BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS

Raúl Quintana Pérez




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CAMINO DE LA SIERRA

Es lógico empezar por el principio, o sea, por qué me decidí a viajar a la Sierra Maestra, en una época, febrero de 1958, en que la ofensiva rebelde se había intensificado y daba muestras evidentes de una fortaleza, que llegó a alarmar con razón a la dictadura y que como respuesta, incrementó la represión contra la población civil en la zona de guerra y en las ciudades, contra los heroicos combatientes clandestinos.

Independientemente del prestigio que se había ganado tras la organización y ejecución del asalto al Cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953; de la valiente y vertical postura en el juicio que le siguió la dictadura, por su directa participación en los sucesos de Santiago de Cuba y Bayamo, en el Año del Centenario del Apóstol, en octubre de 1953; de su actitud inclaudicable mantenida en prisión, de octubre 1953 hasta su excarcelación en mayo de 1955; así como su insobornable actitud de denuncia en la prensa y radio de los desmanes del régimen, de mayo a julio de 1955, en que marcha al exilio, así como de su actividad revolucionaria, llena de riesgos y sacrificios en el exilio, hasta su salida de México en la expedición del Granma, en noviembre de 1956, yo mantenía en lo íntimo, una profunda admiración y desinteresado cariño y respeto, por aquel dirigente estudiantil que conocí a finales de la década de los 40 en el diario "Alerta", de Carlos III y Oquendo.

Todo ello, aparte de mi deseo de hacer algún aporte a la lucha de liberación, divulgando el pensamiento de Fidel por una cadena nacional de radio y de cumplir con el deber de periodista revolucionario, enmarca las motivaciones que me decidieron a emprender el viaje a la Sierra Maestra.

Cuando Fidel, como Comandante en Jefe de las ya bien organizadas fuerzas rebeldes, hizo por el mes de febrero (de 1958), un llamamiento a la prensa cubana, para que los reporteros fueran a los campamentos en las montañas orientales, a conocer y divulgar la verdad de las guerrillas y sus objetivos, que deformaban los falsos y mal intencionados partes oficiales de salían del Campamento Militar de Columbia, en la capital, tomé la decisión de informar a mis compañeros y a la gerencia de la entonces emisora Circuito Nacional Cubano (CNC), propiedad del doctor Antonio Pérez Benitoa, ex yerno de Batista, de mi deseo de incorporarme al grupo de periodistas que acudiría al llamado de Fidel. Hubo algunos que pretendieron disuadirme alegando que era riesgoso, que me comprometería públicamente y que podía incluso perder el puesto como director de los noticieros de la mencionada emisora, ya que no podía olvidar quien era el dueño de la misma.

No obstante, no desistí de mi propósito y solicité de la gerencia de la emisora, que se me acreditara y autorizara. En esos trámites andaba, cuando se dio a conocer que el dictador Batista no autorizaba el viaje de los periodistas cubanos, y que por lo tanto, el gobierno no ofrecería garantía alguna a los que pretendiesen burlar la prohibición oficial. Como es natural, eso significaba una amenaza potencial. Y resultaba lógico que aquel régimen procediera así, pues la verdad de la Sierra pondría en peligro los mentirosos partes oficiales del Buró de Prensa del Estado Mayor del Ejército.

Lejos de amilanarme, se hizo entonces más firme mi propósito de hacer el viaje a la Sierra, fuera como fuera. No sabía cómo, ni por dónde, ni con qué medios podría realizarlo, pero estaba decidido. Ya sin autorización de la gerencia de la emisora, planifiqué con dos o tres compañeros un supuesto viaje a New York. Ellos me guardarían las espaldas, como suele decirse, para contrarrestar los rumores que pudieran surgir por mi ausencia luego de conocerse que yo había solicitado autorización oficial para ir a las montañas orientales.

Estoy seguro y esto lo comprobé a mi regreso, que muchos compañeros no creyeron nunca en mi simulado viaje a la urbe neoyorquina. Pero es justo reconocer que todos fueron lo suficientemente discretos como para que algo de esto pudiera llegar a los oídos de los esbirros e informantes, conocidos como "chivatos", que estaban a la caza de los periodistas que pretendieran burlan la orden del tirano.

