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CONTRATIEMPOS Y AFORISMOS IV. FORMAS DE RESISTENCIA Y GRUPOS SUBALTERNOS BRITÁNICOS

Edgardo Adrián López



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SECCIÓN III. HACIA LA “IRRUPCIÓN” CULTURAL Y POLÍTICA DE LAS CLASES DOMINADAS POR EL CAPITAL

“[...] Hice trampas a la locura”

Arthur Rimbaud

“[… Marx] no es ricardiano en absoluto. Por el contrario, como no opera dentro de un marco teórico ricardiano puede ir más allá […] de Ricardo […]”

Anwar Shaikh

LA FORMACIÓN DE LA CLASE OBRERA EN INGLATERRA

Vol. II

Tercera Parte: La presencia de la clase obrera

XIV

Si bien se adelantó lo que expresaremos, luego de la agotadora travesía de náufrago por los infinitos mares del tomo I, conviene recordar que el vol. II se halla compuesto por cuatro capítulos y un “Post scriptum”. A él lo insertamos en distintos locus del resumen interminable del tomo I, a manera de advertencias, matizaciones, reservas, entre otras apreciaciones, por lo que no efectuaremos una síntesis de él.

Excepto el capítulo que comentaremos, los otros tres son engorrosos y desmesuradamente largos, por lo que nos veremos en la obligación de “partirlos” con el fin de hacerlos más manejables, en especial, por las apostillas, también inabarcables, desesperantes. Cuando las notas no son numerosas, la unidad del eje que desenvolvemos, motiva que el palimpsesto sea “deshojaldrado”. Cierto que la tarea de edición se convierte en agotadora, pero no pudimos eliminar las glosas ni su número, si queríamos que el resumen no fuera una mera ficha sin nada para enunciar de nuestro lado. Aparte de la re construcción de lo que sostiene el intelectual ponderado genial por Hobsbawm, había que arrimar observaciones que llevasen una impronta independiente, si deseamos “justificar” que un gris comentario aspirase a “adornarse” con el formato “ampuloso” de un libro. No nos interesa cumplir por acatar las exigencias académicas delirantes de las publicaciones continuas, empleando cualquier atajo al alcance (como la de figurar en tanto “compilador”, “prologuista” o “editor”), puesto que nos consideramos investigadores y no “publicadores”.

Entonces, el breve Capítulo 13 (“El Westminster radical”), rememora que ante los “vaivenes” de la Revolución Francesa, el gobierno inglés dispuso la proscripción de las manifestaciones de “orientación” jacobina, la disolución de las sociedades de correspondencia y la suspensión del hábeas corpus. No obstante, tales medidas no acallaron el radicalismo popular; sí lo afectó en la escala en que se desarticuló, debido a la intimidación y a la censura .

El contexto del bloqueo napoleónico , ocasionó desempleo, alza de precios, paralización de ciertas industrias, aumento en el cobro de impuestos , motines de subsistencia y la clandestinización insurreccional. Pero a partir de la autoproclamación de Bonaparte I como Emperador, de su acercamiento al Papa, de su Corte, los radicales ya no podían inspirarse en la Revolución Francesa, que acababa de ser traicionada, sino que procuraron buscar el Árbol de la Libertad, en las tradiciones británicas . Es que la vieja Galia, asomaba ahora no únicamente a modo de un rival comercial, sino como opresor de pueblos (f. e., el español e italiano). Eso fue uno de los motivos que ocasionó que muchos de los antiguos jacobinos, devinieran “patriotas” . Algunos otros y en determinados lugares, optaron por apoyar a ciertos personajes locales que aparecían alejados de los asociados a la Corona. Éste es el caso de Sir Francis Burdett , quien en 1804 en Middlesex, una zona de Westminster, obtuvo un importante aliento de parte de un porcentaje de los integrantes de los conglomerados subalternos (oficinistas, campaneros, policías, cazadores de ladrones, gentes de oficio, artesanos, profesionales, entre otros). Incluso, llegó a captar los votos potenciales de la pequeña gentry.

Aparentemente, uno de los tantos factores que entusiasmaba a los hombres de oficio, los maestros artesanos, la gentry modesta, era que estaban muy descontentos con la política del gobierno. Por igual, se encontraban disconformes con la actitud de la Corona, de ofrecer la construcción de carruajes, la provisión de alimentos y la confección de ropa militar, a las mismas grandes empresas o a unos pocos intermediarios, en perjuicio de los maestros artesanales y de los pequeños maestros , en general.

Ahora bien. Entre Sir Burdette y el candidato auspiciado por el Estado, surgió uno que representaba a los artesanos y oficiales de variadas ocupaciones (en particular, zapateros, impresores y sastres). Lo interesante es que para los comicios, fueron creadas genuinas organizaciones electorales, comités de parroquia y “clubes”, para captar el voto a favor de ese tercer candidato, que acabó por quebrar el dominio de las dos facciones citadas .

Hacia 1807, se vuelve a presentar otro chance para los contestatarios de los sectores populares y que estaban más radicalizados que los reformadores al estilo de Sir Burdette, que no dejaba de ser alguien que usaba su gran riqueza para intervenir en política.

