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LA ECONOMÍA COMUNAL

José Luis Moran Esparza

 

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7.2. EL EMPOBRECIMIENTO DE VENEZUELA: “UN RECUENTO HISTÓRICO”

La distribución del ingreso en Venezuela ha sido históricamente desigual; similar a lo ocurrido con buena parte de los países de América Latina. Esta región tiene la mayor desigualdad de ingresos del mundo, donde el 10% más rico de la población recibe en promedio el 36% del ingreso total y el 40% más pobre recibe apenas en promedio el 14% del ingreso total.

El Gráfico 1 recoge la medida de desigualdad en la distribución del ingreso para algunos años entre 1971 y 2002 según estimaciones que elige Rosemary Thorp (1998) para el estudio del BID sobre la historia de América Latina (1971, 1980 y 1986) y las obtenidas de la base de datos de CEPAL (1990, 1997, 2002).

Gráfico 1. Índice de Gini para Venezuela. Varios años de 1971 a 2002Fuente: Thorp (1998) y CEPAL (2005)El coeficiente más utilizado para medir la desigualdad es el Índice de Gini (IG). Este refleja para el caso de Venezuela una desigualdad significativa que, sin embargo, es menos pronunciada que el respectivo índice de otros países de la región.

El rango de variación del IG no es tan importante a lo largo de las tres décadas observadas, sí lo es la constatación de que éste tendió a empeorar durante la década de los noventa, al situarse a los niveles de principios de los setenta (0,49). Entre los años 2004 y 2005 el indicador mostró valores entre 0,4608 y 0,4771 respectivamente.

Esta relativa involución; que tiende a revertirse a partir del año 2004; se ha sugerido tiene por causa, entre otras, los efectos negativos del programa de ajuste estructural implementado en 1989. En general, los programas de ajuste puestos en práctica en la mayoría de los países latinoamericanos durante los noventa, tuvieron el denominador común de acentuar la ya de por sí desfavorable distribución del ingreso de la región, motivo por el cual la población comenzó hacia finales de esa década y con mayor énfasis en lo que va del siglo XXI a cuestionar y oponerse políticamente al modelo de crecimiento sustentando en las políticas económicas aparejadas a esos ajustes, concatenadas con una visión que apuntalaba la reducción del peso y la acción del Estado en la economía.

Aparentemente, el mismo efecto que tuvo la aplicación de las reformas económicas en Venezuela, en el sentido de empeorar la desigualdad, se observó en la mayoría de las economías latinoamericanas, pues en general hay consenso que durante los noventa la distribución del ingreso no mejoró.

De situarse en promedio para la región el I.G. en 0,58 en 1970, la desigualdad disminuyó hasta situarse en 0,54 en 1982, para luego agravarse, particularmente durante los noventa y volver a alcanzar el índice de desigualdad de los setenta hacia 1995.

Unas de las causas, a nuestro juicio relacionado con la anteriormente expuesta situación descansa en la brecha de los ingresos laborales por diferencias de ocupación.

Mientras entre una cuarta y tercera parte de los individuos del quintil más rico tienen ocupaciones en funciones directivas y profesionales, esta cifra es de apenas 0,5-1% en el 30% más pobre.

Otra explicación se desprende de constatar las debilidades inherentes a la participación laboral femenina, la cual va de la mano con los más bajos niveles de instrucción de las mujeres pertenecientes a los deciles de la población de menores ingresos. No es sólo que existe una diferencia apreciable entre los ingresos que perciben los hombres y las mujeres en la región, sino también existen importantes diferencias entre las mujeres ocupadas dependiendo del estrato socioeconómico al que pertenezcan.

En el caso de Venezuela, esta realidad significa una diferencia notable en la obtención de ingresos de la población femenina entre 25 y 45 años.

En efecto, a finales de los noventa mientras la tasa de participación laboral de las mujeres pertenecientes al decil de mayor ingreso era de 77%, dicha participación era de 32% en el caso de las mujeres pertenecientes al decil de menores ingresos.

Esta situación se agrava al corroborar que desde la perspectiva del tipo de trabajo, es decir si éste es formal o informal, mientras sólo un 27% de las mujeres trabajadoras pertenecientes al decil de más alto ingreso se desempeñaban en el sector informal, el porcentaje respectivo para las trabajadoras del decil más pobre era de 84%. Siendo el sector informal un sector donde la estabilidad laboral y la obtención de ingresos son precarias, no cabe duda que este aspecto acentúa la desigualdad.

En función de lo indicado, se muestra en el Cuadro 1 la desigualdad de ingresos en Venezuela en una comparativa histórica que cubre cuatro décadas, examinado qué porcentaje del ingreso le corresponde al 5% más pobre, el decil (10%) y el quintil (20%) más pobre, comparativamente con el ingreso correspondiente al 5% de la población más rico.

Cuadro 1. Participación en el ingreso total de la población venezolana.

