COMPORTAMIENTO PSICOLÓGICO DEL MEXICANO, DESDE LA ÓPTICA DEL MARKETING.

Adolfo Rafael Rodríguez Santoyo
Germán Rodríguez Frías
Eduardo Barrera Arias

LABERINTO DE  LA SOLEDAD.

 Octavio Paz

MÁSCARAS MEXICANAS.

Corazón apasionado
Disimula  tu tristeza.
Canción Popular.
Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado  en su risca soledad, espinoso y cortés a un tiempo,  todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la  vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arcoíris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada  a la injuria: “al buen entendedor pocas palabras”. En suma, entre  la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de  impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo   y de los demás. Lejos también de sí mismo.

El lenguaje popular refleja hasta qué  punto nos defendemos del exterior: el ideal de la “hombría” consiste en no “rajarse” nunca. Los que se  “abren” son cobardes. Para nosotros, contrariamente a lo que ocurre con otros pueblos, abrirse es una debilidad o una traición. El mexicano puede doblarse, humillarse, “agacharse”, pero no rajarse, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad. El “rajado” es de poco  fiar, un traidor o un hombre de dudosa fidelidad, que cuenta los secretos y es incapaz de afrontar los peligros como se deba. Las mujeres son seres inferiores por que, al entregarse, se abren. Su inferioridad es constitucional y radica en su sexo, en su “rajada”, herida que jamás cicatriza.

El hermetismo   es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso al medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y en el carácter de la sociedad  que  hemos creado. La dureza y hostilidad del ambiente nos obligan a cerrarnos al exterior, como esas plantas de la meseta que acumulan sus jugos tras una cáscara espinosa. Pero esta conducta, legítima en su origen, se ha convertido en un mecanismo que funciona solo, automáticamente. Ante la simpatía y la dulzura nuestra respuesta es la reserva, pues no sabemos si esos sentimientos son verdaderos  o simulados.  Y además, nuestra integridad masculina corre tanto peligro ante la benevolencia como ante la hostilidad. Toda abertura de nuestro ser entraña una dimisión de nuestra  hombría.

Nuestras relaciones con los otros hombres también están teñidas de recelo. Cada vez que el  mexicano se confía a un amigo o a un conocido, cada vez que se “abre”, abdica. Y teme que el desprecio del confidente siga a su entrega. Por  eso la confidencia deshonra y es tan peligrosa para el que la hace como para  el que escucha; no nos ahogamos en la fuente que nos refleja, como Narciso; si no que la cegamos. Nuestra cólera no se nutre nada más del temor de ser utilizados por nuestros confidentes –temor general a todos los hombres- sino de la pena de haber renunciado a nuestra soledad. El que confía, se enajena; “me he vendido con fulanito”, decimos cuando nos confiamos a alguien  que no lo merece. Esto es, nos hemos “rajado”, a alguien ha penetrado en el castillo fuerte. La distancia entre hombre y hombre, creadora del mutuo respeto y la mutua seguridad, ha desaparecido. No solamente estamos a merced del intruso, sino que hemos abdicado. Todas estas expresiones revelan que el mexicano considera la vida como lucha, concepción que no lo distingue del resto de los hombres modernos. El ideal de hombría   para  otros  pueblos consiste en una abierta  y  agresiva disposición al combate; nosotros acentuamos el carácter defensivo, listos a repeler el ataque. El “macho” es un ser hermético, encerrado en sí mismo, capaz de guardarse y guardar lo que se le confía. La hombría remide orla invulnerabilidad ante las armas enemigas o ante los impactos del mundo exterior. El  estoicismo  es la más alta de nuestras virtudes guerreras y políticas. Nuestra historia está llena de frases y episodios que revelan la indiferencia de nuestros héroes ante el dolor o el peligro. Desde niños nos enseñan a sufrir con  dignidad las derrotas, concepción que no carece de grandeza. Y si no todos somos estoicos e impasibles –como Juárez y Cuauhtémoc- al menos procuramos se resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria nos conmueve la entereza ante la adversidad.

