LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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EL PACTO ¿A DÓNDE SE FUE?

1989

La realidad lacerante, angustiosa, desafiante, cual recia tormenta hizo añicos el Pacto. Quiero decir que por razones eminentemente lógicas debieron abandonarse los buenos deseos de no incrementar los precios de algunas mercancías y se cedió ante la inminencia de un “desajuste” total en casi todos los precios, de una “desalineación” ocasionada por los controles mantenidos durante tanto tiempo.

A principios de este mes se “concertó” el alza a los salarios mínimos, en un 10%, que si bien fue suficiente para recuperar la capacidad adquisitiva del ingreso, evidenció la imperante necesidad de cubrir en parte el rezago que estos han sufrido en los últimos años. Al mismo tiempo se autorizó un incremento en los precios y tarifas de bienes producidos por el sector paraestatal como las gasolinas. Antes ya se había autorizado un incremento a las tarifas eléctricas y posteriormente al azúcar. Recientemente se autorizó un alza en el precio oficial del pan y cual “puñalada trapera” se autorizó el incremento al precio oficial de la masa y la tortilla, alimento básico de cientos de miles mexicanos, y cuando digo básico casi quiero decir único.

El ejecutivo federal hace esfuerzos incansables por incrementar sus ingresos a través del mayor número de vías posibles; como prueba ahí está la tan discutida miscelánea fiscal, que no es otra cosa que una acción desesperada de su parte por captar un mayor número de recursos, para resolver sus problemas financieros. Para el próximo año, a partir de febrero, teléfonos de México incrementará sus tarifas en un 5% en el servicio local y un 36% el de larga distancia.

En fin, que en una palabra el Pacto ya dio todo lo que podía dar y prácticamente es letra muerta ya.

En realidad, sin embargo, no es posible culpar de ello ni a los trabajadores por exigir mayores salarios, ni a los panaderos, ni a los molineros y tortilleros por exigir un mejor precio por sus productos, ni al gobierno y sus empresas por tratar de incrementar sus ingresos y precios y tarifas. En el fondo existe una razón técnica para el incremento de los precios de las mercancías. Miles de empresas se encuentran en un fuerte proceso de descapitalización debido a la depresión inflacionaria y requieren incrementar los precios como la única forma para mantenerse en actividad.

El problema no radica en última instancia en el incremento de los precios, sino en la incapacidad del ingreso para afrontarlo.

No es posible negar la necesidad de incremento en algunos precios, que como medida inmediatista y de corto plazo resolverá algunos problemas de cientos de empresas.

No es posible negar tampoco que esa necesidad tiene sus razones en la incapacidad de las empresas para reestructurarse y volverse más eficientes, abatiendo costos y con ello depender menos de los incrementos en los precios. Como tampoco es posible negar que dicha situación proviene, en muchos casos, como en el de la masa y la tortilla, de la existencia de prácticas monopólicas y exclusivistas que privilegian a grupos empresariales, quienes pueden manejar a su antojo la política de precios, basados en una amplia capacidad de presión sobre el gobierno a través de, por ejemplo, la especulación y ocultamiento de mercancías de consumo básico. Una medida lógica para acabar con tal situación es el rompimiento de dichas prácticas a través de la liberación de ciertos sectores de la economía que aún permanecen intactos.

Mas lo cierto es que ninguna política dará resultado si no antes no se devuelve en su totalidad la capacidad adquisitiva al ingreso de las grandes mayorías y se modele una planta productiva capaz de modernizarse y crecer a través de la innovación tecnológica que logre abatir costos y por ende precios.

En el fondo el problema es ese. Es decir, que si técnicamente es necesario incrementar algún precio, esto no debería volverse un problema, lo cual sólo sería posible si el ingreso tuviese la capacidad para absorberlo. Es evidente que en los últimos años el salario se ha rezagado frente al precio del resto de las mercancías en amplios márgenes. Pero no sólo eso, sino que además ha quedado rebasada la idea de que los incrementos salariales eran el causal de la inflación y ha quedado claro que gracias a la represión salarial ha sido posible el control de la inflación. Como mucho ha quedado superada la tesis de que el salario era la remuneración justa y proporcional a la productividad del trabajo, pues aquél ha quedado, en términos reales, por debajo de la productividad. Así pues, el factor fundamental para reactivar la economía, a través de la reactivación del mercado interno, como el salario, ha sido reprimido a tal extremo que hoy ya no existe estímulo a la producción ante la violenta caída de la demanda.

Pocas empresas están dispuestas a conceder aumentos salariales. Sin embargo, ninguna de ellas podrá negar que un incremento generalizado elevaría en gran medida las ventas que compensaría el incremento salarial que deberían de pagar. ¿Cómo va a crecer una economía cuya demanda interna no sólo se encuentra reprimida sino además en constante y continua caída? No habría necesidad de incrementos en los precios si el nivel de la demanda y por tanto de las ventas de las empresas se elevaran en gran medida. Pues el incremento de los precios sólo es un elemento para compensar la caída de las ventas de las empresas, las que sujetas a costos fijos al no recibir el mismo nivel de ingresos por número de ventas, buscan otras vías como el aumento de precios, como la medida para cubrir sus costos, que han de cubrir sea cual sea su nivel de ventas, pues de otra forma entran en un proceso de descapitalización.

Así pues, si el Pacto ha sido ya rebasado por la inminencia de la dinámica económica, no debe olvidarse que para poder reactivar la demanda y no seguirla deprimiendo. Para ello es necesario darle un fuerte impulso al alza, a los salarios, de otra forma llegará el momento en que cualquier producto, y que por tanto su venta será imposible, lo que finalmente será el fin de las empresas, pues por más, que el precio sea justo para resarcir sus costos, sus mercancías no se venderán.

Hoy el fin del Pacto es por el lado de la imposibilidad técnica de mantener por más tiempo reprimidos los precios, pero el inicio de una nueva etapa hacia la reactivación y consolidación de la economía debe ser a través del fortalecimiento de los ingresos de las grandes mayorías del país. Se acabaron los pactos y los “pactitos”. Es hora de actuar con firmeza, decisión, lógica y justicia. Olvidarse de dogmatismos y entender que la realidad no se puede encasillar en los estrechos márgenes de una teoría económica.