BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

CATARSIS POR BARRÍOS

Mario Antonio Turcios Flores


 


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Capítulo 7 Después de la masacre

Sepultamos a mi padre y demás gente masacrada; estábamos la familia, mis sobrinos: Alejandro, Fidel, Marlenis, Elsa y Amílcar, mis hermanos: Javier, Rodolfo, Lolita y Juan, este último, uno de mis hermanos mayores, siempre se mantuvo al margen de la situación.

Juan no relacionaba todo aquello con política, y no compartía con ninguna tendencia política, se mostraba apático ante las fuerzas antagónicas del momento. Por lo que juntos con mis hermanos Javier y Rodolfo tomamos la decisión de no asignarle ninguna responsabilidad referente a mi madre.

Mis hermanos y yo, excepto Juan, viajamos al campamento del cantón El Limón. Morazán y muy cerca del cerro el Cacahoatique, nos presentamos para ser militantes de la guerrilla. A mí me asignaron cargar en camilla a Monchito Saravia, era el papá de mi sobrino Alejandro, y lo balearon en sus piernas cuando trataba de escapar, mientras masacraban a la gente en Barríos. Fueron ocho horas de camino para llegar al Limón, descansamos ahí durante el día, a la noche siguiente partimos camino a La Guacamaya, era ahí el hospital donde seria atendido Monchito, por personal médico procedentes de Europa, Cuba, Sur y Centro América. Mientras tratábamos de aniquilarnos entre sí, siendo hijos e hijas de una misma patria, extranjeros desconocidos, como buenos samaritanos, se compadecían de nuestra condición, y bajo el riesgo de morir.

Mamá oró a DIOS en las montañas de Morazán, sus ruegos fueron escuchados, pronto el Padre Rogelio, se presentó y junto al Padre Luis y el Padre Alfredo ambos párrocos de Gotera, preparó el trámite de traslado de mi madre, mis sobrinos y mi hermana Lolita, al seminario San José de la montaña, en San Salvador. Bajo el acecho de los ahora “extintos” Cuerpos de Seguridad: Policía Nacional, (PN) el albergue del Seminario San José de La Montaña, ese sería el nuevo hogar de mi familia.

Con frecuencia cateaban el seminario por las noches, haciendo desaparecer, a muchos de las personas refugiadas, de las cuales jamás volvíamos a saber. Muchos de los altos Jefes, oficiales y miembros de la P.N. eran parte de los escuadrones de la muerte, comandado por el mayor Roberto D’Aubuisson.

Javier y Rodolfo, quedaron en las filas del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) en Morazán. Mi ubicación seria la colonia San Carlos, siendo aun niño, tomaría responsabilidades como cualquier adulto, debía ser determinante y optimista al tomar bajo mi responsabilidad misiones difíciles y arriesgadas, viviría junto al enemigo, a tres cuadras de la 3ra. Brigada de Infantería.

Durante las horas del día, me dedicaba a la albañilería y por las tardes, observaba el ambiente que se vivía en los pasajes cercanos a mi refugio.

Los “iguaneros cuilios”, se reunían en la pequeña tienda de Don Tano, estos se escapaban del cuartel para ir a ver las coquetas jovencitas que galanteaban frente a ellos. Ellas les miraban como el súper héroe de moda: Rambos, defensores del capital, llamado equivocadamente “patria”. Entre vulgaridades y alardes, se jactaban de sus malignas hazañas.

Consumían cerveza en embases de Coca Cola, disfrazados de cigarrillos DELTA se esfumaban en sus labios un sin número de puros de marihuana, disque para el apetito, el ánimo y la buena suerte. Por la noche los soldados cedían el lugar a los fatídicos escuadrones de la muerte, ahora estos tomaban el control de las calles.

Recuerdo la mañana de ese uno de marzo de 1983, el astro rey, lenta he imponentemente hacia su aparición, y uno que otro soldado en busca de pan y café para saciar el “bajón”, resultado del desenfrenado consumo de marihuana la tarde anterior, acudía a la tienda. Entre el verde camuflajeado de pequeños Rambos y el verde natural del jardín, estaba la cosa más bella que mis ojos habían visto.

