LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

LA ECONOMÍA MEXICANA. CRISIS Y REFORMA ESTRUCTURAL. 1984-2006

Hilario Barcelata Chávez

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CINCO AÑOS DE CRISIS. EL FRACASO DEL MONETARISMO

1986

A cinco años de haber estallado la más grave crisis en nuestro país no se vislumbra solución alguna y por el contrario cada día profundizamos más en ella.

El país entero se convulsiona ante la semiparalización de la economía, mientras se descarta diariamente la fórmula salvadora y por el contrario hay una tenaz persistencia en instrumentar medidas de política económica que diariamente demuestran su inoperancia. Así, se continúa con una política de elevadas tasas de interés bancarias (las más altas en toda la historia del país) cuyo objetivo primordial era captar recursos financieros para reactivar la producción y logró exactamente lo contrario, ya que las tasas activas al ser elevadas motivaron al inversionista a desviar sus capitales de la producción a la especulación que reditúa en estos momentos mayores ganancias y con ello provocaron una drástica caída de la oferta de mercancías. Al mismo tiempo las tasas pasivas por ser, incluso, todavía más altas desincentivaron a los empresarios a recurrir al crédito bancario para financiar sus procesos productivos ya que el costo financiero, en esas condiciones, resulta elevadísimo, mas en una etapa en que el mercado interno se encuentra en constante contracción y existe, además, la posibilidad de especular.

En el mismo sentido ha operado la constante devaluación del peso y la irrestricta libertad cambiaria ya que para los inversionistas ha sido un negocio mucho muy jugoso comprar dólares y obtener grandísimas utilidades a costa del deterioro de nuestra economía, que invertir productivamente.

La especulación con divisas permitida por el gobierno ha propiciado un mayor precio del dólar respecto al peso, en la medida en que la sobredemanda lanza su valor al alza, demanda que incluso ha sido financiada con la propia reserva del Banco de México, y agota las escasas divisas que se captan por exportación y préstamos externos, mientras las necesidades apremiantes de dólares para importación de maquinaria, equipo y materias primas quedan insatisfechas y hay que recurrir a un mayor endeudamiento; endeudamiento que en términos de nuestra moneda crece cada día en la medida que sube el precio del dólar, además de que este incremento en el precio intensifica el proceso inflacionario local ya que encarece nuestras importaciones y no hace más atractivas nuestras exportaciones, que sería el único consuelo, ya que éstas presentan una demanda inelástica.

El desplome de la producción ha tenido también como causa fundamental una vertical caída de las ventas, lo cual se debe a las inmisericordes restricciones salariales a las que han estado sujetos la gran mayoría de los mexicanos durante todo este sexenio de austeridad, lo que ha conducido a la miseria del pueblo y a una violenta contracción del mercado interno y por tanto de la demanda, al mismo tiempo y en el mismo sentido, la amplia apertura que las mercancías importadas (de mejor calidad) desplacen a las nacionales en el mercado interno y por tanto conduzcan al cierre masivo de empresas (sobre todo de la pequeña y mediana industria). Así, en el afán de detener la inflación con el control del crecimiento de los salarios y la contracción de la demanda (elementos que suponía el gobierno eran causa de la elevación de los precios) y con la apertura indiscriminada al exterior, la mayor competitividad de nuestros productos y el crecimiento de las exportaciones, todo lo que se ha logrado es provocar una mayor recesión económica al contraerse tanto la demanda como la oferta.

Los empresarios han argumentado que el gobierno ha castigado demasiado los ingresos de los inversionistas con las altas tasas impositivas y que ello ha incidido en la caída de la inversión privada, sin ser totalmente cierto (ya que las ganancias que reciben los empresarios alcanza para eso y más) deja a la vista algo inobjetable, la cada vez mayor necesidad de ingresos por parte del Estado para financiar sus altísimos déficits presupuestales, lo que ha obligado a elevar los impuestos (que en lo general castigan más al consumo que a las utilidades) y las tarifas de los bienes y servicios que produce como la gasolina, gas, luz, etc., medidas ambas que han sido causantes directos de los incrementos en las tasas de inflación y al amparo de las cuales los empresarios exigen autorización para aumentar los precios de los productos o simplemente los elevan.

