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EL TÚNEL MÁGICO DE LOS PARADIGMAS ….LA CIENCIA REGIONAL AL ALCANCE DE LOS JÓVENES

Andrés E. Miguel Velasco y otros



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CAPÍTULO 21. LA ISLA DE LAS HORMIGAS

A temprana hora la capitana acondicionó su carabela con sus seguidores más valientes, dando la orden de dirigirse hacia el Mar de la Fantasía donde se encontraba la Isla de las Hormigas. Después de un rato de navegar a toda velocidad, en la proa se escuchó una voz diciendo:

--¡Vamos!, ¡La Ciencia para Todo, Todos para la Ciencia!, era la capitana arengando a su tripulación, señalando con su espada hacia donde se levantaba la Isla.

--¡Ahí vamos capitana!, replicó el Morrongo, su segundo de a bordo.

Con suma precaución, la tripulación descendió en la Isla, temiendo un ataque sorpresivo en cualquier momento. Afortunadamente el desembarco se llevó a cabo sin problemas.

--¡Ustedes, rápido a explorar!, ordenó la capitana a una cuadrilla de sus corsarios.

--¡Así se hará!, respondieron éstos.

Los exploradores rápidamente se adentraron en la Isla, y después de un rato enviaron sus señales de luz, indicando al resto de la tripulación que podía penetrar en la Isla sin problemas. Después de caminar a lo largo de una intrincada selva, los exploradores lograron ascender hacia una colina desde la cual podía contemplarse el valle a pie del volcán donde tenían su cueva las hormigas que se habían apoderado de la luz.

--Hacia allá debemos avanzar, comentó con sigilo Adivina Ruborosa, señalando hacia un camino en el que se veía la entrada de la cueva.

Por seguridad, la capitana envió a dos de sus subordinados a adentrarse en la gruta. Esperaron pacientemente, y cuando pensaban que podían caminar sin ningún peligro, salieron disparados los expedicionarios, amarrados, escuchándose un grito amenazante detrás de ellos:

--¡No vuelvan a intentar entrar aquí, pues serán eliminados si lo vuelven a hacer!. Eran las hormigas guardianas de la gruta, que poseían enormes lanzas y antenas en forma de aguijones.

Todos esperaron pacientemente a que los guardias se alejaran, para correr en auxilio de los pequeños corsarios apresados, quienes, después de ser desatados, comentaron:

--Son miles de hormigas gigantes. Será imposible penetrar por la fuerza, pues nos superan en número.

--Creo que debemos retirarnos, reafirmó otro pequeño pirata.

--Nada de eso, tenemos que pensar en otra alternativa para penetrar en la gruta, insistió Adivina Ruborosa, quien difícilmente se daba por vencida hasta no lograr el objetivo que se proponía.

--Si consideran muy difícil la misión, podemos desistir de ella, intervino José Pablo, tratando de ser amable con la capitana, que por respuesta dijo:

--¡Ya lo tengo!, nos disfrazaremos de hormigas.

--¿Disfrazarnos de hormigas?, la interrogó Donají.

--¿Y cómo lo haremos?, preguntó el Morrongo.

--Pues muy sencillo. No necesitamos vestirnos de hormiga, sino atrapar a una de ellas, y bañarnos con su baba, pues estas hormigas se guían por el olfato, insistió la capitana.

--Pues manos a la obra, la secundó el Morrongo.

--¡Guácatelas!, fue el comentario de Donají.

Así que inmediatamente los pequeños corsarios se apostaron a la entrada de la gruta, esperando a que alguna hormiga se descuidara y poder atraparla. Esperaron pacientemente, y después de un rato, apareció un grupo de hormigas que se dirigían a su actividad. Adivina Ruborosa señaló hacia la hormiga que se encontraba en la retaguardia, y quedamente ordenó:

--Hacia ella, rápido.

Entre todos atraparon a la hormiga esquivando sus enormes antenas en forma de aguijones, con las cuales trató de embestirlos:

--¡Auxilio!, ¡auxilio!, la hormiga atrapada intentó llamar a sus hermanas cuando se vio rodeada y vencida con las cuerdas y cadenas con que los pequeños corsarios la sujetaban.

--¡Rápido, no dejen que grite!, ordenó el Morrongo, quien con una gran manta sujetó las mandíbulas del enorme insecto.

Una vez atrapada, la capitana ordenó extraer la baba de las mandíbulas de la hormiga, y mandó a toda su tripulación a bañarse con la misma:

--Ojalá y tengas suficiente resina mamacita, pues necesitamos entrar todos, dijo mientras comenzaba a embarrarse la secreción en su cuerpo.

Una vez empapados, se dirigieron al interior de la gruta:

--¡Momento!, ¿quien va?, preguntó una de las hormigas guardianas.

