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ELEMENTOS FUNDAMENTALES PARA LA TEORÍA Y ESTRATEGIA DE LA TRANSICIÓN SOCIALISTA LATINOAMERICANA Y MUNDIAL

Antonio Romero Reyes



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Deformaciones del Socialismo.

Más que un eslogan, el “Socialismo del Siglo XXI” debería ser asumido como un largo periodo de transición histórica, pues vivimos tiempos decisivos. Los efectos expansivos de la implosión de la burbuja financiera Made in USA se manifiestan como una ola gigantesca, cayendo esta sobre la economía de todos los países sin “blindaje” que valga (ya lo hizo mediante sus mecanismos inmediatos de propagación como las bolsas, ocasionando olas de despidos y reducciones anunciadas en la producción industrial de varios países en el centro del sistema); los líderes de las economías más “ricas” del mundo trazan estrategias de reordenamiento de las finanzas mundiales junto con las nuevas potencias económicas del grupo BRIC (Brasil, Rusia, India y China) y otros países de reciente industrialización (sudeste asiático); en América Latina algunos presidentes lanzaron iniciativas que buscan fortalecer y aun crear nuevos mecanismos de integración (UNASUR, Banco del Sur, moneda común) y dar así forma a un verdadero bloque regional que conquiste cierta autonomía para la región con respecto a la economía globalizada, sobre cuyos avatares cada estado o país individualmente considerado tiene un peso económico y político relativamente débil.

Ciertamente, nos encontramos a las puertas de un Nuevo Orden que está empezando por resolver la parte más crítica del capitalismo mundializado: las “altas” finanzas que se habían sustentado hasta hace poco en la supremacía del dólar. Muchos lo han dicho de diversas maneras: esto “se acabó”. Un Nuevo Orden es lo que tenemos en el horizonte más o menos inmediato, impulsado desde los estados, tanto en el Norte como en el Sur, pero desde los intereses del capital para continuar manejando, explotando y dominando el mundo como “cosa”. ¿Y cuál es, o dónde está, la alternativa propia de los pueblos, naciones oprimidas y del conjunto de los trabajadores, incluidos y excluidos? ¿Dónde está el programa político del slogan “Otro mundo es posible”? Entonces, es también la hora de la propuesta desde “los de abajo”. La reflexión y la discusión seguirán siendo importantes e imprescindibles, pero todo el esfuerzo que conlleva la producción de ideas y elaboración de argumentos, así como las denuncias y reivindicaciones sociales, pueden terminar siendo inútiles si se carece del proyecto alternativo o de la propuesta programática a todo nivel (regional, por país, desde los espacios locales y subnacionales).

Partamos de una tesis: la crisis financiera internacional es una manifestación de la crisis capitalista y esta, por lo tanto, no se limita a lo estrictamente financiero. Además, esta crisis y sus repercusiones no pueden entenderse con las categorías usuales del “formalismo de la economía convencional” (Umpiérrez 2008), menos aun con la propia manera de entender del neoliberalismo asumiendo que la crisis lo “arrojó al tacho” (García 2008). El marco apropiado para comprender a cabalidad esta misma crisis es el proporcionado por el análisis de Marx en El Capital, no solamente el capítulo concerniente al “capital ficticio”.

En América Latina se habla y discute de socialismo pero prescindiendo de Marx o metamorfoseando su pensamiento original por otro de contenido y sentido diferente al que le quiso dar.

En la generalidad de las discusiones suele identificarse socialismo con “intervención del estado” o “propiedad pública estatal”. En el contexto de la actual crisis, está clarísimo que el crecimiento de la “burbuja” se hizo con dinero ajeno, es decir, dinero proveniente de la sociedad norteamericana, mientras que el “salvataje” de los bancos y especuladores se impone vía intervención estatal cuyo costo será inevitablemente cargado sobre la misma sociedad (“socialización de las pérdidas” le llaman), para no referirnos más que a los EEUU. En este contexto se entiende la tesis: “si el dinero que se les presta a los capitalistas es social, social debe ser la propiedad de las empresas y social deben ser los beneficios generados por la misma.” (Umpiérrez 2008)

