BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 4. EL NUEVO SABER DEL JILGUERO

El pequeño Uno Venado Corazón de Jade guió a sus amigos a su pueblo, Jalatlaco, vecino de la Villa de Antequera. Mientras caminaban, Donají se atrevió a preguntarle:

--Corazón de Jade, ¿es muy difícil la vida hoy en día?.

--Creo que sí.

--¿Y tus padres viven contigo?, lo inquirió José Pablo.

--Ya no, respondió el pequeño Uno Venado.

--¿Por qué?, insistió Donají.

El pequeño hizo una breve pausa, para comentar a sus amigos:

--Cuando los españoles llegaron muchos problemas surgieron para mi familia. Mi padre conocía el arte de curar, y muchos conocimientos más de mis antepasados sobre construcciones, alimentación, medicina, ecología, astronomía, ya que él era poseedor de la Ciencia Antigua.

--¿Qué fue lo que le causó problemas?, lo interrumpió José Pablo.

--Que en lo íntimo él tenía una idea diferente de la Ciencia pregonada por los frailes españoles.

--¿Cómo está eso?, le preguntó Donají.

--Porque en una ocasión, discutiendo con Ixtlixóchitl, el indio nombrado por los españoles como predicador, éste afirmó que para la creencia de los españoles todos seremos juzgados por lo hecho en vida, y este juicio decidirá si vamos al cielo o no. Que esta es la Ciencia más importante hoy en día. Mi padre le comentó que en la sabiduría antigua se afirmaba que cuando se nos creó, los dioses de antes nos dieron sus conocimientos para que todas sus criaturas podamos vivir nuestra vida lo mejor posible, y que su Ciencia podrá ayudarnos a subir a los cielos existentes con nuestro propio esfuerzo. Esto disgustó a Ixtlixóchitl...

--Cuéntanos, insistió José Pablo.

El pequeño Uno Venado hizo una breve pausa, y después recordó ante sus amigos lo siguiente:

“--Todo sucedió una noche. La desilusión quedó enmarcada en el rostro de mi padre después de escuchar a Iñigo Ixtlixóchitl, el indio enviado por los frailes a Jalatlaco para predicar la nueva doctrina:

--Huitzilopochtli no era dios, ni tampoco Quetzalcóatl; Cihuacóatl no era diosa, Chalciuhtlicue no era diosa, Xochipilli no era dios, Xipe Tótec no era dios; no son dioses ni el sol, ni la luna, ni la tierra, ni la mar, ni son dioses lo demás que adorábamos. Así lo testifica la Sagrada Escritura que poco a poco se nos ha dado a conocer: ella asegura que todos los dioses de los gentiles siempre son demonios, y quienes creen en ellos idólatras.

Todavía remarcó las palabras que 1os religiosos españoles constantemente repetían a los indios para que se convencieran que sus antiguas creencias habían sido un error:

--Dador de Vida no hay más que uno, lo demás sólo son ídolos de piedra ó madera, sin ningún valor.

--Después la mirada de Iñigo Ixtlixóchitl se clavó con severidad en mi padre bautizado por el español como Santiago Astorga igual que yo, pero mejor conocido por la gente de mi pueblo como Dos Caña Sol Brillante, con tristeza comprobó que se había equivocado al considerar al indio predicador una persona de mente abierta hacia la Ciencia Antigua.

Para completar este hecho, en esos días un grupo de siete indios que huía de las minas de Santa Catarina llegó a Jalatlaco, permaneciendo unas cuantas horas escondidos en el jacal de mi padre, a donde llegaron en busca de ayuda antes de emprender su huída hacia la sierra.

Nos enteramos entonces que a los indios que les caía la mala suerte de ir a trabajar a las minas, aparte de los malos tratos que normalmente incluían los azotes y el cepo, les robaban las tortillas y el maíz molido que llevaban consigo, y aún las mantas que acarreaban para cobijarse. Muchos eran los que morían por la ambición española del oro en los profundos sótanos que se les obligaba a excavar, donde trabajaban a oscuras en la humedad y la mala ventilación, con la obligación de sacar entre día y noche por lo menos dos quintales o canastas de piedra del metal. Los más débiles se libraban inmediatamente del sufrir con la muerte, pero los más sufrían con el agotamiento y la enfermedad.

Para colmo, pocos días después corrió la noticia de que los españoles no solamente daban malos tratos a los antiguos macehuales y mayeques, sino aún a los principales. A todos les vino entonces a la memoria el escándalo de Doña Isabel en 1529, la cacica de Cuilapam, quien a pesar de haber asegurado los tributos de su pueblo mixteco para el español, fue puesta en el cepo por el entonces alcalde Peláez de Berrio, lo que provocó su humillación y dolor que a la postre la llevó a la muerte.

Mi padre e Iñigo Ixtlixóchitl habían meditado juntos estas desventuras, pero al comentarle mi padre que:

--A pesar de todo, la Ciencia Antigua nos aseguraba enfrentar con dignidad nuestro destino, pues se apoyaba en la naturaleza, en las estrellas, en la gente...

recibió como respuesta palabras de menosprecio hacia la sabiduría antigua que lo llenaron de desilusión. Mi padre comprobó así que Iñigo Ixtlixóchitllo lo único que deseaba era quedar bien con los frailes. Como lo hacían los predicadores blancos, él tampoco concedía reconocimiento alguno a la Ciencia que había entendido y seguía comprendiendo el indio.

Con desesperación, mi padre se separó del indio predicador, ante el cual quedó señalado como idólatra.”

--¿Y qué sucedió después?, insistió Donají.

El pequeño Uno Venado Corazón de Jade iba a continuar con su narración, cuando divisaron a un español que emergió de las sombras montando su caballo, en dirección a ellos.

--¡Rápido, escóndanse en estos matorrales!, les sugirió su amigo.

--Si vamos, respondieron los hermanos ocultándose lo mejor posible.

--Es un capataz de un encomendero, seguramente se dirige hacia el lugar donde guarda el ganado de su amo...Lo extraño es que cabalgue solo, les comentó el pequeño Corazón de Jade.

Y así, entre el polvo y la oscuridad, los tres niños vieron pasar al jinete español, quien golpeando a su caballo decía:

--¡Arre, más aprisa, pues acabo de ver a una mujer que se convirtió en zopilote!, ¡Dios nos libre de semejante criatura!.

--¿A quién vería el jinete?, se preguntó José Pablo.

--¿A la Matlacihua?, respondió con duda Donají.

--No lo sé, pero apresurémonos, porque ya pronto amanecerá, insinuó a los hermanos su nuevo amigo.


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