BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

MÉXICO EN LA ALDEA GLOBAL

Coordinador: Alfredo Rojas Díaz Durán

 

 

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LA BÚSQUEDA

Elisa Benavides

Para las integrantes del comité Eureka

Quienes nacimos a mediados del siglo pasado en México, crecimos sabiendo que vivíamos en un régimen autoritario, aunque no fuera una dictadura militar como las del Cono Sur. Crecimos también con titulares en la prensa acerca de la resistencia vietnamita, los logros de la revolución cubana o la epopeya del Che. Ellos eran entonces, el espejo para resistir al cinismo disfrazado de sensatez o sabio pragmatismo. Como muchos jóvenes en los años setenta, pertenecía a una organización político-militar apenas cumplidos los dieciocho.

A quienes participamos en organizaciones de este tipo entonces, la existencia de desaparecidos en México se nos impuso muy temprano como una evidencia, además de dolorosa y desconcertante, desarticuladora en más de un sentido.

Probablemente hace falta una reflexión más a fondo acerca de lo que representaron las desapariciones de militantes en la vida política del país, comenzando por la de los organismos que los agrupaban. Estas líneas pretenden referirse a cómo me afectó personalmente. Por lo demás, en esta experiencia personal, quiero destacar lo que representó en mi vida política, porque aunque la política no haya sido un interés central en mi caso, marca sin embargo la vida de todo militante.

Por una parte, la ausencia de los compañeros se reflejó fuertemente en la vida cotidiana de las organizaciones políticas en la década de los setenta en México. De por sí, se vivía en medio de riesgos, actividad febril, incomprensión generalizada hacia nuestras propuestas y formas de vida e innumerables dificultades. Así que, la posibilidad de ser objeto de una desaparición forzada, era uno más de los riesgos que se asumían, quizá el más sombrío, pero que desde luego, no modificaba las decisiones personales que se habían tomado.

Por otra parte, en el ámbito de las decisiones político organizativas, es todo un tema. Creo que llegué a hacerme una burda analogía, en medio del desconcierto causado por la ausencia de los compañeros, comparando nuestra situación con la de tantos otros movimientos sociales que conforme se desarrollaban iban aumentando, obligatoriamente, su lista de demandas. Si al comienzo se pedía tierra, o democracia sindical, luego había que incluir libertad a los presos del movimiento y a veces la demanda se eternizaba por meses y años, quedando en segundo plano la inicial.

Era una analogía burda, porque no luchábamos sólo por tierra o democracia sindical, sino, para decirlo de una manera muy amplia, por justicia social. Y, era lógico entonces, que esa demanda se concretara, en primer lugar, en justicia a secas.

Así que, como para muchas organizaciones políticas en el país, la búsqueda de los desaparecidos se volvió, por años, un eje que marcó la mayoría de nuestras actividades. No descubro el hilo negro, si digo que esta búsqueda y la lucha política más general, fueron dos procesos que coincidieron en uno solo que se dio en diversos terrenos. Quizá se habla poco de esto, creo que pocas organizaciones políticas guardan una memoria explícita y pública de esta historia.

Fueron muchos años de búsqueda que se negaba obstinadamente a la desesperanza y, cuando digo esperanza obstina-da me refiero a que, en la vida cotidiana significaba actos y decisiones consecuentes. Así, como algunas familias de desaparecidos, acostumbran dejar a la mano un cubierto y una silla extra en los festejos familiares, por si acaso, nosotros vivimos de algún modo con la silla extra en las reuniones políticas.

No es que esta afirmación necesaria, en medio de tanta incertidumbre, me parezca inadecuada, aun cuando algunos la llevamos al punto de tomar por “provisional”, una ausencia que sigue prolongándose. Pero, mucha gente formada en los esquemas tradicionales de los partidos, habría dejado de tomarnos en serio si hubiéramos tenido la posibilidad de una vida más pública. Muchos nos habrían calificado de “locos”,como lo hicieron con las madres de desaparecidos. Si la propuesta de país que queremos cuenta con ellos, no la podíamos tener clara mientras el Estado no nos los regresara o aclarara su situación. Lo increíble es que, entonces, la conciencia de estar dando respuestas provisionales, incompletas, dudosas o, negarse de plano a darlas, nos dio una capacidad que nos permitiría crecer.