Algún compañero - Eduardo Corominas o Adolfo Gil, no recuerdo bien - adquirió una diminuta grabadora de pilas de no más de cinco pulgadas de longitud, que grababa en alambre, capaz de llevarse disimuladamente en un bolsillo y destinada a la misión que me había propuesto: entrevistar a Fidel para transmitir sus palabras, en su propia voz, por la emisora de alcance nacional.

Es curioso que los 300 pesos (Entonces equivalente al dólar. N. del E.) se pagaron por el propio ex yerno de Batista, a través de vales cargados a otros gastos menos comprometedores. Meses después, cuando las victorias rebeldes hacían germinar en las mentes de los personeros del régimen la idea de una fuga salvadora, el propio doctor Antonio Pérez Benitoa me dijo, sigilosamente:

- Oye Quintana, no creas que me has engañado. Esos 300 pesos que aparecen ahí, son los de la grabadora que tú llevaste a la Sierra. Pero, no importa, yo sigo ignorándolo….

Preparadas las condiciones partí por avión hacia Santiago de Cuba.

De toda mi familia solo mi esposa y mis hijos, ya jovencitos, sabían la verdad. Y aun conociendo el riesgo que podía correr, pero evaluando mis razones, no trataron de disuadirme. Es un reconocimiento íntimo, que quizás no debiera decirlo, pero que me hace sentir mejor luego de exponerlo.

Solo tenía un posible contacto inmediato: el corresponsal de los noticieros de la emisora en Santiago de Cuba, Carlos Pascual. Éste, periodista de muchos años de ejecutoria profesional, ligado por intereses económicos al gobierno de esa provincia y con amplias relaciones oficiales, no parecía ser el más indicado como enlace con los miembros del Movimiento 26 de Julio, en la capital provincial. Sin embargo tuve fe en él y la confianza, en que si no me servía para mis planes, tampoco me delataría a los "perros de presa" de Chaviano, ni a los "tigres" de (Rolando) Masferrer. Y no me defraudó.

Cuando en su hogar en Santiago de Cuba le hablé clara y llanamente de mis planes y le dije que estaba en sus manos para que me delatara o me pusiera en contacto con el 26, me respondió:

- Haré todo lo posible por complacerte. Por lo pronto, no te muevas de mi casa, ni te dejes ver por persona alguna, ni llames a nadie. Tu presencia podría llamar la atención de la policía. Quédate aquí y espera.

Ante esta situación mentiría si dijera, que en algunos momentos, no sentí cierto miedo de caer en manos de aquellos asesinos con uniforme, deseosos de prestar servicios a la tiranía.

Al día siguiente o a los dos días, no recuerdo exactamente, de aquel encierro voluntario, llegó Carlos y me dijo:

- Vamos, ahí nos espera un auto.

Sin hacer preguntas, confiándome a él, subimos al automóvil y velozmente nos dirigimos a un modesto barrio de la ciudad, no sé cual: a una calle cuyo nombre ignoro y a una casa cuyo número no quise ver y como es natural, nunca pregunté. Alélame presentó a un hombre de rostro franco y serio, vestido como obrero acabado de salir de su taller y le dijo señalándome:

- Este es el compañero de quien te hablé.

No dije una sola palabra y él no me hizo pregunta alguna. Al parecer todo estaba convenido. Solo aquel miembro del 26 de Julio que no volví a ver jamás, ni supe nunca su nombre, me dijo lacónicamente:

- Espere en casa de Carlos que ya pasaremos a buscarlo.

Eso fue todo lo que pasó en aquella entrevista. Regresamos a casa de Carlos, Fueron horas de incertidumbre, de dudas y de inquietud. ¿Vendrían a buscarme? ¿Realmente aquel desconocido pertenecía al Movimiento? Horas de no saber lo que pasaría, ni cuándo ni cómo pasaría... En un momento dado, no recuerdo el día ni la hora, aunque debió ser como mediodía, vinieron a buscarme en un automóvil tres jóvenes a quienes veía por primera vez y cuyos rostros no puedo precisar. Seguramente a ellos les ocurría lo mismo.

- Usted- me dijo el que parecía ser el jefe del grupo- no tiene que hablar nada. Limítese a seguir las instrucciones que le demos, sin discutirlas y sobre todo, esté preparado para todo.

