SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

 

 

      
La meta de los que trabajan. La meta de los que no trabajan.-

 

Un campesino, un trabajador, en la Edad Media, en Europa, encaraba este problema de la manera siguiente.

Mi meta es sobrevivir (vivir); y el camino para conseguirlo, es el trabajo. Y así, un campesino, otro campesino, un herrero, un mulero, un pastor, etc, etc.; todos los trabajadores de la producción. Todos tenían una meta y un camino para conseguirla. Y era inútil, no tenía ningún sentido, sacar el problema de esos moldes, de esos límites. Trabajas, y así, puedes vivir.

Quien saca al problema de esos carriles, de esos moldes, son los que no trabajan: los nobles, los curas.

La Nobleza, la Iglesia y los ilustres servidores de una y otra, son los que se plantean cuál es su meta, y cuál el camino para alcanzarla.

Como no trabajan, y por lo tanto, no conocen el mundo que les rodea y del que viven, se inventan otro mundo, con su meta y su camino para alcanzarla, naturalmente, una y otro, la meta y el camino, fuera de las leyes que rigen el mundo material sobre el que viven.

Es verdad que tampoco necesitaron ser ellos mismo los creadores de este mundo fantástico montado sobre los lomos de los trabajadores; los Emperadores chinos, los Rajás indios, los Faraones, Reyes, Sátrapas, les brindaron esta sabiduría de vivir, de vivir bien, sin trabajar.

Ellos pasaron, lentamente, inevitablemente, a los trabajadores, la idea de que había una meta común, un paraíso final. Con la diferencia de que el paraíso, los trabajadores, lo alcanzarían en otras vidas, no en esta vida del trabajo.

Este paraíso, por lo tanto, no enlaza con el trabajo. No obstante, crea la idea, y la extiende, de que hay una meta lejana, un paraíso. Pero el camino para alcanzarlo es tan lejano y poco concreto como el propio paraíso.

Mientras las sociedades, y en concreto las europeas, se apoyan materialmente sobre procesos de trabajo, fundamentalmente, individuales; las metas colectivas, los paraísos, no tienen atractivo especial para los trabajadores. Su meta y su camino para alcanzarla, se confunden, son, su propio trabajo, su vida.

Cuando la larga práctica, los millones de horas trabajadas, van desvelando, van dejando al descubierto, los nudos que enlazan unos procesos de trabajo con otros, y van evidenciando las ventajas del conocimiento de estos enlaces, y la aplicación de esos conocimientos; aparece, arrolladora la fuerza inmensa del trabajo combinado y de la aplicación a éste de los conocimientos adquiridos en la propia observación de estos fenómenos.

Aquí, en este punto, se rompe la vieja imagen del paraíso de los amos, del paraíso inalcanzable para los trabajadores, del paraíso sin camino reconocible para acercarlo.

Se rompe en pedazos la imagen del paraíso. Y queda, lo que se refleja en un espejo roto: trozos separados de algo difícil de recomponer.

Estos reflejos esparcidos de un paraíso ya irreconocible, es lo que llega a un movimiento obrero vagamente consciente de que los nuevos procesos colectivos de trabajo, podrían ser la escala para ascender a algunos de esos semi-paraísos existentes en algún sitio.

El primer socialismo, el llamado socialismo utópico, está lleno de los ecos de ese paraíso solo referido y poco conocido.

En ese ambiente de vagas esperanzas sobre la posibilidad de un paraíso para los trabajadores, logran echar raíces, acá y allá, las ideas sobre la revolución, sobre el vuelco a la tortilla.

Pasa así a formar parte del imaginario del movimiento socialista, la existencia de un paraíso, como meta final a la cual se llega a través de un duro camino: la revolución.

Lo que era una trampa de los amos, para vivir sin trabajar, acaba contaminando al movimiento obrero, que, de esta manera se ve, enredado en una meta y un camino para alcanzarla, que no hace sino copiar la de los amos. Con la particularidad de que la trampa servía a los amos para seguir siéndolo; mientras que la trampa de la revolución y el paraíso obrero, no logra sino enredar al movimiento obrero en su propia trampa.

Embarcado en este camino, el movimiento obrero socialista lo recorre hasta donde sus propias fuerzas se lo permiten.

En unos países desisten a mitad de camino, y en otros, como en la Unión Soviética, llevan el intento hasta el punto de abandonarlo por propia iniciativa.

¿Qué ha pasado?
¿Se equivocaron de meta?
¿No escogieron el camino que correspondía a esa meta?
¿No había ni meta ni camino, y todo era un error; un error, además, inventado?

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