y carente de fundamento serio. Algunos me han dicho que mi 'error' consiste en ser demasiado estricto en la aplicación de los principios, ¡como si se pudiera ser suficientemente leal con la Verdad! Según ellos habría que ser un poco 'incoherente' para poder ser 'realista', lo que resulta cierto dentro del 'sistema' que proponen, porque, sin ser incoherentes, no podrían sostener su 'realismo' ni por un minuto. Personalmente no tengo dudas de que el 'futuro filosófico' de la sociedad humana no pasa por justificar a la violencia que, a esta altura del desarrollo del conocimiento humano, no tiene justificación alguna, sino por estudiar seriamente el mejor modo gobernar y de defensa (en sentido positivo, como debe ser) propia, de terceros y del bien común.

                   Algunos defensores del Estado violento, coercitivo, coactivo, suponen que éste siempre será así. Suponen una especie de 'momento estático' metafísico en donde siempre será necesaria la coerción. Pero esto, necesariamente, significa que el orden natural no implica un desarrollo sino que es -en alguna medida, en alguna parte- un simple orden 'estático'. Lo que, entre otras cosas, según iremos viendo, es un contrasentido; porque la vida es, de suyo, crecimiento y desarrollo, y en esto va el orden natural. Probablemente, este 'momento estático', en la historia de la cultura Occidental aparece con Parménides de Elea (540-470 aC), el filósofo del 'ser rígido', quién, contestando a Heráclito, supone que el devenir es sólo apariencia de los sentidos. Rechaza el cambio puesto que éste sería contradictorio dado que 'lo que es, necesariamente es' -principio de no contradicción- y, entonces, lo que es no puede dejar de ser y lo que no es no puede producir el ser. Consecuentemente, lo único real es el ente inmutable y único de modo absoluto.

                   'Momento estático' que subyace tanto en Platón como en Aristóteles dado que, siendo ambos conservadores, favorecían una sociedad estática, eran hostiles al crecimiento proponiendo más bien, como virtud, el acomodarse a lo disponible antes que la ambición de mejoramiento. Uno de los primeros en oponerse fuertemente a esta visión es san Agustín (354-430) que, por el contrario, subraya el valor de la persona y, consecuentemente, su necesidad y derecho de crecer hacia la perfección. Santo Tomás, por su lado, no deja lugar a dudas ya que afirma que, en las cosas naturales, se realiza lo mejor debido a que están dirigidas por la Providencia al bien como a un fin, según veremos. Finalmente, la 'estática', por cierto, contradice toda evidencia empírica: las ciencias se perfeccionan, los seres humanos alargan su tiempo de vida y su calidad moral, y así toda la naturaleza se mueve hacia adelante.

                   Para que quede claro: es cierto que el hombre siempre será imperfecto, consecuentemente, violento, pero de aquí a justificar a la violencia y, peor aún, justificarla como método válido, existe una gran distancia porque esto significaría negar que el hombre puede y debe perfeccionarse. Así, otros argumentan que el Estado debe ser coercitivo, violento, suponiendo que, como el hombre es imperfecto, necesita ser coercionado para poder vivir 'civilizadamente' en sociedad, argumento que, ya dije y veremos durante el ensayo, no admite ninguna explicación razonable. Es decir, que suponen que es una necesidad, dada la imperfección humana, cuando en realidad es una consecuencia.

                   Suponiendo que esto fuera cierto, si el hombre llegara a ser perfecto, esto es, nunca mintiera, fuera siempre honesto, nunca cometiera delitos y demás, la policía, la 'justicia' y los otros 'servicios' que 'brindan' los Estados coercitivos, dejarían de tener sentido, según su razonamiento. De modo que, el hombre perfecto, podría vivir sin necesidad de coacción alguna. Y como, para ellos, el Estado tiene, necesariamente, que ser coercitivo, el hombre podría vivir sin necesidad de Estado alguno. Y si consideramos al Estado como aspecto natural de la sociedad, esto implicaría que el hombre, finalmente, podría vivir sin sociedad.