El problema con la intervención del estado en un país capitalista -norteamericano en este caso- es que está imbuido de la lógica del capital. Lo mismo vale si el país en dificultades fuese de la periferia del sistema. La intervención del estado está pensada para restituir las condiciones de la ganancia, y así fue en su momento con la llamada revolución keynesiana y los “30 años gloriosos” de relativa estabilidad que produjo, culminando este ciclo a mediados de los 70. Solamente la presión social, con movilizaciones y organización incluida, podría obligar a que esa intervención siga un curso diferente, en sentido efectivamente social. Si esto fuese así, pasaríamos entonces de un escenario de crisis a otro de transición desde el punto de vista de los intereses sociales y populares.

La intervención del estado desde posiciones de izquierda radical (nos referimos a concepciones socialistas, libertarias, altermundistas y otras) solamente podría justificarse en el marco de la transición, el cual ciertamente no nos caerá del cielo y tenemos más bien que construirlo colectivamente. Marx no nos legó una “Teoría del Estado”, a la manera de un corpus siquiera similar al de El Capital, pero en trabajos donde se ocupó del asunto (mencionamos rápidamente: La Guerra Civil en Francia, El 18 Brumario, Crítica del Programa de Gotha y el Manifiesto Comunista), dejó en claro su postura política: que el Estado debe necesariamente desaparecer, lo cual implica un largo proceso de luchas y conflictos entre los que descartamos y rechazamos de plano los métodos “terroristas”.

Esta tesis primigenia de Marx contiene otra de hondas repercusiones que la izquierda jurásica de los viejos PC siempre se negó a reconocer: en virtud de la democratización y socialización del poder, el Estado debe necesariamente ser suprimido pues constituye la expresión suprema de la alienación de todo poder; pero además, en virtud de este mismo proceso, deben desaparecer los partidos sobre los cuales se asienta la “exterioridad” de todo régimen político, y esto último concierne -no exceptúa- a los partidos y movimientos revolucionarios una vez asegurada las bases y condiciones de funcionamiento de la “sociedad de productores libres”, en el más amplio y completo sentido del término “producción”. La fórmula de “dictadura del proletariado” que fue por él concebida como una forma estatal transitoria para la socialización del poder político y -por eso mismo- como un medio para la realización de los ideales de emancipación, tiene que ser repensada/ reactualizada a nuestros tiempos difíciles y llenos de perplejidades.

Como sostiene Barrios en un artículo donde, en base a un conjunto de paradojas, hace su balance del debate: «La política ultra-imperialista de rescates financieros en provecho de los grandes especuladores en los EEUU y otras naciones hegemónicas de Europa, demuestra una vez más que la versión conceptual de Marx sobre el Estado sigue estando vigente; éste es, usando sus propias palabras, “simplemente el Comité Ejecutivo de la clase gobernante en cada sociedad…”. No existe Estado (clasistamente hablando), que sea “neutro”. Esa verdad no ha muerto.» (Barrios 2008b)

La izquierda latinoamericana ha caído en una garrafal confusión justamente por lo que venimos comentando. El propio “Socialismo del Siglo XXI” propugnado desde la Venezuela bolivariana se sustenta en la identidad Socialismo = intervención del Estado como fin último, fórmula a la que se han plegado con no menos entusiasmo y simpatía las izquierdas de todos los colores, así como los antiimperialistas, nacionalistas, socialdemócratas y el centrismo de izquierda que aspiran a ser “gobierno”. Esto demuestra el “abandono” de Marx, al menos en esta parte del mundo. Como sostuvo Eric Hobsbawm en una reciente entrevista: “Marx no regresará como una inspiración política para la izquierda hasta que sea entendido que sus escritos no deben ser tratados como programas políticos, autoritariamente, o de otra manera, ni como descripciones de una situación real del mundo capitalista de hoy, sino más bien, como guías hacia su modo de entender la naturaleza del desarrollo capitalista.” (Hobsbawm 2008)

