BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales


EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 5. EL JILGUERO APRISIONADO

Una vez que retomaron el camino rumbo a Jalatlaco, el pequeño Uno Venado Corazón de Jade continuó la narración que describía la historia de su padre:

“--Una mañana, durante su breve estancia en Antequera donde fue a entregar las mantas que tenía comprometidas, mi padre se enteró que los problemas de abasto de la Villa de Antequera habían aumentado tanto que varios de los avecindados españoles estaban decididos a abandonarla. Esto provocó que ese día se le negara el maíz que le correspondía por su entrega de mantas”.

De hecho, Antequera fue fundada en cuatro ocasiones, y precisamente el nuevo alcalde Juan Núñez Cedeño que entonces la administraba llegó a la misma bajo el juramento de "hacer ciudad o morir en ella", pues la oposición del Marquesado de Cortés era tajante hacia la incipiente ciudad, a tal grado que parecía haber ganado la batalla a pesar de los decretos y concesiones de la corona.

“--Uno de los españoles decidido a abandonar Antequera era el encomendero Don Bartolomé de Astorga, el patrón de mi padre, quien sólo esperaba poner en orden sus asuntos en dicha villa. Esta noticia tuvo hondamente preocupado a mi padre durante su regreso a Jalatlaco. Y es que debido a los sucesos que en el pasado le tocó vivir, se sentía desterrado en su propia tierra, Soyaltepec.

Poco antes de llegar a su jacal se asombró de encontrar apostados en la entrada algunos caballos. Poco había avanzado cuando varias picas dirigidas por soldados españoles apuntaron hacia su pecho, y el español jefe de la cuadrilla avanzó con su espada hacia él. Un golpe que éste le lanzó con la cacha de su espada lo hizo caer.

Le fueron atadas las manos, y una soga lanzada a su cuello lo obligó a caminar con su cojeante andar al paso del caballo donde se le amarró. La cuadrilla de soldados españoles llegó a capturarlo con todas las de su ley, pues en Antequera se le acusaba de idólatra y cabecilla de la conspiración india contra el español.

Al dolor de sus brazos y piernas se le aunó el provocado por los gritos y el llanto de mi madre, la que arrodillada, lo miró partir.

Mi padre fue encerrado en una celda que se encontraba en la improvisada cárcel en lo que fue el solar donde habitó el primer alcalde de Antequera Juan Peláez de Berrio, allí estaban cautivos los siete desertores de las minas que se refugiaron en su jacal de Jalatlaco, y cuatro indios más acusados de diversos delitos. A pesar de la humedad y oscuridad que hacía el aire irrespirable, se le recibió allí con claras muestras de calor humano.

Los prisioneros ya estaban advertidos que serían ejecutados públicamente, faltando únicamente definir la fecha conveniente, y se especuló que seguramente dicha pena sería aplicada también al anciano recién apresado. La noticia caló más el ánimo de mi padre, quien en sus adentros se lamentaba el no haber podido encontrar hasta entonces a uno de sus congéneres y depositar en él la Ciencia Antigua, y en la oscuridad se decía:

--Hoy el canto del hombre no llega a mi oído, ni su llanto resbala por mi cansada sien. Ya no siento ni el frío, ni el olor de mayo, o el calor que brota del seno de abril: he fracasado en la entrega de la Ciencia a mi pueblo.

Afortunadamente les fue permitido a los familiares de las personas acercarse a dejarles alimento. Mi madre desde el primer momento estuvo al pendiente de lo acaecido a mi padre, quien el día de su ejecución, el 12 de diciembre, aprovechó la oportunidad para decirle, sabiendo que era su única esperanza:

--Cuando el año Nueve Técpatl marque el fondo del cielo, si aún puedes, envía a Monte Albán, con el canto del jilguero, el mensaje que guardé entre las cenizas de tu comal.

Horas más tarde, cuando las primeras estrellas de la noche brillaban ya en el horizonte de esa tarde decembrina, y mientras se disponía a descansar, mi madre escudriñó el rincón de su jacal donde depositaba las cenizas de su comal.

Con asombro descubrió un pequeño envoltorio, el cual se apresuró a guardar mientras sus ojos llenos de lágrimas contemplaban la distancia, dando a entender que deseaba comprender la Ciencia Antigua. La escuché decir:

--¿Quién compadecerá esto tan solo?. Solo está, sin luz, sin color. Solo es lo que abunda aquí, y solamente hace sentir solo a cualquiera.

Mi madre le habló al silencio, acompasado por el canto del grillo. A la mañana siguiente supe que también había partido dejándome solo, como lo presintió su propio razonamiento.”

El pequeño Uno Venado Corazón de Jade calló, lagrimas de tristeza resbalaban por su moreno rostro.

--Corazón de Jade, lo sentimos mucho, lo consoló Donají.

--¡Ánimo!, ¡estamos contigo, y juntos vamos a luchar por rescatar la Ciencia de tu pueblo!, se refirió con coraje José Pablo, mientras Uno Venado comentaba:

--Por lo que les acabo de contar se darán cuenta que hoy en día no es nada fácil encontrar a alguien que pueda o quiera leer su códice. Si es sorprendido, puede ser acusado de herejía, y por lo tanto, castigado. Su misión no es nada fácil.

--Ya lo creo, reafirmó José Pablo.

Con estas palabras arribaron a Jalatlaco, mientras el sol decembrino comenzaba tímidamente a alumbrar con sus primeros rayos. Rápidamente se dispusieron a descansar en el jacal. La emoción de encontrarse en el pasado de su región impidió a Donají y José Pablo notar que en el árbol del patio de la casa se encontraban un zopilote y un perro negro que los observaban, pero cuando el sol salió rápidamente emprendieron la huída del lugar.


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