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OCIO Y VIAJES EN LA HISTORIA: ANTIGÜEDAD Y MEDIOEVO

Mauro Beltrami




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EL VIAJE EN LA ROMA ANTIGUA

El viaje no hostil, de carácter circular, pone en contacto civilizaciones de culturas muy diferentes entre sí. En un primer momento, el comercio es la actividad que se encuentra íntimamente relacionada con contactos de aquel tipo. Así, se van perfeccionando los vínculos entre sociedades, contribuyendo a ello la institución de la hospitalidad. Los romanos se han visto influidos por los griegos respecto al trato con el extranjero no hostil, y en este sentido, la hospitalidad romana encuentra sus orígenes en la hospitalidad griega.

Las citas periódicas o mercados fueron los hechos que regularizaron los intercambios. Es probable que Roma haya surgido primero como un mercado situado dentro de la Ruta de la Sal, pues toda la región de Ostia fue una zona de salinas: “El tráfico de la sal fue la primera forma de comercio establecida en la región (…). Es bastante probable que Roma haya sido primeramente un mercado en la Ruta de la Sal”. Roma era, por esta época, un centro político y comercial al que se llegaba desde los campos cercanos, pero que no representaba un lugar de residencia habitual. Es así como desde sus orígenes puede ligarse la ciudad de Roma a los viajes. Con el paso del tiempo, la situación fue cambiando, y Roma se constituyó en una gran ciudad con una numerosa población, además de ir desarrollando correlativamente su política de estabilidad interna y de expansión territorial.

La pax romana contribuyó a la estabilidad interna y a crear una sensación de seguridad interior. A partir de las excelentes vías de comunicación terrestres con que contaba el imperio, el comercio y los movimientos de personas se vieron favorecidos. Todo esto, fue permitiendo el desarrollo de los viajes circulares o de ida y vuelta en la Roma clásica.

El aumento de la población de la ciudad planteó, al aristócrata romano, la necesidad de volver a la vida del campo, al ideal soñado que aún permanecía en su espíritu. La huida de la ciudad tras los trabajos en ella se constituyó en necesidad; aparece entonces una necesidad particular, que volverá a aparecer fuertemente en aquellos turistas del siglo XIX, y que es la vuelta a la naturaleza. No obstante, no puede hablarse de viajes de descanso o de placer hasta que se haga manifiesta la influencia griega, y el romano modifique su espíritu.

La relación entre el neg-otium, el otium y el individuo experimentó un cambio, que, por supuesto, influyó en los viajes. Del mismo modo, influyeron también la expansión política y económica romana, unida a la mejora de la infraestructura. Las vías terrestres romanas alcanzaron celebridad porque permitían que los viajes se agilizaran sobremanera; mientras que la pax romana se iba configurando progresivamente de manera más notoria. Las vías marítimas fueron adquiriendo seguridad a partir de las campañas contra la piratería, que hacía inseguro el paso por el Mediterráneo; el mundo romano acabó por considerar a dicho mar como mare nostrum. Sin embargo, viajar, por motivos hedonísticos, hacia un destino para el que era necesario cruzar los mares, no fue nunca una actividad emprendida en gran escala. La causa principal radicaba en que el viaje por el Mediterráneo resultaba largo e incómodo y presentaba ciertos peligros. Por ejemplo, la navegación hasta Alejandría tenía una duración mínima de doce días; se partía desde Puteoli, y, tras pasar el estrecho de Messina, se ingresaba en el Mar Jonio (en el Adriático), el cuál exhibía considerables temporales. En este tipo de viajes, era normal hacer escala en Malta.

Por su parte, los viajes religiosos –si bien no alcanzaron la importancia que sí cumplieron en Grecia- tuvieron su papel durante la República y el Imperio. El oráculo de Delfos fue consultado por los romanos, así como los viajes a Atenas supondrán la iniciación en los misterios de Eleusis. Pero el romano no tiene por naturaleza devoción religiosa, y por ello los viajes inspirados por la antigua religión no adquirieron la celebridad que alcanzaron en otras sociedades y tiempos históricos.