                   Pero, por otro lado, lo cierto es que el hombre tiende, con más o menos altibajos, con más o menos momentos críticos -no puede decirse que ni la Segunda Guerra Mundial, ni el hoy aparente aumento en el consumo de drogas, entre otras muchas cosas, sean logros- a la perfección. Más allá de la crisis que pareciera estar atravesando el mundo de hoy, el increíble avance tecnológico, cultural y hasta espiritual21 , lo testifican. Desde un punto de vista metafísico, esto es obvio: la vida es crecimiento y desarrollo porque, de no ser así, sencillamente, no podría haber existencia. Ahora, si el hombre perfecto no necesita al Estado coactivo y el hombre tiende a la perfección, va de suyo que la tendencia es a la desaparición de la coerción física en la medida del progreso humano, salvo que creamos en el 'momento estático' y, consecuentemente, en que el hombre, el orden natural, no progresa. Entonces, la gran pregunta es ¿debemos esperar a que la gente avance hacia lo perfecto y, en esa medida, suprimir a la coerción estatal? La respuesta, obviamente, es no.

                   Porque sucede que, precisamente, la primera violencia y la más fuerte, pretende ser la coacción estatal. Para eso se la funda, para que ésta, supuestamente, siendo la más poderosa, evite el resto de las agresiones dentro de la comunidad. Es decir que es, al menos teóricamente, la máxima expresión de la imperfección humana, aun cuando se pretenda la incoherencia de querer presentarla como necesaria dada la imperfección. De donde, no sólo no hay que esperar a que el hombre se perfeccione para superarla, sino que hay que adelantarse y suprimirla. Porque esto permitirá que evolucionemos, que la autoridad real, la autoridad moral, ocupe su lugar. ¿Y con qué velocidad? Con la máxima que se pueda, porque esto, justamente, la velocidad y la magnitud con que podamos disminuir a la violencia, marcará el grado de madurez y perfección de la sociedad en cuestión.

                   De lo que se trata, pues, es de eliminar lo más rápidamente posible a la violencia. Con la prudencia del caso, con la humildad suficiente para reconocer que, al menos en principio y en alguna medida, somos todos culpables. En definitiva, la supresión de la violencia como método de 'organización' social y su reemplazo por la verdadera autoridad no implica ni es el correlato de la búsqueda racionalista de 'la sociedad perfecta'. Sino que es un imperativo moral que va de suyo, es el 'deber ser' con todas las implicancias morales y efectivas –eficientes- que esto supone. Siempre recordando que sería utópico creer que podremos eliminar la violencia de este mundo de manera rápida y radical.

                   Por otro lado, insisto, según veremos que lo explicaba san Agustín, el mal -la violencia- en el sentido de que podrá ser ‘encontrado’ siempre en este mundo, es 'natural'. Es decir, que lo cierto es que nunca podremos suprimirlo por completo. Pero esto no quita que nuestra obligación grave sea la de intentarlo y conseguirlo lo más que podamos. Sin ninguna duda, para esto será necesario un acercamiento a la verdad natural. Pero, sin duda, más todavía será necesaria, por los motivos que surgirán durante el desarrollo del ensayo, una gran fuerza ética, moral y espiritual22 . Sin olvidar, por cierto, que el desarrollo científico y tecnológico ayuda a derribar las barreras coactivas que los Estados violentos pretenden imponernos23 .   

1 "El conocimiento positivo es una comprensión de lo que nos rodea que nos permite movernos hacia nuestro fin por la mejor ruta", asegura Bertrand De Jouvenel, 'The Treatment of Capitalism by Continental Intellectuals', en 'Capitalism and the Historians', F. A. Hayek, Editor, The University of Chicago Press 1974, p. 92. "Por lo pronto, es preciso tener en cuenta que todo conocimiento y toda facultad ejercida por el hombre tiene un fin, y que este fin es el bien. No hay conocimiento ni voluntad que tenga al mal por objeto", 'La Gran Moral', I, I, en Aristóteles, 'Moral', Ed. Espasa-Calpe Argentina SA, Buenos Aires 1945, p. 26 (Nota: si bien figuran bajo el nombre del estagirita, probablemente ni la 'Moral a Eudemo', nombre éste de un discípulo suyo, ni su resumen 'La Gran Moral', le pertenecen). Según R. Verneaux "el conocimiento es un acto espontáneo en cuanto a su origen, inmanente en cuanto a su término, por el que un hombre se hace intencionalmente presente en alguna región del ser. Ante todo, hay que afirmar que el conocimiento es una especie de ser, o mejor aún una manera para el hombre de existir... El conocimiento es un acto. Esto significa dos cosas: que no es un movimiento y que no es una producción; o, en términos positivos, que de suyo es pura contemplación inmóvil".

