BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

ANÁLISIS CRÍTICO DE LA CULTURA EN GUANAJUATO

Reflexiones sobre la Encuesta Nacional de Prácticas y Consumo Culturales
 

Ricardo Contreras Soto (Coordinador)

 

 

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Como una piedra rodante: crónica de un festival internacional de cine independiente en México

Por Jeremías Ramírez Vasillas

Papa was a rolling stone.

Wherever he laid his hat was his home.

The Tempations

El cine es una piedra rodante. Y rodar y rodar es el sueño de todos los cineastas mexicanos. ¡Que San George… Meliés nos escuche. Y rodar en dos sentidos: hacer más cine y hacer rodar nuestras películas entre la gente, en los festivales, en las muestras, por la televisión y por dónde se pueda, para completar así el círculo creativo.

Hace algunos años este segundo sueño de entrar en contacto con la gente era una quimera para los cortometrajistas (dicen ahora). Hoy, ante la ausencia de un mercado para el corto, los muchos festivales que empiezan a surgir en nuestro país y algunos programas de televisión (Abrelatas, Cinescape) este sueño es ya una realidad, aunque aun falta mucho por hacer en materia de exhibición del corto.

Desde que comencé a rodar por los festivales (eso hace ya tres cortos) me ha tocado conocer diversas formas de organización, algunos sumidos en el caos; otros, impecables cuidando hasta los detalles nimios; algunos poniendo énfasis en los invitados especiales (políticos, actores, realizadores extranjeros...) y olvidando a los nacionales, particularmente si son de cortometrajes; otros, dándole oxigeno a estos realizadores.

Sin saber que me esperaba, llegué a Morelia, expectante, alerta: ¿Había que correr o dejarnos apapachar?. Con el nerviosismo de estar en un nuevo festival había olvidado traerme la dirección de las oficinas del FICM, tan sólo recordaba el nombre de la calle: Melchor Ocampo. En un mapita turístico que traía en mi carro localicé la calle: estaba muy cerca de la catedral. Tenía la esperanza de que estuviera bien identificada. En otro festival, de cuyo nombre no quiero acordarme, no había ni una banderita diciendo aquí se celebra la fiesta fílmica. Perdidos en esa ciudad dábamos vueltas en la camioneta, y preguntábamos pero nadie sabía que había un Festival.

Cuando dí vuelta en Melchor Ocampo de inmediato vi el enorme cartel con un ojo en el centro. ¿Era un guiño de amabilidad o debería sentirme como personaje de la novela 1984 de Orwell? Lo difícil fue el estacionamiento, pero una vez saltada esta valla, el festival fluyó como trozo de celuloide en engranes bien aceitados. Hotel, programa, agenda de actividades al que estaba invitado como director, boletos de desayuno, gafete, invitaciones... Todo estaba allí en esa mochila negra. Vaya, vaya.

Las calles del centro mostraban enormes mantos rojos y amarillos con el ojo al centro, cobijando los vetustos y majestuosos edificios; pequeños carteles con el infaltable ojo ondeaban por las calles, y grupos de jóvenes iban y venían, programa en mano, buscando la mejor opción del momento. Yo, aun perplejo, trataba de entender cómo estaba organizado el festival. El grueso volumen del programa exigía una revisión exhaustiva. Del hotel llegué al Palacio Clavijero. Dentro, jóvenes con gafetes del festival orientaban a un público que rodeaban una mesa con impresos como moscas alrededor de un pastel. Yo venía a la primera actividad marcada en mi agenda: una conferencia dictada por Comexus donde se ofrecían becas para estudiar cine en Estados Unidos. Interesante que alguien se preocupaba por este maltratado sector de arte nacional

A la una de tarde, aun sin entender muchos del Festival me dirigí a la sede: el Cinépolis del Centro, donde además tendría que estar presente, pues en breve se proyectaría mi cortometraje. Igual que en el Clavijero, en el Cinépolis había una multitud de jóvenes que inundaba la entrada: algunos sentados en las escaleras de la entrada, otros en las mesitas dentro o en los sillones, y otros haciendo cola tratando de comprar boletos, pero ¡oh tristeza!, ya no había lugar en ninguna de las funciones. ¡En ninguna! salvo en la que yo debería estar como realizador. Ahora entendía el gesto de frustración en muchos de los que estaban sentados en las escaleras de la entrada.

