POBREZA, DESARROLLO Y POLÍTICA SOCIAL EN MÉXICO

Hilario Barcelata Chávez

ATROFIA EN VEZ DE DESARROLLO.

Paul Baran, quien escribió uno de los libros clásicos sobre el desarrollo (La economía política del crecimiento), analizó la experiencia del desarrollo de Japón y concluyó que la diferencia específica que explica su rápido desarrollo, a pesar de su arribo con cierto atraso al capitalismo, hay que encontrarla en que ese país nunca fue colonia. Siempre funcionó como país independiente, autodeterminado. La experiencia reciente vuelve a mostrar que los países exitosos han sido los que han determinado autónomamente su agenda de desarrollo, como Corea del Sur y Taiwán. Como ha dicho Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía 2001 y ex miembro destacado del establishment internacional: "De todos los países, los del este de Asia son los que más han crecido y han hecho más para reducir la pobreza. Y lo han hecho, resaltémoslo, vía la globalización. Su crecimiento ha estado basado en las exportaciones, aprovechando el mercado global de exportaciones y cerrando la brecha tecnológica... Sin embargo, mientras algunos países de la región crecieron abriéndose a las compañías trasnacionales, otros, como Corea y Taiwán, crecieron creando empresas propias. Esta es la distinción clave: algunos de los países que han tenido mayor éxito en la globalización determinaron su propio ritmo de cambio; cada uno se aseguró de que los beneficios del crecimiento fueran distribuidos equitativamente y rechazó las presunciones básicas del Consenso de Washington, que postulaban un rol mínimo para los gobiernos y rápidos procesos de privatización y liberalización”1.
Las lecciones son contundentes: la autodeterminación es condición necesaria del desarrollo. No es extraño que ocurra lo mismo a nivel individual. La atrofia del desarrollo que se produce en los niños abrumados por padres sobreprotectores es brutal: adultos que siguen siendo niños toda la vida; seres que no se desarrollan.
Las personas y los pueblos aprenden a hacer lo que tienen que hacer. Cuando volví a la academia después de un periodo de 22 años trabajando en el sector público y en organismos internacionales, en los que siempre tuve una o más secretarias a mi servicio, aprendí a manejar una computadora personal porque tuve que hacerlo. El ingeniero Fernando Hiriart, uno de los grandes ingenieros mexicanos, contaba, al comienzo de los años setenta, cómo enfrentó el país la construcción de la nueva infraestructura hidráulica en los treinta: un pequeño grupo de ingenieros, con pocos libros sobre la mesa, acometió la tarea de diseñar y calcular las nuevas represas que habrían de formar el México moderno del siglo xx. No lo habían hecho nunca, ni había en México nadie con esa experiencia. Enfrentaron el problema y lo resolvieron porque no había otra opción y porque había una decisión política que los estimulaba.
Esta anécdota se sitúa en el momento en que nacía en México un proyecto de autodeterminación nacional que duró medio siglo y que transformó radicalmente al país. En la década de los setenta se limitaron los campos en los que podía incursionar la inversión extranjera por sí sola o en participación con el capital nacional, al tiempo que se legisló para estimular la difusión de la tecnología e incentivar su rápida asimilación; se creó el Conacyt para impulsar la ciencia y la tecnología nacionales, y se impulsó vigorosamente la educación superior pública. Todo expresaba el último eslabón, y por ello el más ambicioso de este proyecto de autodeterminación.
Durante la vida de este proyecto de autodeterminación nacional usamos las posibilidades existentes de financiamiento externo pero, sobre todo entre 1930 y 1970, financiamos el desarrollo básicamente con recursos propios. El modelo económico con el cual se instrumentó este proyecto de nación fue el de industrialización sustitutiva de importaciones (ISI). Este exitoso modelo se agotó y en los setenta entró en crisis. La mayor parte de los países de América Latina confundieron el modelo con el proyecto de nación y, cuando abandonaron finalmente el modelo de ISI, en medio de la crisis de la deuda de los ochenta, abandonaron también el proyecto de autodeterminación nacional. Arrojaron al bebé con el agua sucia de la bañera. El proyecto de autodeterminación nacional fue sustituido por la subordinación global. Aquí ya no hay proyecto nacional, sino una actitud de plena obediencia.
La subordinación global parte de premisas opuestas a las de la autodeterminación. Si ésta parte de la fe en nuestras propias potencialidades (podemos hacerla solos si así nos lo proponemos), aquélla supone que dependemos totalmente del capital y la tecnología provenientes del exterior. Por tanto, en vez de limitar la inversión extranjera, debemos invocarla mediante toda clase de rituales y evitar cualquier medida que la moleste. Mientras la autodeterminación, por tanto, conduce a una actitud científica que busca el dominio de las condiciones que harán posible la realización de las potencialidades, la subordinación global conduce al pensamiento escolástico y al mágico-religioso, que supone que la verdad es revelada y ha sido sintetizada en la nueva Biblia: el Consenso de Washington.