2 “Adiós a la razón”, Editorial Tecnos, Madrid 1996, pie de pp. 44-45.

3 “La estructura de la mente”, Editorial Labor, Barcelona 1969, pp. 181 y 184.

4 Obviamente me estoy refiriendo a que no existe tal cosa como 'conocimiento objetivo' a partir del hombre (del sujeto); o, lo que en definitiva es lo mismo, a partir de las cosas materiales. En contraposición con esto, según veremos durante el ensayo, sí existe el conocimiento objetivo a partir del absoluto, 'El Objeto'. De otro modo, si no tuviéramos una referencia externa segura, el conocimiento sería imposible. Es decir que, como el conocimiento puramente del hombre (a partir del sujeto) es necesariamente relativo, sería imposible de no existir el absoluto. Un ejemplo simple, Usted nunca podría ubicarme si le dijera que estoy a tres metros, debo agregarle la referencia: a tres metros de la pared, y la pared está dentro de la casa, y la casa dentro de la ciudad, y así hasta llegar a la referencia 'absoluta'. Ahora, este conocimiento objetivo, en razón de la imperfección humana, es sólo parcialmente (muy parcialmente y muy débilmente) conocido por el hombre. Es decir, sabemos que existe el Absoluto, pero no podemos conocerlo de modo absoluto. Por ejemplo, sabemos que matar es inmoral ('No matarás'), pero ésta es una afirmación (sin duda inmutable y universal) muy amplia, que abarca una cantidad infinita de situaciones particulares que, como son infinitas, jamás conoceremos total y perfectamente. Sea como fuere, es importante que quede claro que "El totalitarismo nace de la negación de la verdad en sentido objetivo. Si no existe una verdad trascendente, con cuya obediencia el hombre conquista su plena identidad, tampoco existe ningún principio seguro que garantice relaciones justas entre los hombres... Si no se reconoce la verdad trascendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión...", según afirma Juan Pablo II, Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, n. 99. Por el contrario, como la pretendida objetividad a partir del hombre es una falsedad, la 'objetividad' (es decir, la honestidad y veracidad) científica ha dejado de ser la búsqueda de la verdad, hasta las últimas consecuencias, para convertirse en el sometimiento a otras subjetividades menos informadas. Así "Cuando (los científicos prácticos) recuerdan sus votos de objetividad, hacen que otras personas formulen sus juicios por ellos", asegura Anthony Stand en, 'Science is a Sacred Cow', E. P. Dutton and Co., New York 1958, p. 165. Precisamente, el hecho de que el conocimiento exclusivamente a partir del hombre sea, necesariamente, subjetivo, parcial y relativo, y que el ser humano (gracias al orden natural) evoluciona (se acerca cada vez más a la verdad) es lo que nos permite contemplar (admirar) el Absoluto (ver la cita de Juan Pablo II en la nota 94, en el Capítulo IV de la Parte Segunda).

5 'Quaestiones disputatae de veritate', 1,1.

6 'Quaestiones disputatae de veritate', 2,2.

7 Diccionario Enciclopédico Espasa, Espasa-Calpe SA, Madrid, 1988.

8 Aun así, según S. S. Juan Pablo II, "Cuantos se dedican al estudio de las Sagradas Escrituras deben tener siempre presente que las diversas metodologías hermenéuticas se apoyan en una determinada concepción filosófica. Por ello, es preciso analizarla con discernimiento antes de aplicarla a los textos sagrados", Encíclica 'Fides et Ratio', Roma 1998, n. 55.

9 En cuanto a la autoridad, para los católicos, tanto la Sagrada Tradición como la Sagrada Escritura han sido confiadas a la Iglesia, y dentro de ella, sólo al Magisterio le corresponde interpretarlas auténticamente y predicarlas con autoridad (cfr. Conc. Tridentino, Decr. 'De libris sacris et de traditionibus recipiendis'; ver también, en lo referido a la inspiración divina, León XIII, Enc. 'Providentissimus Deus', y Conc. Vaticano II, Const. Dogm. 'Dei Verbum').

