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TEMAS

Francisco Javier Contreras Horta

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EL CAMINO A LA DEMOCRACIA I

La democracia no es algo que se da de por sí, sino algo que las sociedades construyen, cuando quieren y cuando pueden.

Hay sociedades a quienes no les interesa ser democráticas. Una, porque a los que estén en el poder les estorbaría tener que compartir su autoridad con otros, otra, porque al grueso de la población no le importe participar, porque su estado evolutivo no se los exige.

Hay sociedades que como grupo humano creen que quieren, pero no pueden ser democráticos, y ello es porque quieren a medias: es decir unos quieren cambiar y otros están muy a gusto así y no quieren buscarle peras al olmo; pero también otra forma de querer a medias, es: yo quiero que todos sean democráticos, pero yo, con los que dependen de mí, no quiero serlo. Y así no se vale; o somos o no somos: no se puede ser y no ser o ser a medias.

Algunos seres humanos quieren verse a sí mismos como democráticos sin entender cabalmente el concepto; pero por imitación a los países poderosos, que fueron los primeros en desarrollar la organización democrática, tratan de ser iguales en instituciones sociales; y entonces piden y claman por formas democráticas de organización social, sin que como grupo humano reúnan las condiciones para ello y sin entender cabalmente las mecánicas sociales que deben echarse a andar para lograrlo; pero en general creyendo que “el gobierno” debe de crear las condiciones para que el país sea democrático.

Y con esa sola pretensión, ya demostraron que no saben de lo que hablan, y cometieron el primer error humano que entorpece la democracia: creer que el origen y la solución de los problemas están fuera de nosotros, y buscar a quién echarle la culpa de lo que nos sucede en vez de buscar en nuestro interior la razón de nuestros problemas.

Ninguna sociedad es o ha sido 100% democrática, cada grupo humano lo es en cierta proporción; y cuando hay una determinada mayoría de personas con deseo de cambio y de justicia, entonces empiezan a aparecer síntomas del quehacer democrático.

En general, las sociedades, como los seres humanos; tenemos dos etapas básicas en la vida: minoría y mayoría de edad. En la primera dependemos de alguien y estamos a gusto siendo así. Que los papás o el gobierno nos solucionen nuestros problemas y luego hablamos. Alguien que es mayor de edad, no quiere que otro le solucione sus problemas, ni por error. Hay una condición humana que hace que te sientas mal si viene otro a solucionarte tus asuntos. Inclusive si un tercero lo intenta con buena intención, te sientes mal y le reclamas su intromisión, porque prefieres equivocarte por ti mismo que atinarle con ayuda de otro.

Cuando las sociedades son infantiles quieren un rey y si no lo tienen, a su gobernante lo tratan como a tal y esperan de él, que sea su solucionador de problemas para no tener que meterse ellos en veriguatas. Cuando las sociedades tienen mayoría de edad, entonces quieren tener el control de sus asuntos en sus manos, y exigen ser tomadas en cuenta, y quieren pensar por sí mismas; y al gobernante, sea cual sea el título que le den, no lo ven como el quita broncas, sino como el coordinador de los esfuerzos de la colectividad, y como a tal le exigen.

Y desde luego, las sociedades, igual que los seres humanos, tienen una etapa intermedia entre la minoría y la mayoría de edad, a la que llamamos adolescencia; y es la etapa aquella de la indefinición y de la inconformidad por sistema: indefinidos en que a veces queremos ya no ser tratados como niños, pero aún no queremos aceptar las obligaciones del adulto; inconformes sistemáticos contra lo que a primera vista nos parezca injusto, viéndonos como los jueces permanentes de los que “actúan mal” pero incapaces de ir más allá en la búsqueda del verdadero origen y solución de los problemas.

¿En cuál de estas etapas se encuentra la sociedad de la que usted y yo formamos parte? Dejemos ese asunto pendiente para un mejor momento.

Ahora bien, no todo conjunto de humanos adultos, forma una sociedad adulta automáticamente. No señor. Cuando alguien es maduro en su forma de pensar y quiere que su sociedad también lo sea, necesita ponerse de acuerdo con otros más o menos igual de grandes que él. Y hacerlo cuesta un ojo de la cara. Porque lo normal es que cuando uno aprieta, el otro afloja y este es el quid del asunto.

En su momento les decía Mao a sus conciudadanos chinos, que si ellos, que eran la cuarta parte de la población mundial, se pusieran de acuerdo y dieran sólo una patada en el piso, pero al mismo tiempo, el mundo se pondría a temblar. Pero ese es el punto: ¿Cómo lograr que todos nos coordinemos para hacer concertadamente lo que creemos que debemos hacer?

Leónidas y sus trescientos espartanos lo hicieron en su tiempo y fueron capaces de detener al poderoso ejército persa de 20 000 hombres, cuando menos el tiempo suficiente para que sus conciudadanos se pusieran a salvo.

¿Y como se pone uno de acuerdo? Bueno, lo primero es que hay que aprender a hacerlo. Recordemos que nadie nace enseñado, y que todos nos sabemos comportar de maravilla en lo individual y de aquí para atrás lo hemos hecho muy bien en grupo obedeciendo órdenes de equis autoridad, pero de eso a ponernos de acuerdo, sin una cabeza visible, sobre la solución a un problema específico, escoger a uno de nosotros como coordinador de esfuerzos, y lograr resultados que nos dejen más o menos conformes, es otro rollo.

Lo normal es que nos dé problema ponernos de acuerdo en cuál es la mejor solución a un problema, porque por principio de cuentas, no vemos los conflictos de la misma manera unos y otros. Lo que para unos es importante, para otros no lo es tanto. Entonces tenemos que ponernos a platicar primero sobre cuándo algo es un problema y cuándo no lo es. Pero ojo, dijimos que nos tenemos que poner a platicar, porque eso, ponernos, es el principal asunto.

Nos da una enorme dificultad ponernos a dialogar, porque fácilmente nos desesperamos cuando alguien opina diferente a nosotros. Creemos que tenemos la razón, y hasta donde alcanzamos a ver, sentimos que la tenemos, y nos parece necedad de los otros opinar diferente a lo que para nosotros es una obviedad. Necesitamos pues partir del supuesto de que aunque no vemos la razón del otro, algo está viendo, que yo no puedo ver y debo en vez de molestarme por su opinión, tratar de ver las cosas desde el lado en que él las ve, estar atento a sus razonamientos: esto es, escucharle.

Porque sucede que algunos, cuando platicamos, no estamos atentos a descubrir la verdad de nuestro interlocutor, sino que estamos tratando de quitarle la palabra de la boca, para argumentar en favor del punto de vista que defendemos: nos interesa más demostrar que tenemos razón, que asegurarnos de tenerla, y en esto, tal vez se peque contra la verdad. Y con una actitud así, ¿Cómo podríamos construir una democracia? ¡Ni yendo a bailar a Chalma! Y lo peor es que, siendo culpables de que la democracia no funcionase, estaríamos echándole la culpa a los demás y al gobierno de que nuestra sociedad no sea democrática. ¡Hágame usted el favor!

Bueno, pero de esto continuaremos hablando más delante.


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