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MISTIFICACIÓN DEL LENGUAJE Y PROCESOS PSICOSOCIALES: LOS PROGRAMAS ESOTÉRICOS EN LA RADIO MEXICANA

Gilberto Fregoso Peralta



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2.1.3 Paul Henri Diertcich (1723-1789).

En su célebre Ensayo sobre los prejuicios, obra concluida en 1770 y editada tres años después (1773), Paul Henri Dietrich, Barón de Holbach, enciclopedista precursor de la revolución francesa de 1789, aportó una serie de ideas al texto ahora en desarrollo sobre la mistificación del lenguaje, al presentar la naturaleza de los juicios no sustentados en la experiencia ni en la razón. Júzguese la vigencia de las reflexiones expuestas a continuación.

Parte de considerar a la sociedad como la unión de humanos concertados para satisfacer sus necesidades de conservación y felicidad comunes en armonía; pero ese agrupamiento supone que todos los miembros sean capaces de proponer sus intereses genuinos validos del discernimiento libre y sin coacciones, para prohijar su bienestar y el de los demás, sólo así es posible una vida colectiva duradera y pacífica. El requisito estriba en conciliar el interés propio con el de la comunidad., pues –recalca- la virtud consiste en alcanzar la felicidad personal mediante la felicidad del prójimo.

Sostiene que el ansia de riquezas ultra terrenas opera en detrimento de las virtudes cívicas, pues una vida centrada en el más allá desprecia el acaecer real. Todos los dogmas, artículos de fe, religiones y supersticiones preconizan la actitud mencionada con afirmaciones pseudo verdaderas sobre objetos respecto de los cuales no hay evidencia empírica ni racional alguna. En la difusión de semejantes prejuicios –acusa- se interesan quienes obtienen provecho para sí mismos con la ofuscación generalizada.

Añade que un dogma tan dudoso como el de la perduración de la vida después de la muerte significó un rendimiento valioso a quienes impusieron religiones a los pueblos y se erigieron como sacerdotes, fuente de incontables riquezas y causa permanente de ceguera y terror para el género humano. La concepción acerca del engaño del clero fue uno de los arietes desde la crítica a la ideología, enfilados contra el absolutismo monárquico. La conjura de los estamentos sociales con más dispositivos de poder en contra del pueblo llano y en defensa del statu quo, conllevó la necesidad mantener a las mayorías en un estado de pequeñez espiritual, papel asignado a las instituciones religiosas, hasta el extremo de que toda sublevación contra el orden establecido equivalía a cuestionar el orden divino, recuerda. En tal estructura –asienta Holbach- la teoría del engaño de la clerecía evidenció los intereses de poder existentes en la base de la glorificación del orden vigente.

Los grupos y camarillas dominantes han requerido siempre de ciertos instrumentos para afianzar su capacidad de disponer de bienes y personas, por ejemplo, la coerción física directa, con la que es factible lograr una sumisión incondicional por parte de los estratos subalternos; al generar temor –afirma- la violencia social se interioriza en el individuo, comenzando a sustituir, cuando ya no es necesario su empleo permanente y omnímodo, la coacción directa. El mero recuerdo del sufrimiento y el miedo a repetir la experiencia –razona- regulan de manera pronta pensamiento y decisiones de los sometidos, sobre todo cuando la instancia encargada de infligir castigo aparece menos como un déspota limitado y más como un ente todopoderoso y omnipotente. De ahí hay un paso corto, con la ayuda de una casta sacerdotal, para arraigar la creencia inconmovible de un ser sobrenatural contra el que resulta inútil rebelarse.

Y al desarrollar la fe en potencias ultra terrenas –opina nuestro autor- no buscan los hombres comprensión teórica sino ayuda práctica para dirigir su vida (aserto brillante para el análisis del lenguaje radiofónico mistificado), pues el carácter defectuoso de su conciencia no es sólo producto de la ignorancia, sino que ella brota de la situación objetiva de vida cotidiana. Acorde con Holbach, la refutación acerca de las presuntas pruebas sobre la existencia divina con argumentos racionales nada podrá hacer en contra de contenidos de fe cargados de afectividad, mientras los sujetos estén obligados a satisfacer en el más allá su ansia de consolación, porque el mundo en que moran es desconsolador.

Mientras las personas no se pertenezcan a ellas mismas –continúa- , y la tierra no sea su hogar legítimo, el conjunto de críticas a los artículos de fe ciegamente aceptados han de ser ineficaces. Tan solo suprimiendo la miseria real y los nexos irracionales de poder existentes entre los seres humanos será posible cancelar esos desvaríos en su conciencia, ello como requisito para discernir sus intereses propios.