10 Paul Feyerabend explica que "...Estos estudios muestran como Copérnico, Newton, Galileo, los presocráticos y Einstein lograron lo que hoy es conocido como sus éxitos. Los derroteros que siguieron no carecían de dirección, y todos ellos tenían ideas muy concretas sobre sus métodos, aunque las ideas a las que llegaron fueron muy distintas de sus puntos de partida. Tampoco pudo preverse la dirección final de la investigación. Nadie conocía de antemano los virajes y vueltas que tendría que hacer; nadie preveía los métodos que tendría que utilizar en el curso del viaje, pero nuestros viajeros no dudaron y se adentraron valerosamente en tierra de nadie. Retrospectivamente podemos con frecuencia identificar itinerarios bien definidos; podemos retrazarlos en detalle y con precisión..., pero estos itinerarios difirieron considerablemente de las heliografías de los filósofos... y no eran conocidos previamente. Oportunidad, actividad humana, leyes naturales, circunstancias sociales; todo eso contribuyó de la forma más curiosa y asombrosa a llevarles a sus objetivos", 'Adiós a la razón', Editorial Tecnos, Madrid 1996, p. 30.

11 Para dar sólo un ejemplo (de los miles que ocurren, visto que éste es el modo común en que se perfecciona el conocimiento), Israel M. Kirzner, en el Prólogo a la Segunda Edición Española de su libro 'Competencia y Empresarialidad' (Unión Editorial, Madrid 1998, p. 9) asegura que "...no pretendía ofrecer con este libro una contribución teórica original", sin embargo luego de las insospechadas consecuencias que surgieron de la lectura "Ahora creo ciertamente que el libro aportó una modesta, original contribución, cuyos significado y contenido pasaron entonces totalmente inadvertidos". Es decir, que el autor escribió, con toda conciencia, aquello que quería transmitir. Sin embargo, los lectores sacaron ('crearon') algunas otras conclusiones insospechadas para el autor que, ahora, dados esos lectores que transmitieron el libro (a veces incluso inconscientemente) por vía oral o escrita, el autor reconoce como una 'original contribución'. Si los lectores no hubieran existido, esta 'original contribución' nunca hubiera sido descubierta y el libro habría quedado en la mente del autor tal como lo pensó inicialmente. Si los lectores hubieran sido otros, quizás, la 'original contribución' hubiera sido distinta. Ahora, surge claramente que en éste proceso 'creativo' interactivo resultó fundamental, justamente, el hecho de que los lectores no interpretaron exactamente lo que el escritor quiso exponer sino que, 'violando' el espíritu del autor, sacaron conclusiones 'insospechadas' para el autor. Que, por cierto, ahora reconoce como válidas y positivas tanto que, de hecho, sobre estas 'conclusiones insospechadas' siguió construyendo nuevas ideas que, seguramente, sufrirán el mismo proceso. Claro que éste es un proceso 'desordenado' (por espontáneo) para los racionalistas que pretenden tener todo 'racionalizado', 'ego controlado'.

12 Carta Encíclica 'Pacem in Terris', Roma 1963, Introducción, 1.

13 En cuanto al sustento psicológico de la violencia me parece interesante, para el caso, lo que afirma C. G. Jung: "... se observan... en la vida de los tipos irracionales sorprendentes juicios y sorprendentes actos selectivos en forma de aparente prurito razonador, fría tendencia enjuiciadora; y elección, aparentemente deliberada, de personas y situaciones. Estos rasgos evidencian un carácter infantil e incluso primitivo. A veces son sorprendentemente ingenuos o son desconsiderados, rudos y violentos", 'Tipos Psicológicos', Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1954, p. 432. En contraposición con esto, ver lo referido a la Inteligencia Emocional y a la fe en la nota 84 en el Capítulo I de la Parte Primera.