El déspota se alejó y me acerque, la belleza de sus ojos grandes competían con las flores del jardín, imposible desafiar la intuición femenina, descubrió que tras el jardín la observaba, al igual que los rayos del sol, su mirada se clavó en mi, alejándose con un gesto de desaprobación por mi actitud. Quedé intrigado y al día siguiente, espere por ella, se dirigía a la escuela, una vez más su dominante mirada, confirmaban su interés por mí. Ella era Gladis, “mi gordita preciosa”. Esa hermosa niña, de rostro angelical, piel blanca y ojos grandes, con 14 años de edad seria quien le daría sentido a mi vida, nuestro amor comenzó a crecer, pronto me hice de un amigo muy especial.

Neto y yo teníamos la misma edad y era amigo de Gladis, era nuestro confidente y mensajero.

Las cosas no serian fácil, tenía dos vecinos de los cuales habría que estar pendiente, yo era desconocido en la colonia y eso despertaría sospechas, por mi carisma no tardo en darme a conocer y hacer amistades, frente a mi “caverna” vivía el Sargento Calín. Era un hombre amargado, alto de estatura, moreno claro, era el verdugo de las colonias vecinas, me observaba cuidadosamente, no hablaba con nadie, quizá porque nadie se atrevía a dirigirle la vista.

Mientras caminaba con mi gordita de la mano, un tipo vestido de verde olivo se nos acercó, y la saludó a ella, me dio la mano. ¿Cómo es posible?, me pregunté que yo le haya dado la mano a un soldado. No podía creer que un militar trajera en su rostro una amable sonrisa, pero algo inexplicable dentro de mí, me dijo que seriamos muy buenos amigos y eso me traería problemas.

Yo también tenía misiones que cumplir y debía dar razón de todo. Era mi obligación, a pesar de todo entre el rencor y el odio, al igual que mi amor por mi gordita, la amistad entre el sargento Aguilera y yo creció, chaparro igual que yo, moreno y de unos 20 años de edad, como amigos compartíamos buenos momentos, al igual que mi amigo Neto, supo mantener en secreto mi relación con Gladis.

Todo marchaba bien hasta que el 12 de junio de ese año, murió en combate mi hermano Rodolfo, los escuadrones de la muerte llegaron a buscarme, el sargento Aguilera abandonó su posición en el cuartel y fue avisarme que me fuera, recogí todas las cartas de amor que mi gordita me había mandado y las quemé, evitando así que las encontraran en un cateo y fueran a matarla.

Desaparecí, ella desesperada lloraba mi ausencia, alguien muy cercano a mí, un familiar, fue a dar información sobre mi identidad, a la sección 2 de la 3ra. Brigada de infantería. Así que fui al seminario San José de la montaña, noches enteras lloraba por mi gordita sentado en los balcones del seminario, su corazón estaba destrozado como el mío. Teníamos un futuro incierto, alimentaba la ilusión de verla un día, deseaba traerla conmigo, pero al igual que yo también moriría. Juré amarla con toda mi alma por el resto de mi vida, y aun después de muerto, le amaría.

Mi primo Avid, era detective, ostentaba el grado de sargento, 25 años de edad, sabia la situación, nos sacó del refugio, y nos llevó a vivir a Sonsonate. Me ayudo a hacer la casa y nos consiguió tierras para cultivar. Dos años vivimos en la hacienda Canadá, junto a mi madre, vivimos experiencias difíciles, la pérdida de mi papá, y mis hermanos Armando y Rodolfo, la gente masacrada en Barríos, afectó mucho a mamá, con frecuencia se deprimía, así que decidimos mudarnos a Rosario de Mora en San Salvador, para tener más cerca el Dr. que la trataba,

Un uno de enero de 1987, los soldados me bajaron del bus en el que viajaba hacia San Salvador, me llevaron a Santiago Texacuangos, nos tuvieron 3 días ahí, luego fuimos llevados al Centro de Instrucción de Transmisiones de la Fuerza Armada (C.I.T.F.A.). Recién había pasado el terremoto de 1986, que mató a mil 200 personas, el cuartel también sufrió destrucción, los tapiales estaban en partes por el suelo, los soldados vivían con temor a ser atacados.