Fue la capitana, quien tomando la iniciativa respondió simulando una gruesa voz:

--¡Somos las obreras, las más trabajadoras!.

--Su clave, insistió la otra guardiana.

Todos guardaron silencio, sin saber que responder, pero nuevamente la capitana, tomando la iniciativa, tocó con su espada la punta de la lanza de la guardiana, quien se quedó quieta, para después responder:

--¡Adelante!...Te sugiero que limpies tus antenas pues huelen mal.

La capitana nada respondió, y con una seña ordenó a la tripulación introducirse en la gruta, en la cual rápidamente tropezaron con gran número de cuadrillas de insectos que laboraban: algunas hormigas acarreaban tierra, otras llevaban alimentos, otras más ramas, y algunas se dedicaban a la construcción dentro de la gruta. Pronto divisaron el gran salón donde se encontraba la Reina de la Hormigas:

--Que contradicción, ellas se apropiaron de la luz y los colores, y viven así de oscuro, que mal gusto. Aquí debe encontrarse el tesoro que buscamos...Haremos lo siguiente: la mayoría de ustedes se quedarán aquí esperando, por cualquier problema. Tengan listas sus espadas y sus cuerdas, por si es necesario utilizarlas...Yo, Donají, José Pablo y el Morrongo iremos a la búsqueda del tesoro, ordenó la capitana, quien rápidamente comenzó a descender.

En la corte de las hormigas reinaba un orden controlado por un sin número de guardias, y solamente podían ser recibidas por la Reina quienes habían solicitado audiencia:

--Tenemos que acercarnos lo más que podamos, comentó quedamente la capitana.

--¿Ya viste a quien tiene a su lado la Reina?, comentó José Pablo a Donají.

--Es un zopilote negro: ¿por qué un animal así tenía que aparecer por aquí?, se interrogó su hermana.

--Ojalá y esta ave no sea de mal agüero, insinuó José Pablo.

--¿Ya vieron que la Reina tiene a un lado de su trono, en su costado derecho, un pequeño cofre de oro?, comentó Adivina Ruborosa.

--Ese debe ser el tesoro que buscamos, comentó José Pablo.

--Efectivamente, me parece que así es, murmuró la capitana.

Adivina Ruborosa dijo algo en el oído al Morrongo, y éste se dirigió hacia la parte posterior del trono, donde quedamente se acercó a uno de los guardias, al cual le jaloneó la cola escondiéndose rápidamente en una cortina que allí estaba. El guardia se volteó, y al no ver a nadie, decidió investigar. Al poco rato, quien regresó con la gran lanza de la hormiga fue el Morrongo, pues cuando el guardia se agachó para levantar la cortina, el Mayor de los Filibusteros le asestó un empujón que hizo que el guardia perdiera el equilibrio y cayera a una gruta que cubría la cortina:

--Bien hecho Morrongo, ahora tienes que tomar el tesoro, susurró la capitana al oído de Donají y José Pablo.

A la distancia observaron como la Reina de las hormigas llamó al Morrongo, dándole indicaciones. El pirata, disfrazado de guardián, movía su cabeza asintiendo las indicaciones. Discretamente, la propia Reina de las hormigas tomó el cofrecito de oro e iba a ponerlo en sus manos, cuando el zopilote dijo:

--¡Un momento guardia!, ¿por qué te ves más pequeñito que los demás?.

--¿Un zopilote que habla, no se te hace raro?, murmuró con coraje Donají.

--Ejem, pues porque depilé mis antenas, respondió muy seguro de sí el Morrongo.

--Bueno, no sabía que las Hormigas hacían eso, pero obedece a tu Reina, sugirió la oscura ave.

--Así lo haré, respondió con discreción el Morrongo.

--Toma, este es el Tesoro de la Ciencia Antigua y es muy valioso. No debe caer en manos de los Niños Corsarios. Con tu vida me respondes, expresó ceremoniosamente la Reina de las Hormigas, quien puso el cofre en manos del Morrongo. Éste lo tomó con suma delicadeza, y se dirigió hacia la salida del salón, custodiado por los demás guardias:

--Cuando pase cerca de aquí será el momento de huir, listos muchachos, tenemos que salir corriendo, dio indicaciones Adivina Ruborosa.

No tardó mucho el Morrongo en encontrarse cerca de ellos, y cuando esto sucedió, Adivina Ruborosa le hizo una seña: el pequeño corsario arrancó a correr detrás de ellos, siendo perseguidos por los guardias, quienes inmediatamente hicieron sonar las alarmas. Todo el hormiguero se puso en alerta.