14 Ver 'El bien y el mal', Capítulo I de la Parte Primera.

15 Nótese que, deliberadamente, he utilizado la palabra 'eterno' al referirme a la fe, en contraposición con la planificación. Téngase en cuenta que eternidad significa 'fuera del tiempo' y no 'tiempo infinito'. Es decir que, cuando se dice eterno, no tiene sentido el concepto de tiempo. En cambio, cuando se dice infinito se supone que, en el tiempo, no tiene principio ni fin. La planificación supone, de suyo, tiempo por esto es que corresponde hablar de infinito. Por el contrario, la fe supone estar 'más allá  del tiempo'. San Basilio el Grande (330-379) para refutar a Orígenes, asegura que sólo Dios (el Ser) es eterno, en tanto que la creación está signada por el tiempo. Ahora, ¿las criaturas humanas son seres o no, dado que no son Dios y viven en el tiempo? Para san Agustín (354-430) son seres y no lo son, viven inmersos en un tiempo que fluye incesantemente y en un cierto 'aglutinamiento de instantes sucesivos'. Este Obispo de Hipona, asegura que el tiempo sólo puede explicarse a través del alma que, por la memoria, conserva el pasado y, por la expectación o previsión, anticipa el futuro, de lo que resulta que el tiempo es una medición del alma, que se distiende (distentio animi) o, en otras palabras, el tiempo es conciencia del tiempo (Confesiones XI, 14 y ss.). En una idea que parece similar pero que, a mi modo de ver, finalmente, es opuesta (materialista), para Martín Heidegger el ser sólo resulta comprensible cuando se lo mira desde el tiempo, existir es proyección temporal, es preocuparse anticipadamente por algo. Idea parecida al 'somos futuridad' de Ortega y Gasset. En definitiva, me parece, y 'resolviendo' a san Agustín, el problema del tiempo queda resuelto, solamente, a través de la fe que nos proyecta sobre lo eterno (lo inmutable); en tanto que la planificación supone que nos lleva al tiempo infinito (por cuanto se podría adelantar el futuro y adelantarlo ininterrumpidamente) lo que, a todas luces, es irreal. Por otra parte, para lo exclusivamente ('estáticamente') físico, material, el tiempo es corrupción, todo se corrompe con el tiempo. De aquí que la planificación termine, de modo necesario, en corrupción. Por el contrario, la fe supone esta capacidad del alma de transformar el tiempo en eternidad (de proyectarse), en lo inmutable, permanente y, consecuentemente, incorruptible. Así, el tiempo no es más que un marco de referencia arbitrario (relativo entre seres humanos) para relacionar (medir) el proceso de pasaje de potencia a acto (lo perfecto, lo eterno), según veremos más adelante. Para terminar con el tema del tiempo señalemos algo notable: desde un 'marco de referencia material' sólo existe el presente, pero el pensamiento humano sólo puede considerar el pasado o el futuro.

16 Como una de las tres virtudes teologales, el C.Ig.C. en el n. 1818, asegura que "La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los Cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza persevera del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad". Me importa remarcar, en particular que, de suyo, esta virtud aleja del egocentrismo y conduce a la caridad de modo espontáneo.

17 Sin duda, el 'permisivismo' es una grave degeneración de la conducta. Esta ocurre cuando 'permitimos' que el orden sea ignorado, menospreciado o violentado, ya sea que lo hagamos nosotros (que es lo más común) o que lo realicen otros. Como el orden por excelencia es el natural, según veremos, el 'permisivismo' más crudo es el que permite que sea ignorado. Por ejemplo, si un amigo nuestro intenta, de algún modo, destruir su vida y nuestra actitud es 'que haga lo que le venga en gana', claramente estamos adoptando una actitud 'permisiva'. Pero si, para impedirlo, lo matamos, nuestra actitud es aún más 'permisiva', por cuanto nos habremos permitido violar el expreso mandato en favor de la vida. Con respecto a la educación de los hijos ver la nota 257 en el Capítulo IV de la Parte Primera.

