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VENEZUELA, CAPITALISMO DE ESTADO, REFORMA Y REVOLUCIÓN

Edgardo González Medina

 

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Seis años de inútil violencia de Estado

Los grupos leninistas de la izquierda venezolana habían aceptado de mucho tiempo, que ante un ambiente de oposición violenta a los cambios sociales, podían tomarse elementos de la experiencia de la revolución leninista. Lenin antes y después de 1917 se consideró a si mismo como el mejor interprete de Marx en el punto crucial, muy discutido en el movimiento socialista internacional, de la violencia revolucionaria y en especial de la llamada “dictadura del proletariado”. En el libro La Revolución proletaria y el renegado Kaustky, Vladimir Ilich coloca el acento en una premisa fundamental sin la cual es imposible convenir en una tesis de violencia revolucionaria: La llamada “dictadura del proletariado” no es una forma de gobierno, sino una expresión social según la cual las fuerzas productivas y las formas políticas y culturales, se dirigen de consuno hacia una nueva sociedad donde las masas autodeterminan su vida y su destino. Es el fenómeno de una sociedad cuyo devenir pasa ser determinado por las clases trabajadoras. La dictadura del proletariado no podia ser una forma de gobierno.

Para el marxismo, nada escapa a la consideración del trabajo como el factor capaz de influenciar todos los resultados de la sociedad. Es mediante el trabajo no alienado que la especie humana obtendrá su definitiva realización, que consiste en su liberación material, intelectual, moral. He aquí el espíritu de la teoría marxista. Pero en unas sociedades alienadas, habituadas a estratificaciones sociales derivadas de relaciones sociales donde las de produccción ocupan una posición aparentemente secundaria, con predominio del derecho subjetivo de propiedad en condiciones de apropiación cada vez mas privada del producto social y la riqueza, el cambio hacia formas de apropiación diferentes es un impacto absolutamente intenso que es percibido como violencia por las clases parasitarias de la sociedad, incluyendo aquellas masas marginales numerosas que viven de las dádivas y migajas del Estado. En tales condiciones se ve casi imposible que no aparezca el sometimiento de la fuerza de trabajo o parte de ella, a las nuevas condiciones. La parte mayoritaria no puede eludir la coerción que entraña imposición de las nuevas condiciones productivas..

Esto es absolutamente diferente a la violencia desde el Estado por parte de camarillas o vanguardias presuntamente representativas del “pueblo”. Precisamente lo que hace ver Lenin es la indudable definición de Marx y Engels acerca de que no solamente se procura el cambio social, sino que debe ser un cambio inmediato, que desmonte los mecanismos del Estado y sean las masas quienes generen sus formas de autogobierno, en cuyo proceso es muy probable que aparezca la confrontación entre grupos y clases de la misma población, llamado eufemísticamente “guerra civil”, aunque generalmente no es tan “civil” pero tampoco “guerra” estrictamente. Ningún marxista auténtico podría imaginar que el movimiento revolucionario tome el poder para sustituirse en el rol de los anteriores dominadores, ejerciendo la misma violencia y terrorismo sobre masas igualmente desprovistas de control sobre su vida y su destino, que es lo experimentado en ya demasiados ejemplos de revoluciones presuntamente de inspiración marxista que degeneraron rápida o paulatinamente en formas de gobierno despóticos y militaristas, y que es el mismo decurso, iniciado al menos, por la llamada “revolución bolivariana”.

Ahora bien, si a un marxista de estos tiempos se le pregunta si el modelo leninista esperable de violencia podría haber evolucionado teóricamente con el tiempo, puede contestar que si. En efecto, a estas alturas ha sido posible concebir el desarrollo pacífico de nuevas relaciones productivas dominantes, si la sociedad ya moderna y adaptada a regímenes de derecho, resulta convencida de estar autodirigiendo su destino hacia una sociedad de igualdad y justicia social, en grado tal que las manifestaciones de imposición mas o menos forzosa de las nuevas relaciones sociales sean prácticamente irrelevantes, de un carácter mas bien ordinario de fricción entre grupos de intereses. La única condición esencial es que sean las masas las que generen su autogobierno y que se verifique un cambio económico estructural y concreto.

El régimen de Hugo Chavez, sin embargo, como no ha cambiado nada, tampoco puede cambiar la forma tradicional de gobierno. Ayer, grupos de la burguesía utilizaban los partidos populares en el poder, para obtener el mayor beneficio y la garantía de protección de sus intereses. Hoy nuevos grupos, incluso los mismos grupos, quienes apoyen el régimen, siguen detentando el privilegio de acceso a las claves del poder que les permiten obtener nuevos y crecientes beneficios egoistas, amparados con el mismo o un peor ejercicio de coerción desde el Estado.


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