La preeminencia de lo cerrad  frente a lo abierto no se manifiesta sólo como impasibilidad y desconfianza, ironía y recelo, sino como amor a la Forma. Ésta contiene y encierra a la intimidad, impide sus excesos, reprime sus explosiones las separa y aísla, la preserva. La doble influencia indígena y española se conjugan en nuestra predilección por la ceremonia, las fórmulas y el orden. El mexicano, contra lo que supone una superficial interpretación de  nuestra historia, aspira a crear un mundo ordenado conforme a principios claros. La agitación y encono de nuestras luchas políticas prueba hasta qué punto las nociones jurídicas juegan un papel importante en nuestra vida pública. Y en la de todos los días el mexicano es un hombre que se esfuerza por ser  formal y que  muy fácilmente se convierte en formulista. Y es explicable. El orden –jurídico, social, religioso o artístico- constituye una esfera segura y estable. En su ámbito basta con ajustarse a los modelos y  principios que regulan la vida; nadie, para manifestarse, necesita recurrir a la continua invención que exige una sociedad libre. Quizá nuestro tradicionalismo –que es una de las constantes de nuestro ser y lo que da coherencia y antigüedad  a nuestro pueblo- parte  del amor que profesamos a la Forma.

Las complicaciones rituales de la cortesía, la persistencia del humanismo clásico, el gusto por las  formas cerradas en la poesía (el soneto y la décima, por ejemplo), nuestro amor por la geometría en las artes decorativas, por el dibujo y la composición en la  pintura,  la pobreza de nuestro Romanticismo frente a la excelencia de nuestro arte barroco, el formalismo de nuestras instituciones políticas y, en fin, la peligrosa inclinación que mostramos por las fórmulas –sociales, morales y burocráticas-, son otras tantas expresiones de esta tendencia de nuestro carácter. El mexicano no sólo  no se abre; tampoco se derrama.

A veces las formas nos ahogan. Durante el siglo pasado los liberales vanamente intentaron someter la realidad del país a la camisa de fuerza de la Constitución de 1857. Los resultados fueron la Dictadura  de Porfirio Díaz y la Revolución de 1910. En cierto sentido la historia de México, como la de cada mexicano,  consiste en una lucha entre las  Formas y fórmulas en que se pretende encerrar a nuestro ser y las explosiones con que nuestra espontaneidad se venga. Pocas veces la Forma ha sido una creación original, un equilibrio alcanzado no a expensas sino gracias a la expresión de nuestros instintos y quereres. Nuestras formas jurídicas y morales, por el contrario, mutilan con frecuencia a nuestro se, nos impiden expresarnos y niegan satisfacción a nuestros apetitos vitales.

