COMPORTAMIENTO PSICOLÓGICO DEL MEXICANO, DESDE LA ÓPTICA DEL MARKETING.

Adolfo Rafael Rodríguez Santoyo
Germán Rodríguez Frías
Eduardo Barrera Arias

Caricatura

A fines de los sesenta, Alexandro Jodorowsky presentó sus Fábulas pánicas en el suplemento cultural de El Heraldo; eran tiras de monos con la neta condensada del maestro Alexandro, que en ese momento se hallaba en el cénit de su gurez. Después, ya a mediados de los setenta, apareció una generación de moneros, caricaturistas y dibujantes fuertemente influenciada por el rock y la contracultura punk: Sergio Arau, Ahumada, El Fisgón, Rocha, Helguera, Ulises y Luis Fernando presentaron una virulencia punk y popular, contracultural, que amplió notablemente su crítica política y su influencia. De una manera u otra, todos compartían, además del gusto por el rock, una "estética antiestética" y un aire gandalla que era nuevo porque correspondía a un espíritu de los tiempos que se empezaba a manifestar. Todos eran muy activos. Arau reunió sus cartones contraculturales en su libro La netafísica; Ahumada realizó dibujos legendarios de grandes mitos rocanroleros, y Luis Fernando le siguió con las espléndidas portadas de Dosfilos; Rocha representaba el punto de vista de la banda. Todos ellos trabajaron en los suplementos de Uno más uno y La Jornada, que en los setenta y los ochenta hacían que las tiras cómicas de los demás periódicos se vieran muy fresas.
  Si estos moneros se podían incluir entre la contracultura, los que les j siguieron, Jis, Trino y Falcón, de Guadalajara, de plano hicieron en | México lo que Robert Crumb y Gilbert Sheldon en Estados Unidos durante los años sesenta. "La mamá del Abulón", "La croqueta" y la serie del Santos combinaban macicez sesentera, punk de los setenta, dark de los ochenta y gore de los noventa en medio de una gracia extraordinaria y de extrema gandallez y marranez. La impecabilidad de estos moneros se convirtió en éxito instantáneo entre los chavos a fines de los ochenta y en los noventa, pero la celebridad no melló el filo del trío guadalajareño, del que se desprendió Falcón por aquello de que cuando tres viajan juntos uno se queda solo (pero encuentra compañía). El libro El Santo contra la Tetona Mendoza, de Jis y Trino, los consolidó como un acontecimiento en la caricatura y el periodismo en México. Del grupo de Guadalajara, muy activo, salió también Jabaz, especialista en collages.

Otro gran acontecimiento fue la aparición de la revista El gallito inglés, de filiación rocanrolerísima, que presentó dibujos e historietas de nuevos chavos fuertemente influenciados por las atmósferas punk, góticas y populares. La idea era hacer una revista de alta calidad sin perder el espíritu contracultural, lo cual se logró en buena medida. El gallito, dirigida por Víctor del Real, contaba con las colaboraciones de Luis Femando, José Quintero, Clément, Ricardo Peláez y Frick, y fue decisivo en el surgimiento de numerosos fanzines dedicados al  dibujo y la caricatura. 

 

Cine y televisión 

En 1983, el cineasta Paúl Leduc emprendió una realización que  prometía mucho y que tituló Cómo ves, en la que Rockdrigo, el Tri y  Cecilia Toussaint eran hilos conductores de imágenes sumamente  estáticas de chavos banda y del poeta Javier Molina. Los números  musicales son muy buenos. Leduc también realizó un excelente video  sobre Rockdrigo en la ciudad de México, con el viaje textualmente  desenfrenado de una cámara que recorre la ciudad a las seis de la  mañana y se pasa todos los altos mientras se escucha "Vieja ciudad de hierro". Una espléndida visión de la ciudad de México también tuvo lugar en De veras me atrapaste, de Gerardo Pardo, que además de director y guionista era el hombre de la batería en el grupo de rock progresivo Manchuria (que por supuesto tocó en la película). Al principio, un rocanrolero hace una pinta que dice "Tiras putos", y al final la heroína canta: "Yo lo único que quiero es rocanrolear contigo, y al acabar la fiesta, ir a coger contigo"; en medio ocurre la historia de amor de una chava y el fantasma de un rocanrolero. La película está basada en un cuento de Rene Aviles Fabila y merecía mucha mejor suerte de la que tuvo. Alberto Cortés, autor de El amor a la vuelta de la esquina, una película que tiene mucho de contracultura, realizó Ciudad de ciegos, con una paloma de Rita Guerrero (Santa Sabina), Pacho (Maldita Vecindad) y Saúl (Caifanes). Éstas fueron las únicas cintas relacionadas con la contracultura que se realizaron en los años ochenta y los noventa. Por supuesto, se hicieron películas comerciales que trataban de teínas como el rock o jóvenes inconformes, pero bajo los lineamientos del sistema. La censura cinematográfica siempre fue reacia a tratar esos temas a fondo.

