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OCIO Y VIAJES EN LA HISTORIA: ANTIGÜEDAD Y MEDIOEVO

Mauro Beltrami




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LA INFRAESTRUCTURA Y LAS COMUNICACIONES

Bajo la República romana, la conquista y la explotación de las sociedades sometidas hizo de aquella uno de los centros de capitales más importantes que existieron en la Antigüedad. Durante el Imperio, Roma no sólo mantiene su papel, sino que incrementa aún más su poderío económico a partir de las recaudaciones.

El aporte más significativo que ha realizado Roma a la historia de las comunicaciones fue su excelente red de carreteras. Anteriormente, el comercio del Mediterráneo había adoptado, en especial, la vía marítima. El transporte terrestre que precedió al imperio del pueblo romano era muy costoso, lento y difícil. Roma innovaría respecto al comercio terrestre, a partir de objetivos estratégicos y económicos.

La construcción, en lo que hace particularmente a las vías ubicadas dentro de Italia, comenzó en la época republicana. En cuanto a la construcción viaria en las provincias, fue obra del Imperio, en especial, en sus primeros dos siglos. La red de caminos alcanzó su perfeccionamiento en vísperas de la época de anarquía militar (235-268). La Noticia de las Regiones, documento topográfico oficial del siglo IV, indica la existencia de 29 vías, las cuales van a parar a las diferentes regiones de la península.

El centro de la red de caminos era, lógicamente, Roma. Desde allí partía una red de comunicaciones que llevaban desde Roma a toda Italia y, desde allí, a todo el Imperio. Desde el punto central de la ciudad, junto a la Rostra, se irradiaban todas las calles que, salidas de la estrechez del Foro, iban adquiriendo progresivamente mayor tamaño y regularidad en los barrios excéntricos; llegaban hasta las puertas, y desde allí, prolongándose rectas y bien conservadas mientras iban insertándose en otras cada vez más lejanas de Roma, acababan por extenderse hacia los confines del imperio. Aquí se mencionarán únicamente las más importantes, las que se encuentran estrechamente relacionadas con los viajes que se han pretendido estudiar en este trabajo. Las vías principales que partían desde Roma eran:

• Via Appia, constituía el gran camino de Italia meridional, por Fundi, Capua, Beneventum, Venusia, Tarentum, Brundusium. En ningún tramo de su recorrido contaba con un ancho inferior a 4,25 metros. Por la Via Appia se accedía a las localidades de la Campania, lugares de descanso de la alta sociedad; y a Brindisi, desde donde, tras aproximadamente veinticuatro horas de navegación marítima, se podía llegar a Grecia.

• Via Flaminia, al noreste, era el principal camino transversal de Italia central. Conducía a la costa norte del Adriático. Se continuaba con la Via Emilia desde Ariminum a Placentia.

• Via Aurelia: al noroeste. Camino costero del mar Tirreno, que llevaba al norte hasta Pisa. Por ella debía pasarse para acceder a las costas ligures, actual Riviera italiana o Riviera ligure, continuándose el viaje por la Vía Aemilia Scauri, con la cuál se encontraba conectada. A continuación, esta última era continuada por la Via Julia Augusta.

Otras vías que gozaron de importancia fueron la Via Cecilia, que se extendía desde la frontera latino-sabina hasta Nomentum; la Via Cassia; la Via Minucia; la Via Curia; y la Via Salaria, la cual ya existía desde tiempos monárquicos y a través de la cual los sabinos transportaban la sal del mar.

El desarrollo de las vías en las provincias también alcanzó un grado avanzado en su extensión e importancia. En España, los caminos romanos se dividían en dos grupos de vías principales. La red de caminos tenía por centro a César-Augusta. Desde allí partían muchos caminos hacia el sur, hasta Cartago Nova; a la Bética por Córdoba, Hispalis, Gades; al oeste; por Toletum, Emerita, Olisipo, por una parte, y Legio, Asturica y Brigantium, por otra; por último, se encontraba la red que unía con la Galia por los desfiladeros de Perto, Samport y Rocesvalles. La red vial gala, por su parte, comprendía las siguientes, entre otras, a la Vía Domitia (camino costero mediterráneo), a la vía del valle del Ródano (que pasaba por Vienna y Valentia), a la vía del Rin y a la gran carretera renana. En cuanto a Britania, la red de caminos tenía la forma de un triángulo, que corresponde a la geografía de la isla. En los Balcanes, convergerían en Bizancio tres caminos: el camino de Dalmacia, la vía central y el camino del litoral del Mar Negro. En el Oriente asiático, existían dos grandes caminos: uno al oeste, que corría por la costa mediterránea, y la otra al este, la vía del limes. Por último, en África, se componía de un camino principal que costeaba al Mediterráneo, conectaba en Pelusio con la red asiática, con caminos de penetración interior y algunos que lo doblaban paralelamente de modo parcial. En Egipto, el principal camino de penetración hacia el sur lo constituía la vía del valle del Nilo.