Los viajes alcanzaron su apogeo durante los primeros dos siglos del Imperio. Las dos metas principales de los retiros y vacaciones estacionales fueron la campaña y el mar, correspondientes más a dos diferentes modos de concebir el ocio que a dos diferentes lugares geográficos: así, mientras el viaje hacia la campaña representaban en el imaginario colectivo el momento de la serenidad, el modo de escapar de los ruidos y del ritmo citadino, las vacaciones en el mar se vincularon no tanto con la paz interior, sino a la diversión desenfrenada.

No obstante, hubo quiénes, como Séneca, alertaban sobre la costumbre de encontrarse continuamente en viaje, lo cuál podía transformarse en perjudicial porque “los que viajan sin cesar, tienen muchos huéspedes y ningún amigo”. De todos modos, esto no quiere decir que Séneca condenara el viaje; concretamente, lo que condena es el viaje que no aporta nada al espíritu: “necesario es vivir persuadidos de que no hemos nacido para quedar fijos en un punto determinado: mi patria es todo el mundo. Si te penetras bien de esto, no te extrañará que habiéndote hecho partir de un punto el tedio, no te encuentres más satisfecho en otro; porque el primero no te hubiese desagradado si estuvieras persuadido de que perteneces a todos los países. Eso no es viajar, sino errar, vagar y cambiar solamente de paraje, puesto que no buscando otra cosa que vivir a gusto, puedes hacerlo en todas partes”. Aún así, Séneca tiene una epístola –la LXIX- en la que menciona que los viajes frecuentes perjudican la sabiduría: “no apruebo que cambies con tanta frecuencia de lugar y que no hagas otra cosa que pasar de un punto a otro. Todos esos viajes indican falta de fijeza en tu espíritu, y no podrás establecer tu reposo si no cesas de vagar y mirar en derredor. (…) ¿Qué podremos hacer durante el poco tiempo que vivimos si solamente trabajamos por intervalos?”.

Las dinastías Julio-Claudia, Flavia y Antonina contribuyeron mayormente al desarrollo del viaje, merced a las condiciones sociopolíticas que desarrollaron en el interior del Imperio. Las palabras del retórico Elio Arístides, quién fuera contemporáneo de Antonino, permiten observar el gran papel jugado por la pax romana en el desarrollo de los viajes:

“El mundo entero está de fiesta. La tierra ha depuesto su antigua vestidura que era de hierro, para darse con toda libertad al goce de vivir. Ya no hay rivalidades entre las ciudades o, mejor dicho, queda una todavía, para saber cuál de ellas será la más hermosa y magnífica. Por todas partes, en cada ciudad, gimnasios, fuentes, pórticos, templos, talleres, escuelas. Vuestra generosidad no cesa de colmar a las ciudades de todas clases de dones. Por eso no habían sido nunca más dichosas que ahora. Todo es esplendor y belleza, y la tierra entera es como un inmenso jardín de recreo. Sólo son desgraciados, si es que los hay todavía, los que no se hallan comprendidos en vuestro imperio, puesto que están privados de tantos bienes. Aquella antigua sentencia tan a menudo repetida de que la tierra es la patria común de los hombres, gracias a vosotros, es hoy una viviente realidad. Helenos, bárbaros, pueden ir a todas partes fuera de su país, como si no hicieran sino pasar de una ciudad a otra”.

Con el paso del tiempo y la correspondiente romanización de los territorios del Imperio, la costumbre de las villas de recreo fue extendiéndose hacia las provincias occidentales. La pax romana favorecía que se generaran estas costumbres importadas directamente de Roma. La necesidad de descanso y de recreo se había extendido a todas las regiones del Imperio, favoreciendo los viajes. Claro que los viajes de una minoría, que disponía del tiempo y de los recursos para desplazarse sin ningún fin más que el goce. El pueblo y las clases menos favorecidas nunca gozaron de aquel beneficio reservado para pocos, ni en Roma ni en las provincias. Muy por el contrario, debieron sufrir las penurias diarias de una existencia miserable y hasta insegura, matizada con el acceso a los espectáculos que tenían lugar en Roma. Las desigualdades sociales resultaron fuente de conflictos. Y estos conflictos se observan también en el fenómeno de los viajes de descanso. “(…) ¿Qué hombre dotado de viril ingenio puede tolerar que a ellos les sobren las riquezas para derrocharlas en edificios sobre el mar o para allanar montes mientras a nosotros nos falta el patrimonio incluso para lo más necesario? ¿Quién soportará que ellos levanten juntas dos o más casas y a nosotros nos falte un humilde hogar para la familia?” Catilina incita a la rebelión contra la República por ambición y por sus propias deudas, pero aquella conspiración fue el emergente de un problema mucho más profundo que se produjo en la República oligárquica: las desigualdades sociales. La situación, sin embargo, no cambiaría con el paso del tiempo, sino que se mantendrá durante los primeros siglos del Imperio. Mientras las clases dirigentes se divierten y utilizan el viaje como medio hedonista, el pueblo bajo sufre las penurias diarias. “¿Quién teme o ha temido el derrumbamiento de su casa en la fresca Preneste, en Volsinia, situada entre montes boscosos, en la humilde Gabias o en la ciudadela de la inclinada Tibur? Nosotros vivimos en una ciudad sostenida en gran parte por puntales esmirriados, pues es así como el casero previene el hundimiento”. Juvenal tiende muchas veces a la exageración, aunque, en su comentario, puede observarse la abismal diferencia que existía entre la calidad de vida del miembro de las clases dirigentes -que contaba con casas de descanso fuera de Roma y de los cuales Juvenal menciona algunos de los lugares favoritos de emplazamiento-, y del miembro de la plebe -condenado a sufrir diariamente en una ciudad insegura-.

