BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

DERECHO DE ¿AUTOR?

Lillian Álvarez Navarrete




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PRÓLOGO

Cuando graciasala gentilezadela autoraleíel borradorde este libro, vinieron a mi mente, con fuerza especial, los recuerdos de una noche del año 1966 en que se encontraba reunido el Consejo de Dirección de la Universidadyrecibimos la grata sorpresa de la visita del Comandante en Jefe Fidel Castro.

Me desempeñaba entonces como Secretario General de ese centro de estudios,y era su Rector el inolvidable Salvador Vilaseca Forné. Ese día el Consejo, que entonces tenía una integración notable, debatía con angustia la situación de la literatura docente en la Universidad.

La Universidad, bajo la sabia rectoría pedagógica de Vilaseca intentaba saltar sobre las viejas limitaciones de sus planesde estudioyprogramasde las asignaturasyproyectarse hacia una dimensión verdaderamente científica en cada carrera. Pero para ello necesitábamos la correspondiente literatura docente.Ylo digo porque pesea los esfuerzos del enemigo imperialista por robar los cerebros en nuestra sociedadyauspiciar la emigración de los profesionales cubanosydel profesorado universitario, habíamos avanzado en la soluciónde este escollo, apoyándonosenlas ideasde Fidely basando una parte importante de la docencia en el naciente, pero ya poderoso movimiento de Alumnos Ayudantes que había recibido el nombre de Julio Antonio Mella.

Además, una nueva cantera de profesionales revolucionarios había accedido venir a las aulas universitarias a impartir docencia, bienatiempo completoobien compartiendo sus jornadas de trabajo con sus responsabilidades laborales, yellopesealos exiguos salariosquepodía pagar entoncesla Universidad. Eran hombresy mujeres que veníana trabajar por la Revolución y por la ciencia, muy por encima de limitados intereses personales.

Pero repito que la batalla estaba lejos de haber sido ganada porque no disponíamos en cada carrera, de la literatura docente actualizada, verdaderamente científica.

Ese era el tema que angustiaba aquella noche al Consejo que acabo de describir. Se habían hecho cuidadosos estudios sobre las necesidades inminentes en cada carrerayla cifra de libros o textos de autores extranjeros, de los cuales estábamos urgidos, se encontraba en torno a los doscientos. Los libros utilizables de autores cubanos no constituían para nosotros una preocupación, ni política, ni económica.

Pero en todos esos doscientos casos se trataba o hablábamos de libros de edición en el extranjero, de autores extranjeros, a los cuales no nos era posible acceder porque el país no podía, ni soñándolo, afrontar el pago de los fabulosos “derechos de autor” que supondría su reedición en Cuba. Además, no dejabade estar presentela posibilidadde que algunos de los autores no aceptaran que sus obras fueran editadas en este país que libraba una lucha extraordinaria contra el imperialismo y sufría ya el acoso del bloqueo económico y científico. No encontrábamos la salida a ese espinoso problema.

Entonces llegó la providencial visita de Fidel, quien inmediatamente se integróa nuestros análisisycomo siempre exigió datos exactos, informes bien precisos, detalles sobre cada carrera e incluso cada asignatura, variantes de literatura a emplear, etc. Todos sacábamos cuentas pero no alcanzábamos a seguir sus cálculos mentales. Era, económicamente, imposible dar el salto hacia la ciencia en nuestro centro de estudios.

Me ahorro detalles para recordar cómo se puso de piey comenzó a pasearse, con su andar enérgico, ante la mesa donde sesionaba el Consejo. Entonces comenzó a hacer una reflexión que quizás se haya perdido lamentablemente para la historia del pensamiento revolucionario. Fidel empezó a decir que era inconcebible que alguien se declarara propietariodela obra científicade Bacon,por ejemplo,ode Newton; oqueen otro plano, alguiense dijera exclusivo propietario dela producción literariade ShakespeareoVíctorHugo.Pero aún más inconcebible era que alguien impidieraala humanidad el uso de esa herencia cultural, guiado por bajos intereses económicos individualistas.

Entonces Fidel declaró quela culturayla ciencia son patrimoniodela humanidady nadie puede impedir su usoy difusiónen arasdel bienydel progresode esa humanidad.Y afirmó: “nosotros hemos nacionalizado parte de la tierra, el subsuelo, la banca, el comercio exterior, la educación, la me dicinaytodolo que tiene que ver conla salud. Pues declaremos hoy nacionalizada también la cultura, la ciencia, el arte ytoda la literatura que sea requerida para llevar adelante la nueva Universidad en las condiciones de nuestro siglo”. Más o menos estas fueron sus palabras. Repito que es lamentable que se hayan perdidoy no podamos aprovechar hoy su riqueza histórica, filosóficayrevolucionaria y, además, ojalá alguien con más posibilidades que yo sea capaz de reconstruirel ardoryla fuerza,la pasióny elamor, conque Fidel levantó esas tremendas ideas.