La preferencia por la forma, inclusive vacía de contenido, ser manifiesta a lo largo de la historia de nuestro arte, desde la época precortesiana hasta nuestros días. Antonio Castro Leal, en su excelente estudio sobre Juan Ruiz de Alarcón, muestra cómo la reserva frente al romanticismo – que es, por definición, expansiva y abierta- se expresa ya en el siglo XVII, esto es, antes de que siquiera tuviésemos conciencia de nacionalidad. Tenían razón los contemporáneos de Juan Ruiz de Alarcón al acusarlo de entrometido, aunque más bien hablasen de la deformidad de su cuerpo que de la singularidad de su obra. En efecto, la porción más característica de su teatro niega al de sus contemporáneos españoles. Y  su negación contiene, en cifra, la que México ha opuesto siempre a España. El teatro de Alarcón es una respuesta a la vitalidad española, afirmativa y deslumbrante  en esa época, y que se expresa a través de un gran Sí a la historia y a las pasiones. Lope exalta el amor, lo  heroico, lo sobrehumano, lo increíble; Alarcón opone a estas virtudes desmesuradas otras más sutiles y burguesas; la divinidad, la cortesía, un estoicismo  melancólico, un pudor sonriente. Los problemas morales interesan poco a Lope, que ama la acción, como todos sus contemporáneos. Más tarde Calderón mostrará el mismo desdén por la psicología; los conflictos morales y las oscilaciones, caídas y cambios del alma humana sólo son metáforas que transparentan un drama teológico cutos dos personajes son el pecado original y la Gracia Divina. En las comedias más representativas de Alarcón, en cambio, el cielo cuenta  poco, tan poco como el viento pasional que arrebata a los personajes lopescos. El hombre, nos dice   el mexicano, es un compuesto, y el mal y el bien se mezclan sutilmente en su  alma. En lugar de proceder por síntesis, utiliza el análisis: el héroe  se vuelve problema. En varias comedias se plantea la cuestión de la mentira: ¿hasta que  punto el mentiroso de veras miente, de veras se pone a engañar?;¿no es él la primera  víctima de sus engaños y no es a sí mismo: tiene  miedo de sí. Al plantearse el problema de la autenticidad, Alarcón anticipa uno de los temas constantes de reflexión  del mexicano, que más tarde  recogerás Rodolfo  Usigli en  El Gesticulador.

En el mundo de Alarcón no triunfan la pasión ni la gracia; todo se subordina  a lo razonable; sus arquetipos son los de la moral que sonríe y perdona. Al sustituir los valores vitales y románticos de Lope por los abstractos de una moral universal y razonable, ¿no se evade, no nos escamotea su propio ser? Su  negación, como la de México, no afirma nuestra singularidad frente a la de los españoles. Los valores que postula Alarcón pertenecen a todos los hombres y son una herencia grecorromana tanto como una profecía de la moral que impondrá el mundo burgués. No expresan nuestra espontaneidad, ni resuelven nuestros conflictos; son Formas que no hemos creado ni sufrido, máscaras. Sólo hasta nuestros días hemos sido capaces de enfrentar al Sí español  un Sí mexicano y no una afirmación intelectual, vacía de nuestras particularidades. La revolución mexicana, al descubrir las artes populares, dio origen a la pintura moderna; al descubrir el lenguaje de los mexicanos, creó la nueva poesía.     

Si en la política y el arte  el mexicano aspira a crear mundos cerrados, en la esfera de las relaciones cotidianas procura que imperen el pudor, el recato  y la reserva ceremoniosa. El pudor que nace de la vergüenza ante la desnudez propia o ajena, es un reflejo casi físico entre nosotros. Nada más alejado de  esta actitud  que el miedo al cuerpo,  característico de la vida norteamericana. No nos da miedo ni vergüenza nuestro cuerpo; lo afrontamos con naturalidad y lo vivimos con cierta plenitud –a la inversa de lo que ocurre con los puritanos-. Para nosotros el cuerpo existe; de gravedad y límites a nuestro ser. Lo sufrimos y lo gozamos; no es un traje que estamos acostumbrados a habitar, ni algo ajeno a nosotros: somos nuestro cuerpo. Pero las miradas extrañas nos sobresaltan, por que el cuerpo no vela intimidad, sino la descubre. El pudor, así, tiene un carácter defensivo, como la muralla china de la cortesía o las cercas  de órganos y cactos que separan en el campo a los jacales  de los campesinos. Y por eso la virtud  que más estimamos en las mujeres es el recato, como en los hombres la reserva. Ellas también deben defender su intimidad.

