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DESPERTEMOS

Domingo Dell´Aquila


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QUIEN A HIERRO MATA…

(Cuento)

Érase una vez…

Un caserón lúgubre y misterioso. En su interior se levantaba una carcomida escalera que llevaba a un altillo, donde la suciedad y el abandono, predominaba sobre el ya visible deterioro, que el tiempo iba provocando paulatina e implacablemente.

Un viejo ex verdugo la habitaba, entre residuos y extravagantes colecciones, y vivía a su manera, que nadie comprendía.

Detrás de la puerta, que sus oxidadas bisagras no permitían que cerrara del todo, emitiendo hiriente chirrido cada vez que el dueño, con su pesado cuerpo pretendía mover, estaba colgado el látigo, arma con que infligiera terribles castigos a sus víctimas.

La lonja, caída cuan larga era, parecía cansada, y semejaba un brazo arrepentido de torturar.

Contra la pared, una enorme hacha, de afilado filo, estaba apoyada cual cuerpo que muestra su abatimiento por tantas decapitaciones, tan inútiles como brutales.

La sangre seca de su última víctima, parecía influenciar en el duro metal, pues el herrumbramineto hacía presa de ella.

El largo mango, gastado donde las manos lo asían, demostraba la fuerza brutal con que lo apretaba, en busca de golpe salvaje que saciaba el apetito voraz del bárbaro verdugo.

Sobre la mesita, tan a más derruida que las mismas paredes del viejo caserón, como recuerdo de su último crimen, descansaba con sus órbitas enormes, vacías y obscuras, un cráneo blanco y seco, calavera que aferraba con sus huesudas manos el viejo ex verdugo, para apretarla contra su pecho, cada vez que el alcohol, lo llevaba a las tardías demostraciones del arrepentimiento.

Años y años había desempeñado el triste oficio de torturar y decapitar y lo había hecho lleno de indescriptible placer, ensañándose con las víctimas cada vez más, como si éstas con sus ayes de dolor ante el castigo, o gritos de desesperación ante la muerte, dieran más fuerzas a sus músculos, y goce a ese cerebro de instinto criminal.

Cuantas veces, no conforme con descargar terribles azotes sobre las espaldas de esos indefensos y desdichados humanos, les quemaba los ojos, haciéndoles caer el tabaco encendido de su asquerosa pipa, cuando ya sus víctimas ante el castigo, yacían inconcientes e inanimadas, con la cara al cielo, abriendo sus pupilas desmesuradamente.

Nadie se atrevía a acercarse al maldito caserón que compartía con las ratas y los cuervos.

El viejo salía de esa morada, propia de fantasma por lo misteriosa, cuando la noche, tendiendo su obscuro manto, ocultaba entre sombras, toda la gama tenebrosa de parásitos del mal, que por un motivo u otro, precisan defenderse en la obscuridad; y andaba despaciosamente, como temiendo que el ruidote sus pasos despertara a las almas de sus víctimas.

A sus pisadas, huían los reptiles que arrastrándose entre las hierbas, pululaban en busca de la presa con que alimentarse.

Su tosca cara, cortaba impasible las telas que las arañas tejían en ese estrecho camino, a cuyos lados, paralelos, corrían dos hileras de corpulentos pinos; las aves nocturnas levantan vuelo con estridentes chirridos, y él indiferente, seguía su camino absorto en sus pensamientos tan obscuros como la misma noche, tan negros como su misma alma.

Y…sucedió una noche, quizá la más obscura de las noches, cuando negros nubarrones amenazaban tormenta, salió como de costumbre el viejo ex verdugo, pero su rostro contraído parecía delatar que un escalofriante presentimiento envolvía su mente.

Había andado ya centenares de metros, cuando el rugido de un trueno lejano lo hizo estremecer: era esa, la primera vez que temblaba.

Es que su mente confundió el lejano trueno, con la cavernosa voz, que como de ultratumba, emitía uno de los muertos por él sacrificado.

