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LAS SOMBRAS DE MARX

Edgardo Adrián López



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CAPÍTULO V. La dialéctica “menor” del Desvío

Hemos destacado los lexemas, semas, campos semánticos e isotopías que surgían como los más llamativos en relación con una decidida oposición al materialismo dialéctico y con una interacción que no sería siempre dialéctica. Sin duda, una argumentación de la insistencia de esta última requeriría de una laboriosa confrontación de citas, pero en el desarrollo precedente quedó establecida la existencia de un cuarto instante en la dialéctica materialista (ir a López 2007 a; López b). Su rasgo peculiar, consistente en transformarla en una interacción que se excede a sí misma, le viene de los escritos sobre Epicuro, de algunos párrafos de los Manuscritos de 1844 y de los artículos periodísticos.

En lo que le cabe al filósofo griego, el político aplastado por las instituciones, extrae consecuencias del hecho de que la acción y reacción universales, necesarias al nacimiento del cosmos y a su supervivencia se generen a partir de una caída de los átomos que no se desplazan en línea recta, sino que, para influirse recíprocamente, se alejan de ella. Desde aquí, puede inferirse la apuesta por una interacción que incorpore en su seno, la exigencia del desvío o elipse.

Por otro lado, en los Manuscritos (1985 d: 184/185) afirma que, en una dialéctica que no fuera hegeliana, debiera actuar un cuarto momento que estuviese más allá de la negación de la negación, del movimiento tripartito del concepto y que, al salir de su reino, llegara hasta la fragilidad de la praxis. Aquí, cabe puntualizar que si el amigo de Engels en sus escritos juveniles, debate con y contra los ex “compañeros de ruta” de la “izquierda” hegeliana, no es porque intente, tal cual lo sentencia Derrida, con más mala fe que buena predisposición, disputar la “verdadera” descendencia del Padre en lo Simbólico que fue el viejo Titán, sino porque en su dialéctica se neutralizaron no únicamente los potenciales libertarios que respiran en su seno, sino en virtud de que se eludió la intervención concreta en lo humano, social e histórico. En otras palabras, no combate contra Stirner porque desee ser él el único hijo legítimo de Hegel, sino a causa de que Stirner y los suyos, se encriptaron en una mera polémica filosófica y filológica, sin salir al encuentro de los problemas mundanos del mundo.

Finalmente, en los artículos sobre el colonialismo, cuando Marx puntúa el atropello del gobierno inglés en la “guerra del opio”, elogia la interacción que activa el diplomático chino(1). Por lo que nos dejan en mano determinadas corrientes de la Semiótica, ello significa que es contrapuesta, a un pensamiento occidental (el cual es duro, seco y tiránico), una dialéctica que desespera e irrita su poder. La interacción que se suscita es entonces, oriental, “china”, flexible, “menor” y deconstructiva. Un poco antes de estas bellas y trágicas páginas, objeta el supuesto metafísico-hegeliano de que en el universo existan leyes dialécticas; sabe que una operación semejante haría de esa interacción una dialéctica del Espíritu.

Ahora bien, si anunciáramos en una secuencia estos ejes dispersos, podríamos articular los momentos de una dialéctica materialista: tesis (asentada en la atesis o Ceroidad que implican la exposición, la investigación y los puntos de partida que, una y otra vez, Marx advierte que asumirá), antítesis, síntesis y desvío. La dialéctica que tuviese esta dinámica diseminaría; no habría posibilidad de cristalizar un sentido o de concluir en una Síntesis de todas las síntesis; siempre habría que recomenzar el devenir, su vértigo. No se trata sólo de recuperar, retener y desplazar la tesis en la doble negación, sino también de hacer viable el alejamiento, el flujo que inicie otra serie de momentos dialécticos. El desvío ocasionaría que la interacción materialista no sea absolutamente dialéctica y, por ello, una dialéctica de lo Absoluto; que, al apartarse de lo meramente conceptual, se conectara con la praxis; que fuese “china”, extraña, menor. Una interacción marxista entendida en estos términos incluye la acción y, mediante este rodeo, el nexo entre teoría y praxis.