Sin duda en  nuestra concepción del recato femenino interviene la vanidad masculina del señor –que hemos heredado de indios y españoles. Como casi todos los pueblos, los mexicanos consideran a  la mujer como un instrumento, ya de los deseos del hombre, ya de los fines que le asignan la ley, la sociedad o la  moral. Fines, hay que decirlo, sobre  los que nunca se le ha pedido su consentimiento y en cuya realización participa sólo pasivamente, en tanto que  “depositaria” de ciertos valores. Prostituta diosa, gran señora, amante, la mujer trasmite o conserva, pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza o la sociedad. En un mundo hecho a la imagen de los hombres, la mujer es sólo un reflejo de la voluntad y querer masculinos. Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna en los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen; activa, es siempre función, medio, canal. La feminidad nunca es un fin en sí mismo, como lo es la hombría.

En otros países estas funciones se realizan a la luz pública y con brillo. En algunos se reverencia a las prostitutas o a las vírgenes; en otros, se premia  a las madres; en casi todos, se adula  y respeta a la gran señora. Nosotros preferimos ocultar esas gracias y virtudes. El secreto debe acompañar a la mujer. Pero la mujer no sólo debe ocultarse sino que, además, debe ofrecer cierta impasibilidad sonriente al mundo exterior. Ante el escarceo erótico, debe ser  “decente”; ante la adversidad, “sufrida”. En ambos casos su respuesta no es instintiva ni personal, sino conforme a un modelo genérico. Y ese modelo, como en el caso del  “macho”, tiende  a subrayar los aspectos defensivos y pasivos, en una gama que va desde el pudor y la  “decencia” hasta es estoicismo, la resignación y la impasibilidad.

La herencia hispanoárabe no explica  completamente esta conducta. La actitud de los españoles frente a las mujeres es muy simple y se expresa, con brutalidad y concisión, en dos refranes: “la mujer en casa y con la pata rota” y  “entre santa y santo, pared de cal y canto”. La mujer es una fiera doméstica, lujuriosa y pecadora de nacimiento, a quien hay que someter   con el palo y conducir con el  “freno de la religión”. De ahí que muchos españoles consideran a las extranjeras –y especialmente a las suyas- como presa fácil. Para los mexicanos la mujer es un ser oscuro, secreto y pasivo. No se le atribuyen malos instintos: se pretende que ni siquiera los tiene. Mejor dicho, no son suyos sino de la especie; la mujer encarna la voluntad de la vida, que es por esencia impersonal, y en este hecho  radica su imposibilidad de tener una vida  personal. Ser ella misma, dueña de su deseo, su pasión o su capricho, es ser infiel a sí misma. Bastante más libre y pagano que  el español –como el  heredero de las grandes religiones naturalistas precolombinas- el mexicano no condena al mundo natural. Tampoco el amor sexual está teñido de luto y horror, como en España. La peligrosidad no radica en el instinto sino en  asumirlo personalmente. Reaparece así la idea de la pasividad: teñida o erguida, vestida o desnuda, la mujer nunca es ella misma. Manifestación indiferenciada de la  vida, es el canal del apetito cósmico. En este sentido no tiene deseos propios.

Las norteamericanas proclaman también la ausencia de instintos y deseos, pero la raíz de su pretensión es distinta y hasta contraria. La norteamericana oculta o niega ciertas partes de su cuerpo –y, con más frecuencia, de su psiquis: son inmorales y, por lo tanto, no existen. Al negarse, reprime su espontaneidad. La mexicana simplemente no tiene voluntad. Su cuerpo duerme y sólo se enciende si alguien lo despierta. Nunca es pregunta, sino respuesta, materia fácil y vibrante que la imaginación y la sensualidad masculina esculpen. Frente  a la actividad que despliegan las otras mujeres, que  desean cautivar a los hombres a través de la agilidad de su espíritu o del movimiento  de su cuerpo, la mexicana opone cierto hieratismo,  un reposo hecho al mismo tiempo de espera y desdén. El hombre revolotea a su alrededor, la festeja, la canta, hace caracolear su caballo o su imaginación. Ella se  vela  en el recato y la inmovilidad. Es un ídolo. Como todos los ídolos, es dueña de fuerzas magnéticas, cuya eficacia y poder crecen a medida que el foco emisor es más pasivo y secreto. Analogía cósmica: la mujer no busca, atrae. Y el centro de su atracción es su sexo, oculto, pasivo. Inmóvil sol secreto.

