BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS

Raúl Quintana Pérez




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POR QUÉ Y CÓMO LO HICE

¿Por qué me dediqué al periodismo? Quizás por la casualidad. Fue el primer empleo serio y de perspectiva que obtuve a través y por recomendación de un amigo que era como de la familia., cuando contaba con trece años de edad. Entonces no se exigía haber cumplido los 17 años, ni el carné de identidad había sido creado Bastaba que alguien lo recomendara y estuviera dispuesto a laborar 8 horas o más por cuatro o cinco pesos a la semana.

No recuerdo que mes corría del año 1924. El puesto de trabajo que obtuve era lo que en esa época se llamaba: mensajero. Y el lugar la redacción del periódico "Heraldo de Cuba que radicaba en la esquina de las calles Manrique y Virtudes, donde luego se estableció el diario "El Crisol" y al triunfo de la Revolución la denominada Imprenta Nacional bajo la dirección del afamado escritor Alejo Carpentier. (2)

Anteriormente había laborado como dependiente auxiliar de una pequeña tienda de ropa y venta de abalorios en la Calzada de Infanta, Mi jornada laboral en el periódico se iniciaba con la limpieza del establecimiento, que afortunadamente no era muy grande. El patrono, don Isidoro, era lo que hoy se llamaría "buena gente"

En la redacción del "Heraldo de Cuba" comencé a codearme con figuras intelectuales que quedaron grabadas de forma indeleble en la historia del periodismo y la literatura como Manuel Márquez Sterling, maestro de periodistas, ex embajador de Cuba en México y defensor del Presidente Madero, a quien entonces asesinaron por rivalidades políticas en la entonces agitada tierra mexicana; Mariano Pérez Acevedo, el artífice de los editoriales del diario, que hablaban de todo y no se comprometían con nada, así como Luís Gómez Wangüemert, Armando Leyva, Arturo Alfonso Roselló, Miguel de Marcos, Andrés Núñez Olano, Enrique Serpa, Jesús González Scarpetta, y tantos otros que escapan a mi memoria y a mi imperdonable error de no haber archivado datos para la historia.

Hacer mandados, atender los teléfonos de la redacción, tomar recados, llevar decenas de limonadas cada semana a Manuel Márquez Sterling, las que ingería mientras redactaba su ácida columna "Manuel Márquez Sterling dice…" y particularmente en fijarme en lo que hacían los demás con la esperanza-en tanto practicaba la mecanografía en mis tiempos de ocio- de llegar a ser un escritor.

¿Por qué me dediqué al periodismo?....No sé, quizás por vocación espontánea o por destino. Pero, ya al cabo de cuatro años,-apenas había arribados a los 17 años- me había ganado un carné de repórter auxiliar que recibí pleno de orgullo de manos del director entonces, Chamaco Longoria, periodista mexicano exiliado en Cuba por azares de la política de su país.

Cierto que cuando cursaba el quinto y sexto grado en una escuela pública gratuita-obtenía regularmente cien puntos en los exámenes de la asignatura de lenguaje-así se llamaba entonces al estudio del idioma-sobre todo en las pruebas de narraciones históricas o descriptivas. Y ello compensaba mi baja puntuación en matemáticas. <Nunca los números me fueron simpáticos, no sé por qué. Este episodio es posible que estuviera revelando la razón en potencia del futuro emborronador de cuartillas.

Sin embargo es oportuno señalar-rememorando aquellos años-que mi verdadera vocación, era hacia la abogacía. Mis tíos, muy optimistas, me decían

--Tú deberías de estudiar para abogado o diplomático. Es para lo que tienes condiciones…"

Pero no fui ni una cosa ni otra. A los 11 años había aprobado el sexto grado. Entonces no se podía ingresar en el Instituto a cursar el bachillerato hasta los 13 años cumplidos. Y me vi. obligado a repetir dos cursos más el sexto grado para cumplir ese requisito. Al fin podía gestionar mi ingreso. Pero-estos peros siempre insalvables e inoportunos- otras razones frustraron mi tan anhelada aspiración. La situación económica de mi familia compuesta por siete hermanos más, algunos pequeños, y mi padre de oficio carpintero y con empleos inestables y mal pagados, me obligaron imperativamente a trabajar para aliviar las escaseces hogareñas. El bachillerato, que tanto deseaba iniciar, quedó como un empeño frustrado.

Años después pasé a laborar como repórter en el diario "Información", en una época en que muchos periódicos se vendían a un centavo el ejemplar. Era el sombrío reflejo de una crisis económica mundial y de una dictadura sangrienta en el poder- la de Gerardo Machado, el "asno con garras", como lo calificara acertadamente Rubén Martínez Villena- que tenía sumido al país en la miseria, la corrupción y la persecución contra sus opositores, que eran el pueblo todo.

