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EL MIEDO EN EL NUEVO MILENIO: UN ABORDAJE ANTROPOLÓGICO PARA COMPRENDER LA POSTMODERNIDAD

Maximiliano E. Korstanje




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El Estadio de la Inseguridad

“La sacralidad del poder se afirma así mismo en las relaciones que unen al sujeto con el soberano: una veneración o una sumisión total que la razón no justifica, un temor a la desobediencia que tiene el carácter de una transgresión sacrílega” (Balandier, 2005:179). En cierta forma, el temor a la autoridad no sólo encuentra su origen en la autoridad misma, sino en el miedo al caos que implica su ausencia. Uno de los primeros pensadores en relacionar el temor, el principio de conservación con la organización política fue Thomas Hobbes. El filósofo británico considera que la naturaleza ha hecho a los hombres iguales en sus facultades físicas y de espíritu; así “de esta igualdad en cuanto a la capacidad se deriva la igualdad de esperanza respecto a la consecución de nuestros fines. Esta es la causa de que si dos hombres desean la misma cosa, y en modo alguno pueden disfrutarla ambos, se vuelven enemigos…y en el camino que conduce al fin (que es principalmente, su propia conservación y a veces su delectación tan sólo) tratan de aniquilarse o sojuzgarse uno a otro. De ahí que un agresor no teme otra cosa que el poder singular de otro hombre” (Hobbes, I, Del Hombre, XVIII, p. 101).

Paradójicamente, las sociedades modernas equipadas con todo tipo de bienes materiales y protecciones, son aquellas en donde el sentimiento de inseguridad no sólo que es moneda corriente sino que atraviesa todos los estratos sociales. Esta paradoja, lleva a R. Castel a plantear una hipótesis por demás interesante; la inseguridad moderna no sería la ausencia de protecciones o medios sino todo lo contrario, una obsesiva manía vinculada a la búsqueda incesante de seguridad en un mundo social interrelacionado. Esa propia búsqueda frenética en sí es la que genera el constante sentimiento de inseguridad.

En este sentido, no toda sensación sobre la inseguridad es proporcional a un peligro real, sino mas bien el desfase entre una expectativa desmedida y los medios proporcionados para poner en funcionamiento la protección; en otros términos estar protegido –sugiere el autor- implica estar amenazado; a medida que las sociedad va alcanzando nuevas metas en la materia, otras nuevas surgen dando origen a riesgos que no habían sido tenidos en cuenta plasmado en una especie de aversión colectiva al riesgo.

Luego de su clara presentación del problema, en el primer capítulo Castel analiza comparativamente el rol interno de los grupos que conformaban en la edad media a los entramados sociales con las sociedades modernas. En el pasado, la seguridad estaba circunscripta a una protección por proximidad es decir entre redes asociadas con un fuerte grado de cohesión y dependencia; su fin último evitar una agresión o amenaza externa. Las sociedades construidas en base a un sistema de producción industrial como ha afirmado Hobbes se constituyen para evitar la “guerra de todos contra todos” en una sociedad civil, cuyos resortes continúan siendo manejados por la manipulación del miedo y la seguridad.

El autor en este punto citando a John Locke, explica “dado que el individuo ya no está tomado en las redes tradicionales de dependencia y de protección, lo que lo protege es la propiedad. La propiedad es la base de recursos a partir de la cual un individuo puede existir por sí mismo y no depender de un amo o de la caridad del prójimo. Es la propiedad la que garantiza la seguridad frente a las contingencias de la existencia, la enfermedad, el accidente, la miseria de quien no puede seguir trabajando” (Castel, 2006: 23). La propiedad es en el génesis de la modernidad, el requisito clave pues asegura un canal para independencia y la emancipación liberal del sujeto; hecho que a su vez los asegura contras todas las inclemencias de la subsistencia.