Decía también que no estaba contra el derecho de los autoresde recibir una correcta remuneración por su trabajoy su saber,yque incluso estabade acuerdo en que se respetara, absolutamente, la integridad autoral en cada obrayla misma no quedaraamansalvade inescrupulososofestinados que alteraran el contenido de cada libro, pero que ello no podía atentar contra los altos intereses de la sociedad vista en su conjuntoy ensu dimensión histórica.

Inmediantamente se puso en contacto telefónico con Joel Domenech, Ministro de la Industria Ligera,yle orientó poner todos los talleres de impresión del país, incluidas las rotativas de los periódicos, cuando no estuvieran haciendo las tiradas ordinarias, todo el esfuerzo editorial en fin, en función de reeditar los libros de texto de la nueva Universidad.

Orientó además, de manera enérgica, escribir a cada autor escogidoyexplicarle minuciosamentela decisión desesperada de Cuba, señalándole que por su alto contenido científico, pedagógico o literario, su libro tal tenía que ser usado en la formación de los nuevos profesionales cubanos. Razonaba entonces Fidel que si se trataba de personas decentes, lejos de oponerse se sentirían orgullosas de nuestra decisión, y agregaba, finalmente podemos invitar a cada autor escogidoa que vengaa Cubayparticipe con nosotros en esta gran batalla porla educaciónyla ciencia.

Así se hizo,yhasta donde recuerdo, solo la irrisoria cantidad de dos o tres autores del Primer Mundo expresaron su disconformidad con que su libro se utilizara en Cuba. En cuantoala invitación, recuerdo que como consecuenciade ella llegóa nosotros, trabajó con nosotrosy murió juntoa nuestro pueblo, el sabio francés André Voisán.

He recordado este extraordinario capítulo de la historia de la Universidadyde nuestro país porque, como antes de-
cía, me vino al recuerdo, con sus más vivos detalles, cuando leía el texto de la que fuera un día mi alumnayhoy podría sermi profesoraen estos particularesdelos derechosde autor yotras cuestiones vinculadas con ello, Lillian Álvarez.

Y es que el presente libro, que ahora ponemos en manos del lector, está muy lejos de ser un engendro positivista, aburridamente normativista. Se trata, por el contrario, de una obra política,de elevadaysabia reflexión filosóficayde comprometida posición revolucionaria con el Tercer Mundo.

Porque lo cierto es que, como he repetido en múltiples ocasiones, nuestro pensamiento jurídico ha estado lastrado, desde principios de la república neocolonial, por el positivismo jurídico encarnado en la teoría pura del derecho del vienés Hans Kelsen.

Como es sabido, Kelsen defendió que la ciencia del Derecho debía atenerse a que este debe ser entendido como un sistema constituido por “normasysolo normas”. Kelsen no ignoraba que esas normas podían tener,yde hecho tenían, un contenido político, económico, social, cultural, incluso ético; pero defendió que esos contenidos no tienen nada que ver con la ciencia del Derecho, sino que son de la incumbencia de otras ciencias sociales. El Derechoyla ciencia quelo estudie deben ceñirseasu sentidoyámbito normativo,
aun simple esqueletode normas correctamente estructuradas.

Hans Kelsen decía:

Cuando nosotros consideramos a la ciencia jurídica como una disciplina normativa, necesita esta caracterización ciertas restricciones para evitar una posible tergiversación.

El carácter normativo de la Ciencia del Derecho se revela, negativamente, en que los acontecimientos que corresponden al mundo del Ser no tienen que ser explicados por ella, es decir, en que no es una disciplina explicativa;
ypositivamente, en que tiene por objeto normas de las cuales—ynodela vida real, sometidaalaLeyde Causalidad— se derivan sus conceptos jurídicos propios.1

Es por ello que el mismo Kelsen afirma que la teoría pura del Derecho estudia al “derecho en su nuda entidad, sin relación a elementos éticos, políticos o sociológicos”.2

1 Hans Kelsen, “Hyauptprobleme der Staaterehcshhre” citado por Antonio Sánchez de Bustamante y Montoro, Teoría general del derecho, Ed. Cultural, S.A., La Habana, 1953, p. 25.

2 Hans Kelsen, El método y los conceptos de la Teoría Pura del derecho, trad. Luis Legazy Lacambra, Madrid, 1933, p. 9.

Sin embargo, para los que entendemos el fenómeno jurídico en toda su dimensión y en sus diferentes expresiones, es imposible olvidar que las normas jurídicas, como contenido del Derecho, manifiestan y contienen el sentido políticode esteysederivandela traduccióndelos intereses yconflictos de clase como intereses o valores de orden político, que ahora se manifiestan como normativas o reglas jurídicas.