Transcurría el año 1931. Se había desatado una campaña de terror oficial en toda la nación. Trabajadores y estudiantes, hermanados en lucha heroica, realizaban huelgas, acciones vindicativas y sabotajes contra el régimen. Surgían organizaciones revolucionarias clandestinas, se creaban células de las mismas en los centros de trabajo y estudiantiles, para combatir la tiranía, se hacían colectas públicas para recaudar fondos para la lucha y se distribuían publicaciones clandestinas antimachadistas.

Recuerdo que en esa época, Eduardo Abela, uno de nuestros más destacados artistas del pincel y la pluma, el inolvidable creador del "Bobo", era uno de los más activos propagandistas de la organización ABC, desviada luego hacia posiciones francamente fascistas. Éste semanalmente me entregaba un paquete de volantes y publicaciones para distribuirlas en el barrio donde residía, en la calle Cárdenas, próximo a la Estación Central de Ferrocarriles.

El diario "Información" acababa de salir a la luz bajo el mando autoritario del catalán Santiago Claret y de su hermano Joaquín. Allí me situaron en la crónica roja o la denominada policíaca, que ponía en letras de molde y con ribetes de cierto sensacionalismo, todo hecho de sangre o delictivo que se produjera como asesinatos, suicidios, asaltos y robos, violaciones y todo lo demás que pudiera imaginarse y estimulara la morbosidad de los lectores.

Un año más tarde se me presentó la oportunidad de lograr un ascenso apreciable en la profesión. El jefe de redacción, Raúl Ortega, uno de los periodistas más completos que he conocido y del que aprendí mucho sobre todo en emplanaje tipográfico, me recomendó a la dirección para cubrir la plaza vacante de jefe de información. Pero mi lógica aspiración estalló como pompa de jabón barato. El director, Santiago Claret, me anuló con un argumento para él irrebatible:

-No es posible Ortega-fue su respuesta tajante- pues es demasiado joven.

Acaba de cumplir los 21 años. Desventajas de una época en que se subestimaban los valores de la juventud, cuando cientos de ellos ofrendaban sus vidas en los combates heroicos contra la tiranía machadista.

Y seguí narrando asesinatos, suicidios, robos y todas esas cosas que podían servir, a mentes perturbadas proclives a la imitación morbosa.

Mientras tanto, la situación política y social de la nación, bajo la dictadura de quien se ganó el apelativo de "El carnicero de Santa Clara", era ya insostenible. Crímenes, saqueo del tesoro público, corrupción administrativa y sometimiento al imperialismo yanqui, eran las características del gobierno de Machado.

El hambre en las masas desesperadas y el incremento de las luchas de los trabajadores, profesionales, estudiantes y campesinos, estalló en una huelga general que puso en fuga al déspota y a toda su corte de esbirros, asesinos y ladrones. (3)

El 12 de agosto de 1933, esa fecha inolvidable, presencié entre otras tantas escenas de reacción popular, el saqueo e incendio del que fuera mi primer centro de trabajo periodístico, el "Heraldo de Cuba". Este diario se había convertido en los últimos años en un portavoz y generador de alabanzas desmesuradas de Machado y al cual había puesto bajo la dirección de su hermano Carlos.

Tuve ese día el sorpresivo privilegio, cuando presenciaba la vindicativa acción popular contra aquella sentina, de ver como el buró que había sido años atrás uno de mis instrumentos de trabajo, caía desde una ventana del tercer piso del edificio a la calle y se destrozaba contra el asfalto. Lo conocí por unas marcas de identificación que yo le había hecho para impedir que los compañeros de trabajo me lo cambiaran.

Después, destino de los periodistas de entonces, fui pasando de una redacción a otras, en procura de mejores salarios. En esa época el sueldo de un periodista, no importaba si era de primera o de segunda categoría o los años que llevara en la profesión o sus conocimientos o experiencia, era de 16 pesos semanales, algo que los reporteros de hoy es posible que pongan en duda. Lo cierto es que los que sufrimos esa explotación, jamás la olvidaremos.

¿Podía vivirse con ese sueldo? Claro que no se podía. Pero la consigna de los patronos era:

-El resto tienen ustedes que buscárselo gestionando "botellas" en los ministerios (Se denominaban así a los salarios cobrados en organismos estatales, sin necesidad de trabajar. N. del E.)

Así se lanzaba a los trabajadores de la prensa-tanto impresa como radial-con las naturales excepciones, a un peregrinaje desventurado por los despachos de los ministros clamando por un puesto que compensara su precaria situación económica. Y ello los obligaba a poner en venta su libertad de expresión y su dignidad.

Laboré en todo ese largo período hasta 1959, en diversas fechas, en la segunda etapa de "Información", así como en los diarios "Avance", "Diario de la Marina", "Excélsior-El País", "Alerta" y "La Calle". Igualmente en los noticieros de las emisoras radiales Cadena Oriental de Radio y Circuito Nacional Cubano (CNC Reloj de Cuba) donde ocupaba el cargo de subdirector de los noticieros.


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