Sus pasos no eran ya tan seguros, ni tan inconmovible su indiferencia.

Dábase vuelta a cada instante como si fuera perseguido por un peligro oculto e inminente.

Volvió el cielo a hacer oír su furia con otros truenos más cercanos, enviando a la tierra un rayo impresionante, y el viejo, creyó ver en esa luz, el brillo de un largo puñal que lo amenazaba.

Detúvose al momento inmovilizadas sus piernas por el terror, y abriendo enormemente sus ojos, revoloteaban sus pupilas con indescriptible espanto, como buscando el peligro que lo acechaba.

Gruesas gotas de sudor corrían por su frente; la atmósfera, enrarecida por la tormenta próxima a estallar, aumentaba más, la tétrica escena del espanto.

El viento comenzó a soplar llevando en sí, presagios obscuros.

Por un momento creyó quedar inmóvil para siempre, pero pasada la primera impresión, intentó seguir adelante, más la tormenta, con sus truenos y relámpagos se lo impidió, y…en el justo instante que imprimía a sus pies, todas las fuerzas para huir, el cielo descargó sobre él, la más terrible de las tormentas; viento y agua cruzaban su cara con extraordinaria violencia, y su mente, trastornada ya por tantas acciones impías, no pudo conservarse clara, y enloqueció.

Corría desesperado, las ramas que el viento hacía pedazos, caían a sus pies, y enredándose en ellas, rodaba ahogado en sus gritos de pavor; se levantaba cubierto de barro, y su aspecto de loco aterrorizado, impresionaba en la obscuridad, cada vez que el cielo se iluminaba con un relámpago.

Los árboles semejaban enormes monstruos que se inclinaban sobre el ex verdugo, víctima ahora, alargando sus ramas como garras que buscan degollar.

Entre las sombras se asomaban rostros demacrados por el sufrimiento, y reían a carcajadas al ver a su ex verdugo huyendo despavorido.

Los chirridos de las aves espantadas por la tormenta, le parecían ahora, gritos de angustia y desesperación, de mujeres castigadas brutalmente, y huía, huía ora agazapado como una bestia acorralada, ora arrastrándose como una serpiente que busca con desesperación su cueva.

Y así llegó al caserón maldito; llegó arrastrándose entre el lodo, jadeante, sin fuerzas para levantarse, abrió la puerta de rodillas; se esforzaba por llegar al altillo, guarida que encerraba el secreto de su vida, pero le era imposible.

El agua empujada por el fuerte viento, golpeaba sobre las ventanas, penetrando por las rendijas, y por entre las roturas de los cristales.

Las ratas salían de sus escondrijos amenazadas de morir ahogadas y en su huida, pasaban sobre el cuerpo que aún, se arrastraba pesadamente por el suelo impregnado de mugre.

Y ya, cuando sus crispadas manos tocaban el primer peldaño de la carcomida escalera, sintió sobre su cabeza el andar en los escalones de algo que atrajo su mirada, levantó la vista y…como bailando de alegría bajaba un ser extraño, formado…el cuerpo por la afilada hacha, los brazos por el largo látigo, y por cabeza, el cráneo de su última víctima con que adornaba su mesita, llevando la pipa encendida entre los dientes: este extraño ser, sostenido por los espíritus de todos los infelices muertos por el sanguinario verdugo, comenzó a danzar grotescamente.

En ese mismo instante, un fuerte trueno hizo temblar el caserón, y mezclándose a el un ronco rugido, se deshizo la extraña figura, cayendo el cráneo sobre las huesudas manos del viejo, enroscándose en sus piernas el látigo, cual una serpiente y separada de su cuerpo la cabeza por el golpe final de la terrible hacha, quedó de espaldas al suelo, mientras los últimos residuos de tabaco encendido, llevados por el viento, caían en sus ojos excesivamente abiertos, y…

Cuéntase que negros cuervos levantaron vuelo hacia el infierno, llevando en sus picos, escoria de carne humana.

Y nunca más, volviose a ver, semejante tormenta.


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