BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

MÉXICO EN LA ALDEA GLOBAL

Coordinador: Alfredo Rojas Díaz Durán

 

 

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¿Y, CÓMO SE DICE OKEY EN INGLÉS?

Hasta el momento, la globalización se interpreta en Latinoamérica, como la escritura en la pared que anuncia la demolición de los orgullos y las pretensiones de las culturas nacionales, la conversión de los nacionalismos en shows folclóricos o reminiscencias de pueblo, la supresión de las diferencias nacionales o regionales canjeadas por la uniformidad de tercer orden, el regreso a la incomunicación entre los países. De manera creciente, lo que se comparte en Iberoamérica proviene de la globalización comercial, promotora del ingreso a la Modernidad o a la Postmodernidad. Entre sus ofertas se hallan:
• Modos de vestir pret-à-porter.32
• Estilos del habla y métodos para la conversación.
• Franquicias de cadenas norteamericanas que al extenderse producen la ilusión de ciudades construidas en función de un modelo común.
• Transformación del conocimiento útil en manuales de autoayuda.
• Promociones desenfrenadas de la industria del espectáculo, de lndependence Day a la sobreexplotación de Star Wars o Spider Man, de la reducción de la infancia al culto de Pokemon, a la seguridad de que un pensamiento original es aquel que sólo ocurre simultáneamente en apenas un millón de cerebros.
• Atractivo ilimitado de la irracionalidad, que lleva a los grandes crímenes a convertirse en la página de sociales planetaria, se trate de los serial killers33 de Norteamérica, del suicidio colectivo como trámite del viaje sideral o de la búsqueda del asesino de Versace.
• Elevación de las celebridades al rango de la santidad postmoderna. Ahora lo milagroso es la sensación de acercamiento a lo excepcional, el vislumbre del gran privilegio (ejemplo irrebatible: la muerte de la princesa Diana).
• Uso monopólico del tiempo infantil. Hasta grados increíbles la industria norteamericana del espectáculo decide qué divierte y qué aburre a los niños, en materia de películas, series televisivas, juegos de Nintendo, educación en la feminidad (Barbie), dibujos animados (los Simpson, digamos, tan aborrecidos por la derecha latinoamericana), atuendos, acercamientos a la computación.
• Dependencia eternizada en materia de informática.
• Construcción sectorial de modos de vida a semejanza de las idealizaciones de Norteamérica.

Al mismo tiempo, la globalización modifica los niveles culturales, diversifica la información, permite el seguimiento de fenómenos de la importancia de la bioética o del combate al neoliberalismo, como ocurrió en Seattle y Washington. Se prodigan libros de John Grisham o Tom Clancy, pero hay también un público muy basto para García Márquez, José Saramago, Paul Auster, Antonio Tabucchi, Mario Vargas Llosa.

Y, la tecnología exalta las oposiciones: si la producción innumerable de thrillers34 de tercera exalta la estética de los videogames, el que esté debidamente informado puede extraer de las ofertas del videocasette o del DVD elementos de una cultura fílmica notable.

En gran medida, el lugar común latinoamericano identifica a la globalización cultural con los centros de poder de la comunicación y con el triunfo de la industria del espectáculo. En lugar de la anfictionía bolivariana, la suma de televisión por cable, el cine a lo Spielberg y la inminencia de la televisión digital. Lo periférico deja de serlo por el vislumbramiento del mainstream, el canon de la moda que cada semestre se renueva y señala el rock que debe oírse, las películas que norman las conversaciones de grupo y de pareja, los símbolos eróticos, el humor mecánico sin intervenciones del habla popular. (Hasta ahora, el canon de la moda no interviene en demasía en el acto sexual, más bien tradicional.) Aquí participan el imaginario colectivo esquina con Beverly Hills y la religión de los efectos especiales, la cultura de masas cuyas variantes nacionales son una concesión de lo hegemónico al localismo y el proceso criminal de la semana en Norteamérica, uno de tantos datos que insinúan la metamorfosis de un imperio en un colosal programa de televisión. Si de políticas culturales se trata, la más efectiva, con mucho, es la de la comunicación, por conminar a la jubilación de esa Premodernidad que es, para las élites, el nacionalismo. Para las clases populares, el nacionalismo es en lo básico un sistema de evocaciones y de las oportunidades excepcionales de pertenecer a la nación.

No hablo, conste, de la penetración del imperialismo yanqui, expresión que reservo para fenómenos tales como los procedimientos de la DEA o el manejo político de la deuda externa o el narcotráfico o la condición próxima a la de “países en venta” que describe el saqueo de recursos naturales y credulidad consumista. Me refiero a fases o perfiles de la globalización, cuya lógica casi autónoma provoca un alud tecnológico y cultural de proporciones nunca antes contempladas.

Ante la vastedad de las propuestas globalizadoras, ¿cuáles son las políticas culturales de la nación que funcionan?, ¿tiene sentido la resistencia, o se trata de uno más de los gestos románticos?
Una vez más, se prueba el peso de las palabras totémicas.

Con persistencia, en el idioma de todos los días, aplicado ritual o dogmáticamente, globalización, sin necesidad de especificar, es lo que sigue al fin de la historia. Se oye y se lee con frecuencia: “Nos hemos globalizado/ Las costumbres nacionales son tristemente sectoriales/ Es tan local que sólo piensa en un idioma al mismo tiempo/ No se puede seguir perteneciendo a la misma familia como si la globalización no existiera”, etcétera, lo que, más o menos, se traduce en la confesión del desamparo nacionalista: hemos perdido la identidad antigua para ocupar un sitio menor en el mercado libre y un boleto de entrada a la Postmodernidad. Y, lo anterior, así sea una falsificación de lo real que procede de muy distinta manera, le pone sitio al desfile de las identidades nacionales o regionales.

“¡Lo local ha muerto, viva lo global!”
Pero, ver en la globalización el único sustento de la historia inevitable del siglo XXI, es una abolición del pasado igualmente fantasiosa y, tal vez por eso, se sienten tan globalizados los empresarios, los tecnócratas, los comunicadores, los globalifílicos, para usar la expresión de un alto dirigente mexicano. Su razonamiento es implacable: “La tecnología de punta es la vanguardia de la humanidad; la industria cultural de Norteamérica no admite competencia; el humanismo a lo mejor es valioso pero es prescindible; el poseedor de las llaves de la informática controla nuestro universo. Si Dios hubiera querido que fuéramos singulares, no nos habría concedido inventar el Banco Mundial y la Internet.”


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