A partir de la tranquilidad y el esplendor que el Imperio alcanzó con los Antoninos, es que los romanos conocieron las mayores facilidades para moverse. La última frase de Elio Arístides es para remarcarla: “helenos, bárbaros, pueden ir a todas partes fuera de su país, como si no hicieran sino pasar de una ciudad a otra”. La frase marca la hospitalidad y la seguridad que se ofrecía al forastero, para que pudiese moverse con tranquilidad, independientemente de la motivación que lo llevara a emprender viaje. El desarrollo de las grandes villas como casas de recreo, continúa durante el período de los Severos. Todavía allí se viaja hacia la campiña, de la que aún se seguía teniendo nostalgia.

Los viajes educativos, por su parte, también se facilitaron notoriamente durante los años de apogeo del Imperio. Información y personas fluían por el Imperio, llegando la educación hasta las zonas más apartadas. Era bastante común que la alta juventud romana completase o profundizase sus estudios de filosofía en Atenas, Pérgamo, Alejandría o Rodas, lugares en donde se encontraban y enseñaban los más célebres filósofos. Allí, se llevaba un buen nivel de vida como estudiante independiente, valorado y halagado por condiscípulos y maestros por pertenecer a Roma. Al emprender el viaje de regreso a Roma, el ciudadano ya se encontraba preparado para asumir las tareas de acuerdo a su rango, encontrándose marcado profundamente por el sello heleno. Aún así, ya no necesariamente debía viajarse hacia Grecia o, incluso, hacia Roma para recibir instrucción, sino que había escuelas que se habían asentado sobre las provincias, como las situadas en el territorio de la Galia. Puede citarse lo que sucedía, por ejemplo, respecto a la Britania y sus jóvenes. Si bien Inglaterra no se encontraba muy romanizada, los jóvenes britanos podían viajar a la Galia para educarse, lugar donde funcionaban escuelas de retórica.

La época de esplendor del viaje llegaría a su fin cuando las invasiones y los conflictos internos comenzaron a asolar el Imperio. Las comunicaciones y la economía fueron entrando progresivamente en crisis, del mismo modo que las ciudades fueron perdiendo su importancia en el occidente. Allí es cuando comienza a declinar el viaje, cambiando nuevamente la concepción de la vida. El cristianismo influenció notablemente el cambio de mentalidad, imponiendo un ideal de vida eterna, contraponiéndola a la vida terrenal. Los viajes religiosos de la religión antigua, y las consultas a los oráculos, acabaron durante el reinado de Teodosio, quién decretó el triunfo de la ortodoxia.

Aunque la nueva religión sí presenta viajes que le son característicos, como las peregrinaciones hacia Jerusalén. Las localidades que habían gozado de gran prestigio y celebridad, ven disminuir su número de visitantes y de propietarios de villas de descanso. Así, Bayas y Puteoli ingresan en su decadencia. La pax romana poco a poco se va perdiendo, afectando a la propia Italia.

Un nuevo escenario, adverso a los viajes, se configuraba en la Europa Occidental, que será el que se manifieste definitivamente durante la Temprana Edad Media y los reinos romano-germánicos.


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