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INTEGRACIÓN. TEORÍA Y PROCESOS. BOLIVIA Y LA INTEGRACIÓN

Alberto Solares Gaite




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8. REFLEXIONES FINALES

Si bien la nueva Constitución incorpora la Integración, lo hace de una forma precaria, dispersa y hasta contradictoria. En todo caso, después de tantos años de participación nacional en procesos de integración y de esperar que alguna vez se validara constitucionalmente esta participación, consideramos que no se ha construido el marco constitucional claro, adecuado y preciso para el desempeño boliviano en este tipo de procesos.

Y la Integración no es el único tema insuficiente o confusamente tratado en la nueva Constitución, esto no es sinó el reflejo de la ideologización política que constituye el fundamente de la visión dominante, orientada hacia un indigenismo populista y excluyente que niega la historia y la república con una mezcla de dogmatismo marxista insuflado por el denominado socialismo del siglo XXI que difunden Cuba y Venezuela y que, en el caso de Bolivia, se aplica militantemente y que ha tenido incluso el efecto de revivir a la vieja izquierda ultrista que durante el periodo democrático se consideraba ya superada.

La mezcla de estas dos vertientes ha dado lugar a una confusión conceptual mayúscula, que entre sus deformaciones a llevado a la concepción de un “estado plurinacional” (concepción del stalinismo soviético que en el caso boliviano se lo asimila al reconocimiento de 36 naciones índigenas como principales titulares del territorio del Estado y de sus órganos, con capacidad de autodeterminación, con autonomía de gestión y con una propia justicia comunitaria), aunque estas supuestas naciones indígenas no pasen en la mayor parte de los casos de ser minúsculos grupos étnicos.

Se ha llegado al extremo, al margen de la Constitución, de modificar por decreto el nombre del país suprimiendo el de República por el de “Estado Plurinacional de Bolivia”. En esta vertiente del indigenismo, que es transversal en toda la Constitución, se nota una concepción más antropológica que jurídica y política que deben prevalecer en materia constitucional, tanto es así que antes que una Constitución Política hay quienes piensan que estamos en presencia de una Constitución Antropológica del Estado, que enfatiza lo que nos diferencia antes que lo que nos une, que confronta la diversidad antes que privilegia la unidad..

En la vertiente del alineamiento hacia Cuba-Venezuela (ALBA), se propicia el retorno, en lo político, a visiones de confrontación de la guerra fría superada hace décadas, y, en lo económico, a la visión de una economía con predominio estatal y erradicación de toda forma de capitalismo, lo que lleva naturalmente a rechazar todo lo que signifique libre comercio. A través de estas visiones se está impulsando, por tanto, un progresivo aislamiento del país de los procesos y acuerdos que postulan la liberalización del comercio y la integración económica en la región. Al parecer, como miembro activo del ALBA y bajo la égida de Venezuela y Cuba, Bolivia se encamina actualmente a desestabilizar los procesos en los que interviene para militar en la conformación de un supuesto bloque socialista o bolivariano de integración en América Latina, una especie de nuevo COMECON en esta región, pero ante todo una integración de carácter político motivada por un sentimiento común de confrontación contra el imperialismo, paradójica y felizmente tan debilitado ya en nuestra región.

Como se ve, ambas vertientes son las que plasman la actual Constitución y las políticas de Bolivia, pero ambas son anacrónicas y retrógradas y por tanto reaccionarias porque se fundamentan sólo en el pasado y no vislumbran la realidad y la dinámica del mundo de hoy ni del futuro. La indigenista, fundamentada en una visión vengadora de la conquista de hace 500 años, de la colonia y de la república, considerada también esta última como opresora del indígena, y la “bolivariana”, inspirada en una trasnochada visión de guerra fría y de extrema izquierda ya superada en nuestra región por la democracia. Pero ambas visiones tienen, como se está experimentando, sorprendentes efectos de desinstitucionalización de los países afectados, sumidos en la confrontación interna y externa y sometidos a concepciones autoritarias esencialmente contrarias a la democracia.

Todo este panorama, ha dado lugar en Bolivia a una polarización extrema de la sociedad, a enfretamientos enconados entre regiones, a relaciones tensionadas campo-ciudad, que están deteriorando la unidad nacional y poniendo en riesgo la institucionalidad del país.

Bolivia se halla en una coyuntura crucial de su historia, nada propicia para la unidad nacional, en camino más bien a una desintegración institucional y social, con un discurso basado en la confrontación y sometida a las relaciones de hegemonía ideológica que le impone el neopopulismo.

Ante este panorama, habrá que empezar por preguntarnos si en Bolivia existe una nación, o si somos un conjunto de pueblos, etnias y regiones que la historía juntó circunstancialmente y que cada componente o parcialidad se siente con identidad propia para eregirse en nación? Para problema tan profundo, tenemos que remitirnos a los elementos y características del concepto de nación, cuya noción es esencialmente de corte sociológico y puede tener diferentes gradaciones y ámbitos. Generalmente se la caracteriza por una comunidad de origen, idioma, cultura, religión, costumbres y una proyección histórica común. En este sentido nadie podría negar, por ejemplo, que toda Latinoamérica debía constituir una sóla nación, pero que por la historía y al calor de la lucha emancipadora se halla constituida en varias unidades políticas independientes, y que, asimismo, al interior de cada una de estas unidades políticas se puede distinguir el panorama heterogéneo de una diversidad de grupos étnicos y regionales, que conservan sus propios valores, costumbres y entornos económicos y sociales.

