EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

EL FUTURO, DE LA ESPERANZA

Alejandro A. Tagliavini

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El bien y el mal

El bien y el ser son convertibles (ens et bonum convertuntur). Parménides de Elea, quizás el primer gran metafísico de la historia, ya afirmaba la que para muchos es la primera y más simple aserción de toda verdadera filosofía: "Se debe pensar y decir siempre que el ser es, porque es ser, mientras que el no ser no es"1 . Por esto es que, según decía en la Introducción, metafísicamente hablando, la violencia en cuanto tal como que destruye a la vida no existe. Porque no existe el mal, en cuanto tal. Doctrina clásica entre muchos autores, empezando por Platón y Aristóteles y, particularmente, entre los católicos ya que lo contrario significaría sostener el maniqueísmo. Efectivamente, si el mal existiera esto implicaría que ha sido creado, pero como el Bien no puede crear el mal habría que afirmar, junto con el maniqueísmo, que existen dos principios creadores: uno para el bien y otro para el mal.

Así, por ejemplo, san Agustín identifica claramente el mal con el no ser -el no existir, metafísicamente, en tanto mal- justamente, como decía, con el fin deliberado de oponerse al maniqueísmo. Y asegura de modo categórico que "Dios es el sumo ser, y por esto inmutable, que creó las cosas de la nada... y a unas distribuyó el ser en más y a otras en menos... de Él proceden todos los entes que tienen ser... pues a lo que es se opone, o es contrario, el no ser, y por eso respecto de Dios, es decir, de la suma esencia... no hay esencia alguna contraria" 2.

De aquí, la justificación metafísica de la eficiencia, en el sentido de hacer lo mejor: como el mal no existe -en razón de la naturaleza del Ser- y la evolución hacia el bien, hacia la perfección, va por el orden natural, la eficiencia supone la máxima adecuación a este orden y no significa, como algunos creen, 'superar el mal'. De aquí, también, que el orden natural no 'registre' el mal. Efectivamente, visto que el orden es 'la recta disposición hacia el bien', necesariamente 'ignorará' al mal sencillamente porque no es de suyo, precisamente, porque no existe. Por otro lado, está claro que el 'mal perfecto' constituye una contradicción en términos porque lo perfecto es lo bueno. De modo que, en toda cosa en donde 'hay mal' como éste no puede ser perfecto habrá, también, de modo necesario, algo de bien (aunque sea infinitésimo). Para ‘visualizar’ lo que he venido diciendo, digamos que el mal no existe del mismo modo en que, por ejemplo, el color negro no existe. Recordemos que el color es una impresión luminosa, en tanto que el negro es la falta de esa impresión. Por el contrario, el blanco es la máxima luminosidad; así con una combinación, sumatoria visual de los colores, puede obtenerse el blanco. Cuando Usted 've' negro, en realidad, no está viendo nada; si nota algún brillo es porque no existe el negro absoluto, perfecto.

En otras palabras, el Ser es el bien absoluto, pero el ser absoluto es su prerrogativa. De modo que no puede haber mal absoluto porque sería contradictorio, el mal con el absoluto. Para decirlo en términos peyorativos, no puede existir un mal tan grande como el Bien porque, entre otras cosas, esto implicaría un 'empate' y el Bien, sabemos, debe necesariamente ganar. Consecuentemente, aun cuando el mal no existe en cuanto tal como no puede ser absoluto lo que en realidad encontramos es un mal parcial, más grande o más pequeño, pero parcial. Es decir, que el mal implica, de suyo, porque no puede ser absoluto -nada puede ser absolutamente malo- la existencia de un bien parcial -menos o más grande- que será mal parcial. En otras palabras, aun cuando el mal no existe como tal, existirán los seres buenos -en la medida en que sean- y a la vez malos. Y, en este sentido 'existencial', puede decirse que hay -'existe'- mal. Y aquí se produce la gran ironía de que, para que 'exista' el mal debe, de modo necesario, ser sostenido por bien o venir 'adherido' a algo de bien, aunque éste último sea infinitésimo.

Por su lado, J. L. Balmes, afirma que "El bien absoluto bajo todos los conceptos sólo se halla en Dios: el bien absoluto es la realidad infinita. El mal absoluto, en cuanto opuesto al bien absoluto, parece que debiera ser la negación absoluta; pero a ésta no se le llama mal, sino nada. En este sentido, diremos que no hay mal absoluto, puesto que todo mal implica la perturbación del orden en algún ser; es decir, en algún bien: ya sea que falte lo que debiera haber, ya sea que sobre algo que introduzca el desorden... Ahora podremos definir el mal diciendo que es la perturbación del orden... Según sea el orden perturbado será la especie del mal: físico, si el orden es físico; moral, si es moral. La destrucción de uno de nuestros órganos es un mal físico; un acto de injusticia es un mal moral"3 .

Quedó claro que el mal es el desorden. Y así, el orden natural, que es metafísico, que hace al ser, no 'registra' al mal evitando su evolución hacia la perfección y, consecuentemente, permitiendo que se 'autodestruya'. Ahora, queda claro que el mal, la negación del ser, no es en absoluto algo que, como no existe metafísicamente, en cuanto tal, no se 'siente'. Por el contrario, es la situación más desagradable que le pueda ocurrir a humano alguno, puesto que el hombre fue creado para ser. En el extremo es imposible de imaginar, pero para tener una vaga idea supongamos una persona ciega, sorda, muda, sin tacto y sin olfato pero, además, invisible, es decir, un individuo que 'no existe' ni para sí ni para el registro de terceros. De hecho, alguien así podría vivir muy poco tiempo, si es que puede llegar a vivir.

