LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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INFLACIÓN, CRECIMIENTO Y TASAS DE INTERÉS

1990

El repunte de la inflación en el mes de diciembre de 3.5% y en enero del 4.5% vuelve a poner en entredicho la aparente estabilidad económica del país y cuestiona, en los hechos, la vigencia del Pacto para la Estabilidad y Crecimiento (PECE), pues estos incrementos son producto de la necesidad de los agentes económicos para ajustar a las circunstancias adversas que les han sido impuestas por los fuertes controles a los precios de los productos y por la recesión que al hacer declinar la demanda propició una fuerte contracción en las ventas y por tanto impactó la capacidad de funcionamiento de las empresas y ha puesto a prueba la sobrevivencia misma de éstas.

Este hecho se ha evidenciado en el mercado interno al presentarse un constante y creciente desabasto de muchos productos, por lo que las alzas en los precios han sido inevitables.

El impacto inmediato de dichos incrementos ha sido sobre las tasas de interés internas, las que nuevamente se han visto presionadas al alza, no sólo para controlar el exceso de liquidez que ocasionó el retiro de algunos instrumentos de deuda pública en semanas anteriores para presionar la baja de las tasas, y los fondos generados por el crecimiento económico del año anterior; sino también, para compensar la pérdida del rendimiento real que éstas estaban ofreciendo y que con el repunte inflacionario prácticamente se perdió. Por tal razón los últimos días del mes de enero las tasas de interés subieron hasta cuatro puntos y esta semana se colocaron ya en un 45%. Tasa que sin embargo es muy posible que pueda incrementarse aún más, en tanto la eufemísticamente llamada “burbuja inflacionaria” no sea controlada. Ya que para poder reducir el índice inflacionario el necesario reducir la demanda provocada por el “exceso de liquidez” en el mercado, lo cual se logra haciendo más atractivas las tasas para desincentivar el consumo. Al tiempo que es necesario elevarlas para seguir manteniendo un margen de “ganancia financiera”, a los ahorradores que de otra forma podrían convertir sus pesos en dólares con los consabidos impactos en el tipo de cambio.

Sin embargo el costo de controlar la inflación por este medio es muy elevado, en tanto cualquier alza en las tasas de interés provoca de inmediato un incremento en los desembolsos que debe hacer el gobierno por concepto de pago de deuda interna; lo que a su vez se traduce en un ascenso en el déficit financiero del sector público.

Ya el año pasado las finanzas públicas sufrieron un fuerte desajuste producto de un sobregiro de casi el 11% en términos reales debido a las elevadas tasas de interés, lo que provocó un incremento del 20% de incremento en el gasto dedicado al pago de interés de la deuda interna que sumó 66 billones de pesos.

Es cierto, sin embargo, que el alivio financiero que el recién firmado acuerdo sobre reducción de deuda externa, puede permitir al gobierno un margen de maniobra más amplio para contener el crecimiento de las tasas de interés ya que la mayor disponibilidad de divisas le permitirá soportar los embates de un crecimiento en la demanda de dólares. Sin embargo, no sería conveniente llevar a cabo esa estrategia en esta etapa de amplias necesidades de la divisa norteamericana para fines productivos. Más, cuando la balanza de pagos ha presentado tan elevado déficit en su cuenta corriente. (5500 millones de dólares).

Pero por otra parte tampoco ayudaría mucho a la economía el hecho de mantener altas las tasas de interés, aunque su pago puede financiarse, también, vía recursos disponibles por el acuerdo de la deuda externa. Porque ello conduciría a mantener expectativas de desequilibrio y presionaría al alza la inflación en la medida que hace crecer los costos financieros de las empresas. Además de que desestimula la inversión productiva lo cual podría implicar un menor ritmo de crecimiento de la economía y en mayor deterioro del abasto de mercancías.

Los riesgos de no bajar las tasas de interés, son graves, pero el riesgo de bajarlas también es grave ya que daría al traste a los avances logrados con la renegociación de la deuda externa y debilitaría aún más la deteriorada y frágil posición del sector externo de la economía. La cual, por otra parte no se puede arriesgar, ya que, al menos para este año, según estimaciones oficiales y privadas no se prevé una recuperación en la posición exportadora y sí un incremento de la exportaciones.

Finalmente, para redondear este escabroso panorama, está el hecho de que el incremento en el gasto público que genera el ascenso en las tasas de interés no podría ser financiado con un incremento en los ingresos del sector público vía aumento en los precios de los bienes y servicios que produce, pues ello generaría más inflación.

Desde luego en el cierto plazo es posible que el gobierno salga del entrampamiento al que lo ha conducido en estos meses el aumento de los precios, ya que de una u otra manera la inflación puede volver a controlarse a través de las ya conocidas medidas de “shock”. Sin embargo, ello conduciría a seguir manteniendo los “amarres” que obstaculizan entrar a la tan esperada etapa de crecimiento y desarrollo. Para decirlo con el eufemismo conocido, el pacto seguiría sin “aterrizar”, lo cual significa un problema ya más de orden estructural que coyuntural.

Por lo tanto parecería que la salida al problema, desde el punto de vista del marco de referencia de las autoridades gubernamentales presentan dos opciones. Una, permitir aumentos en los precios (aunque ello implique mayores tasas de interés y más altos niveles de déficit público) con el fin de no ahogar más la economía, esperando una respuesta pronta en la recuperación de las empresas, y que ello empuje al crecimiento económico cuya dinámica deberá ser mayor al incremento en la inflación para poder equilibrar la economía y abandonar los controles. La otra es contener el crecimiento en los precios, bajar las tasas de interés, lo que implicaría un mayor desabasto y seguir posponiendo el impulso al crecimiento de la economía generado desde dentro, esperando que las nuevas inversiones extranjeras, los nuevos préstamos y el regreso de los capitales fugados estimulen el crecimiento con una dinámica mayor al tiempo de resistencia del quiebre generalizado de la planta productiva.

Una tercera opción a manera de propuesta, y sin apartarse mucho del rígido esquema oficial (pues no es posible presentar propuestas radicales ignorando el entorno socioeconómico vigente), sería permitir discretos pero suficientes incrementos en los precios de algunos productos que se encuentran rezagados. Incrementos en los salarios y en el gasto de inversión del sector público para incentivar la demanda y la producción, con una dinámica tal que generen un incentivo fuerte a la oferta, de tal modo que la velocidad del crecimiento de ésta sea mayor a la velocidad del crecimiento de la demanda (hecho que es posible en razón de las expectativas) de tal suerte que se logren evitar presiones y “cuellos de botella” que podrían provocar repuntes inflacionarios de consideración. Para lo cual, el sector público, necesariamente habrá de apoyar a los sectores que podrían presentar dichos problemas, como es el caso de algunas industrias alimenticias y el sector agropecuario.

El margen de maniobra es estrecho pero aún existen salidas. Aun, dentro del todavía más estrecho margen de la política económica neoliberal.