ESTRUCTURA DEL MERCADO AUDIOVISUAL: RESULTADOS

José Patricio Pérez Rufí (coordinador)

2. Las discográficas ante el mercado digital.

Una compañía discográfica o sello discográfico se dedica tanto a llevar a cabo grabaciones de música, como a comercializarla y a distribuirla. Muchas de estas discográficas cuentan con sus propios estudios y sus propios equipos y profesionales para poder llevar a cabo un trabajo óptimo y bajo control.
También se dedican a promocionar nuevos intérpretes, producir a artistas, proporcionar los medios necesarios para la producción de videoclips y para la realización de conciertos, etc. En este panorama unas discográficas compran a otras, se fusionan o crean filiales especializadas en determinados estilos musicales.
En definitiva, un sello discográfico es de una marca distintiva que ayuda al consumidor a diferenciar los productos dentro de una gran variedad de oferta, el cual posee su propia filosofía y su manera de trabajar.
La industria de la música ha experimentado y aún sigue en ello, grandes cambios. El mercado físico se ha visto invadido por el mercado digital, y éste, poco a poco, ha ido ganando terreno. Cuando el mercado imperante era el físico, se tendía a “valorizar el soporte musical como objeto, los rituales ligados a abrir el disco, ver la carátula y las fotos, leer los textos, conocer quienes han participado” (Fouce, 2010, p. 67).
Sin embargo, cuando Internet comenzó a ganar terreno y a tomar estabilidad a mediado de la década de los años 90, los sectores de producción y distribución comenzaron a plantearse este medio como una vía positiva para la venta de música. Se podría decir que uno de los grandes impulsos de este servicio, fue el lanzamiento de iTunes en Estados Unidos en abril de 2003, el cual contó desde sus principios con grandes cantidades de ventas. Valga decir que la industria discográfica reacción tarde ante la acción de los usuarios al digitalizar y distribuir online los archivos en formato MP3.
El sector no sólo ha evolucionado en cuanto a la manera de adquirir el producto y a la forma de consumirlo (desde la gramola, walkman y reproductores de CD’s, hasta los reproductores multimedia digitales), también ha evolucionado en cuanto a la hora de hablar de la música: “hasta hace poco, los discursos de los oyentes sobre la música solían estar centrados en cuestiones estéticas, en grupos, en canciones, en estilos” (Fouce, 2010, p.69). Actualmente, las tertulias sobre música suele focalizarse mayormente sobre las propias industrias, la relación entre músicos y oyentes, los precios de los productos y los cánones impuestos. “La cuantía del canon, el hecho de que sea gestionado por entidades privadas y la poca transparencia en el reparto de estas cantidades a los artistas ha generado una general desconfianza e indignación” (Fouce, 2010, p.70). Además, otra de las críticas coincidentes, es sobre la de ser tratados como piratas cuando al comprar un disco grabable, grabadoras de CD y DVD, scanners y demás, ya estamos pagando un canon. Críticas dirigidas hacia una industria que no termina de adaptar el negocio musical a los nuevos tiempos.
Las características que podemos ofrecer en este trabajo sobre las industrias discográficas es que, antes de la aparición de Internet, las discográficas construían un bien material. Es decir, fabricaban un producto el cual se le administraba al usuario a cambio de dinero. El usuario, al obtenerlo, lo valoraría y sería de su gusto o no.
Dentro de la industria discográfica, cada sector recibe un porcentaje de las ganancias distinto de cada uno, aunque puede variar según el caso: el compositor y la editorial reciben un 9%, el artista un 10%, el productor un 2%, la compañía discográfica un 24%, el fabricante un 8%, el distribuidor un 20% y el minorista un 27% (Palmeiro, 2004). Con lo cual, vistos estos porcentajes, la industria discográfica se lleva gran parte de las ganancias que puede obtener un CD.
En cambio, también hay una era post-Internet, donde las industrias discográficas se encuentran en una situación muy distinta. Éstas construyen su producto, que el usuario lo obtiene sin dar nada a cambio. Después de obtenerlo, el usuario lo valoraría y, según su criterio, pagaría o no por el producto.
Junto a estos dos puntos de vista presentados, tenemos, además, que la cantidad de cds que se llegan a vender desciende cada año. Esto es debido a que las discográficas, viendo el panorama que tenían delante con respecto a los avances tecnológicos de Internet, sube los precios de los cds. Además, no existe un mercado libre en las ventas de cds, al no haber intersección de oferta y demanda, con lo cual los precios están mantenidos por las discográficas. Así es como se potencia la alternativa de la descarga, en la que ya no se compra un producto físico como el cd.
