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EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 14. LA CARRERA DE LOS JAGUARES

Después de su aventura con los Niños Halcón Donají, José Pablo y Quetzalcóatl caminaron rumbo a la ciudad donde el Arco Iris mágico se encontraba en ese momento: era Monte Albán de los Niños Jaguar, ciudad cubierta por todos lados con figuras y estatuas de jaguar.

Los Niños Jaguar, gracias a su poderío económico y militar, mantenían entonces bajo su custodia al Arco Iris mágico, resguardado en la plaza principal de ese centro urbano. Al contemplarlo, Donají y José Pablo se sintieron felices, pues estaban a solo unos pasos e instantes de poder tocarlo y así regresar a su dimensión.

El día que llegaron, la ciudad mantenía un aire especial. Era ya la hora que marcaba el atardecer, pero el sol, a pesar de brillar intensamente, se portaba benigno. Un ligero viento hacía más agradable el momento, y esto se reflejaba en el estado de ánimo de la gente y los competidores que se encontraban reunidos en la explanada de Monte Albán, donde cada doce años se celebraba la carrera para festejar el inicio de un nuevo ciclo desde la fundación del pueblo de los jaguares.

La explanada estaba llena de espectadores, que de manera respetuosa estaban unidos al ritual que conmemoraba el inicio de la competencia. La ceremonia consistió en que el grupo de abuelos del pueblo recorrió el camino señalado para la competencia portando pequeños braceros de copal, precedidos por los niños del pueblo que cubrieron el trayecto con pétalos de flores blancas y rojas.

En la entrada del recorrido elegido, los competidores se encontraban reunidos. Nerviosamente se paseaban de un lado a otro, dando saltos, estirando las piernas, correteando velozmente, frotándose los músculos para mantenerlos en forma. Los jueces daban las últimas instrucciones, y al mismo tiempo revisaban los lugares de salida, tratando que ningún detalle se escapara al control de esa magna competencia.

De pronto apareció un corredor que nerviosamente se paseaba de un lado a otro, acelerando su respiración, soltando los brazos e incrementando el movimiento de sus piernas para mantenerse en condiciones óptimas para el momento en que se señalara la salida. Los demás corredores lo veían de reojo, pues destacaba por el color oscuro de su piel, y porque misteriosamente apareció a última hora proponiéndose para participar en la competencia.

Se acercaba el instante de la salida. La solemne prueba dependía del momento en que el abuelo mayor soltara el ceñidor rojo que sostenía en su mano derecha, que era la señal decisiva para el arranque. El público hizo un respetuoso silencio para facilitar la concentración de los competidores. La emoción flotaba en el ambiente.

El sol brillaba todavía, y el viento se aligeró notablemente hasta quedar convertido en una suave brisa. Repentinamente el silencio reinante pareció contagiar el valle, el cual lucía todo su verdor desde la cumbre de Monte Albán donde se llevaba a cabo la competencia. La salida resultó más rápida de lo previsto.

La emoción contenida en las gargantas se desató en el momento cuando los corredores inscritos, trece con el corredor misterioso, comenzaron a desplazarse con sus pies descalzos por el camino marcado por los pétalos de flores blancas y rojas que los niños fueron esparciendo durante la ceremonia antes del arranque. Pronto el corredor misterioso tomó la delantera, era su oportunidad para someter a los Niños Jaguar, pues el ganador tenía el derecho de exigir al pueblo lo que quisiera.

Venado Veloz, el más joven de los corredores binigulaza, se dio cuenta de que si no aceleraba su paso el misterioso corredor se adelantaría sin más, y fácilmente podría ganar la carrera. Tuvo entonces la sensación de que correr era una de las cosas más bellas que un ser humano podría realizar. Sintió que su pecho se salía y que su respiración se agudizaba. Sus piernas se tensaron, y sus rodillas adquirieron un juego impresionante. En breves instantes se puso a la par del corredor misterioso, quien al notar que había sido alcanzado aceleró su paso al máximo.

Venado Veloz no se dio por vencido, pues para él el triunfo dependía de aliarse con el viento, que en ese instante agitaba su melena. El sudor escurría por sus mejillas, y sus fosas nasales se abrían desmesuradamente junto con la boca para aspirar la mayor cantidad de aire posible. En las gradas la gente contuvo la respiración. Algunas personas apretaban sus manos emocionadas, faltaban unos cuantos metros y Venado Veloz y el corredor misterioso marchaban al parejo.

En el último momento, los cuerpos de ambos corredores contendientes se extendieron al aire, mostrando toda su postura dinámica. Los espectadores lanzaron un grito de júbilo cuando notaron que Venado Veloz había ganado la carrera por una cabeza de diferencia.