En la televisión, durante los ochenta se vivió una pequeña primavera de Praga en la televisión oficial y hubo cuando menos dos nobles intentos por hacer programas de rock mexicano: Flor de asfalto y Neblina morada, que a pesar de las buenas intenciones tronaron al poco rato. Alberto Cortés, en cambio, sí logró una serie completa con Águila o rock, que estaba muy bien hecha. Ricardo Rocha ocasionalmente se ocupaba del rock en sus programas Para gente grande y En vivo. En los ochenta Televisa tuvo un canal cultural, o algo que pretendía serlo, que bajo el lema "la alegría de la cultura" se permitió programar videoclips, pero después se cerró a todo rock que no fuera el chafísima que ellos promovían, salvo un periodo a fines de los ochenta en que ¡a las cuatro de la mañana! Alfonso Teja presentaba shows de buenos rocanroleros mexicanos entre las seudonoticias de Eco. Radio En la ciudad de México, el rock se empezó a escuchar, en los años cincuenta, en Radio Mil y Radio Éxitos. En los sesenta la primera salió del panorama y entraron Radio 590 y Radio Capital. Por supuesto, eran radiodifusoras perfectamente convencionales que explotaban la música de rock. En ambas se dieron programas con buen rock no comercial a fines de la década: "Vibraciones" fue el más célebre, con su locutor de voz fantasmal y sus textos de divertidas metáforas pachecas. En los setenta, el rock encontró sitio en Radio Universidad y Radio Educación, donde se emitió la serie El lado oscuro de la luna, de Villoro/Derbez. En los ochenta se estableció la frecuencia modulada y el caso más notable fue Rock 101, dirigido por Luis Gerardo Salas, que se abrió al rock alternativo, lo combinó con clásicos de los sesenta y setenta y con algunas muestras del rock nacional. En los noventa vino el declive de esta estación y el surgimiento de Radio Activo, Stereo 100 y de otras. A mediados de los noventa. Radio UNAM tema seis programas de rock a la semana ("Querido señor Fantasía", "Saint John's Wood", "Se regala cascajo", "Radio Etiopía", "Alas y raíces", "Las ondas del Chopo" y "Alma de concreto"). Sin embargo, ni remotamente había surgido una estación de radio en verdad independiente, ya no digamos contracultural.

 

Literatura y contracultura

A pesar del fuerte bloqueo a cualquier obra que pudiese considerarse "de la onda", la narrativa relacionada con la contracultura continuó de los años setenta en adelante. Están: Las rojas son las carreteras (1975), de David Martín del Campo; A control remoto y otros rollos (1974) y Las motivaciones del personal (1977), de Jesús Luis Benítez; La noche navegable (1980) y Tiempo transcurrido (1985) de Juan Villoro; Fábrica de conciencias descompuestas (1980), de Gerardo María; Cuatro bocetos (1984), de Carlos Chimal; El Loco y la Pituca se ornara de Javier Córdova (1985); Los desencantados (1985), de Jaime Turrent; Polvos de la urbe (1987) y Un látigo en mi alcoba (1992), de Víctor Roura; Entrecruzamientos (1986, 1988, 1990), de Leonardo da Jandra; Marcela y el rey al fin juntos (1988) y El gran pretender (1992), de Luis Humberto Crosthwaite; La leyenda escandinava (1989), de Nelson Oxman; Crónica de días inútiles (1992), de Humberto Mena; Bocafloja (1994), de Jordi Soler; No te enojes  Pamela y El día que la vea la voy a matar, de Guillermo Fadanelli;  Obras sanitarias y Los sueños mecánicos de las ovejas electrónicas,  de Naief Yehya. 

 

Protagonistas 

Entre los personajes de la contracultura de fin de milenio en México  habría que mencionar a los rocanroleros Rockdrigo González, Álex  Lora, Jorge Reyes, Guillermo Briseño, Hebe Rossell, Betsy Pecanins,  Nina Galindo, Sergio Arau, Armando Vega Gil, Cecilia Toussaint,  Rita Guerrero y muchos más; los cineastas Alberto Cortés y Gerardo Pardo; el fotógrafo Fabrizio León; los editores Víctor Juárez, Rogelio  Villarreal y Víctor del Real; los periodistas Carlos Martínez Rentería y Arturo García Hernández; los escritores y críticos Juan Villoro, Rafael Vargas, Carlos Chimal, Víctor Roura, Xavier Velasco, José Xavier Návar, Sergio Monsalvo, David Cortés, Arturo Saucedo, Alaín Derbez, Luis Humberto Crosthwaite, Jorge R. Soto, Naief Yehya, Antonio Malacara, Jordi Soler, Jorge García-Robles, Fernando Na-chón; los poetas Ricardo Castillo, Alberto Blanco, Pura López Colo-mé, José Vicente Anaya, Luis Cortés Bargalló, José de Jesús Sampe-dro; el antropólogo Julio Glockner; los caricaturistas Ahumada, Luis Fernando, Rocha, Jis, Trino, Falcón, Clément, José Quintero, Ricardo Peláez, Frick y José Agustín Ramírez. Como era de esperarse, esta lista puede ampliarse.

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