Esta concepción –bastante falsa si se piensa que la mexicana es muy sensible e inquieta-  no la convierte en mero objeto, en cosa. La mujer mexicana, como  todas las otras, es un símbolo que representa la estabilidad y continuidad de la raza. A su significación  cósmica se alía la social: en la vida diaria su función consiste en hacer imperar la ley y el orden, la piedad y la dulzura.

Todos cuidamos que nadie “falte al respeto a las señoras”, noción universal, sin duda, pero que en México se lleva hasta sus últimas consecuencias. Gracias a ella se suavizan muchas de las asperezas de nuestras relaciones de  “hombre a hombre”. Naturalmente habría que preguntar a las mexicanas su opinión; ese  “respeto”  es a veces una hipócrita manera de sujetarlas e impedirles que se expresen. Quizá muchas preferirían ser tratadas con menos  “respeto” (que, por lo  demás, se les concede solamente en público) y con más libertad y autenticidad. Esto es, como seres humanos y no como símbolos o funciones. Pero, ¿cómo vamos a conseguir que ellas se  expresen, si  toda nuestra vida tiene a paralizarse en una máscara  que oculte nuestra intimidad?
Ni la modestia propia, ni la vigilancia social, hacen invulnerable a la mujer. Tanto  por la  fatalidad de su anatomía “abierta” como por su situación social –depositaria de la honra, a la española- está expuesta a toda clase de peligros, contra los que nada pueden  la moral personal ni la protección masculina. El mal radica en ella misma; por naturaleza es un ser “rajado”, abierto. Más, en virtud  de un mecanismo de compensación fácilmente explicable, se hace  virtud de su flaqueza original y se crea el mito de la “sufrida mexicana”.  El ídolo –siempre vulnerable, siempre en trance de convertirse en ser humano-  se transforma en víctima, pero en víctima endurecida e insensible al sufrimiento, encallecida a fuerza de sufrir. (Una  persona “sufrida” es menos sensible al dolor que las que apenas si han sido tocadas por la adversidad.) Por obra del sufrimiento, las mujeres se vuelven como los hombres: invulnerables, impasibles y estoicas.

Se dirá que al transformar en virtud algo que debería ser motivo de vergüenza, solo pretendemos descargar nuestra conciencia y encubrir con una imagen una realidad atroz. Es cierto, pero también lo es que al atribuir a la mujer la misma invulnerabilidad a que aspiramos, recubrimos con una inmunidad moral su fatalidad anatómica, abierta al exterior. Gracias al sufrimiento, y a su capacidad para resistirlo sin protesta, la mujer trasciende su condición y adquiere los mismos atributos del hombre.

Es  curioso advertir que la imagen de la “mala mujer” casi siempre se presenta acompañada de la idea de actividad. A la  inversa de la “abnegada madre”, de la “novia que espera” y del ídolo hermético, seres estáticos, la “mala” va y viene, busca a los hombres, los abandona. Por un mecanismo análogo al descrito más arriba, su extrema  movilidad la vuelve invulnerable. Actividad e impudicia se alían en ella y acaban por petrificar su alma. La “mala” es dura, impía, independiente, como el “macho”. Por caminos distintos, ella también trasciende su fisiología y se cierra al mundo.