Pero estas observaciones pueden ser completadas con referencias a otros pasajes. Así, en La Sagrada Familia(2) es postulado que la dialéctica no idealista no debe estar colonizada por lo Uno, lo Igual a Sí Mismo y los sememas asociados. En (1984 a), por su lado, hay constantes precauciones respecto a la Filosofía de la Historia, y a las metafísicas del Referente, de la Verdad y de la Teoría del Conocimiento. En los artículos periodísticos, se recomienda que un pensar libertario sea conjetural; para conseguirlo, tiene que abrirse a lo azaroso a fin de que la teoría no se dogmatice (1988 a). En (1983 a: 32), el uso de la dialéctica materialista es una estrategia para impedir que la crítica sea hablada por las fuerzas de lo opuesto a ella. Mientras, hacia 1843 (1992 b: 40) se había dicho que la deconstrucción tiene que ser fina para no vincularse, mediante hilos invisibles, al Estado, dado que éste, al percibirse como objeto problemático, induce sobre sí mismo un discurso crítico.

Pero si nuestro estudio semiótico reveló la insistencia de una torsión dialéctica capaz de empujarla fuera de sí, desgajándola de su dialecticidad, es también porque una interacción que se aparta de su consistencia busca subvertir las dialécticas endurecidas del mundo (en donde el Estado no es más que un ejemplo). En cierta medida, puede entenderse que las dialécticas que circulan en una formación histórica de la vida humana, (entre las cuales, la que se despliega en los términos fuerzas de producción-modo de producción/relaciones intersubjetivas no es la única), son inflexibles en virtud de que el poder del consenso democrático y de la “intelligentsia” colectiva son, a su vez, incapaces de controlarlas. Las dialécticas que servirían, en una sociedad emancipada (sin lo material como una estructura estrecha y autoritaria), para constituir el horizonte de existencia de los individuos, devienen en dialécticas pre-constituidas. Una praxis revolucionaria exigiría disolver esa dialecticidad cristalizada y volverla manipulable, id est, prescribiría tornar esas dialécticas en interacciones habilitadas para escapar de sí mismas con la ayuda de la voluntad comunitaria concertada racionalmente. Del lado de la praxis entonces, la dialéctica del Desvío significa descentrar las interacciones constituidas, recuperándolas como constituyentes.

NOTAS

(1) Frente a la interacción prepotente de Gran Bretaña, registrada en gestiones “diplomáticas”, el admirador de Lucrecio valora la paciencia, el aplomo, la serenidad y el manejo diestro de otra dialéctica, anti/imperial, cortés, no violenta:

“... la fuerza de esta dialéctica china ... no deja otro recurso que (una) ... declaración (de hostilidad) ...” (1964 c: 118; el cambio de tipografía es nuestro).

(2) Si Marx y Engels (1978: 115) destejen el narcisismo de la Crítica críticamente crítica (y por eso, prejuiciosa en su criticismo –Heidegger 2007 e), es porque se diferencian del Sí Mismo y del Uno que hilvanan a cualquier pulsión de auto referencia.

“... (La) crítica –sostienen- ... lo ha predeterminado todo en su conciencia divina, siempre igual a sí misma ...” (lo destacado pertenece a los autores). Luego, prosiguen diagnosticando que un “... alemán (cualquiera necesita) ... de él mismo y de un espejo ...” (1978: 240). No encontramos igual prudencia en Joyce, puesto que su novela ultranacionalista satura una deconstrucción novedosa del lenguaje con expresiones del tono

“(no) quiero ver caer a (Inglaterra) en las manos de ... judíos alemanes ...”, puestas (vg.) en boca de Haines, conocido de Stephen (1972: 52).


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