El asunto es que las discográficas saben cuál es la realidad, que Internet existe, pero que vender un tema en MP3 no permite que la industria discográfica mantenga su “entramado financiero internacional” (González, 2009). El MP3 se puede distribuir sin ningún intermediario pudiendo colgarse en Internet y ser descargado por millones de personas.
Un estudio realizado por Fouce (2010) recoge “la queja generalizada hacia las actuales formas de comercialización (precio) y distribución musical (constricciones del soporte físico): ‘no descargaría música de manera gratuita si el precio en tiendas fuera adecuado’ y ‘pago por descargar canciones sueltas porque no me interesa todo el disco’ ”.
Mientras este intercambio de música beneficiaba a los usuarios, las grandes compañías discográficas pensaron la manera de defenderse del panorama que se les presentaba. Pero también existía la posibilidad de descargarse música de manera legal a través de atunes, comprando canciones a un precio bastante más bajo que la venta de cds físicos.
El objetivo principal de la industria y sociedades generales de autores es que quieren demonizar la compresión de los archivos MP3 y colgarlos, o compartir los archivos en programas P2P (González, 2009). Sin embargo “ni copiar un cd a un amigo ni aceptar esa copia es una actividad ilegal. El artículo 31.2 LPI introduce el derecho a la copia privada que permite las copias cuando se hacen para tu uso privado, sin fin lucrativo y sin propósito de una ulterior difusión. Lo mismo puede decirse de la descarga de un FTP, si esta reproducción cumple esos requisitos del artículo 31.2 estaremos igualmente ante una copia privada.” (David Bravo, entrevista personal, 5 de julio de 2005). Por lo tanto, las descargas por Internet que sean para uso personal, no se consideraría un delito.
Una de las vías elegidas por parte de las industrias discográficas ante la reducción de ventas ha sido intensificar la gestión de derechos de propiedad intelectual. Sin embargo, “la idea que prevalece es que pagar el canon por copia privada y ser tratado de pirata por intercambiar archivos a través de los dispositivos que pagan por la posibilidad de hacer copias es cuanto menos contradictorio, cuando no un abuso” (Fouce, 2010). Por ello, vienen críticas de todas partes ya que no consideran que el negocio musical ha cambiado, y con ello, tienen que cambiar también las formas, buscar nuevas estrategias.
Por otra parte, la distribución digital elimina los problemas de sobreproducción resultando grandes ganancias de eficiencia y una reducción de riesgos. Con lo cual, cada usuario podría tener la posibilidad de tener su sello discográfico y lanzar su música al mercado. Además, se encuentran aspectos positivos, como el hecho de que hay tiendas virtuales o pequeñas discográficas que apuestan por nuevos talentos con el objetivo de “crear una verdadera cultura de consumo, pero no regida por las listas de popularidad o de los más escuchados, […] sino por aquello que el consumidor desee”, haciendo incluso que grandes compañías se asocien con ellas.
A pesar de haberlo intentado, las compañías discográficas no pueden evitar que se hagan miles de copias de la música. Incluso sus “batallas” contra estas descargas les han ocasionado muchos más problemas. Ahora, incluso, también tienen que contar con los artistas que “reclaman sus derechos ante las llamadas ‘prácticas estándar’ de la industria en relación a los contratos que ofrece”. Por lo tanto, se llega a pensar, debido a las diversas luchas que ha mantenido, que las industrias discográficas intentan evitar este tipo de prácticas por ser una nueva tecnología que no entienden, en vez de considerar adaptarse a ella.
Nos quedamos finalmente con dos puntos de vista muy distintos: la música como bien material, en el que se posicionan las industrias discográficas cuyo objetivo es más económico, es decir, obtener beneficios de sus productos; y la otra parte, la música como un bien cultural, que es como lo ven los nuevos usuarios, y cuyo objetivo es que haya más música accesible.
Por tanto, durante estos últimos años, hemos pasado de una posición a otra de una forma casi radical, cuando un desequilibrio constante y una readaptación de la situación, tanto por parte de las industrias discográficas como por parte de los propios usuarios.

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