LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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CRECIMIENTO E INFLACIÓN; RETOS DEL PACTO

1990

Muchas han sido las bondades que las autoridades en materia económica le han atribuido al Pacto de Solidaridad: la estabilidad económica, la reducción de ritmo de incremento en los precios; el mismo crecimiento que ha mostrado la economía el año anterior, etcétera.

Sin embargo más allá de la visión y la versión optimista de los hechos subyace una realidad oculta que no se dice; que se acepta en la intimidad, a media voz y sólo porque, a fin de cuentas, nadie puede creerse sus propias mentiras.

Lo cierto es que el Pacto como estrategia de gobierno de largo plazo ya agotó sus posibilidades de brindar resultados deseados y adecuados. De hecho por ser un programa exclusivamente de corto plazo no debió alargarse su vigencia durante tanto tiempo, pues lo único que se ha conseguido con ello es agudizar las causas estructurales de la inflación, esas que finalmente el Pacto sólo adormeció pero no ha logrado ni logrará hacer desaparecer.

El principal obstáculo para poner la economía mexicana otra vez en movimiento y sin la presencia de desequilibrios ha sido y es aún la imposibilidad de conciliar los dos factores centrales de la política económica actual: inflación y crecimiento. Como ya lo hemos comentado en anteriores ocasiones en este mismo espacio el Pacto de Solidaridad logró reducir la inflación gracias a un subterfugio muy simple: reducir la demanda de bienes y servicios en la economía, basada en el elemental argumento de que sin demanda no hay posibilidad de que los precios siguen incrementándose y lo que es mejor, necesariamente tienen que bajar pues de otra forma las mercancías no encontrarían comprador en el mercado. Esta estrategia, si bien logró reducir el crecimiento de los precios (mas no redujo los precios que no es lo mismo) provocó una severa recesión en la economía, ya que en la medida en que no había demanda y por tanto compradores en el mercado, los productores se vieron desestimulados a seguir produciendo y muchos en la quiebra, cerraron sus fábricas, otros cambiaron de giro y algunos más simplemente redujeron su capacidad productiva, cerraron parte de su planta productiva y despidieron una buena cantidad de empleados.

Durante dos años y cinco meses la economía mexicana ha estado sujeta a este proceso de “desaceleración” o “enfriamiento” que se parece mucho a la antigua técnica médica que para bajar la fiebre del enfermo le provocaba grandes hemorragias desangrándolos hasta que la fiebre bajara o no fuera capaz de resistir. 29 meses de recesión han causado serios daños y fuertes modificaciones en la economía mexicana. Ello aunado al hecho de que las causas estructurales de la inflación siguen presentes ha provocado un fenómeno ciertamente preocupante y que es el hecho de que cualquier intento por abandonar la estrategia del Pacto provoca inmediatamente un repunte inflacionario, pero también que cualquier intento por estimular el crecimiento económico reviva, los ímpetus del crecimiento de los precios. La razón es muy simple, al estimular el crecimiento lo que sucede es que se reactiva la demanda y con ello la posibilidad de incrementar los precios, pero ahora, después de tanto tiempo de contracción económica con una agravante significativa, el aparato productivo no tiene ya la misma capacidad de respuesta para atender una demanda creciente, pues poco a poco se fue reduciendo el tamaño de la demanda, de tal manera que al darse una reactivación de la dinámica económica no existe capacidad para incrementar la oferta de bienes, lo que genera los llamados “cuellos de botella” en muchos sectores productivos, que se transfiguran en incrementos de precios justamente por la dificultad para conseguir dichos bienes.

El Pacto siembra lo que ha cosechado. Ahora cada intento por concretizar un crecimiento productivo va aparejado de incrementos en los precios por lo que el gobierno se encuentra ante la disyuntiva de acelerar el crecimiento o seguir conteniendo la inflación. Lo más grave es que después de la fuerte contención de precios de todas las mercancías (ciertamente algunas más que otras) a estas alturas en muchos sectores es urgente un incremento en los precios para permitir que las empresas sigan teniendo capacidad para seguir produciendo.

Sin embargo, salvo escasas autorizaciones de aumento de precios que otorgue la ya próxima e inminente “reconcertación” y el paupérrimo incremento a los salarios, la mayoría de las mercancías seguirán bajo férreo control y qué bueno, puesto que de elevarse dañaría aún más la vulnerable y frágil economía familiar; pero qué malo pues en la medida que sus precios no aumentan crecen dos riesgos, ambos por demás catastróficos: uno el desabasto; el otro, la suma acumulada de un necesario incremento que no se da y que cuando se de, será de magnitudes que afectarán mucho más que los pequeños ajustes graduales.

Tarde o temprano habrá que salir del Pacto y no es con “reconcertaciones” como se logrará un “aterrizaje” suave pues ello no hace sino posponer indefinidamente el tránsito a una estrategia más real que combine, sin desequilibrios: control inflacionario y crecimiento económico.

Desafortunadamente para abandonar la “economía metafísica” creada por el Pacto, hay que desandar un buen trecho de lo andado, lo que significa que habrá que adecuar gradualmente precios, tarifas y salarios tratando de llevarlos a su nivel real y (aunque no me guste, coincido con Dornbusch) aceptar cierto nivel de inflación que quizá no sea el deseable, pero que no podría reducirse más en tanto la economía no vuelva a adoptar su propia dinámica.

Y aquí estamos hablando de lo posible y no de lo deseable, pues dados los estrechos marcos en los que se mueve la política económica del actual gobierno resulta muy difícil proponer algo más agresivo sin ser considerado aventurero o de plano radical y antimoderno.