 

Es significativo, por  otra parte, que el homosexualismo masculino sea considerado con cierta indulgencia, por lo  que toca al agente activo. El pasivo, al contrario, es un  ser  degradado y abyecto. El juego del los “albures” – esto es, el combate  verbal hecho de alusiones obscenas y de doble sentido, que tanto se practica en la ciudad de México- transparenta esta  ambigua concepción. Cada uno de los interlocutores, a través  de trampas verbales y de ingeniosas combinaciones  lingüísticas, procura anonadar  a su adversario; el vencido es el que no puede  contestar, el que se traga las palabras de su enemigo.  Y esas palabras  están teñidas de alusiones sexualmente agresivas; el perdidoso es poseído, violado, por  el otro. Sobre él caen las burlas y escarnios de los  espectadores. Así pues, el homosexualismo  masculino es tolerado, a condición de  que se trate de una violación del agente pasivo. Como en el caso de las relaciones heterosexuales, lo importante es no “abrirse” y, simultáneamente, rajar, herir al contrario.

Me parece que todas  estas actitudes, por  diversas que sean sus raíces, confirman el carácter  “cerrado”  de nuestras reacciones frente al mundo o frente a nuestros  semejantes. Pero no nos bastan los mecanismos  de preservación y defensa. La simulación, que no acude a nuestra pasividad, sino que exige una invención activa y que se recrea a sí misma   a cada instante, es una de nuestras formas de conducta habituales. Mentimos por una de nuestras fantasías, si, como todos los pueblos imaginativos, pero  también para ocultarnos y ponernos al abrigo de  intrusos. La mentira posee  una importancia decisiva en nuestra vida cotidiana, en la política, el amor, la amistad. Con ella no pretendemos nada más engañar a los demás, sino a nosotros mismos. De ahí  su fertilidad y lo que se distingue a nuestras mentiras   de las groseras invenciones de otros pueblos. La mentira es  un juego trágico, en el que arriesgamos parte de nuestro ser. Por eso es  estéril  su denuncia.

El simulador pretende ser lo que no es. Su actividad reclama una constante improvisación, un ir hacia delante siempre, entre  arenas movedizas. A cada minuto hay que  rehacer, recrear modificar  el personaje que  fingimos, hasta que llega un  momento en que  realidad y apariencia, mentira y verdad, se confunden. De tejido de invenciones  para deslumbrar al prójimo, la simulación se trueca en una forma superior, por artística, de la realidad. Nuestras mentiras reflejan, simultáneamente, nuestras carencias  y nuestros apetitos, lo que no somos y lo que  deseamos  ser.  Simulando, nos  acercamos a nuestro modelo y a  veces  el gesticulador, como ha visto   con hondura Usigli, se  funde con sus gestos, los hace auténticos. La muerte del profesor Rubio, un revolucionario sincero y un hombre capaz de impulsar y purificar la Revolución estancada. En la obra de Usigli el profesor Rubio se inventa a sí mismo y se transforma  en general; su mentira es tan verdadera que Navarro, el corrompido, no tiene más remedio que  volver a matar en él a su  antiguo jefe, el general Rubio. Mata en él  la verdad  de la Revolución.

Si por  el camino de la mentira podemos llegar a la autenticidad, un exceso de sinceridad puede conducirnos  a formas refinadas de la mentira. Cuando nos enamoramos nos “abrimos”, mostramos nuestra intimidad, ya que una vieja tradición quiere que el que sufre de amor exhiba sus heridas ante la que ama. Pero  al descubrir sus llagas de amor, el enamorado transforma su ser en  una imagen, en un objeto que  entrega  a  la contemplación de la mujer – y de sí mismo-. Al mostrarse,  invita a que lo contemplen con los mismos ojos piadosos con que él se contempla. La mirada ajena ya no lo desnuda; lo recubre de piedad. Y al presentarse como espectáculo y pretender que se  le mire con los mismos  ojos con  que él se ve, se evade del juego erótico, pone a salvo su verdadero ser, lo sustituye por  una imagen. Substrae su intimidad, que se refugia en sus  ojos, esos ojos que son nada más contemplación y piedad de sí mismo. Se vuelve su imagen y la mirada que lo contempla.