Después nadie supo exactamente que sucedió, pues todos los corredores se detuvieron en la meta menos el de piel obscura que corrió y corrió perdiéndose en las faldas de Monte Albán de los Niños Jaguar. Todos comentaron, después de aclamar vencedor a Venado Veloz, que el misterioso corredor había tomado muy en serio la carrera y por eso siguió corriendo.

Ya en un montículo donde se detuvo después de la carrera, el corredor misterioso adquirió su forma verdadera: era la Matlacihua, la que sin aliento, se lamentaba de su derrota. Los Niños Jaguar, a través de la esbelta figura de Venado Veloz, le habían hecho morder el polvo nuevamente.

Por eso, mientras le ceñían la corona del triunfo a Venado Veloz, que consistía en una cabeza de jaguar que se colocaba en forma de penacho, la Matlacihua regresó ante el pueblo para decirles desafiante:

--El triunfo que le dan a Venado Veloz me corresponde.

--No es verdad Matlacihua, pues entre los niños tenemos prohibido hacer trampa.

--Pues me declaran triunfadora de la carrera o me las pagarán muy caro, afirmó desafiante la Matlacihua.

--Haz lo que quieras Matlacihua, pero el triunfo le corresponde a Venado Veloz, concluyó tajante el abuelo del pueblo.

La Matlacihua, furiosa, se retiró de Monte Albán de los Niños Jaguar rumbo a la Región de la Serpiente, donde la esperaban sus aliados: eran los rubicundos que gustaban de pelear, pues siempre portaban armas como espadas, cañones y arcabuces. A ellos se dirigió la Matlacihua diciéndoles:

--Amigos míos, es necesario que vayan conmigo. Llegó la hora de ganar definitivamente la guerra a los Niños Jaguar, quienes se portan demasiado altaneros conmigo y también con ustedes, pues ellos se consideran sabios y a ustedes los consideran bárbaros.

El jefe de ellos, de nombre Trinquete, vociferó ante la Matlacihua:

--Oye Matlacihua, los niños son nuestros enemigos, es verdad. Nos molesta su sabiduría basada en el amor a todo lo que los rodea, ¿pero que obtendremos a cambio si les ganamos definitivamente la guerra?.

--Oro, mucho oro, fue la respuesta tajante de la Matlacihua.

--¿Oro?, comentaron a coro los rubicundos.

--Así es, y ustedes con sus armas y organización derrotarán fácilmente a los niños. Yo solamente me quedaré con el Arco Iris mágico.

--¿Y por qué con el Arco Iris mágico?, nuevamente preguntaron a coro los rubicundos.

--Bueno...porque con el Arco Iris mágico podré someter a todos los pueblos de Monte Albán.

--¡Pues tú quédate con tu Arco Iris mágico. A nosotros danos el oro, eah, vayamos ya!, gritó el soldado Matacuás, el segundo de a bordo del Jefe Trinquete, animando a sus seguidores.

Entonces los rubicundos se vistieron con sus trajes de guerra que eran unas gruesas corazas de hierro. Prepararon sus caballos, limpiaron sus cañones y arcabuces, y armaron grandes barcos de madera para iniciar su ataque a través de la Laguna Encantada que rodeaba Monte Albán de los Niños Jaguar. Así inició la batalla decisiva de la serpiente contra el jaguar.

Los rubicundos estaban seguros que si derrotaban a los Niños Jaguar se apoderarían de las demás ciudades de Monte Albán, pues su ciudad era la más poderosa de todas económica y militarmente. La Matlacihua también estaba convencida que si derrotaban a los Niños Jaguar se apoderarían del Arco Iris mágico, pues éstos lo tenían bajo su resguardo.

Además, Monte Albán de los Niños Jaguar tenía la economía más fuerte de la región, gracias a la infraestructura que había sido creada en ella y sus alrededores. También influía en esto la centralización del comercio y de los servicios comunitarios que debían realizarse en la ciudad.

En el manejo de la economía de esta región, la mayor preocupación de quienes la controlaban se centraba en la eliminación de la inflación, lo cual les importaba más que el desempleo. Lo primero reflejaba el temor de los Niños Jaguar a que los precios de todas sus mercancías subieran continuamente. El desempleo no les preocupaba tanto, pues cuando arreciaba, incrementaban su economía de guerra para ocupar a sus hombres desempleados: la guerra, aparte de ser un buen negocio, era una buena fuente de empleo.

Por esto Monte Albán de los Niños Jaguar, para mantener su poderío, había desarrollado un sistema de cobro de impuestos a través del cual mantenía sometidos a todos los pueblos de su alrededor.


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