Pero la nación hay que entenderla también y fundamentalmente desde el punto de vista histórico y político que emerge en la época moderna a consecuencia del desarrollo del capitalismo. Desde esta visión sería incorrecto, por ejemplo, referirse como naciones a las culturas precolombinas que correspondieron a la etapa de transición del estado medio de la barbarie al superior. La nación corresponde al periodo histórico moderno, no es el resultado del poder constituyente ni del poder constituido, porque el poder constituyente es un órgano de poder que da origen al Estado, al derecho, a la ley…pero no a la nación. La nación es un fenómeno histórico propio de la época moderna producido por el desarrollo ascendente del capitalismo como sistema social y la eliminación lenta y gradual del feudalismo. La nación puede contener en su seno varias nacionalidades, como es el caso nuestro, y por lo general tiende a constituirse como un Estado soberano e independiente. En consecuencia, la nación boliviana tiene su origen en la creación de la República (1825) sobre los antecedentes históricos de los procesos de resistencia a la conquista y las luchas anticoloniales contra España.

En realidad y de conformidad a la teoría clásica de las nacionalidades (Manzini), que fue la inspiradora de la creación de los Estados modernos, la relación óptima es una nación – un estado, tanto es así que tradicionalmente se ha definido al estado como a “la nación políticamente organizada”. Sin embargo, esta correspondencia no se traduce siempre en la realidad, por el contrario se han dado y se dan en el curso de la historía casos de una sóla nación fragmentada en varios estados y a la inversa casos de varias nacionalidades integradas en un solo estado.

Y ese es el caso de Bolivia, que quizá como resultado de una voluntad histórica muy vigorosa, mantuvo una unidad estructural ante todo política y jurídica. Hasta hoy en día, quizá no se pueda hablar en Bolivia de la existencia de una nación plena, por la dispersión de sus componentes nacionales, pero de lo que sí se debe hablar es de una nación en formación, de un proceso inconcluso de forjar nación que no puede ser interrumpido. Es indispensable, a riesgo de la viabilidad de país, el definir una concepción e identificación ontológica del ser nacional, reconocernos en una identididad nacional común, es decir seguir forjando la Nación Boliviana, la cual no puede estar sino basada en la conjunción de sus valores étnicos, culturales e históricos (nación mestiza), desarrollando imperiosamente una conciencia nacional, como alternativa a una conciencia dispersa y enfrentada, en torno a la cual recién se podrá forjar una identidad y personalidad comunitaria de la nación boliviana y proyectarla en la comunidad de naciones y en la historía.

Sobre la base del concepto de nación recién se puede definir la identididad conjunta del Estado, la cual no puede reflejar la dispersión de pueblos o componentes étnicos, culturales o regionales, sino ser comprensiva de la idea de la integración nacional. El mundo contemporáneo vive fenómenos de agregación y complementariedad, ya no hay lugar para la disgregación y cualquier intento de acentuar las diferencias reflejaría una visión anacrónica y tribal. En una época en la que incluso se mediatiza ya a los estados nacionales, no sería concebible regresar a etapas previas a las de su conformación histórica.

En Bolivia, desde la fundación de la República, ha estado siempre presente la inquietud sobre la viabilidad del Estado boliviano. Muchos nos han asignado la categoría de “estado tapón”, una creación artificial para neutralizar o amortiguar, en el espacio central del subcontinente, las pretensiones de hegemonía de las fuerzas circundantes. Pero también, a la inversa, algunos nos han considerado (Lewis Tamps) el “herthland” suramericano, es decir el pivote central desde el cual siempre se ha irradiado influencia al entorno, ya sea cultural como en la época prehispánica desde Tiahuanacu o de libertad como en la gesta de la lucha emancipadora, desde Charcas.

En todo caso, Bolivia, pese al recelo de su entorno, a sus más de cinco guerras externas, a su crónica inestabilidad, ha permanecido como República por 184 años, confirmando que existe un fuerte sentimiento, forjado en todas sus viscisitudes, de un alma nacional, de un no querer pertenencia ajena. Y este es el germen de nacionalidad, de la existencia de un proceso de construir nación, que se refleja en la permanencia del Estado.

Que haya que mejorar el Estado es otra cosa, que se deba buscar un Estado más inclusivo y solidario es la demanda de nuestro tiempo, pero siempre en el designio de contruir nación. Creemos con toda convicción que la proyección del país, sólo podrá tener como base la construcción de nación, que implica el reconocimiento indiscutible de su diversidad.

Por ello, la visión estratégica e histórica que debía reflejar la norma fundamental del Estado, debería partir necesariamente de una referencia expresa a la Nación Boliviana que, en el marco de su diversidad étnica, geográfica y regional, se constituye como una República soberana e independiente, adoptando la forma democrática representativa y participativa para su gobierno y la forma unitaria, descentralizaza y autonómica para su organización territorial y política, además de los atributos del tipo de estado (social, de derecho, de justicia) que se le quieran atribuir.

Este concepto reuniría los elementos sustantivos, puesto que implica a la Nación como titular de la soberanía, del territorio y de sus recursos, así como fuente del poder político que se ejerce en su nombre. Pero además puede dar satisfacción a todas las espectativas de cambio y unidad, reflejando la idea de un Estado integrado en la Nación, en el marco de su diversidad, frente a la dispersión que representa cualquier concepto de plurinacionalidad.

A guisa de corolario, podemos concluir afirmando que sólo un país unido e integrado nacionalmente podrá proyectarse con viabilidad en la comunidad internacional y participar con éxito en los procesos regionales de integración. Y Bolivia, ya lo dijimos antes, por su posición geográfica y por su condición de país en desarrollo, se halla condenada a la integración, tanto interna como externa, como uno de los instrumentos necesarios para lograr su desarrollo, pero un desarrollo inclusivo, ampliado y solidario que debe constituir la única y legítima ideología de nuestros pueblos.


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