Así, el dolor que produce la ausencia de bien es, precisamente, la reacción natural del ser frente al mal que está en donde debería haber existencia. Esto, psicológicamente, se ve con mucha claridad; así, normalmente, la angustia, la depresión, la ira y demás males, señalan la falta de ser, de amor. Es decir, que este dolor es la indicación que nos hace la naturaleza -la esencia- de las cosas en cuanto a que estamos alejándonos de ella. Y esto tiene que ver con la conciencia que estudiaremos cuando veamos 'La Moral'. La pregunta ética, entonces, es ¿hay que hacer algo contra el mal teniendo en cuenta que metafísicamente no existe en cuanto tal? Pues, justamente, es urgente que 'seamos' para evitar el mal, es decir, es urgente que sigamos fielmente al orden natural, que evitemos todo aquello que -sin ser sobrenatural- es extrínseco a lo natural.

Así, desde la moral -que tiene sentido a partir del ser en potencia- el mal no tiene entidad propia -en cuanto que no existe- sino que consiste en una privación -lo que le falta de ser al bien al que viene 'adherido'- es la ausencia del bien debido según el orden, para ser plenamente. Así santo Tomás asegura que "El bien se dice en virtud del orden al fin. Como el mal es privación del bien, doblemente puede producirse el mal: sea según la misma relación al fin, o según la aptitud para conducir a él. Y así el pecado se engendra por una doble causa: o porque el acto no es proporcionado al fin, como ocurre con las acciones que son malas en sí mismas; o porque el agente lo refiere desordenadamente al fin, como es patente en las acciones que se tornan malas por la intención, aunque lo que se haga sea en sí mismo bueno"4 .

Por cierto que desde la metafísica, estrictamente, el mal hace referencia al mal moral, 'voluntario', culpable. El mal físico, una enfermedad por caso, desde la metafísica estrictamente, en principio, no es un mal sino una consecuencia de la imperfección humana. Así, existe una diferencia entre mal moral, pecado y 'mal físico', imperfección. En cualquier caso, como el mal es la ausencia del bien debido si 'pongo' bien allí donde no está -donde hay mal- desaparece el mal. Y éste es el verdadero y único modo real y eficiente de combatir el mal: 'creando' el bien allí donde no está. "Pero, ante el mal, no contestaremos con otro mal, sino con la doctrina clara y con la acción buena: ahogando el mal en abundancia de bien (cfr. Rom 12, 21)", aseguran F. Fernández-Carvajal y P. Beteta5 .

En cuanto al Bien, es importante notar que es único. Es decir que, sea propio o ajeno 'se confunde' de manera que resulta sólo uno. Entonces, cuando se actúa por el bien no puede distinguirse entre el ego y el prójimo. Así, para la Iglesia romana "Esta es la Comunión de los Santos que profesamos en el Credo; el bien de todos se convierte en el bien de cada uno, y el bien de cada uno se convierte en el bien de todos", según asegura S.S. Juan Pablo II6 . Así, cuando una persona interactúa con otra o hace el bien o hace el mal. Si hace el mal, lo hace para ambas -estrictamente, lo hace sólo para sí mismo; metafísicamente: no hace nada- si hace el bien, lo hace para ambas -en rigor de verdad, simplemente se participa en el Bien con todo lo que esto implica- y, por otro lado, como la persona es única, es decir, es cuerpo y alma de aquí que, en principio, el bien espiritual, 'moral' -dentro del orden natural- debe necesariamente implicar el bien material.

Así, el amor a sí mismo nada tiene que ver con el egoísmo, sino que significa exactamente lo contrario. Efectivamente, sabemos que el verdadero Bien es uno sólo. Así, cuando se ama verdaderamente es imposible distinguir entre el amor a sí mismo y el amor al prójimo. El egoísmo, por el contrario, surge de la errónea creencia de que puede hacerse el 'bien' a uno mismo sin que importe lo que le suceda al prójimo. Pero, al negar al prójimo, como el bien es único, se niega el propio, se niega el verdadero amor propio. Claramente, aunque es una actitud individual es 'racionalista' en cuanto desconoce el mandato del orden natural -que el bien es uno sólo- reemplazándolo por la creencia, surgida del propio raciocinio, según la cual es posible el bien propio sin el del prójimo. Desde un punto de vista psicológico, ésta creencia equívoca es signo de inmadurez, que normalmente se expresa a modo de temor por abrirse al prójimo, al Ser.

1 Cfr. 'Sobre la Naturaleza', Fr. II, v. 3 y Fr. VIII. Este es el famoso 'principio de no contradicción' que ya habíamos comentado en la Introducción al ensayo.

2 'De Civitate Dei', XII, 2.

3 'Teodicea' (nn. 82, 83, 84), en 'Metafísica', Ed. Sopena, Buenos Aires 1944, p. 169.

4 'In IV Sent.', d. 16, q. 3, a. 2. s. II.

5 'Hijos de Dios', Ediciones Palabra SA, Madrid 1995, pp. 140-1.

6 Exhortación Apostólica 'Christifideles laici', 30-XII-1988, n. 28. Ver la nota 172 en el Capítulo III siguiente.