Esta es una memoria confusa, ya lo sé; hace veinte años lo era más todavía. Lo que se puede entender fácilmente es que, en el caso nuestro, como en el de las madres y demás familiares, la búsqueda modificó profundamente nuestra vida (política en nuestro caso). Podría resultar extraño, porque los desaparecidos podrían ser, eran, excepto Elisa para mí, desconocidos para quienes los buscábamos.

Recuerdo la sonrisa dolida de un niño campesino, frente a sus hermanitos y la abuela, diciéndome: “Ahí los tiene, sufriéndolo. No, el profesor no ha regresado y no sabemos nada, nada, de él. Eso sí, hay vigilancia todavía. Váyanse pronto, tengan cuidado.” No era nada más el dolor, la lucha por su vida (que era también por la nuestra) junto a sus familiares; inclusive, no faltó alguno entre ellos que optó por no buscarlos.

En la motivación de nuestra búsqueda, había algo más. ¿Porqué la búsqueda cambió insensiblemente, pero a un nivel tan profundo nuestra vida política? Sí, el dolor nos había marcado, pero desde hacía mucho. En realidad, la respuesta en el caso nuestro es muy simple, pero creo que en algún sentido simbólica. Algunos de los desaparecidos eran miembros de dirección de la organización de laque yo formaba parte. Cuando uno —bueno, yo— sale de la cárcel hay siempre un sentimiento de solidaridad, de obligación hacia los que se quedan ahí compurgando una pena injusta. Así que uno se hace internamente el compromiso de luchar por conseguir su libertad y para mí cumplir con ese compromiso pasaba por reintegrarme a la actividad política.

Pero, en mi caso, los dirigentes de esa actividad política estaban desaparecidos o muertos; no presos, no en algún sitio del mundo o del infierno, donde quiera que fuese, sino en una especie de no-lugar, de no-memoria, de no-palabra...

En muchos círculos, había hasta miedo de nombrarlos; la única afirmación de su existencia, era la negación por parte del Estado de que se los había llevado. Y, la lucha de las madres, su heroica y tenaz insistencia que a la larga conseguiría hacer conciencia en el país, en el mundo, de la triste realidad que en materia de derechos humanos se vivía en México.

México, ese país “casi socialista” del imaginario de los cientos de refugiados del Cono Sur.

Así que, buscamos, buscamos en los lugares donde las madres entonces no podían buscar: en la selva, en las huellas que podían haber quedado en el lugar del último contacto, en los escritos dejados a medias, en las indicaciones del último día que los vimos, en la memoria de la gente que los había visto pasar.

Muchos años para resumir en unas líneas, así que por eso a veces prefiero contar un cuento que me relataron en Chiapas mientras los buscaba y que sirve para ocasiones varias. La última vez lo conté en el Odeón, en París, en 1997 creo, tratando de calmar los ánimos cuando los "sin papeles” decidieron tomar el teatro un poco antes de que un grupo de mexicanos habláramos de los zapatistas y la situación de nuestro país.

Los Sin papeles alegaban, dirigiéndose al director del teatro, que es muy fácil la solidaridad con luchas exóticas y lejanas —la nuestra para ellos— mientras ahí les negaban tribuna a ellos, sus propios marginados. Probablemente tenían razón, pero mientras tanto nosotros no nos sentíamos tan exóticos, sino casi agredidos. Por un rato, no nos dejaron hablar y al mismo tiempo pedían que tomáramos posición ante sus demandas, que naturalmente desconocíamos. Así que, por razones diferentes a las de ahora, me vino a la cabeza la Historia de Manuel, que me habían contado hacía mucho en Chiapas.