La serenidad, la firmeza, la seguridad en la voz y en sus gestos, creo que me serenó un poco, aunque mantuviera mi decisión de no dar un paso atrás. A las no sé cuantas cuadras, en una calle en cuyo nombre no me fijé, me trasbordaron silenciosamente a otro auto. Otros jóvenes, bien vestidos y de rostro sereno, me recibieron. Seguimos viaje, cambiando de carro dos o tres veces, siempre en lugares distintos y con jóvenes diferentes. Tras ese despistaje previsor, el vehículo se detuvo frente a un elegante palacete del aristocrático barrio santiaguero de Vista Alegre. Allí radicaba un laboratorio que más tarde supe que era propiedad de Santos Buch.

- Cumpla fielmente las instrucciones que le den. Y buena suerte - me dijo como despedida uno de mis acompañantes. Nos despedimos con una sonrisa que yo pretendí que fuese lo más agradable posible.

En la sala de aquella casa, bellamente amueblada, me recibió una compañera rubia, de porte elegante, amable y sonriente, quien después de preguntarnos si insistía en hacer el viaje y recibir de mi parte una respuesta afirmativa, me condujo a un patio interior, donde se movían intensamente 8 o 10 hombres y mujeres, de distintos tipos y edades, entre maletas, botas militares amontonadas en el suelo, cámaras fotográficas y fílmicas, trípodes para estos equipos y no sé cuantas cosas más. Todo presentaba el aspecto general de un orden desordenado. Yo no llevaba equipaje alguno. Solo lo puesto y la grabadora en el bolsillo trasero del pantalón.

De vez en cuando uno de aquellos personajes misteriosos, o algunas de las muchachas que trajinaban por el patio, se perdían por una puerta lateral y regresaban vestidos con ropas distintas. Los hombres como si regresaran del campo o se dispusieran a encaminarse a su trabajo. Nada de sacos o cuellos duros. A mí me correspondió a la vez, el turno para desprenderme de cualquier documento que pudiera identificarme. Todo quedaría allí en depósito. Eran los preparativos iniciales de la aventura en que nos veríamos envueltos, sin presumir el incierto final.

Solo las muchachas, dos o tres, no puedo precisarlo, estoy recordando hechos ocurridos hace más de 30 años, aparecieron mejor vestidas Con blusas y sayas de colores. Pero ambas prendas siempre muy anchas. Las sayas parecían sombrillas recogidas.

Después los acontecimientos se desarrollaron como en una película, siguiendo un guión previamente establecido. No puedo fijar bien los detalles, ni la ruta que seguimos; lo cierto es que dimos algunas vueltas por el barrio, quizás si precedidos por otro auto con compañeros del Movimiento, en plan de vigilancia y custodia. Enfilamos al fin por la carretera hacia Palma Soriano y luego hacia Contramaestre, donde cambiamos de vehículo; ahora era un jeep con capota gris, parabrisas de cristal corrido plano y doble asiento.

El automóvil que dejamos no era evidentemente el vehículo apropiado para los ahora caminos accidentados que debíamos recorrer. Después de un almuerzo frugal, recibimos nuevas instrucciones. El grupo lo integrarían dos "turistas", amantes de aventuras galantes; tres supuestas muchachas "Alegres" de Santiago y un viajante de comercio- yo, por supuesto. De una firma de maquinarias que había viajado ocasionalmente para tratar de hacer algunas ventas en la región. Para hacer ese papel, recibí catálogos y algunas instrucciones de nuestro enlace- el guía del 26 de nombre Ricardo Hernández- que representaba en esa localidad próxima a las estribaciones de la Sierra Maestra, a firmas extranjeras de equipos agrícolas. Pero en el trayecto, antes de realizar el trayecto definitivo hacia nuestro objetivo, por Oro de Guisa, ocurrieron algunos episodios que no debemos silenciar, sobre todo en lo que se refiere a nuestras compañeras de viaje.

No tengo una idea precisa de cuantos hicimos el viaje desde Santiago. Creo recordar que eran: dos periodistas norteamericanos, uno de la UPI y el otro de una cadena de televisión, de ahí las cámaras filmadoras; dos o tres muchachas, todas atractivas, de buen porte, discretas, acostumbradas a solo hablar lo necesario en tales circunstancias; el que esto relata y Ricardo, en funciones de chofer.