En todos los  tiempos y en todos los climas las relaciones  humanas –y especialmente las amorosas- corren el  riesgo de volverse equívocas. Narcisismo y masoquismo no son tendencias  exclusivas del mexicano. Pero es notable  la  frecuencia  con  que canciones populares, refranes y conductas cotidianas  aluden al  amor como falsedad y mentira. Casi siempre  eludimos los riesgos  de una relación desnuda  a través  de una exageración, en su origen sincera, de nuestros sentimientos. Asimismo,  es  revelador cómo el carácter  combativo  del erotismo se  acentúa entre nosotros  y se encona. El amor es una tentativa de penetrar en otro ser, pero sólo puede realizarse a condición  de que la entrega sea mutua. En todas partes  es difícil  este abandono de sí mismo; pocos  coinciden en la  entrega más   pocos aún  logran trascender  esa etapa posesiva y  gozar del amor como lo que realmente  es: un perpetuo descubrimiento, una inmersión  en las aguas de la realidad y una recreación  constante. Nosotros concebimos  el amor como conquista y como lucha. No se trata tanto de penetrar la realidad, a través de un cuerpo, como de violarla. De ahí  que la imagen del amante afortunado – herencia, acaso del Don Juan español- se  confunda con la del hombre que se vale de sus sentimientos – reales o inventados- para obtener a la mujer.

La simulación es una actividad parecida a  la  de los actores y  puede  expresarse en tantas formas como personajes fingimos. Pero el actor, si lo  es de veras, se  entrega a su personaje y lo encarna plenamente, aunque después, terminada la representación, lo abandone como su piel  la serpiente. El simulador jamás se entrega  y se olvida de sí, pues dejaría  de simular si  se fundiera con su imagen. Al mismo tiempo, esa ficción se convierte en una parte inseparable –y espuria- de su ser: está condenado a representar toda su vida, porque entre su personaje y él se ha establecido  una complicidad que nada puede romper, excepto la muerte o el sacrificio. La mentira se instala en su ser y se convierte en el fondo último de su personalidad.

SIMULAR ES inventar o, mejor, aparentar y así eludir  nuestra condición. la disimulación exige mayor sutileza: el que disimula no representa, sino  que quiere hacerse invisible, pasar desapercibido  -sin renunciar a  su ser-. El mexicano excede en el disimulo de sus pasiones y de sí mismo. Temeroso de la mirada ajena, se contrae, se reduce, se vuelve sombra y fantasma, eco. No camina, se desliza; no propone, insinúa; no replica, rezonga; no se queja, sonríe; hasta cuando canta – si no estalla y se abre el pecho- lo hace entre dientes y a media voz, disimulando su cantar:

Y es tanta la tiranía
De  esta disimulación
Que aunque de raros anhelos
Se me hincha el corazón,
Tengo miradas de reto
Y voz de resignación.

Quizá el disimulo  nació durante la colonia. Indios y mestizos tenían, como en el poema de los Reyes, que cantar quedo, pues “entre dientes mal se oyen las palabras de rebelión”. El mundo colonial ha desaparecido, pero no el temor, la desconfianza y el recelo. Y ahora no solamente disimulamos nuestra cólera sino nuestra ternura. Cuando pide disculpas, la gente del campo suele decir “Disimule  usted, señor”. Y disimulamos. Nos disimulamos con  tal ahínco que casi no existimos.

En sus formas radicales el disimulo llega al mimetismo. El indio se  funde con el paisaje, se confunde con la barda blanca que apoya la tarde, con la tierra oscura en que se tiende a mediodía, con el silencio  que lo rodea. Se disimula tanto su humana singularidad que acaba por abolirla; y se vuelve piedra, pirú, muro, silencio: espacio. No quiero decir que comulgue  con el todo, a la manera panteísta, ni que en un árbol aprehenda todos los árboles, sino que efectivamente, esto  es, de una manera concreta y particular, se confunde con un objeto determinado.