En la subordinación global en que vivimos, de lo que se trata es de aceptar las reglas dictadas por los que "saben y pueden", cumplirlas fielmente y preparar nuestros recursos humanos para hacer lo que en la nueva división internacional del trabajo nos toca: operar lo que ha sido desarrollado y diseñado en el exterior. La división entre poderosos y débiles ya no es entre producción primaria y producción industrial, sino entre desarrollo-diseño y operación. Ahora buena parte de la producción de bienes industriales se lleva a cabo físicamente en los países débiles. Las computadoras se desarrollan y diseñan en Estados Unidos, pero se "producen" en una cadena fragmentada en China, Guadalajara, Indonesia. Los del primer mundo llevan a cabo las labores creativas; nosotros las repetitivas. Eso sí, los globalisubordinados, muy orgullosos, mostramos el éxito exportador de la industria asentada en territorio nacional. Pero esta división no sólo se da en la industria. En los servicios pasa algo similar. Las franquicias (por ejemplo en fast food o en hotelería) no son otra cosa que la codificación de reglas de operación muy detalladas. Los que codifican las reglas y estandarizan los insumos son las transnacionales. El "empresario" nacional compra todo empaquetado y sólo tiene que operarlo. Con muy pocas capacidades puede operar una empresa.
El personal que va a operar estas "fábricas de movimientos repetitivos normados desde afuera" requiere de una educación que es cualquier cosa menos desarrollo de capacidades de pensamiento independiente y crítico. No necesitamos personal que desarrolle tecnología. Eso sí, se requerirán muchos abogados y administradores y muchos técnicos medios. El modelo de universidades tecnológicas, impulsado por Zedillo, es el modelo ideal de educación superior para un país maquilador. La subordinación global es pobreza de espíritu para todos y, para la mayoría, es también pobreza material.
Con lo anterior se reúnen los elementos para intentar una definición del desarrollo parafraseando, y aplicando a escala social, el concepto de realizaciones (functionings) que Amartya Sen ha vuelto famoso como elemento central de un nuevo enfoque del nivel de vida, la pobreza y la desigualdad aplicado a nivel individual. Se trata, dice, de concentrarse no en el placer o felicidad que la gente siente, ni en los bienes que posee, sino "en el tipo de vida que uno logra vivir con la ayuda de los alimentos y otros bienes". En un sentido más amplio, el nivel de vida de una persona consiste, según él, en el conjunto de sus realizaciones: lo que la persona logra hacer y ser. Concentrémonos primero en el hacer, cambiemos la escala, de lo individual a lo social, y ejemplifiquemos con el desarrollo industrial. En el periodo en que predominó la autodeterminación nacional, en América Latina aspirábamos al desarrollo industrial propio, basado en empresas nacionales. La inversión extranjera la conocíamos muy bien en las plantaciones bananeras y sabíamos que eso no era el desarrollo. Para desarrollarnos requeríamos nuestra propia capacidad industrial. Subrayo las palabras nuestra y capacidad con todo propósito. La capacidad industrial propia no es el funcionamiento en nuestro territorio de empresas modernas que contratan trabajadores mexicanos. Eso también lo conocíamos con las empresas petroleras y mineras extranjeras. Eso tampoco es el desarrollo. El desarrollo económico lo podemos identificar, vaya esto como aproximación a la definición prometida, como el proceso de desarrollo de capacidades colectivas para generar, adaptar y asimilar tecnologías (incluyendo las avanzadas) y para crear y gestionar empresas propias que operen esas tecnologías. Capacidades empresariales, tecnológicas, de trabajo e intelectuales. Cuando una empresa extranjera ensambla (o fabrica) un producto, incluso si es tecnológicamente avanzado, digamos una computadora, ello no necesariamente conlleva el desarrollo de algunas o todas las capacidades mencionadas. Si la empresa es 100 por ciento extranjera, no hay desarrollo empresarial mexicano. Si la tecnología del producto y del proceso ha sido diseñada en otro país y se instala la fábrica sin participación de la ingeniería nacional, no hay desarrollo de capacidades tecnológicas, aunque, si la empresa es operada por técnicos y administradores nacionales, puede haber aprendizaje industrial y administrativo. Una parte de la inversión extranjera ha consistido en la compra de empresas nacionales preexistentes (banca, empresas comerciales, ferrocarriles, etcétera), en cuyo caso hay un desmantelamiento de las capacidades empresariales nacionales y se genera un efecto negativo, en el mismo sentido, en la cadena de proveedores de servicios, ya que la empresa extranjera prefiere sus proveedores extranjeros a los nacionales. Se atrofian muchas capacidades nacionales.
En los años del desarrollo autodeterminado la aspiración era que las empresas fuesen nacionales (o una asociación con extranjeros) y que el proceso de producción y desarrollo tecnológico estuviese cada vez más integrado en el país. En esas condiciones, tanto en empresas públicas como privadas -aunque en mayor grado en las primeras, que incluso crearon sus propios institutos de investigación- se desarrollaban todas las capacidades enumeradas. Aunque una evaluación completa requeriría investigación especial, la conclusión parece inevitable: la subordinación global atrofia algunas capacidades y genera mucho menos que la autodeterminación. Desde el punto de vista de la dimensión del hacer en la concepción de Amartya Sen, por tanto, la conclusión inicial es negativa para la subordinación global. Desde el punto de vista de la dimensión del ser, que en la visión de Sen incluye las condiciones de vida, ya he mostrado en múltiples ocasiones que la subordinación global ha pauperizado a la población nacional. En síntesis, tanto desde el punto de vista del hacer como del ser, la subordinación global no produce desarrollo. Para hacer un símil con la atrofia del desarrollo individual que ilustré al principio como resultado de padres sobreprotectores, no sólo genera adultos infantilizados, sino, además, pobres.

1 Joseph E. Stiglitz, "Globalism's Discontents" The American Prospect, vol. 13, N° 1, enero del 2002, traducido en Perfil de La Jornada, 19 de enero de 2002. En las citas he preferido mi propia traducción.

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