Desde una visión normativista, nuestros libros de Derecho, o una buena parte de ellos, se reducen a interpretaciones casi al estilo de los glosadoresy postglosadores, de las normas legales que regulan o tienen que ver con un sector de la vida social.

Este es el temor que experimento cuando abro un nuevo libro de Derecho: ¿Será el inventario comentado de las normas jurídicas de la cuestión de que se trate?

Sin embargo, ese temor desapareció en el libro de Lillian Álvarez desde las primeras páginas. Por eso quiero ser honrado con el lectoryadvertirle que si pretende encontrar el catálogo de disposiciones internacionales, tratados, convenciones, acuerdosy decisiones de órganos internacionales sobre los derechos de autor, o elinventario de las normativas jurídicas nacionales en relación con este asunto, no encontrará satisfacción alguna para esa pretensión en el presente libro.

Pero el que busque, como debe ser, una reflexión profunda sobre las problemáticas morales, económicas, socialesy culturales que están en la base de las soluciones jurídicas que se brindaa tal apasionanteycontradictorio problema; quien pretenda pensamiento y no simple memoria; quien busque explicacionesy no apenas descripciones, entoncessí encontrará todo eso en este libro audazycomprometido de la autora.

De manera general estoy de acuerdo con el gran jurista brasileño Reale, en cuanto a que el Derecho o elfenómeno jurídico tiene, al menos, tres grandes espacios o dimensiones: la dimensión normativa,la axiológicayla social.En efecto, el Derecho es, evidentemente, o quiere ser, un sistema normativo, una estructura orgánica de normas, leyes, decretos, resoluciones, sentencias, etc. Pero no es solo eso, como pretendiera un día Hans Kelsen. Es, ademásysobre todo, un sistema de valores. El Derecho, en su urdimbre normativa protege, ampara e impulsa aquellas conductas o relaciones sociales que comportan valores defendidos por ese orden normativo, al mismo tiempo que repudia, rechaza, sancionaeincluso castiga, aquellas otras conductas que se oponena esos valores defendidos porla sociedady sus estamentos dominantes y, finalmente, el Derecho es un fenómeno social: nace de la sociedad, se forma en ella y en sus apasionantes luchasyentresijosyregresaa ella como sistema de normas que pretende guiar la conducta de los hombres.

La obra que ahora se pone en manos de los lectores toma en cuenta, con verdadero rigor, el ámbito o dimensión normativa del Derechoy en ese sentido hace un correcto enunciado de las principales normativas jurídicas internacionales que rigen el derecho de autor, es decir, el ius cogen de esa relación económico-cultural tan compleja. Además, asume, con sentido crítico, la normativa cubana en ese espacio significativoyhasta hace poco bastante ignorado entre nosotros.

Pero, como antes decía, no se queda dentro de esos límites que serían suficientes para un kelseniano puro. Por el contrario, en el texto Lillian Álvarez levanta con fuerza profundas reflexiones sobre el alcance moral de las normas que protegen los derechos del autor, sobre la base ética, social e histórica de esos derechos y, sobre todo, en relación con los mismos en el complejo mundo de hoy.

Quiero llamar la atención sobre este particular en espacios como, por ejemplo, el acápite del capítulo 2, justamente titulado: “Apropiaciónal estilo occidental”;oenelcapítulo3 en que desenmascara las posiciones de las grandes transnacionales del mundo globalizado de hoy, en relación con el Derecho de autor. No menos fuerte es su posición de compromiso en el capítulo 7 al que llama “Derecho de autor y Derecho de la cultura”. Finalmente, quiero señalar cómo la autora, sin extremismos ni chovinismos, expone la experiencia cubana en el último capítulo.

No faltan los que defienden que las cuestiones de la ciencia, incluidas las de la ciencia del Derecho, deben ser afrontadasyasumidas desapasionadamente, casi con frialdad.Por el contrario, siempre he sostenido que la ciencia no es inocentey se generayrevierte en un medio histórico enel cual, haceel bieno haceel mal.Y elbieny elmal tienen lecturas diferentesparalos pobresyparalos ricos;elbiendel primer mundo suele serel malde nuestros pueblosyelbiende estos es normalmente visto como actitud subversiva por los personeros del Primer Mundo.

Lillian no se anda en esto por las ramas, asume sus compromisos históricosylo hace sin medrosidad,a visera descubierta.

Por todo ello creo, con absoluta convicción, que este libro novedoso que ponemos ahora en manos de los estudiosos del tema, constituirá no solo una obra de obligada consulta técnica, de referencia informativa, sino lo que es más importante, una obra de meditación, de reflexión y, si se toma honradamente, una obra para una correcta toma de conciencia en relación con el tema del Derecho de autor.

JULIO FERNÁNDEZ BULTÉ

Doctor en CienciasyProfesor de Mérito de la Universidad de La Habana


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