BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS

Raúl Quintana Pérez




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CREER O NO CREER…PERO CIERTO

El tiempo pasado siempre fue peor, aunque algunos no estén de acuerdo. No debemos analizar sólo el aspecto económico, o sea los ingresos obtenidos en determinadas épocas, que representan abismales diferencias. Es preciso para comprender nuestra afirmación situarse en cada etapa de desarrollo o retroceso de la seudo república que padecimos durante más de medio siglo. (4)

Cuando, recordando épocas hundidas en ese tiempo pasado que fue siempre peor, he relatado a mis hijos y nietos y hasta a algunos periodistas de la nueva generación algunos de los episodios vividos en mis más de 50 años de labor profesional (recordemos que el libro se terminó de escribir en 1989.N. del E.), entre tinta y papel o micrófonos y grabadoras, he observado en sus rostros una sonrisa de descreimiento y un sentimiento de duda. Y hasta cierto punto he considerado que pueden tener alguna razón, pues quien no los ha vivido, más bien sufrido, es lógico que sospeche alguna exageración.

En alguna parte de estos relatos he señalado que el primer sueldo, en plena crisis económica capitalista aquella posterior a 1929-, era de cinco pesos semanales. Era el único salario fijo que entraba en mi hogar para atender a siete hermanos más, reforzado en pocas ocasiones que obtenía mi padre realizando los trabajos más humildes, por cuenta propia, como decimos ahora, pues carecía de empleo, como cientos de miles de habitantes más de esta isla infortunada en el pasado.

Recuerdo que cuando trabajaba como reportero en el diario "Información" en 1931-ubicado entonces en el propio edificio que ocupaba el "Diario de la Marina", en Prado y Teniente Rey, frente al Capitolio Nacional, posteriormente Academia de Ciencias de Cuba- solía dirigirme a mi hogar en la calle Cárdenas, a 10 o 12 cuadras, a la hora que debía ser la del almuerzo. No ignoraba lo que iba a encontrar: un vaso de agua con azúcar prieta. Y ello, gracias a que unos parientes ricos que vivían en el interior, nos enviaban de vez en cuando, un saco del dulce y reconfortante producto.

-¿Y para tomar sólo este almuerzo-me decía acongojada mi madre-haces esta caminata, hijo?

- Lo hago-le respondí- porque no quiero que mis compañeros se enteren de que no almuerzo.

Hoy la Revolución ha borrado un vocablo, que siempre y de forma permanente constituía una amenaza inhumana sobre las familias de precarios ingresos: el desahucio.

Cuando se firmaba un contrato de alquiler de una vivienda- no importaba que fuera una residencia o una humilde habitación- una cláusula aparecía intercalada como espada filosa pendiente sobre la tranquilidad hogareña: se aceptaba el desalojo de la vivienda por el inquilino sin derecho a reclamación alguna en el momento en el momento que lo determinara el propietario o por falta de pago de unas mensualidades. (5)

En esa misma época, con tales mermados ingresos, resultaba imposible abonar la renta mensual que se exigía por adelantado. Y era inevitable recibir la visita del alguacil del juzgado, con un cartapacio de papeles, entre los cuales figuraba en primer término, la orden inmediata de desahucio. Es decir, los muebles a la calle. Y luego, a buscar donde llevarlos.

Pero había un recurso- hoy a mí mismo me parece increíble que tuviéramos que apelar a él- y que consistía en que lo único que podía detener legalmente el desahucio era la presencia de un enfermo. En reiteradas ocasiones se vio mi familia obligada esa estratagema. Una hermana se prestaba a ello voluntariamente y con un gran sentido de actriz, se metía en la cama y simulaba con quejidos, fuertes dolores.

Y el inexpresivo empleado del juzgado, al fin una víctima más de aquella sociedad deshumanizada, explicaba:

- No puedo realizar el desahucio en estas condiciones. Espero que dentro de algunos días se sienta mejor la enferma.

Se iniciaba entonces una nueva tragedia: había que buscar una nueva vivienda. Pero, ¿cómo y con qué?

- Tenemos que buscar una casa con un alquiler más reducido- dijo una de mis hermanas.

-¿Para qué? - le respondí en el acto- Busquemos al contrario una casa más cómoda, más grande, no importa la cuantía del alquiler. Si en definitiva no podremos pagar la renta, es preferible vivir un poco mejor. De todas maneras allí también nos van a desalojar dentro de unos meses si nuestra situación no cambia.

Poco a poco, la situación fue cambiando y nuestra economía se estabilizó. Dejando atrás esos episodios cargados de pesares y humillaciones. Pasaron los años, el mayor se hizo médico, otro se hizo técnico de radio y un tercero se graduó de contador. Yo había logrado crearme una posición en el periodismo y en la década del 50 hubo ocasiones en que laboraba en dos o tres periódicos o emisoras de radio simultáneamente. Y llegué a acumular un ingreso mensual que fluctuaba entre 900 y 950 pesos (En aquella época en Cuba el peso cubano era equivalente al dólar. N. del E.)

Arribó 1959 y el triunfo revolucionario. Comenzó la campaña contrarrevolucionaria de los dueños de empresas periodísticas y la fuga de éstos a los Estados Unidos y Venezuela, principalmente, y el abandono de sus talleres.