Según él, la opinión gobierna al mundo, pero se pregunta cómo distinguir las opiniones verdaderas de las falsas. Aconseja al propósito recurrir a la experiencia y a la razón que es su corolario, a manera de examinar las ventajas demostrables de cada opinión, comparando su conveniencia e inconveniencia, ponderando los efectos en quienes las han adoptado y en quienes, no habiéndolo hecho, conviven en sociedad con los primeros.

Considera a la verdad como el conocimiento de la adecuación entre los juicios que nos formamos de los seres y las cualidades que tales seres realmente poseen, añade que sin ella los humanos carecerían de razón y de experiencia, con lo cual el sendero de la vida sería más escabroso, no madurarían y serían víctimas de sus prejuicios, entendidos como las predisposiciones formadas y las opiniones adoptadas, sin examen.

Según él, la desgracia es efecto de la imprudencia, visibles ambas en las personas prejuiciadas, sin ideas sensatas, caminando de error en error convertidos en juguetes de su inexperiencia o del capricho de los ciegos que los guían. Los seres humanos no cesan de proclamar su racionalidad, asevera, pero pocos hacen uso de su razón, aserto por demás inquietante pero demostrable con creces en otro capítulo de la investigación presente.

Meditar, poner a prueba la experiencia, indagar, aplicar la razón a su conducta son prácticas desconocidas para la mayor parte de los humanos, a quienes resulta penoso reflexionar sobre sus pasiones, hábitos, negocios, placeres, temperamentos y pereza, disposiciones naturales que les impiden investigar la verdad, la que, en rigor, no les interesa. Es más fácil dejarse conducir por la autoridad, por las opiniones recibidas, por los usos establecidos, por las creencias, por la fuerza de los hábitos, por sus ilusiones.

Proclama que la ignorancia hace a los pueblos crédulos, su inexperiencia e ingenuidad los orillan a confiar con fe ciega en aquellos a quienes atribuyen la capacidad de pensar, de formar opinión y de orientar a sus prójimos. Desde luego ignoran a dónde se les conduce con semejantes pareceres y si éstos son sustentables o no, útiles o dañosos. Por supuesto, los individuos en posición de poder influir en sus congéneres abusan de tan candorosa actitud, y no paran mientes en procurarse perpetuar tal estado de cosas, inculcándoles miedo a pensar, estudiar o consultar la razón, calumniando a la ciencia, al conocimiento, a lo demostrable, a la experiencia por inútiles, perniciosas y hasta criminales, en nombre de misterios, terrores, oscuridades e incertidumbres; con lo que así apagan cualquier deseo de buscar la verdad, oprimen la naturaleza con el peso de la autoridad y someten la razón al yugo del capricho. Si la gente, sostiene Holbach, se queja de los males y calamidades que sufre, sus guías los engañan con destreza y les impiden desentrañar el origen verdadero de sus penas, yacente siempre en sus prejuicios funestos.

Tilda de imprudentes a los mortales cómplices de su propio infortunio, cuyos seres más admirados son quienes los encadenan y alucinan apartándolos de la razón, enemistándolos con la evidencia, arraigándolos en la ignorancia. No tiene empacho en señalar a los opresores de la época al denunciar cómo se han arrogado el derecho de explotar a sus semejantes, de despojarlos y sacrificarlos a su antojo, para lo cual les vienen como anillo al dedo toda clase de supersticiones, opiniones extravagantes, ensoñaciones y creencias infundadas, las que mantienen a los pueblos envueltos en la esclavitud y en la opresión, besando humildemente las cadenas colgadas en su cuello por los tiranos y déspotas, creyendo a su miseria como ineluctable designio divino.

Termina el lapidario discurso Pablo Enrique dibujando de manera diáfana el talante de los guías espirituales y/o temporales que asustan, inquietan, aturden o paralizan la energía del alma popular, con sacerdotes y políticos que avasallan y gobiernos represivos corruptores del pueblo mediante teorías utópicas y extrañas, felices, además, por tener gobernados ignorantes y miserables. Se pronuncia por un estado social multiplicador de los bienes y placeres humanos, no de sus males e inconvenientes.

Hasta aquí el célebre Barón y sus reflexiones en extremo, también, contemporáneas, no obstante remontarse al siglo XVIII.


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