A pesar que no se observan variaciones significativas para el caso del quintil más pobre, en el caso del 5% más rico de la población se constata que éste retornó hacia finales de los noventa al control de la misma proporción del ingreso de principios de los sesenta, en torno al 27%, luego que esta participación disminuyera un tanto, lo cual parece corroborar el efecto concentrador del ingreso de las políticas de ajuste implementadas desde 1989. Las cifras del Cuadro 2, extraídas de un informe de la CEPAL, aunque no coinciden por cuanto se elaboraron con una metodología diferente, vienen a corroborar, no obstante, la tendencia en la concentración del ingreso.

Cuadro 2. Participación en el ingreso total de la población venezolana.

Otra perspectiva para observar los niveles de desigualdad, resulta de medir la participación en el ingreso de los factores productivos trabajo y capital. Por supuesto, la participación en el ingreso total de los trabajadores puede estar solapada con el hecho que su ahorro agregado recibe remuneración del capital por los intereses generados por éstos o cualquier otro instrumento financiero que un trabajador tenga en su poder y devengue un rendimiento.

En el caso de los trabajadores venezolanos, la caída del salario real ha significado un desgaste de sus ingresos que hace poco significativa la cifra de remuneraciones al capital derivada de sus ahorros.

Al respecto, según cifras de Baptista (2000), la evolución del salario real desde 1950 hasta 1998, medida en bolívares de 1997, muestra una clara tendencia hacia el deterioro.

En el año 1950 el trabajador venezolano promedio percibía un salario real equivalente a 2.715.298 de bolívares, cifra que experimentó un ascenso sostenido hasta alcanzar su máximo histórico de 5.305.208 de bolívares en 1979. A partir de este año el salario real se contrae y hacia 1990 era de 2.928.401 bolívares, para continuar deteriorándose hasta los 2.375.254 de bolívares en 1998, representando aproximadamente un 45% del salario real de fines de los setenta.

Bajo este escenario, la participación de los trabajadores medida por la remuneración salarial en el ingreso nacional siguió la misma tendencia del salario real. Dicha participación empeoró marcadamente desde la década de los ochenta.

En efecto, si se toma la participación del factor trabajo en el ingreso, tomando en consideración casi medio siglo de medida de esta variable (1950-1998), se observa como los trabajadores van perdiendo paulatinamente participación en el ingreso frente al capital, hasta el punto que; de representar en 1950 y en 1960 cerca del 60%, lo cual la aproximaba a los estándares de los países industrializados, en 1998 dicha participación había disminuido a sólo alrededor de una tercera parte del ingreso total (Gráfico 2).

Esta tendencia contrasta, por ejemplo, con lo sucedido en Francia y Bélgica. En estos países, los trabajadores tenían hacia 1960 una participación de 55,4% y 53,8% respectivamente en el total de la renta y hacia 1980 exhibían un incremento en dicho total de 62,2% y 68,6% respectivamente.

Por el contrario, comenzando los años ochenta la participación del trabajador venezolano en el total de la renta había disminuido hasta 45,9%, muy inferior al que exhibía dos décadas atrás.

Gráfico 2. Participación del factor trabajo en el ingreso total en Venezuela. 1950-1998.

Fuente: BCV. Varios años.

Esta caída en la participación del trabajo en los ingresos, aunado a la pérdida continua del poder adquisitivo de la gran mayoría de las familias venezolanas, se retroalimentó con el aumento sostenido de la tasa de desempleo y el incremento de la población económicamente activa que pasó a engrosar las filas de la economía informal.

Los canales de transmisión de una mayor desigualdad económica por el efecto del aumento de la economía informal se relacionan con el hecho que el empleo informal generalmente tiene una remuneración menor que el correspondiente en los sectores formales.

En Venezuela y otros países latinoamericanos, el crecimiento económico exhibido durante ciertos períodos no ha logrado revertir la tendencia hacia el aumento constante de la economía informal.

Las cifras del Cuadro 3 muestran las tendencias de la tasa de desempleo y de la tasa de ocupación en el sector informal para varios años a partir de 1981.

Cuadro 3. Tasa de desempleo y tasa de informalidad en Venezuela. Varios años. 1981-2003.

La situación de desempleo e informalidad tiene diversas explicaciones causales que no responden exclusivamente a la mera existencia de desigualdad en la distribución del ingreso.

En realidad, la desigualdad ha sido impactada por políticas como la seguridad social y las políticas de empleo, que son mecanismos de protección social que buscan atenuar el impacto sobre los trabajadores de la alta volatilidad de la economía ya mencionada anteriormente.

Paradójicamente, tanto en Venezuela como en el resto de América Latina, la evidencia apunta a constatar la poca efectividad en la reducción de la desigualdad que han tenido estas políticas.

En el caso de la fijación de un salario mínimo, una política regularmente seguida en Venezuela, ésta no ha sido muy efectiva para mejorar el ingreso de los grupos más pobres, pues se trata de un instrumento poco focalizado de redistribución.

En general, tiende a proteger más a los trabajadores de mayores ingresos que a los trabajadores pobres y beneficia casi exclusivamente a los trabajadores ya empleados, pues desincentiva la contratación de nuevos trabajadores.

Si a esta situación se añade que en Venezuela la legislación laboral es muy rígida, lo cual estimula la informalidad y desestimula especialmente el empleo femenino formal, las diferencias de ingresos se amplían antes que atenuarse con la fijación de un salario mínimo.