En detrimento del vínculo social, el ciudadano propietario puede y tiene a su disposición todos los recursos legales del Estado moderno para protegerse así mismo. Y claro, como sólo la seguridad puede ser total en Estados absolutos –mérito hobbesiano-; en la mayoría de los casos estas estructuras no pueden regular en una dimensión total los comportamientos e interacciones individuales. Paradójicamente, un estado de este tipo transgrede los pilares básicos de la sociedad liberal de mercado moderna creando indirectamente una sensación de inseguridad. En su vulnerabilidad, el ciudadano recurre excesivamente a la protección del Estado y este a su vez se complejiza burocratizando sus procedimientos; hecho que resulta de una ambigüedad aún mayor y a vez mayor demanda. Como si advierte Hobbes, la seguridad total viene acompañada de la total falta de garantías y libertades. La constante frustración que sienten los individuos en cuanto a este creciente sentimiento de “estar protegidos” y las carencias de un Estado cada vez menos omnipresente, sugieren la idea de una economía del miedo o mejor dicho una economía de la protección como acertadamente ha sugerido Castel.

Los capítulos subsiguientes del libro serán de capital interés desde el momento en que cuestionan precisamente la necesidad de valoración material e individual por sobre los derechos colectivos. Más específicamente, como el sentido de propiedad afecta, moldea y condiciona el de estatus social. No tener trabajo, caer en la enfermedad no sólo representan para el sujeto una desgracia personal, sino además un retroceso en su estatus por cuanto no puede valerse por sus propios medios. La inseguridad social en aquellos que no tienen accesos a los niveles básicos de materialidad es constante, y hace sus existencias una lucha constantes por la supervivencia. En este sentido y a diferencia de la tesis hobbesiana, la precariedad alude a un Estado que no garantiza la coexistencia de todos sus miembros. Evidentemente, un rastreo historiográfico de los avances en materia salarial, juvilatoria y asistencial muestran una mayor protección del Estado en cuanto a muchos –aunque no a todos- ciudadanos. No obstante, por dos causas principales hoy día la eficacia del Estado está sometida a debate.

En principio, el crecimiento en la productividad económica desde 1953 a 1970 ha generado un alza en el consumo y los ingresos. Este hecho no sólo generó menor desigualdad entre las clases sociales sino además generó lo que Castel llama “principio de satisfacción diferida” referida a la posibilidad o esperanza de vivir en un futuro mejor al presente a la vez que toda privación es entendida como provisoria. Al respecto, el autor señala “esta capacidad de dominar el porvenir me parece esencial en una perspectiva de lucha contra la inseguridad social. Funciona mientras el desarrollo de la sociedad salarial parece inscribirse en una trayectoria ascendente que maximiza el stock de recursos comunes y refuerza el papel del Estado como regulador de esas transformaciones” (ibid: 49).

El segundo punto se estructura por medio de la pertenencia colectiva al grupo que ha logrado esos derechos, como por ejemplo asociaciones, sindicatos, grupos políticos de presión etc. En este sentido, el empleado queda en inferioridad de condiciones con respecto al empleador precisamente porque la fuerza colectiva lo ha despojado de casi todas sus pertenencias. A diferencia del empresario que no sólo no pertenece a ningún gremio sino que además posee un nivel patrimonial superior, el empleado o trabajador queda sujeto a negociaciones que lo exceden por doquier. Como sea el caso, el ciudadano queda protegido por el colectivo que lo envuelve. Las negociaciones en bloque, y la creciente economía de mercado han debilitado al Estado Moderno confinándolo a una mera función de asistencia residual. Esta idea de descolectivización de la situación colectiva encierra una nueva paradoja o dilema por el cual los sujetos se encuentran insertos en bloques profesionales pero dejados a su suerte en un mercado laboral cada vez más competitivos. De esta forma, grupos marginales quedan excluidos de los beneficios sociales más elementales generando así sentimientos de rencor y resentimiento que no hacen otra cosa que agravar el sentimiento de inseguridad.