18 "Es fácil impedir que el niño haga algo; somos tan... fuertes en comparación... Podemos detenerlo y hablarle con mala cara y voz severa. Responderá a esta actitud llorando o protestando, y si continuamos desaprobando se pondrá  ansioso, enojado o caprichoso.... Sin embargo, es necesario impedir que un niño haga ciertas cosas... Es necesario protegerlo...  tendemos a pensar que la madre sabe mejor lo que es bueno para el niño, en realidad el niño sano sabe aún más lo que necesita. Instintivamente lucha por su derecho a crecer y desarrollarse... si (la madre) se enoja ese acto se convertirá en un problema entre ambos. (El niño)... se enojará tanto como su madre... Se ha dado cuenta de que puede hacer que la madre se enoje cuando él quiere... Prohibiéndole hacer algo de mala manera, le ha demostrado que él puede oponerse a ella. Ha aprendido una manera de controlar sus (de la madre) sentimientos, si no sus actos. Es la madre quien pierde", Edith Buxbaum, 'Comprenda a su hijo', Ediciones Hormé, Buenos Aires 1959, pp. 126-129. Por otro lado, hoy no existen dudas de que los niños que no reciben nunca 'nalgadas' tienen mejores resultados en los test de inteligencia; esto se debe, básicamente, a que los padres que no les pegan a los hijos pasan más tiempo conversando y razonando con ellos y, también, a que tienen que agudizar el ingenio para evitar los malos comportamientos sin caer en la 'solución' fácil (la violencia) y, de este modo, los niños aprenden que agudizar el ingenio es el camino. Murray Straus, de la Universidad de New Hampshire, cuyo equipo de investigación examinó a más de 900 niños con edades de entre uno y cuatro años, durante más de cuatro años, asegura que "la investigación indicó que esas interacciones verbales entre padres e hijos promueven la capacidad cognoscitiva de los niños". Por otro lado, ya se ve que el problema de la violencia en la educación de los hijos ha sido un clásico que ha ido mejorando (y seguirá) a través de los tiempos; así, Josef Holzner, en su libro 'San Pablo', publicado por primera vez hace más de medio siglo, escribió, refiriéndose al Apóstol, que "...tal vez recordara a su padre cuando más tarde, en la Carta a los Efesios (6, 4), escribía este aviso pedagógico: '¡Padres, no irritéis con excesivo rigor a vuestros hijos!' El problema: padres tiránicos-hijos irritados, padres a la antigua-juventud moderna, seguramente se dio también entonces" (Editorial Herder, Barcelona 1971, p. 27).

19 "Todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber. El placer que nos causan las percepciones de nuestros sentidos son una prueba de esta verdad", así comienza Aristóteles su 'Metafísica', Libro Primero, I (Espasa-Calpe Argentina, Buenos Aires 1945, p. 15).

20 Por ejemplo, el doctor Campbell, que pasó treinta años como médico en las prisiones inglesas, aseguró que "Tratando a los presos con dulzura, con tanta consideración como si fueran damas delicadas, conseguíamos que reinase siempre en el hospital el orden más completo. Hasta los criminales más groseros me asombraban por los cuidados que prodigaban a los enfermos", citado por P. Kropotkine, 'Las prisiones', Valencia 1897, p. 27.

21 Sólo a modo de índice notemos que, entre otras cosas, "'Los hombres de nuestro tiempo tienen una conciencia cada vez mayor de la dignidad de la persona humana', como constataba ya la Declaración conciliar Dignitatis humanae sobre la libertad religiosa", según recueda S.S. Juan Pablo II, en la Encíclica 'Veritatis Splendor', Roma 1993, 31.

22 Quiero hacer una aclaración que me parece importante. El destacado periodista Jorge Castro, por ejemplo, escribió que "...el Estado nada puede sin una transformación de la conducta individual... que sea consistente con una economía de mercado, en lo esencial autorregulada. El renacer ético se transforma en necesidad funcional. Malraux siempre creyó que la nueva civilización estaba obligada a fundarse en un redescubrimiento de lo religioso. O no sería", 'Respuesta libertaria al desafío de Internet', La Nación, Buenos Aires, 13 de julio de 1997, Secc. 1ra., p. 6. Resulta notable como, muchas veces, pequeñas sutilezas pueden incluir errores importantes. Quien lea apresuradamente el párrafo citado, no sólo podrá asentir, sino que hasta podría parecerle una afirmación muy sana. Sin embargo, trastoca las jerarquías de tal modo que, finalmente, la moral queda reducida a poco o nada. Efectivamente, me importa que quede muy claro que, como la moral es anterior al Estado y es anterior a la civilización, lo correcto (y realista) hubiera sido decir que "un necesario e inevitable redescubrimiento de lo religioso fundará una nueva civilización", y que, "inevitablemente, la funcionalidad surgirá del renacer ético". En este sentido, mucho más realista fue la afirmación del cubano José Martí quién aseguró que "Todo pueblo necesita ser religioso. No sólo lo es esencialmente, sino que por su propia utilidad debe serlo... Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella; es necesario que la justicia celeste la garantice", citado por S.S. Juan Pablo II, ver 'Diálogos entre Juan Pablo II y Fidel Castro', Mons. Jorge Mario Bergoglio, Coordinador, Ed. Ciudad Argentina, Buenos Aires 1998, p. 114.

23 Ver la nota 85 en el Capítulo III de la Parte Segunda.