Esta situación se explica en gran parte por la creciente salida de recursos del país para el pago de la deuda. Sabido de todos es que aproximadamente el 60% del presupuesto público en este año se canaliza al pago del servicio de la deuda externa o interna, lo que deja claro el por qué de los déficits y la necesidad de mayores ingresos, aun a pesar de los recortes presupuestales que afectan sólo la parte programable del presupuesto (y no la parte que se canaliza al pago de la deuda) y que por lo mismo no cancela la causa fundamental de dichos déficits y sí incrementa el porcentaje que del total del presupuesto se dedica al pago de los créditos. Estos recortes presupuestales han conducido, además, a la caída de la inversión pública y por tanto han contribuido en gran parte a la caída de la demanda y de la producción misma, directamente en aquellas áreas en que se ha restringido la inversión.

Todo esto ha llevado a una violentísima caída del empleo, la producción, los ingresos y a una elevada inflación y mayores niveles de endeudamiento que ya parecen incontrolables. Se impone, pues, un cambio inmediato y radical en la política económica para corregir esta situación que tiende, todavía, a agravarse más.

En líneas generales primeramente habría que cerrar la válvula de escape de divisas mediante un control generalizado de cambios, permitiendo su uso únicamente para la compra de bienes y servicios necesarios para la producción. Con ello, no sólo se detiene la fuga de capitales al exterior y el desvío de la producción a la especulación, sino que, además se detiene en gran medida el proceso devaluatorio y deja de crecer por esa vía nuestra deuda externa, a la vez que se acaba con una de las múltiples causas de la inflación.

En segundo lugar habría que practicar una política monetaria que reduzca las tasas de interés con el fin de hacer más atractiva la inversión en la producción que en la especulación, en otras palabras, desincentivar esta última; al mismo tiempo los recursos financieros se abaratarían y resultarían más atractivos para los empresarios interesados en producir ya que se reducirían considerablemente los gastos financieros. Paralelamente se reduciría el volumen de recursos que el gobierno debe pagar por el servicio de su deuda interna y se liberarían, así, una gran cantidad de ellos para canalizarlos a otras actividades productivas.

En tercer término deberá limitarse el pago de la deuda externa a un porcentaje de los ingresos por exportaciones. Con ello se liberan una gran cantidad de recursos para incrementar la inversión pública, elevando así la producción y el empleo, al mismo tiempo que se evita la captación de mayores ingresos, por parte del gobierno, a través de medidas inflacionarias como el incremento en las tarifas de bienes y servicios, el aumento de las tasas impositivas o la emisión monetaria, y hasta podría lograrse un desgravamiento al consumo que daría un gran aliento al poder adquisitivo de la población mexicana. Medidas que por un lado permitirían un manejo más sano de los recursos gubernamentales y que por el otro detendría, en parte, el proceso inflacionario.

En cuarto lugar, deberá revisarse la política salarial para lograr que los salarios de los trabajadores se ajusten, de tal forma que estos realmente les permitan satisfacer por completo sus necesidades y vivir con decoro. Esto, además de ser un principio de justicia social y un mandato constitucional, impactaría fuertemente en los volúmenes de demanda, ampliando el mercado interno y por tanto creando la posibilidad de reactivar la producción y ampliar la oferta con lo que la industria y el comercio saldrían de la situación que ahora guardan.

Finalmente habría que replantear la estadía de México dentro del GATT y redefinir todo el esquema de apertura indiscriminada a las mercancías extranjeras con el fin de no impactar negativamente a las industrias poco competitivas que crecieron al amparo del proteccionismo con el fin de propiciar un mayor desarrollo de la producción de bienes intermedios y de capital que a la fecha se compran, en su mayoría, en el exterior.

Si el próximo Presidente de la República incluye estas medidas en su programa de trabajo seguramente podrá vencer en gran parte la crisis de la economía, si, por el contrario, decide transitar las rutas del empecinamiento habrá que aguardar el colapso final.