Las medidas revolucionarias, ante la desvergonzada actitud de los empresarios periodísticos, crearon nuevas condiciones en el campo editorial. Y aquellas sentinas desaparecieron barridas por la Revolución. Todo ello afectó naturalmente al sector. Los más flojos y serviles se refugiaron en las faldas del enemigo. Los que sentíamos de verdad y acatábamos con satisfacción las grandes transformaciones sociales y económicas que se producían aceleradamente a favor de las grandes mayorías, nos mantuvimos firmes.

Esos cambios, consecuencia lógica de una nueva situación, afectaron mis ingresos en pocos meses. Mi salario a partir de 1961 se redujo a menos de 300 pesos mensuales. La merma era superior a los 600 pesos (Aunque el autor no lo aclare, el renunció voluntariamente a ese salario histórico al que tenía derecho y se le reconocía, lo que realza su gesto. N. del E.)

Pese a lo expuesto sigo creyendo, sigo creyendo que el tiempo pasado fue peor. Bien merece la pena esa caída de los ingresos ante las extraordinarias transformaciones socio-económicas que hoy disfruta todo nuestro pueblo, del que formo parte con orgullo: saber, comprobar y sentir que ahora se vive en esta Isla- ya no infortunada- con dignidad plan, respeto y seguridad presente y porvenir para nuestros hijos y nietos.

Mi actitud consecuente con los principios revolucionarios y marxistas-leninistas tuvo su compensación: uno de los momentos de más grata y emotiva recordación en mi trayectoria profesional fue cuando en acto solemne e inolvidable, laborando en la emisora internacional de onda corta Radio Habana-Cuba, me entregaron el carné del Partido Comunista de Cuba, hace más de 20 años (Hasta su jubilación, poco antes de su muerte, se desempeñaba como jefe del Departamento de emisiones en Aymara y Quechua, junto con un colectivo de bolivianos. N. del E.)

Y cosa curiosa, me viene a la mente un episodio ocurrido en los años 30 cuando imponía el terror y su poder absolutista en La Habana el siniestro coronel y luego general, José Eleuterio Pedraza. Laboraba yo entonces en el periódico "Avance", dirigido entonces por el doctor Oscar Zayas Portela. Y llegó a mi conocimiento, a través de amigos revolucionarios, que había sido detenido un combatiente clandestino. Si la memoria no me falla, me parece era de apellido Feria. Era preciso publicar que se hallaba detenido como única posibilidad de salvarle la vida. Sin pensarlo mucho, ni consultarlo con la dirección del diario, ante el temor de que me fuera prohibido hacerlo, lo destaqué en un cintillo en la página de sucesos a mi cargo.

Pocas horas después de vocearse el diario en la calle, el entonces jede de la policía nacional, el coronel Bernardo García, un testaferro de Pedraza, citó a los reporteros del sector a la jefatura de ese cuerpo situada en Empedrado y Monserrate. Se trataba a fin de cuentas de tirar un poco de las orejas a los periodistas, que como se dice popularmente, estaban "saliéndose del plato".

Coincidía que en esos días había arrestado un reportero de sucesos nombrado Osvaldo García, hijo de un veterano periodista, Pedro Manuel García. Luego de amenazarnos, no tan veladamente, el entorchado coronel, por publicar noticias que las autoridades no habían autorizado, un compañero indagó por la situación del reportero preso. La respuesta del jefe policiaco fue de evasiva; indagaría los motivos y nos lo informaría.

En ese instante, hallándome en la primera fila, le expresé a aquel jefe de esbirros, en forma bastante airada:

- Coronel, ustedes no tienen derecho a tener detenido a un compañero, sin razón válida y sin darnos adecuada respuesta.

La cara del coronel se transformó, se puso rojo de ira y gritó sin recato alguno:

- Usted es un atrevido. Y además, un comunista. ¡Si, un comunista!...

Y alzando la mano llamó a un guardia próximo con la intención de apresarme. Realmente no sé como salí de la jefatura. Varios compañeros me rodearon, ocultándome y a empujones me arrastraron hasta la calle y me dijeron:

- Escóndete y no te aparezcas más por aquí.

Luego analicé mi situación. ¿Yo era comunista? Pero si no sabía lo que era el comunismo y nunca había leído hasta entonces a Marx, Engels o Lenin. ¿Yo comunista? ¡No salía de mi asombro!

Naturalmente que más tarde comprendí; para aquellos esbirros, servidores fieles de los gobiernos norteamericanos de turno, comunista era todo aquel que se atrevía a enfrentárseles, el que no aceptaba las injusticias, el que protestaba contra los abusos y arbitrariedades de los cuerpos represivos, el que confiaba en un futuro digno para la patria.

Si era así, efectivamente yo era comunista.

El tiempo le dio la razón a aquel testaferro de Pedraza (Éste participó junto a Batista en el movimiento de clases y sargentos del 4 de septiembre de 1933. Ascendió, gracias a sus crímenes y tropelías, hasta el grado de general, cuando huyó de Cuba, el 31 de diciembre de 1958. N. del E.)


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