Junto a otros reclusos causamos alta y por seis meses fuimos entrenados, seríamos transmisores, dentro del cuartel habrían misiones mucho mas difíciles que cumplir, ascendí a cabo E.4. Y me hice cargo de diez hombres en mi escuadra, afortunadamente tuve el privilegio de elegirlos, y así pude hacer mi trabajo con éxito. Mi camarada se llamaba Amadeo y era de Izalco, un pequeño pueblo de Sonsonate, lo trasladaron al Cerro Las Pavas, los compas atacaron y fue baleado, afortunadamente sobrevivió, sin dificultades.

Deseaba que los días, meses y años pasaran rápidamente, iría en busca de mi novia, pero en esas condiciones no era posible, la posibilidad de salir con vida cada día era incierta, descubrieron a Chávez Dueñas, un soldado que estaba infiltrado, pertenecía al E.R.P. por las noches lo sacaban de la bartolina y lo llevaban al cuarto que la sección 2 tenia para torturar a los prisioneros políticos, le ponían choques eléctricos en sus genitales, logró escapar en diciembre de 1988; mientras que un toque de trompeta llamo a formar de emergencia, frente a la entrada del recinto estaba parqueada, una limosina blanca de vidrios polarizados, todos debíamos marchar frente a ella, detenernos frente al asiento del pasajero y dirigir la vista directamente a él, claro no sabíamos quién estaba dentro, después del proceso, nos mandaron a las respectivas cuadras.

En enero de 1989, nos llamaron, a algunos soldados que nos Iríamos de baja el próximo mes de febrero. Nos llevaron a un cuarto oscuro, y sin saber con quién hablábamos, la persona que estaba dentro nos propuso cumplir misiones fuera del país, nos pagarían mil dólares mensuales,--seríamos mercenarios. No olvidemos que la mayorías de gobiernos de El Salvador, han estado siempre involucrados en dar apoyo y refugio a terroristas que atacan Cuba, seguramente nosotros iríamos a unirnos a la Contra de Nicaragua, y terminar con los Sandinistas, fiel a mis principios, no traicionaría mis ideales, los míos fueron masacrados, víctima de la opresión militar, sería incapaz de sembrar más dolor, el 21 de febrero de 1989, causé baja, y el 23 de ese mismo mes se abrieron las puertas del cuartel. C.I.T.F.A. alzando mis ojos al cielo abrí mis brazos y di gracias a DIOS, por permitirme ser libre, en cierto sentido de nuevo, por fin salí de ese infierno.

Como todo loco enamorado , corrí, corrí y corrí, hasta llegar a bordo, los minutos eran tan largos, que parecían horas, llegue a casa de mi gordita, -- Usted me parece conocido dijo Don Tano, Papá de Gladis, ---¿ y Gladis su hija? Le pregunté -ahí está-respondió,-- ¿ya se casó? pregunté, -no- respondió.

Tímida como siempre, entre la rendija de la ventana me observaba, seis años habían pasado y nos seguíamos amando como el primer día, aquella niña, inocente era ya toda una dama, con 20 años de edad, nuestro amor aun vivía, decidimos casarnos el mes de diciembre, debido a la ofensiva final, lanzada en noviembre de 1989, por el F.M.L.N. pospusimos la boda, y nos casamos el 18 de enero de 1990.

Ahí estaba el sargento Aguilera, recordamos los malos momentos, aproveché la oportunidad de agradecerle el haber salvado mi vida. El 30 de agosto de 1991, nació mi primer hija, Ingrid, tan bella como su madre, fue como si volviese a nacer, el tres de febrero de 1994, nació mi segundo hijo Rudy. Lindo regalo, y el 23 de septiembre de 2003, nació mi tercer hijo, Denis. Es mi replica, agradezco a Dios y a mi gordita el haberme dado a mis hijos y a mi hija.


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