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EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 6. EL MENSAJE DE LA ABNEGACIÓN

Era sábado. Esa fría mañana de enero de 1532, el pequeño Uno Venado Corazón de Jade o Santiago Astorga, caminaba rumbo a Antequera con sus nuevos amigos Donají y José Pablo. Muy temprano habían salido de Jalatlaco, donde su familia llegó a radicar a fines de 1529.

Su padre tenía por nombre original Dos Caña Sol Brillante, pero cuando fue bautizado se le dio por nombre Santiago Astorga en honor del Apóstol Santiago, patrón de los españoles y de Don Bartolomé de Astorga, antiguo soldado del conquistador Hernán Cortés, quien había sido nombrado el dueño de la encomienda en que se convirtió su nativo Soyaltepec en la región de la mixteca oaxaqueña.

Jalatlaco era entonces un pueblo pequeño, que como la mayoría de los asentamientos del Valle de Oaxaca, estaba iniciando su nueva vida, dando cobijo a los artesanos indígenas que con su trabajo trataban de asegurar la sobrevivencia de la Villa de Antequera fundada en junio de 1529. Su padre Sol Brillante era un "naboria", un hombre intermedio entre el español completamente libre y los indígenas ligados a las encomiendas o a la esclavitud, y por eso su familia podía transitar con cierta libertad en su región.

Ese día el pequeño Uno Venado Corazón de Jade, quien cojeaba de su pierna derecha, debía entregar las mantas de lana tejidas por él al administrador Juan Astorga en el solar de Antequera donde se había trasladado a radicar el dueño de la encomienda. Estas mantas que su mamá le había enseñado a tejer eran parte del tributo que debía pagarse al encomendero. Pero también el pequeño Uno Venado Corazón de Jade aprovechaba el tianguis que se instalaba a la orilla de Antequera, para cambiar por frijol y chiles parte del maíz que le había sido entregado por sus mantas.

--Si todos fueran como tú no habría ningún problema, le aclaró el administrador Juan Astorga mientras acomodaba las mantas de lana que el pequeño le entregara.

--¡Pon tu tenate para que te de tus almudes de maíz, y aquí está el paquete con las libras de lana para las mantas que traerás dentro de veinte días!. ¡Cómo se va a enojar Don Bartolomé cuando le informe que los de Tonaltepec, en lugar de los doce hombres que se comprometieron a enviar para terminar la construcción de la barda y del corral de este solar, solamente enviaron cuatro!...Pensar que yo abogué por ellos para que el patrón les redujera sus cuotas a cinco guajolotes, un frasco de miel, un fardo de chile y solamente mil semillas de cacao, siguió lamentándose el administrador.

Y queriendo interesar al pequeño Uno Venado Corazón de Jade, quien nada decía por la preocupación de que se llenara el tenate de maíz que tenía entre sus manos, y que representaba su sustento durante los próximos veinte días en que volvería con más mantas de lana, agregó:

--El patrón estaba discutiendo con Fray Lucero y con Don Juan de Aragón, porque éste regresó de la antigua Tenochtitlan donde corre la noticia que en un lugar cercano, llamado Tepeyac, apareció entre los nativos de allá una Virgen milagrosa, pidiendo que se le levante un templo de oración. Dicen que ese lugar ahora está lleno de procesiones, pues son muchos los milagros que a diario suceden allí, donde la gente sana o encuentra consuelo a su sufrimiento. Don Bartolomé argumentó que lo que está ocurriendo en ese lugar es una blasfemia del indio, pero Fray Lucero aseguró que la iglesia no puede negarse a averiguar si es una expresión del verdadero Dios.

Después de entregar las mantas, y mientras se dirigían al tianguis, el pequeño Uno Venado Corazón de Jade le comentaba angustiado a Donají y José Pablo:

--Resignación es lo que la vida nos pide a muchos, y la resignación no es más que la impotencia que uno se guarda en el fondo del corazón.

--¿Por qué dices ésto?, lo interrogó José Pablo.

--Es que desde el arribo de los españoles hemos esperado ansiosos la llegada de un libertador, ¿por qué en lugar de un varón, un guerrero capaz de unirnos para derrotar al invasor, se nos envía una Virgen?.

El pequeño Uno Venado Corazón de Jade insistió:

--Estos mensajes de resignación que han arribado a nuestra tierra, nos indican que la Ciencia Antigua nada tiene que hacer en el futuro.

--No necesariamente, pues puede indicarnos todo lo contrario, es decir, que la Ciencia de tu pueblo se desarrollará de otra manera, lo refutó José Pablo.

Donají quiso argumentar más, pero en ese momento les llamó la atención el pequeño tianguis de Antequera. En él estaban distribuidas algunas vendedoras, muchas de ellas acompañadas de sus esposos. Había utensilios de barro. Más al fondo se encontraba un grupo de mujeres ofreciendo guajolotes. Se expendían productos de carrizo como canastos, y copal. También había chocolate y sobre todo frijol, maíz y chiles. A ésto se unía el colorido de la ropa, sarapes y telas blancas, púrpuras y multicolores que se expendían a lo largo del tianguis.