Comprendiendo que la gran demanda desbordaba los reducidos espacios de las salas del Cinepólis (construidas para otra forma de consumo fílmico), pues no daban cabida a la multitud, ni aun con las subsedes, al día siguiente me levanté temprano, aunque primero tuve que atender una rueda de prensa. Tan pronto terminó me fui de inmediato al Cinépolis. ¡Oh decepción!, ya no había boletos. ¿Pero, cómo me preguntaba si aún no daban ni las once de la mañana? Pues sí, así era. Una charla que oí entre una empleada del Cinépolis y una señora que hacia quesadillas me dejó en claro que, fuera de cualquier declaración triunfalista de los organizadores, este año se habían rebasado las expectativas de asistencia. “Hay muchísima gente”, se quejaba la empleada un tanto abrumada, pero agregaba que feliz de ver rostros que sólo había visto en la pantalla o en la tele.

Al no alcanzar lugar en algunas de las películas que quería ver, descubrí que paralelamente se estaba celebrando el Encuentro de Poetas del Mundo Latino, en honor a don José Emilio Pacheco. Así, cuando no podía entrar a las salas, me iba corriendo a oír poesía, ya al Teatro de la ciudad, ya al Conservatorio de las Rosas. Allí, en medio de poetas, el maestro de blanca cabellera, don José Emilio Pacheco, asentía incómodo ante tal lluvia de elogios y sonreía condescendiente.

Pero la fiesta del cine era las fiestas del cine. Y qué fiestas. Los lugares destinados para estas celebraciones nocturnas que derrumbaban al más poderosos guerrero del celuloide, estaban siempre a reventar. Para respirar un poco de aire fresco había que salir a las terrazas a contemplar la noche y la luces de Morelia. Allí, en la noche del viernes, vi el otorgamiento del premio José Cuervo a Juan Carlos Rulfo, un hombre alto, joven, sonriente, que agradecía en forma similar al maestro Pacheco: tímido, incómodo ante los elogios... Era entendible que su lugar no era aquí sino en ese espacio privilegiado detrás de su cámara, su agudísima cámara.

Eran estas fiestas un verdadero encuentro de cineastas; a pesar, seguramente (no lo sé de cierto, lo supongo, diría Jaime Sabines) de los colados o “invitados especiales”. Eso finalmente era pecata minuta en este festival donde la generosidad y la abundancia fue una de sus características. Allí, entre copas, hacíamos nuevos pactos fílmicos y amarrábamos nuevas alianzas, ojalá, las cuales, sean una realidad y no una mera plática de borrachos.

Y la mañana nos saludaba aun festejando, como en esas fiestas que narra en sus canciones Juan Manuel Serrat: “Juntos los encuentra el sol / a la sombra de un farol / empapados en alcohol / magreando (acariciando) a una muchacha”. Bueno, sólo los más suertudos.

Finalmente la fiesta llegó a su fin. Ebrios de alcohol, alegría y celuloide festejamos ese final en medio de abrazos y agua, la abundante agua que el cielo envío como si se tratara de un inmenso bautizo colectivo y ángeles bajaban por las escalinatas como tratando de regalarles un mensaje a los cineastas de buena voluntad: Paz a vosotros...

Los premios se repartieron. En silencio o de viva voz nos, nos sentimos felices o desilusionados de no ser de ese puñado de los elegidos, y si de muchos de los llamados, pero nos congratulamos de los agraciados, sobre todo de aquellos que admiramos su trabajo como Juan Carlos Rulfo o Gustavo Sánchez Parra.

En medio de la noche, con una lluvia pertinaz y saboreando aun en el aliento aun el aroma del tequila y los rones, y sintiendo en el alma la grata sensación de haber sido parte de esta fiesta, regresamos a casa a soñar una vez más con ser de nuevo piedras rodantes en Morelia. Rodar y rodar, nuestro sueño, nuestra realidad, nuestro destino.

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