SOBRE EL CONOCIMIENTO DEL COMUNISMO POR PARTE DE LA CLASE OBRERA DE NUESTRO PAÍS.

Enrique Velasco

Consecuencia: las dificultades prácticas son determinantes.-

Como vemos, tanto comunistas como socialistas al final se inclinaron por señalarse como meta la mejora de las condiciones de trabajo y vida de los obreros. Olvidándose de aquello de que acabarían estando “arriba”, en lugar de “abajo” como estaban. En definitiva, los obreros lo que quieren es tener un buen salario, una vejez segura, una buena atención sanitaria y buenas escuelas para sus hijos. Normalmente, eso es lo que predican, socialistas y comunistas, en sus programas. Ellos darán satisfacción a esos deseos de bienestar de los obreros.

Ese cambio de actitud, ese cambio de meta, ese cambio de programa debió obedecer a las dificultades encontradas en la práctica. Que los obreros, que son los que ejecutan todos los trabajos de la producción (en el sector que ellos trabajan), pasen a desempeñar la dirección de esos trabajos, seguramente no es imposible. Pero que eso ocurra de forma rápida, eso es imposible. Y sin embargo, eso era lo que exigía una revolución, un cambio profundo y rápido. Imposible.

¿Y la revolución francesa? ¿Y la revolución norteamericana? ¿Y la revolución mejicana? El tema, el argumento, de estas revoluciones no era la relación del obrero con sus medios de trabajo y su producto. En esas revoluciones se discutía, principalmente una reorganización, un ajuste en el otro bando, en la parte de “arriba”. Se reajustaba entre nobles, Iglesia y altos funcionarios, el reparto con los nuevos ricos (los burgueses –los nuevos propietarios de las ciudades o burgos-), del mando, la gestión, la dirección de la producción y de las instituciones. Para ellos, este cambio era una auténtica revolución. Los campesinos, sin embargo, seguían siendo campesinos, los jornaleros seguían siendo jornaleros, y los obreros, obreros. La parte de “abajo” seguía en su sitio. A esto le llamaron entonces una revolución.

Sin embargo, la revolución de los obreros en los siglos XIX  y XX, la revolución por la que morían en las barricadas de las ciudades industriales, la revolución de los jornaleros en el campo, llevaba dentro algo más que la mejora del salario o la jornada. La llamarada de la revolución debía arrasar la situación que combatía y abrir el camino a un mundo nuevo. Eso es lo que se pretendía, y a eso es a lo que se renunció.

Protagonistas en intentos revolucionarios, como Lenin o Mao, fueron testigos en primera línea, del foso de dificultades que se abría a sus pies en el camino de convertir a obreros y campesinos en órganos colectivos directores de la ordenación y gestión de su propio trabajo, en dirigentes únicos de la producción material a la que dedican su esfuerzo, así como a la creación, orientación y mando colectivo de las instituciones necesarias para reproducir esa producción.

En ambos casos, y ante las resistencias de todo tipo presentadas por obreros y campesinos a la realización de las ideas y proyectos de los dirigentes del partido, éstos últimos decidieron imponer estos proyectos por la violencia masivamente utilizada.

Este modelo, este método de utilizar la violencia para imponer una determinada actuación tiene una ventaja y un inconveniente. La ventaja es que se zanjan las cuestiones por lo sano y se avanza más rápidamente. El inconveniente es que el proyecto y su ejecución pasan a ser una cuestión exclusiva de los dirigentes, sin que los que ponen en él lo más importante, el trabajo, tengan la menor responsabilidad en todo ello.

Stalin y sus compañeros en la dirección del partido entendieron (y seguramente entendieron bien) que los campesinos no estaban dispuestos a aceptar el papel que se les asignaba en los planes quinquenales para poder hacer frente a la enorme inversión que estos asignaban a la industria pesada. Debían organizarse en granjas colectivas, en la forma que ya hemos visto y con las consecuencias que hemos visto. Los pasaron a cuchillo y la reforma se hizo, pero no era su reforma, era la reforma de los dirigentes del partido.

Con este tipo de revolución, el vuelco pretendido es imposible. Los trabajadores están obligados a cumplir el plan. Como en el capitalismo, ellos no tienen más que trabajar y trabajar bien; los dirigentes del partido hacen lo demás.

Las dificultades de la práctica, como vemos, son las que hacen que se deba desechar la idea de revolución de la que se partía. De la revolución –vuelco, se ha pasado a la revolución –bienestar del trabajador. La práctica, la experiencia, no ha permitido otra cosa. No se puede hacer un cambio profundo y rápido en un terreno tan complicado, como se puede comprobar. Pero el concepto de revolución se compone de dos elementos que se añaden al cambio. Ha de ser un cambio rápido y profundo.

Lo de rápido es lo que la experiencia ha venido a demostrar que no es posible. Un cambio rápido, no ha sido posible, ni siquiera en la que hemos llamado revolución-bienestar del trabajador. Este tipo de cambio (en realidad no es una revolución) tampoco es posible que en la realidad sea rápido.

De todo esto podemos concluir varias consideraciones.

Una. Las llamadas revoluciones no han cambiado la relación que el obrero tiene con los medios de su trabajo y con el producto que obtiene.

Dos. Si una revolución significa el cambio rápido y profundo de esa relación, por la misma experiencia, podemos deducir que un cambio rápido de esa relación ni ha sido posible, ni parece que lo sea.

Tres. El cambio en la relación citada no ha sido rápido, en las llamadas revoluciones, pero es que tampoco ha sido profundo.

Cuatro. Si no ha habido un cambio que haya sido rápido ni profundo, y por lo tanto no puede hablarse propiamente de revoluciones (por lo que se refiere a los obreros), puede uno preguntarse si sería posible en la práctica un cambio lento y profundo en la relación obrero-medios de producción-producto.

Cinco. Podría uno, así mismo, preguntarse si existen las bases teóricas (el conocimiento y sus fundamentos) que orienten el camino de la práctica en este terreno.

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