--Es maravilloso contemplar esto, comentó asombrada Donají.

--Sí, es el inicio de los mercados de Oaxaca, y si observas, los compradores y vendedores están dispuestos a intercambiar sus productos por otros.

--¿Nosotros podríamos comprar algo?. A mí se me antoja ese huipil que se parece al de Flor de Luna, señaló Donají hacia un puesto donde una mujer vestida de negro, que les daba la espalda, arreglaba su mercancía.

--Es cierto, ese huipil es muy parecido al de Flor de Luna. Podremos comprarlo pero solamente si tenemos algo que ofrecer como trueque, respondió José Pablo.

--¿Trueque?. ¿Entonces no podríamos comprar lo que nos gusta con dinero?, preguntó intrigada Donají.

--Con dinero en forma de monedas, billetes o tarjetas de crédito como nosotros lo conocemos no, le aclaró José Pablo.

--¿Entonces con qué?, preguntó Donají.

--Solamente con el maíz de Corazón de Jade, pero a mi se me hace demasiado pedirle su sustento a nuestro amigo para satisfacer nuestros caprichos. En esta economía todavía no se conoce la forma de satisfacerlos, insistió José Pablo.

--No es necesario pedirle a nuestro amigo su maíz. Mira, yo recogí varios puños que el administrador tiró en su patio, aclaró presurosa Donají.

--Es verdad, yo vi lo que me dices, le confirmó su hermano.

--¿Probamos?, dijo Donají mientras extraía el maíz de la bolsa que llevaba entre su ropa, dirigiéndose hacia la vendedora de huipiles, a quien preguntó:

--¿Me acepta este maíz por este huipil?.

--¿No me ofreces algo más marchantita?, le respondió la mujer con ronca voz sin darle la cara.

--Es todo lo que tengo, insistió Donají.

--Aunque sean otros dos puñitos, ándale, este huipil tiene mucho trabajo, dijo la mujer cubriéndose el rostro.

Donají iba a responderle cuando a ella se acercó el pequeño Uno Venado, quien le entregó dos puñados más de maíz a la vendedora, la cual antes de entregarle el huipil dijo misteriosamente :

--Te entregaré el huipil solo si al trueque también le agregas el códice que guardas entre tu ropa, porque este huipil es mágico.

--¿Mágico, códice?, ¿entonces es el huipil de nuestra amiga Flor de Luna?.

--Mejor me marcho porque lo que me pagan es muy poco, ja, ja, ja, comentó la misteriosa mujer, transformándose en un zopilote que emprendió el vuelo con el huipil entre sus garras.

--No puedo creerlo, ¡era la Matlacihua!, dijo sorprendida Donají.

--¡Efectivamente, y el huipil era el de Flor de Luna!.

--Es un mal espíritu el que estuvo aquí, comentó el pequeño Corazón de Jade.

Todos los presentes en el tianguis se llenaron de temor al observar lo sucedido.

--No cabe duda que a los dioses oscuros les interesa el códice que nos entregó nuestra amiga Flor de Luna, insistió José Pablo.

--Por lo pronto, vayámonos a casa, dijo Uno Venado.

--Buena idea, reafirmó Donají.

--¿Y tú hiciste tu trueque?, le preguntó José Pablo al pequeño Corazón de Jade, quien le respondió:

--Sí, conseguí el frijol y los chiles que necesito. Creo que debemos irnos a casa, pues ya empieza a atardecer, insistió a sus amigos.

Después de su visita al tianguis, y rumbo a Jalatlaco, el aroma de los acahuales, en parte con olor de rocío, en parte de chapulín que se refugia entre sus hojas, les penetraba por la nariz haciendo que el pensamiento de Donají y José Pablo se concentrara en lo acontecido en el tianguis.

Pero al cruzar el río que se encontraba a la entrada de Jalatlaco, cuyas aguas cristalinas hacían que se transparentaran las piedrecillas y rocas del fondo, los hermanos decidieron meterse al agua:

--¡Metete al arroyo Corazón de Jade, el agua está muy rica!, le insistió Donají.

--No puedo, a mi no me gusta, respondió el pequeño.

--No te va a pasar nada, le insistió José Pablo.

Al contemplar a sus amigos jugando alegremente en el arroyo, el pequeño Uno Venado se dirigió a ellos diciendo:

--Si se han dado cuenta, no hemos descubierto la presencia de Quetzalcóatl, y por lo tanto tenemos que apresurar la búsqueda de quien pueda traducir su códice antes que los dioses oscuros lo hagan.

--¡Qué bueno que lo piensas así, pero antes remójate!, le dijo Donají arrojándole agua.

Olvidando sus temores, el pequeño Corazón de Jade se metió al arroyo, riendo y jugando con sus amigos.


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