BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

RECUERDOS NO OLVIDADOS. MEMORIAS Y TESTIMONIOS PERIODÍSTICOS

Raúl Quintana Pérez




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ALGO….POR DENTRO

Lo anecdótico refleja a veces mejor un episodio vivo, que un relato detallado. Y ese es el estilo que pretendo dar a estas notas, y que quizás represente hurgar un poco en la memoria y echar la vista atrás unos cuantos años. Reflejar lo que era el periodismo, con sus cosas buenas y malas, hace unas décadas, claro que requeriría espacio ancho y cuartillas numerosas.

Recordamos la redacción del diario "Unión Nacionalista", órgano oficial del partido político del mismo nombre, que lideraba entonces el coronel Carlos Saladrigas. Llegué a esa redacción, entre otras razones, porque tenía necesidad de trabajar y comer. Era por la década del 30.

La administración no funcionaba en la práctica. Carecía de ingresos económicos o no llegaban a ella. Y mucho menos a los periodistas. Eso creó una situación de incertidumbre. Alrededor de las diez de la mañana todos dejábamos los asientos y nos agolpábamos en la puerta, justo en la acera, a esperar a alguien: era el cartero.

Cuando lo veíamos acercarse, sudoroso y jadeante con su enorme maleta colgada del hombro, sonreíamos llenos de esperanza.

- ¿Trae algo para nosotros? Era la pregunta obligada.

A veces sí y a veces no, extendía la mano y entregaba un sobre. Dejábamos por respeto a la jerarquía, que lo aceptara el jefe de información, Santiago Villazón. Él lo abría con lentitud y si era un día de suerte, extraían un papelito rosado y lo extendían ceremoniosamente.

- Compañeros- decía- este giro tiene una cifra alentadora: cuatro pesos con veinte centavos…A ver a cuanto tocamos.

Entrábamos todos tras nuestro jefe, quien comenzaba a trazar dígitos y más dígitos en una cuartilla. Y Luego exclamaba en tono solemne:

- Tocamos a sesenta centavos, porque somos siete. Que vaya rápido Pepe a la bodega a cambiarlo.

Ese giro procedía de un agente del diario que liquidaba los ejemplares recibidos durante el mes. Poco después recibíamos, jubilosos, cada uno, los seis reales que nos correspondían. Era nuestro salario del día. O quizás de la semana. Todo dependía de nuestro entrañable amigo el cartero.

Era un repórter nuevo del sector de sucesos. Después de su invariable recorrido por los juzgados, llegaba a la redacción a hacer sus notas. Un día arribó con una sonrisa que le dilataba el rostro:

- ¡Hoy si tengo una noticia de "palo"!. Se trata nada menos que de un contrabando enorme, tremendo. Y va a ser un escándalo cuando se conozca quienes son los responsables.

- Eso es lo más importante- replicó él que les relata, entonces jefe de información.

- ¿Quiénes son los culpables?-

- Ah, pues nada menos que los gerentes de "El Encanto" (Tienda de lujo de La Habana de entonces. N. del E.). Figúrate.

El jefe sonrió socarronamente. Le dio unas palmaditas en la espalda al novato reportero, repleto de buenas intenciones y le ripostó:

- El escándalo quien lo va a dar es la administración del periódico si insistes en dar la noticia. Es uno de nuestros mejores anunciantes. La tienda mayor y más elegante de La Habana: más de quince mil pesos mensuales en anuncios. ¿Comprendes?

- Pero le están robando al estado. Pasan contrabando por la aduana sin pagar impuestos.

- Sí, es cierto. Pero, busca en lo adelante noticias menos escandalosas, si quieres seguir trabajando aquí.

En aquel diario "Avance", en su segunda etapa, se publicaba una sección que contaba con miles de lectores. Lo probaban cientos de cartas que llegaban a la redacción formulando consultas a veces muy ingratas. Era una columna conocida con el pomposo título de Sección de Astrología. Su interés radicaba en los pronósticos que se hacían diariamente sobre el futuro de los lectores, basados en las fechas de su nacimiento, insertados en los signos del Zodíaco.

La incertidumbre ante el destino, sobre todo en época de miseria y explotación, provocaba en las gentes sencillas y crédulas la aspiración de conocer si en su camino existía alguna perspectiva feliz. Y esta actitud engañadora era, desde luego, estimulada por la prensa burguesa.

Esa sección llegaba al diario a través de uno de los tantos servicios norteamericanos de prensa y aparecía como supuesto autor un prestigioso y linajudo profesor de una universidad de los Estados Unidos. Pero un buen día-ese día que siempre llega cuando no se quiere-el administrador, Antonio González Mora, quien había también director y administrador del diario "El Mundo", dijo que la Sección de Astrología costaba mucho dinero y debía ser suprimida.

El que les relata era jefe de información de entonces. Y encontró una solución: que la sección siguiera saliendo, pero a cargo de un redactor sin pago extra alguno y cuyos conocimientos sobre la materia se limitaban a recitar de memoria los doce signos zodiacales. Y hasta ahí. Pero es que, después de todo-y en eso estuvimos siempre de acuerdo- los pronósticos eran invariablemente favorables para el lector. Siempre anunciaban amores felices, dinero próximo a llegar, aunque no arribara nunca; negocios exitosos en perspectiva; herencias que se acercaban a pasos agigantados, aumento de sueldo, optimismo y esperanza en pastillas de papel y tinta.

La solución dada no era realmente seria, pero es que tampoco lo eran los pronósticos y mucho menos la prensa de aquella época que todos sufrieron y soportaron, especialmente los periodistas honestos.

Esa tan buscada sección se le encomendó en primera instancia, y lo hizo con eficiencia, un reportero que daba sus primeros pasos en el diarismo capitalino, Guillermo Lagarde, quien años más tarde-mucho más tarde- llegaría a ser el popular despolillador del diario "Juventud Rebelde".

Esa tarea la alternaba con el autor de estas presuntas memorias, y ambos de acuerdo, nos divertíamos extraordinariamente cuando algún compañero de los talleres o del departamento de distribución, se acercaba a nosotros y nos decía:

- Esa sección es formidable. Yo nací en Géminis y me anunció que recibiría un dinero que esperaba. Y efectivamente, hace dos días, recibí una grata noticia de un amigo, que me debe veinte pesos, anunciándome que me los pagaría a fin de mes.

Lo que ese compañero, como otros, ignoraba, era que esa sección ya no venía enlatada del Norte, sino que se hacía en la propia redacción, un secreto que guardábamos con celo. Y que conocimos por el mismo compañero que había recibido ese atrayente mensaje, averiguamos discretamente la fecha de su nacimiento y le preparamos un pronóstico que había despertado en su espíritu crédulo ese adjetivo con que premió nuestra travesura.

La sección, mediante ese hábil sistema, se convirtió para Lagarde y para mí, en una posibilidad cierta de llegar a ser perfectos y admiradores adivinadores de pacotilla.


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