Íbamos un poco apretados en el automóvil, no tanto por la cantidad de pasajeros, como el espacio que ocupaban las jóvenes, cuyas sayas se habían extendido tanto, que parecían del modelo que las mujeres llamaban "malacó". Ahora daban la sensación de ser sombrillas abiertas. Al principio no le encontré explicación. Viajar con esas sayas abultadas, más propias para exhibirlas en un salón de baile, me parecía un absurdo. Después, por algunas palabras sueltas, comprendí: esas compañeritas tan sencillas, tan presuntamente ingenuas, tan atractivas, estaban cumpliendo una misión tan riesgosa, para la cual hacía falta poseer tales dotes de valor, coraje, serenidad, que llegué a sentir vergüenza de hacer tan poco, cuando ellas arriesgaban tanto. Y tuve la duda de si yo hubiera sido capaz de hacer lo que ellas realizaban con tanta naturalidad, sin atisbo de afectación y con una tranquilidad que me asombraba.

Lo comprendí en toda su magnitud, cuando al término del viaje, ya en territorio libre, de aquellas sayas de vivos colores, que yo juzgué absurdas, comenzaron a emerger cámaras fotográficas, paquetes de ámpulas, vendajes, algodón, pomos de medicinas, cajas de jeringuillas, toda una farmacia ambulante, que se fijaban al cuerpo con cinta adhesiva. Las cámaras filmadoras mayores y sus trípodes, como me enteré después, iban debajo del vehículo, convenientemente enmascaradas.

Al cruzar frente al cuartel de la Guardia Rural en Palma Soriano, paso obligado para no despertar sospechas, nos interceptaron un sargento y dos soldados. Había que explicar a dónde íbamos y proceder a un registro. Yo no llevaba encima nada comprometedor, ni tampoco los norteamericanos. Pero, ¿ellas?

Uno se serenaba observando sus rostros tranquilos, sin un gesto de temor, esbozando una perenne sonrisa, de nuestras compañeras de viaje. El registró pretendió ser minucioso: levantaron el capó, abrieron el maletero, miraron ligeramente debajo del vehículo, nos hicieron bajar a algunos, inclusive a una de las muchachas, que lo hizo con gran dificultad, simulando tener las piernas dormidas. Al fin nos autorizaron a seguir viaje. Me dio la impresión de que aquel sargento, no quiso correr riesgos registrando demasiado, ante el temor de encontrar lo que no deseaban. Estaban muy cerca de la Sierra y temían siempre un enfrentamiento con los muchachos del 26.

Aquellas jovencitas, que además de la misión que cumplían con tanto riesgo, trayendo útiles y hasta proyectiles para los combatientes y que pertenecían a las familias más respetables y revolucionarias de Santiago, crecieron ante mi admiración, como no soy capaz de expresarlo.

En definitiva, continuamos el viaje en el mismo jeep que abordamos en Contramaestre, conducido aún por Ricardo, gran conocedor de la zona. Camino más adelante, como medida de seguridad, Ricardo se salió de la carretera e introdujo el vehículo por una sabana. Atravesando potreros, abriendo "talanqueras", cortando cercas con alicate, saltando sobre terrenos arados y atravesando riachuelos, avanzamos con las naturales precauciones para evitar un encuentro con los "casquitos" (así se denominaban a los soldados de la tiranía, mayormente tropas bisoñas que por un miserable salario, aceptaban incorporarse, producto de la miseria y la necesidad reinante en el país. N. del E.). Algunos campesinos nos informaban al paso por donde rondaban los soldados y ello nos permitía evadirlos. Estamos seguros que los soldados, dominados por el miedo y desmoralizados, hacían lo mismo, pero por causas bien diferentes.