Rápidamente la capitana y su séquito se dirigieron a la salida, la cual se encontraba llena de soldados, y a punto de ser cerrada con grandes piedras:

--¡Atrapen a los intrusos y ladrones!, ordenaba el capitán de las hormigas.

--A la carga, se dirigió un grupo de soldados hacia Donají, José Pablo, la capitana y el Morrongo, quienes blandían sus espadas.

--¡Ese guardia me olía mal desde un principio!, ¡denle su merecido!, se escuchaba la ronca voz del zopilote.

Pronto el grupo de soldados hormigas rodeó a los niños, quienes comenzaron a defenderse. Justo en el momento cuando iban a ser atrapados, apareció el resto de pequeños piratas, quienes colgados de cuerdas lograron asir a sus compañeros que luchaban, descolgándose rápidamente hacia fuera de la gruta:

--¡Bien hecho muchachos!, fue el comentario de la capitana.

--¡Qué tontos son ustedes!, no es posible que los dejen escapar, insistía el zopilote aleteando.

--¡Ya cállate ave bocona!, la contradijo Donají.

Rápidamente emprendieron la huída hacia la carabela de Adivina Ruborosa, siendo perseguidos por las hormigas, las cuales comenzaron a lanzar bolas de fuego hacia ellos:

--¡Al abordaje!, ordenaba la capitana.

--¡Esa vela está comenzando a incendiarse, rápido, controlen el fuego!, dio instrucciones el Morrongo.

Las hormigas, comandadas por su Reina aparecieron en grandes barcazas disparando bolas de fuego, dispuestas a recuperar su tesoro. Adivina Ruborosa ordenó:

--¡A repeler el ataque!, ¡disparos a babor y estribor!, ¡avancemos, no nos detengamos!.

Donají y José Pablo en sus puestos colaboraban para repeler el ataque, especialmente del zopilote, quien volando dirigía picotazos hacia los niños:

--¡Capitana, han golpeado uno de los motores de nuestra carabela!, gritó con preocupación el Morrongo.

--¡No importa, echen a andar la nave a todo lo que dan los demás motores!, respondió con enjundia la capitana mientras blandía su espada.

Los contingentes de hormigas se acercaron rodeando la carabela dispuestos a emprender el abordaje, y cuando estaban a punto de hacerlo, la carabela emprendió el vuelo a toda velocidad:

--¡Lo logramos!, exclamó Adivina Ruborosa.

--¡Bravo!, celebraron los demás.

--¿Viste el golpazo que se dio el zopilote cuando quiso abordar la nave?, se dirigió José Pablo a Donají.

--¡Ojalá que esto le quite lo entrometido!, respondió la referida.

Pronto la nave de los pequeños corsarios se encontró en el espacio, y ya repuestos de la emoción, la capitana llamó a Donají, José Pablo y el Morrongo para ver lo que habían obtenido:

--¡Aquí está el cofre del tesoro!...Morrongo ábrelo, ordenó.

--Tus palabras son órdenes capitana.

El Morrongo manipuló la cerradura del cofre, y al abrirlo todos se llevaron una sorpresa:

--¿Una semilla de amaranto, una de maíz y una de frijol son el tesoro tan codiciado de las hormigas?...Ja, ja, ja, rió la capitana.

--Si, la reina de las Hormigas dijo que era el tesoro de la Ciencia Antigua, aclaró el Morrongo.

--Ja, ja, rieron sus acompañantes.

--Pues un tesoro es un tesoro, mostrémoselos a los demás, dijo, dirigiéndose hacia la proa de su nave.

Allí reunió a su tripulación, mostrándoles lo obtenido, provocando las carcajadas de los Niños Corsarios. Después ordenó al Morrongo que lo guardara en la bodega de los tesoros del barco. Ya calmada, se dirigió a Donají y José Pablo para decirles:

--Lamento que Quetzalcóatl no se encontrara con las hormigas, pero les prometo que seguiremos intentando encontrarlo.

--No te preocupes capitana, reconocemos todo lo hecho por ti, le agradeció José Pablo.

--Algo me dice que el Tesoro de las hormigas tiene que ver con Quetzalcóatl, comentó Donají.

-Por lo pronto nos hemos ganado un buen descanso...A bañarnos, y a comer, insistió la capitana, quien dirigiéndose a José Pablo preguntó:

--¿Cómo llaman a esas actitudes que según ustedes expresan su idea y necesidad de conocer para comunicárselo a los demás?.

--¡Amor!, respondió Donají.

--Me gusta, respondió Adivina Ruborosa, quien se retiró a sus habitaciones repitiendo:

---Amor...Amor.

--Definitivamente la palabra ha sido del agrado de Adivina Ruborosa, quien me parece que quiere contigo, se dirigió Donají a José Pablo sonriendo. Por respuesta, éste solamente se ruborizó.


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