Roger Caillois Observa que el mimetismo no implica siempre  una tentativa de protección contra las amenazas  virtuales que pululan en el mundo externo. A veces los insectos se  “hacen los muertos” o  imitan las  formas de la materia en descomposición, fascinados por la muerte, por la inercia del espacio. Esta fascinación –fuerza de gravedad, diría yo, de la vida- es común a todos los seres y el hecho de que se exprese como mimetismo confirma que no debemos considerar a éste exclusivamente como un recurso del instinto vital para escapar del peligro y la muerte
.
Defensa frente al exterior o fascinación  ante la muerte, el mimetismo no consiste tanto en cambiar de naturaleza como de apariencia. Es revelador que la apariencia escogida sea la de la muerte o la del espacio inerte, en reposo. Extenderse, confundirse con el espacio, ser espacio, es una  manera de ser sólo Apariencia. El mexicano tiene tanto horror a las apariencias, como amor le profesan sus demagogos y dirigentes. Por eso se disimula su propio existir hasta  confundirse con los objetos que lo rodean. Y así, por miedo a las apariencias, se sólo Apariencia. Aparenta se otra cosa e incluso prefiere la apariencia de la muerte o del no ser antes de abrir su intimidad y cambiar. La disimulación mimética, en fin, es una de tantas manifestaciones de nuestro hermetismo. Si el gesticulador acude al disfraz, los demás queremos pasar desapercibidos. En ambos casos ocultamos nuestro ser. Y a veces lo negamos. Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: “¿Quién anda por ahí?” Y la voz de  una criada recién llegada de su pueblo contestó: “No es nadie, señor, soy yo.”

No sólo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes. No quiero decir que los ignoremos o los hagamos menos, actos deliberados y soberbios. Los disimulamos de una manera más definitiva y radical: los ninguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno.

Don Nadie, padre español de Ninguno, posee don, vientre, honra, cuenta  en el banco y habla con voz fuerte y segura. Don Nadie llena al mundo con su vacía y vocinglera presencia. Está en todas partes y en todos los sitios tiene amigos. Es banquero, embajador, hombre de empresa. Se pasea  por todos los salones, lo condecoran en Jamaica, en Estocolmo, y en Londres. Don Nadie  es un funcionario o influyente y tiene una agresiva y engreída manera de no ser. Ninguno es silencioso y tímido, resignado. Es sensible e inteligente. Sonríe siempre. Espera siempre. Y cada vez que quiere hablar, tropieza con un murote silencio; si saluda encuentra una  espalda glacial; si suplica, llora o grita, sus gestos y gritos se pierden en el vacío que don Nadie crea con su vozarrón. Ninguno  no se atreve a no ser: oscila, intenta una vez y otra vez ser Alguien. Al fin, entre vanos gestos, se pierde en el limbo de donde surgió.

Sería un error pensar que los demás le impiden existir. Simplemente disimulan su existencia, obran como si no existiera. Lo nulifican, lo anulan, lo ningunean. Es inútil que Ninguno hable, publique libros, pinte cuadros, se ponga de cabeza. Ninguno es la ausencia de nuestras miradas, la pausa de nuestra conversación, la reticencia de nuestro silencio. Es el nombre que olvidamos siempre por una extraña fatalidad, el eterno ausente, el invitado que no invitamos, el hueco que no llenamos. Es una omisión. Y sin embargo, Ninguno está presente siempre. Es nuestro secreto, nuestro crimen y nuestro remordimiento. Por eso el “ninguneador” también se ningunea; él  es la omisión de Alguien. Y si todos somos Ninguno, no existe ninguno  de nosotros. El círculo se cierra y la  sombra de  Ninguno se extiende sobre México, asfixia al Gesticulador y lo cubre todo. En nuestro territorio, más fuerte que las pirámides y los  sacrificios, que las iglesias, los motines y los cantos populares, vuelve a imperar el silencio, anterior a la Historia.

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