Al cabo de varias horas, con el jeep dando brincos mortales y amenazando volcarse a cada momento o de rodar por las zanjas, obstáculos que salvaba sin igual pericia el compañero Ricardo, nos topamos inesperadamente con los primeros "rebeldes" Surgieron de pronto de unos matorrales. Muchachos jóvenes, aspirando a ser "barbudos" (Así se denominaban a los guerrilleros más veteranos, integrantes de las diversas columnas, que operaban en las montañas N. del E.) sin haberlo logrado aún (eran los denominados "escopeteros", que mal armados y peor vestidos, operaban en las zonas llanas, esperando su momento para que se les incorporará a una de las columnas guerrilleras. N. del E.). Era la primera vez que veía el glorioso uniforme rebelde y dentro de él, a verdaderos guerrilleros.

Saludos, apretones de manos, abrazos, sonrisas y felicitaciones, porque el viaje se desarrollaba sin encuentros desagradables. No les sorprendimos realmente. Era obvio que ya tenían noticia de nuestro arribo y habían traspasado las líneas fronterizas del territorio libre, para brindarnos protección si fuese necesario.

- Cuando pasen el arroyo - dijo el que parecía ser el jefe del grupo - ya pueden cantar el Himno Nacional. Estarán en territorio libre de Cuba.

Y lo hicimos. No, no es cierto, yo pretendí hacerlo, pero confieso que no pude. Me limité a escucharlo en las voces de nuestras compañeras de viaje. Nunca antes, ni después, he sentido tan hondo el significado de las estrofas escritas por Perucho Figueredo. Y estoy seguro, que nunca más las oiré con la emoción de aquella tarde, subiendo los primeros lomeríos de la Sierra, ya en tierra liberada.

A poco trecho llegamos a la modesta vivienda, coronada por el típico techo de guano, de un campesino que constituía el enlace con el campamento guerrillero. Habíamos rendido la primera etapa, que fuera de los riesgos, no resultó ciertamente la más difícil. En nuestra inexperiencia, ignorábamos que precisamente desde allí comenzaba la caminata que pondría a prueba nuestra voluntad y fuerzas físicas.

Luego de descansar en aquel hogar campesino y dejar allí el cargamento que traían las muchachas- sus sayas "malacó" perdieron rápidamente su abultado volumen- nos dispusimos a iniciar el ascenso a pie. Las jóvenes y el guía, luego de afectuosos saludos y deseos de buen viaje, regresaron a Santiago en el jeep. Los norteamericanos y yo, con un nuevo guía, un niño de apenas unos 14 años, pero con una actitud y valentía increíbles a su edad, comenzamos el ascenso del lomerío, con un sol que recalentaba nuestras espaldas y nos provocaba una sofocación dolorosa.

Cada vez el camino se empinaba más, el trillo más bien, eludiendo las zarzas que se empeñaban en prenderse a nuestras ropas sudorosas. A cada trecho nos veíamos obligados a hacer un alto, sobre todo por mí, ante la mirada comprensiva del muchacho guía, al que no parecía afectarle la fatigosa caminata. Cayendo la tarde nos alentó la esperanza de que podríamos tener un descanso más prolongado y hasta dormir un rato. Vana ilusión. El jovencito guía nos sacó del error:

- Descansen ahora un rato, que tenemos que apresurar el paso y aprovechar la oscuridad de la noche para pasar la cañada que está a tiro de los guardias (Así se denomina en la región oriental a los militares. N. del E.), apostados en una altura próxima. Trataremos de salvarla antes de que amanezca.

Constituyó realmente un tramo difícil que se prolongó varias horas, en continuo ascenso, agarrándonos a veces de los matojos para no rodar al abismo, en medio de una casi total oscuridad y alertados a menudo por la voz previsora del guía:

- Tengan cuidado ahora. Péguense bien al muro de tierra y sujétense de las matas. Afirmen bien los pies, para no resbalar…

Confieso sin rubor que me ocurrió lo que no me había ocurrido nunca: en dos ocasiones- y quizás alguna más- sufrí desmayos y quedé desplomado en el camino por unos minutos. La solícita atención del guía y de los norteamericanos, también terriblemente agotados, me permitió continuar el camino. Para reponer fuerzas, el muchacho nos suministraba de vez en cuando, algunos sorbos de leche condensada, que llevaba en su mochila.