Tampoco está demás decir que los sectores populares y buena parte de los movimientos son arrastrados por esa fórmula, defendida y difundida además por muchos intelectuales. La susodicha identidad solo pone contentos a los capitalistas cuyos ideólogos y sus grandes medios quieren que nos traguemos ese cuento que en realidad produce la deformación de la verdadera naturaleza así como los propósitos del socialismo. En América del Sur, partidos políticos que llegaron al poder del Estado en países como Brasil, Chile y Uruguay, mediante un discurso socialista o “socializante”, y aun mediante movilizaciones populares, ¿acaso no son fieles, leales y “responsables” administradores de los intereses del capital? ¿En qué se asemeja o diferencia ese “formulismo” con la concepción de la “vieja izquierda” (representada por los antiguos PC) y la socialdemocracia internacional?

Está fuera de duda que la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) constituye una buena oportunidad para construir la unidad política y popular en Sudamérica, proceso que no puede dejar pasar por alto el problema del Estado. ¿Qué hacemos con el estado? y ¿qué hacemos con el mercado?, son dos ejemplos de preguntas ineludibles si la unidad más amplia que se quiera construir es enmarcada como parte de un proceso de transición no exento de dificultades, tanto en cada uno de nuestros países como a nivel regional.

En la época que nos ha tocado enfrentar disponemos de las herramientas conceptuales y metodológicas para desnudar -mediante la crítica- la verdadera naturaleza de este sistema histórico y sus profundas tendencias; pero nos falta el programa, la “alternativa” de transformación (el Socialismo expresado como un programa concreto de cambios, desde la escala local hasta el nivel internacional) que sea elaborada colectivamente y, mediante la praxis, desde cada uno de nuestros espacios. Por su lado, los capitalistas disponen de una serie de “teorías” y políticas económicas (de las que el neoliberalismo monetarista es uno más) así como de sus “aparatos ideológicos” y del mismo “Estado de clase” para resolver su propia crisis y sentar un nuevo consenso postcapitalista, el cual no sabemos aun en qué va a consistir. En esto se podría resumir muy gruesamente la gran encrucijada que se abre ante nosotros como “transición histórica”, es decir, como “bifurcación” de posibles rutas o vías (no solamente de “vías de desarrollo”) de la que tanto se ha referido en sus escritos Immanuel Wallerstein.

En la realidad latinoamericana de hoy, con o sin presencia de “gobiernos progresistas” en los distintos países, es notoria la inserción hegemónica a la vez que dominante y avasalladora de grandes empresas y filiales de corporaciones gigantes sobre la economía doméstica, en alianza o asociación con el capital estatal y los grupos económicos locales. En el Perú, a lo largo del segundo gobierno aprista con Alan García a la cabeza (2006-2011), dicha presencia se ha profundizado poniendo en venta al país y suscribiendo a nombre del Estado tratados de libre comercio, concebidos por la alta tecnocracia como instrumentos para la inserción efectiva -y perdurable- del país en la globalización capitalista. En los países con hegemonía neoliberal (Colombia, Chile, México, Perú) la gestión macroeconómica responde plenamente a los intereses del gran capital, interno e internacional. El Estado, si bien formalmente “nacional” en su apariencia exterior, es hoy por hoy un Estado de los grandes capitalistas, transnacionales y transnacionalizados. Esto vuelve inútil, frustrante o infructuoso cualquier intento por desarrollar el capitalismo nacional, o de apelar a una inexistente burguesía nacional, como insiste Tagarelli (2009); intentos ambos que se convierten más bien en un “juego de imposibilidades” (cf. nota 96, supra), y los desafíos políticos para una estrategia de transformación van por otro lado (Boron 2004: 53-55). Por eso, consideramos necesario establecer la siguiente doble distinción, a manera de premisas, que sustentamos inmediatamente después de enunciarlas:

i) En el marco del actual sistema histórico el Estado no es el depositario exclusivo del poder real.

ii) Mercado y capitalismo son dos entidades necesariamente diferentes y no siempre convergentes, especialmente en países donde campean la desigualdad y la exclusión.


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