La responsabilidad electoral recayó en un marinero poco conocido, llamado Cochrane, a la sazón, Lord . El asunto es que tanto Burdette como Cochrane, lograron ingresar a la Cámara de los Comunes .

En este punto, Thompson efectúa la advertencia respecto a que es impostergable precisar la extensión del “radicalismo” .

En primer término, el movimiento era amplio y difuso ; el radicalismo llegó a abrazar tendencias muy diversas en el siglo XIX. V. g., en las cuestiones sociales y económicas, era lo bastante amplio como para incluir a los fabricantes y a la gentry modesta.

En segundo lugar, en las primeras décadas del ochocientos, ese radicalismo que no era exclusivamente jacobino, indicaba una oposición hacia el gobierno; la denuncia de la corrupción; la defensa de la necesidad de reformas parlamentarias; la oposición a las restricciones de las libertades políticas .

En tercera instancia, el radicalismo estaba dividido en dos alas: una más “extrema” y otra menos contestataria. Surgen dos nuevos líderes para cada una de ellas: Cobett y un gentleman agricultor, Henry Huntt. El primero, comenzó a bregar porque sus electores se mantuvieran libres de cualquier “mecenazgo”, del soborno y del clientelismo. Impactó en los artesanos independientes, en algunos artistas y sobre todo, en los maestros con pequeños talleres y en los hombres de oficio . Figuró como un denunciador de los escándalos de duques, de las ganancias extraordinarias por contratos con el gobierno, de la escalada de los alquileres, de las limitaciones a las diversiones populares, de los artesanos destruidos por las empresas, de los soldados mutilados desatendidos, etc. Y la verdad es que todos estos motivos de descontento, no indignaban sólo a Cobett, sino que eran un aliciente para que se incrementara la protesta social.

En cuarto orden, el radicalismo no fue en la “etapa” un movimiento ofensivo, sino defensivo.

En quinto término, lo contestatario se fue expandiendo poco a poco desde Westminster, hacia regiones como Sheffield, entre otras; empero, en esas zonas no había representación parlamentaria, ni siquiera moderada.

En sexto lugar, en las ciudades y en los pueblos industriales, la Iglesia y los magistrados vigilaban los “signos” de “sedición”. Eso introdujo una diferencia entre Westminster y su región, y el norte fabril, que sería decisiva en más de una centuria. En la primera, el descontento se canalizó en las elecciones; en la segunda, no quedó más que el recurso de la “ilegalidad”.

Por último, Londres fue una metrópoli en la que los canales de diálogo entre los reformistas de “clase media” y los de la “clase obrera”, permanecieron abiertos. El modo de organización característico eran los comités, integrados por unos cuantos profesionales que laboraban a la par de artesanos autodidactas; ambos segmentos subestimaban a los peones y pobres, los que se hallaban desmoralizados y se “inclinaban” por “delinquir”.

XV

Según el Thompson que no se ahorra a veces, términos peyorativos o hasta despectivos para significar a los múltiples “sectores populares”, poco a poco, de manera sinuosa, intrincada, compleja, con ritmos desiguales, en tiempos desacompasados, en coyunturas disímiles, en regiones y subregiones diferentes, se fue constituyendo “Un ejército de reparadores” (capítulo 14) . Pero, ¿qué “restauraban”? Interpretamos a un británico esquivo en ocasiones, por lo que sentenciamos que los reparadores restauraban la sociedad “corrupta” de la época y la malversada Constitución; esta “muchedumbre” de “reparadores” eran los que anhelaban una comunidad casi utópica para los “miserables”. Y es que en el período que enfocaremos, se perciben cinco grandes “nodos” de resistencia provenientes de los segmentos dirigidos, que son la “clandestinidad” de las trade unions, el ludismo, la sublevación de Pentridge (abortada por el espía Oliver), Peterloo y la “conspiración” de la calle Cato .

Desde el vamos, parece creerse que lo mejor sabido es lo relativo al ludismo, pero tendremos ocasión de comprobar que no es tan así. Sin embargo, dos cuestiones son esenciales. La primera, es que esos cinco fenómenos genuinamente populares, son parte de un asunto “mayor” que es el del nacimiento, difusión y muerte de lo que podríamos bautizar como “tradición ilegal”.

Lo segundo es que para encarar esa “tradición”, es impostergable realizar al menos, tres “operaciones” que con frecuencia, acabaron no practicadas por los historiadores. Tendríamos que aprovechar mejor los documentos que van de 1800 a 1802, enlazados con la “clandestinidad”. Debiéramos ejecutar una crítica profunda de las fuentes. Y no tendríamos que descuidar tanto, la “conducta” cuasi “ilegal” de las trade unions.

Efectuadas las advertencias, en este fragmento de su voluminosa obra, el autor elige subtitular, lo que respetaremos, con el objetivo de proteger el estilo, cuidado aprendido del trabajo con la escritura de determinados autores galos (Derrida, Proust, Deleuze), que no sopesan algo intrascendente el modo en que se narra.


 

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