Y, la conté cuando entre el director del Odeón, los Sin papeles, la policía, los crujidos del histórico lugar, los amigos y demás asistentes, hubo el consenso de escucharnos. Antes, había hablado una hermosa mujer expresando algo como una disculpa a los zapatistas, al mismo tiempo que explicaba su lucha y nos invitaba a compartir el espacio de denuncia (compartido ya en los hechos), y yo sentía en el aire la presión hacia una toma de posición respecto a demandas concretas que desconocía.

Manuel era un hombre de una comunidad de Chiapas, en la zona de Los Altos. Un día salió de su casa y de la comunidad, y de acuerdo a la propia historia nunca queda claro, ni si-quiera al propio Manuel, si salió porque murió o sencillamente salió.

En todo caso, al tiempo regresó y se dirigió a su casa. Antes de llegar vio una mujer que tejía un chuj enorme, le preguntó que para quién era y la mujer le contestó que para Manuel, aparentemente sin percatarse de que Manuel era él. El hombre se sorprendió, pero cuando quiso aclarar que Manuel no necesitaba una prenda tan grande, no lo consiguió, pues la mujer estaba completamente segura de lo que hacía, así que después de un rato de charla inútil siguió adelante y se encontró con alguien que hacía una silla enorme. Cuando preguntó para quién era le dijeron que para Manuel y la historia se repitió.

El desconcierto y la incomodidad fueron en aumento conforme se acercaba a su casa, pues antes de llegar se dio cuenta que estaban haciendo una cruz gigantesca, por supuesto para Manuel.

Esa fue toda la historia. Una historia que me fue acompañando en los años de la búsqueda. Acto seguido, en el Odeón los demás invitados expusieron brillantemente la situación de México y la lucha zapatista, intercalándose con voceros de los Sin Papeles. Tras bambalinas, Debray había convencido a la policía que no merecíamos ser expulsados del país, aunque no había tenido el mismo éxito respecto a los africanos, asiáticos y demás acompañantes de nuestro debut y despedida en el teatro. Así que, los franceses que habían sido llamados izquierda caviar por más de un orador exasperado, hicieron una valla entre ellos y la policía para que pudieran ganar la entrada del Metro sin ser detenidos.

No sé en qué momento, me di cuenta de que buscábamos a Manuel. Era muy fácil darse cuenta, por lo demás, porque inclusive le llamábamos Manuel. Pero así como para nosotros era natural buscarlos, para otros podía llegar a ser incómodo.

Tengo la sensación de la incomodidad que despiertan, cuando alguien acepta las excusas del régimen pretendiendo que no es el mismo que el anterior y deja de lado la exigencia de su presentación.

En todo caso, lo que sí nos sirvió fue el relato, para darnos cuenta de que lo buscábamos con la intención de enjaretarle un traje desproporcionado. De ahí vino la conciencia de que, como fuera, había que procurar esperarlos con una carga más compartida. No hemos renunciado a encontrarlos, pero también aprendimos a dar con su pista en esas historias que entre los indígenas chiapanecos servían como hilo para tejer una continuidad, entre el despertar de la conciencia política y un presente en resistencia. Con el tiempo, la búsqueda de Manuel se fue identificando también con la lucha por un cambio social en el país, su propia lucha.

La única mujer del grupo de Manuel, era Elisa. Ahora, ya no recuerdo exactamente en qué momento comenzaron a llamarme Elisa. Lo que sé es que, mi nombre de pila se me fue haciendo lejano, formal, medio borroso y que, el único consuelo que queda en tanto sabemos dónde están ellos, es la idea de que siguen con nosotros: aunque sea en el nombre, en la memoria, en la lucha por encontrarlos y no entre las ruinasque propone el “fiscal especial”, sino en un país como demandan los zapatistas: con democracia, libertad, justicia.


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