Si a esto se le agrega otras obras de infraestructura complementarias, se habrá mostrado el porqué del florecimiento económico y comercial romano. O sea, que pueden comprenderse también las razones por las cuales el varios investigadores del turismo, entre los que se cuenta A. J. Norval, han coincido en encontrar en las vías de comunicación, la raíz fundamental del desarrollo de los viajes en la Roma imperial. Entre estas otras obras de infraestructura, que también facilitaron el viaje tanto de individuos como de mercancías, pueden mencionarse la construcción y reparación de puertos como los de Ostia, Puteoli, Centumcellae, Antium, Misenum, Caieta, Ancona, Ariminum y Ravenna (en Italia); Forum Julii y Narbo Martius (en Galia) y Caesarea (en África); la construcción de puentes (mediante la utilización de bloques de piedra), acueductos y faros; etc.

Los hitos indicaban la distancia exacta que separaba a cada uno de la ciudad de Roma, y se medían en millia passum, es decir, mil pasos. Para dar una idea de lo que se tardaba en viajar desde un lugar a otro, puede mencionarse que, mientras los soldados marchaban diariamente veinte millas, los viajeros lograban cubrir una distancia de treinta y dos -aunque existían rendimientos máximos de hasta ochenta millas al día-.

Si se realizaba el viaje por tierra, este podía realizarse de variadas formas y mediante distintos medios, como el carruaje, la litera, a pie o a caballo, según la conveniencia y la jerarquía social de quién lo realizase. La mayoría viajaba en algún animal de carga que llevase, a la vez, tanto al viajero como a su equipaje; los viajes a pie, más aún que en los griegos, eran de carácter excepcional. El modo de viajar por los caminos y por las ciudades comenzó a generar conflictos cuando los viajes se fueron volviendo más comunes. De este modo, Claudio decidió prohibir a los viajeros atravesar las ciudades de Italia de otra manera que a pie, en sillas de manos o en literas. Como el desplazamiento a pie, el más extendido en la población, resultase fatigoso para los miembros de ciertas clases sociales, estos decidían utilizar otros. Domiciano, por ejemplo, no podía soportar ninguna fatiga, y por ello no se trasladaba nunca a pie, utilizando la litera principalmente.

Es insoslayable también el aumento de la seguridad que se fue manifestando con el correr del tiempo. Condición necesaria para aumentar el número de individuos que se desplacen por las vías es la sensación de seguridad con que cuenten mientras realizan el viaje. En caso de predominar el sentimiento de inseguridad mientras se transita por los caminos, el número de viajes a realizar se reduce considerablemente. Las vías alcanzaron su máxima seguridad durante los primeros siglos imperiales. Octavio Augusto contribuyó a ello de modo importante, combatiendo a los bandidos y ladrones de los caminos. Para luchar contra estos, que portaban armas públicamente con el pretexto de la defensa personal y que atacaban a los viajeros de condición libre o servil, decidió, entre otras medidas, establecer guardias en los puntos convenientes. De este modo intervino sobre aquellos problemas que la paz no había logrado aún corregir y que habían tenido origen en las costumbres y licencias engendradas durante las guerras civiles.

También se tratará aquí el tema de la vestimenta ligada al viaje. Si no se viajaba por un encargo oficial que obligase a vestir la toga, se utilizaba como vestimenta la túnica, sobre la cuál se colocaba un manto con capuchón (paenula), y, en caso de que la temperatura fuese elevada, se optaba por llevar un sombrero de ala ancha. Se buscaba el modo de que la túnica molestase lo menos posible en los movimientos; por lo tanto, se la colocaba bien sujeta a la cintura y arremangada hasta la rodilla, mientras que en el cinturón se llevaba la bolsa (marsupium), que podría decirse que era la valija de aquel entonces.

No obstante, continuaban siendo preferidas, como siempre, las vías marítimas, que ofrecían mayores comodidades; pues el viaje terrestre continuaba siendo incómodo por la ausencia de lugares adecuados –como albergues y posadas bien puestos y agradables- que presentasen comodidad para pasar la noche.


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