EL CONOCIMIENTO SILENCIOSO

EL CONOCIMIENTO SILENCIOSO

Ramón Ruiz Limón

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¿Cómo detener los acontecimientos del mundo cotidiano (mundo sensible)?

Detener el mundo de las actividades cotidianas consiste en introducir un elemento disonante se llama “no-hacer” en la trama de la conducta cotidiana, con el propósito de detener lo que habitualmente es un fluir ininterrumpido de acontecimientos comunes; acontecimientos que están catalogados en nuestra mente, por la razón. Detener el mundo cotidiano es tan necesario para los brujos como leer y escribir lo es para los niños cuando están en la escuela.

El elemento disonante “no-hacer”, o lo opuesto de hacer. “Hacer” es cualquier cosa que forma parte de un todo del cual podemos dar cuenta cognoscitivamente. No-hacer es el elemento que no forma parte de ese todo conocido.

Los brujos, debido a que son acechantes, comprenden a la perfección la conducta humana. Comprenden, por ejemplo, que los seres humanos son criaturas de inventario. Conocer los pormenores de cualquier inventario es lo que convierte a un hombre en erudito o en experto en su terreno.

Los brujos saben que, cuando una persona común y corriente encuentran una falta en su inventario, esa persona o bien extiende su inventario o el mundo de su imagen de sí se derrumba. La persona común y corriente está dispuesta a incorporar nuevos artículos, siempre y cuando no contradigan el orden básico de su imagen de sí, porque si lo contradicen, la mente se deteriora. El inventario es la mente. Los brujos cuentan con eso cuanto tratan de romper el espejo de la imagen de sí mismo.

Puesto que nuestra mente es nuestra racionalidad o el inventario, y nuestra racionalidad es nuestra imagen de sí, cualquier cosa que esté más allá de nuestra imagen de sí o bien nos atrae o nos horroriza, según qué tipo de personas seamos. O nos atrae y nos horroriza en igual medida.

Si un brujo no tiene importancia personal (yo psicológico, yo pluralizado), le importa un comino perder o no el hilo de una historia (historia personal), puesto que no le queda ni un ápice de su importancia personal.

No se reciben bien a los voluntarios en el mundo de la brujería, porque ya tiene propósitos propios y eso les dificulta enormemente renunciar a su individualidad. Si el mundo de los brujos exige ideas y actos contrarios a esos propósitos, los voluntarios simplemente se enfadan y se van.

El poder del hombre (facultades cognoscitivas) es incalculable; la muerte solo ha existido ya que el hombre mismo ha aprendido a intentarla; y que el intento de la muerte podía ser suspendido al hacer que el punto de encaje cambiara de posición.

Desde el punto de vista del espíritu la brujería consiste en limpiar el vínculo que tenemos con él. El edificio que el espíritu empuja delante de nosotros, es en esencia, como una oficina de franquìa, en la cual encontramos no tanto los procedimientos para franquear nuestro vinculo con el intento como el conocimiento silencioso que nos permite ganar franquìa. Sin ese conocimiento silencioso no habría ningún procedimiento que funcionara.

Los eventos desencadenados por lo brujos con ayuda del conocimiento silencioso son tan sencillos, pero al mismo tiempo de proporciones abstractas tan inmensas, que los brujos decidieron, miles de años atrás, referirse a esos eventos sólo en términos simbólicos. Las manifestaciones y el toque del espíritu eran ejemplos de ello.

Cada uno de nosotros, como individuos, estamos separados del conocimiento silencioso por barreras naturales, propias de cada individuo. Nosotros como hombres comunes y corrientes, no sabemos que algo real y funcional, nuestro vinculo con el intento, es lo que nos produce nuestra preocupación ancestral acerca de nuestro destino.

Durante nuestra vida activa, nunca tenemos la oportunidad de ir más allá del nivel de la mera preocupación, ya que desde tiempos inmemoriales, el arrullo de la vida cotidiana nos adormece. No es sino hasta el momento de estar al borde de la muerte que nuestra preocupación ancestral acerca de nuestro destino cobra un diferente cáliz. Comienza a presionarnos para que veamos a través de la niebla de la vida diaria. Pero por desgracia, este despertar siempre viene de la mano con la perdida de energía provocada por la vejez. Y no nos queda fuerza suficiente para transformar nuestra preocupación en un descubrimiento positivo pragmático. A esa altura, todo lo que nos queda es una angustia indefinida y penetrante; un anhelo de algo incomprensible; y una rabia comprensible, por haber perdido todo.

Don Juan reconoce que los poetas están profundamente afectados por el vínculo con el espíritu, pero que se daban cuenta de ello de manera intuitiva y no de manera deliberada y pragmática como lo hacen los brujos.

Los poetas no tienen una noción directa del espíritu. Esa es la causa por la cual sus poemas realmente no son verdaderos gestos al espíritu aunque andan bastante cerca.

¿Soy yo quien anda, esta noche,

Por mi cuarto, o el mendigo

Que rondaba mi jardín,

Al caer la tarde?...

Miro

En torno y hallo que todo

Es lo mismo y no es lo mismo…

¿La ventana estaba abierta?

¿Yo no me había dormido?

¿El jardín no estaba verde

De luna?... …. El cielo era limpio

Y azul… Y hay nubes y viento

Y el jardín está sombrío…

Creo que mi barba era

Negra… Yo estaba vestido

De gris… Y mi barba es blanca

Y estoy enlutado… ¿Es mío

Este andar? ¿Tiene esta voz,

Que ahora suena en mí, los ritmos

De la voz que no tenía?

¿Soy yo, o soy el mendigo

Que rondaba mi jardín,

Al caer la tarde?...

Miro

En torno… Hay nubes y viento…

El jardín está sombrío…

…Y voy y vengo… ¿Es que yo

No me había ya dormido?

Mi barba está blanca… Y todo

Es lo mismo y no es lo mismo…

Autor: Juan Ramón Jiménez

Como se puede apreciar en el poema, el poeta siente la presión de la vejez y el ansia que eso produce. Pero eso es sólo una parte. La otra parte, la que nos interesa es que el poeta, aunque no mueve nunca su punto de encaje, intuye que algo increíble está en juego. Intuye con gran precisión que existe un factor innominado, imponente por su misma simplicidad que determina nuestro destino.