La problemática del riesgo, mejor tratada en el capítulo cuarto, nos recuerda que desde 1980 se ha instalado en la sociedad un nuevo problema con respecto a la inseguridad; un aumento en los canales de incertidumbre y una especie de malestar frente al porvenir quedan subordinados a que ocurran posibilidades inverosímiles de manera compensatoria; en otras palabras, hablamos no de inseguridad en sí misma sino de una “problemática del riesgo” o una percepción de que ninguna solución es suficiente frente a lo imprevisto.

En efecto, escribe Castel “la imprevisibilidad de la mayor parte de nuevos riesgos, la gravedad y el carácter irreversible de sus consecuencias, hacen que la mejor prevención consista a menudo en anticipar lo peor y en tomar medidas para evitar que eso advenga, aun cuando sea muy aleatorio. Consiste en destruir, por ejemplo todo un rebaño de ganado ante la incertidumbre de que haya habido contaminación, al precio de consecuencias económicas y sociales desproporcionadas en relación con el riesgo real” (ibid: 78). En palabras del propio autor, las sociedades modernas se encuentran viviendo una especie de “inflación del riesgo” en donde no existe una solución radical que aniquile el factor ansiogéno. Paradójicamente, a la vez que aumenta la demanda de protección decrece la posibilidad de estar protegido.

La relación entre la explosión de los riesgos y la ultra-individualidad de los actos se encuentran ligadas también a la proliferación de los diferentes seguros que venden seguridad y otorgan una supuesta protección. El sujeto queda así expuesto a asegurarse así mismo en un mercado competitivo que le resta identidad propia. “El individuo se vuelve así, al menos tendencialmente, liberado en relación con ellas, mientras que el Estado se tornó su principal sostén, es decir, su principal proveedor de protecciones. Cuando estas protecciones se resquebrajan, este individuo se vuelve a la vez frágil y exigente, porque está habituado a la seguridad y corroído por el miedo a perderla” (ibid: 85). La falta de un Estado omnipresente y omnipotente en materia de seguridad obliga a los ciudadanos a construirse sus propios mecanismos de protección. Es cierto, que la modernidad ha despojado tanto al Estado como a Dios de su omnipotencia natural en el punto en que ya no se escucha tanto como antes la frase “que Dios lo proteja”. A diferencia de sus ancestros quienes luchaban día a día por su subsistencia, el hombre moderno se encuentra consternado por una búsqueda de seguridad que nunca satisface plenamente.

En este sentido, la inflación de la inseguridad instala el miedo en el seno de la vida social, pero uno que se encuentra sujeto a incontinencias improbables. Así, la exacerbación del riesgo lleva consigo y alimenta a la mitología de la protección. Por lo visto, luego de esta exposición sobre los puntos que nos han parecido más importantes en R. Castel consideramos que el trabajo de referencia resalta la relación entre la estructura de mercado y la sociedad moderna explicando hasta cierto punto como la constante demanda psico-social de protecciones conlleva una constante idea de fragilidad que no puede ser superada. A la vez, el autor establece una ilustrativa clasificación sobre los diferentes tipos de protecciones (sociales o civiles) que aplican sobre los ciudadanos. No obstante, existen dos problemas sustanciales en la obra de Robert Castel que ameritan ser discutidos. El primero de ellos se vincula a una imposibilidad de vencer la paradoja y la complejidad. En efecto, si al comienzo de su trabajo el autor mencionara el dilema entre la materialidad y la inseguridad, en el transcurso del mismo sugiere otras de diferente tipo como el binomio dependencia-independencia; inclusión-exclusión etc. De esta forma, saltamos en el desarrollo de un estado de tensión entre dos irreconciliables a otro, sin una definición exacta del problema. Segundo (y quizás producto del primer escollo), no quedan claras las causas principales por las cuales las sociedades modernas exigen mayor seguridad y de que manera opera la modernidad en esas pretensiones.


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