Todavía el sol del nuevo día no asomaba sobre las montañas, aunque la claridad comenzaba a vencer la noche, cuando la voz de alerta del pequeño guía, nos indicó:

- Tenemos que aprovechar esta semi oscuridad para pasar el lugar que les dije, donde están los guardias. Cuando yo les diga, se pegan bien a la pared de tierra y corran hasta doblar la loma. Tienen que apurarse antes que los guardias nos vean.

Y a los pocos metros, exclamó:

- ¡Ahora corran! ¡apúrense, apúrense!

Y así lo hicimos temiendo a cada momento rodar por aquellas laderas, húmedas a causa de una fina llovizna, que había caído durante la madrugada... Apenas habíamos logrado salvar la curva de la colina, y ya protegidos, sonaron varios disparos cuyo eco se perdió en el valle.

- Se dieron cuenta - dijo el niño guía - pero ya pasamos - y sonrió satisfecho.

Minutos después nos tomamos un descanso un poco más prolongado, momento en que el pequeño combatiente, nos hizo una revelación, que no por haber ya ocurrido, dejó de preocuparnos:

- Tengo que decirles que anoche estuvimos perdidos. Era tanta la oscuridad, que perdí el trillo y me desvié del camino. Pero no quise asustarlos y me callé. Ya amaneciendo reconocí el terreno y volví a encontrar el trillo. Pero ya eso pasó.

Le agradecí, yo al menos, su silencio.

En jornadas fatigosas de calor, sofocación, sostenidos solo por la voluntad de llegar, nos fuimos acercando, loma arriba y lentamente, al campamento de Pata de la Mesa. La subida de la empinada Loma de la Vela, creo que así la denominan, es algo para no olvidar. Ya cercano el mediodía avistamos en una especie de valle, abajo, una vivienda algo mayor que las que habíamos visto por el camino.

- Ese es el campamento a donde vamos- nos dijo el guía.

- ¿En cuánto tiempo estaremos allí?- pregunté.

- En menos de una hora- dijo - pero es mucho más fácil. Iremos parte del recorrido en bajada.

Arribamos al fin a nuestro destino. Allí radicaba la comandancia del Che Guevara y fuimos recibidos cordialmente por el entonces capitán Ramiro Valdés Menéndez; el combatiente Joel Iglesias, que convalecía de una grave herida de bala en una pierna; así como un pequeño grupo de rebeldes, que consumía su tiempo dedicado a diversas ocupaciones: en la armería, en la cocina, en los talleres de fabricación de granadas o en el hospitalito.

Expuse a Ramiro Valdés el proyecto de hacerle una entrevista grabada a Fidel y prometió ofrecerme la oportunidad, tan pronto llegara el comandante Guevara, que estaba en operaciones, de facilitarme contactos.

En un ambiente de franca camaradería aproveche esos días iniciales, en visitar la armería, el hospital, así como otros departamentos, y la sección jurídica. Allí tuve el privilegio de presenciar varios juicios, algunos de ellos presididos por el Che.

Como una prueba de la disciplina que imponía el Che y que todos aceptaban porque la presidía un alto espíritu de justicia. Citaré como ejemplo el siguiente caso:

Un jovencito rebelde compareció ante el tribunal. Su falta: la sospecha de haberse apropiado de unos cigarrillos de un compañero. Al principio pretendió negarlo, pero interrogado hábilmente, confesó su falta. La amonestación del jefe guerrillero, plena de razonamientos y consejos, constituyó una sanción más severa y efectiva que la pequeña condena que le fue impuesta. Resultó un saludable ejemplo de justicia revolucionaria para cuantos presenciamos la vista.

Días después llegó al campamento el periodista J.R. González Regueral, representando a la revista Carteles y al semanario humorístico Zigzag. También por esos días se incorporaron a las tropas guerrilleras dos estudiantes: Antonio Llibre que llegó recibir el grado de capitán e integró luego del triunfo revolucionario el Departamento Legal del Ejército Rebelde; y Osvaldo Herrera, quien por su valor y temeridad ganó los grados de capitán, y que luego de ser hecho prisionero y remitido al cuartel de Bayamo, prefirió suicidarse, antes que correr el riesgo de flaquear ante las horribles torturas que le esperaban (parte de este relato se publicó en la revista Bohemia, en un reportaje del compañero Reinaldo Peñalver, en su edición del 3 de enero de 1986. N. del A.)


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