No resulta extraño entonces constatar que ante la ausencia de una política social integral, neutralizadora de los efectos negativos de las políticas económicas implementadas desde la década de los ochenta, los índices de pobreza en Venezuela hayan experimentado un aumento sostenido desde esa década, acentuándose de forma alarmante a partir de la década de los noventa. El Cuadro 4 recoge la variación del porcentaje de familias que se encuentran dentro de lo que se denomina pobreza total y pobreza crítica con diferencia de un quinquenio partiendo de 1975 y hasta el año 2000.

Por supuesto, existen diferentes metodologías para medir la pobreza y no todas coinciden. Para el caso que nos compete, las cifras se han tomado de los datos obtenidos por Riutort y Orlando (2001).

La definición metodológica que ellos utilizan para la estimación de los niveles de pobreza se conoce como “la línea de pobreza”. Se entiende por “línea de pobreza” al valor de una Canasta Normativa de Consumo Total la cual incluye alimentos y otros bienes y servicios.

Un hogar está en situación de pobreza si sus ingresos no logran cubrir el costo de esa canasta. La línea de pobreza crítica es el valor de una Canasta Normativa que sólo incluye los alimentos necesarios para cubrir los requerimientos calóricos y proteicos de los individuos que conforman un hogar.

Un hogar está en condición de pobreza crítica si sus ingresos no logran cubrir el costo de esta canasta.

Cuadro 4. Pobreza total y crítica en Venezuela 1975-2000

Las cifras aquí presentadas son bastante elocuentes. En el quinquenio que va de 1975 a 1980 tanto la pobreza total y, de forma importante, la pobreza crítica cedieron terreno y ambos niveles porcentuales disminuyeron. Comenzando los ochenta la realidad cambia y los niveles porcentuales de población en situación de pobreza se incrementan de forma alarmante.

La pobreza total, es decir el número de hogares venezolanos que no puede cubrir de forma completa una canasta alimentaria más un grupo de bienes y servicios básicos, se dobló y un poco más en veinte años desde 1980. En el caso de la pobreza crítica la situación fue aún más desfavorable, puesto que en el mismo período se cuadruplicó.

En el año 2000 aproximadamente una cuarta parte de los hogares venezolanos no podían cubrir completamente la canasta de alimentos.

Otras cifras, extraídas del sistema de estadísticas de la CEPAL, a partir de su estudio sobre el Panorama Social de América Latina y el Caribe del 2005, revelan una situación un tanto diferente a la planteada más arriba.

Metodológicamente se define a una persona como “pobre” cuando el ingreso por habitante de su hogar es inferior al valor de la “línea de pobreza” o monto mínimo necesario para satisfacer sus necesidades esenciales.

Las líneas de pobreza, expresadas en las monedas de cada país, se determinan a partir del costo de una canasta de bienes y servicios, empleando el método del “costo de las necesidades básicas”.

La “línea de indigencia” representa el grupo de hogares o de población que tiene unos niveles de ingreso insuficientes para cubrir el componente alimentario de la canasta de bienes y servicios.

En la mayoría de los casos la CEPAL utiliza como fuente de datos la información sobre la estructura del consumo de los hogares, tanto de alimentos como de otros bienes y servicios, realizada por cada país mediante encuestas de presupuestos familiares.

No necesariamente los años de las encuestas coinciden con las estimaciones de las líneas de pobreza que hace la institución, para lo cual ésta las actualiza al valor acumulado del índice de precios al consumidor.

En estos términos, el Cuadro 6 presenta información del porcentaje de hogares y población venezolana que se encuentra por debajo de la línea de pobreza y el porcentaje de hogares y población venezolana que se encuentra por debajo de la línea de indigencia para varios años de 1990 a 2002.

Cuadro 6. Indicadores de pobreza e indigencia. Varios años 1990-2002.

Estas cifras corroboran que los índices de pobreza e indigencia en Venezuela empeoraron durante la década de los noventa, pero la tendencia en los primeros años del presente siglo parece ser que dichos índices tan desfavorables comienzan a ceder terreno.

En efecto, el informe de la CEPAL al referirse a Venezuela señala que se está en presencia de un caso donde la política social estaría contribuyendo a reducir sensiblemente la pobreza.

Según las cifras reveladas por el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) de Venezuela la pobreza se habría reducido significativamente en el año 2004.

Desde la perspectiva de las instituciones de gobierno venezolanas, se está en presencia de una política pública que tiende a priorizar la prestación de servicios gratuitos o subsidiados y las transferencias en especie, más que a través de transferencias monetarias.

Los programas sociales insertos dentro de las denominadas “misiones” son el instrumento de apuntalamiento de esta política de combate contra la pobreza. Pero no es suficiente.

El problema de la pobreza en Venezuela no es de distribución de ingresos ni puede compensarse mediante subsidios: es un problema de generación de riqueza, de producción, y sólo puede encararse razonablemente atacando este punto central.

Por ello el cambio decisivo debe operarse en la política económica general a través un programa de cambios estructurales profundizando el rol del Estado reforzando su papel como protector de los derechos de todos los ciudadanos.


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