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EL PALIMPSESTO DE LA CIUDAD: CIUDAD EDUCADORA

Jahir Rodríguez Rodríguez

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EL TIGRERO

Con la rosa de los vientos temblando bajo la ruana.

Tigrero abrió los caminos con arrieros de mi patria un enjambre de güaqueros con hachas y medias cañas estremecieron el limo de la cultura Quimbaya.

Fueron naciendo los ranchos en los ríos y quebradas y florecieron los pueblos como jardines del alba que comandaba el Tigrero con virtud en su palabra y fue su cetro el perrero que doblegó la montaña.

Así se forjó el milagro de mi Armenia y de mi raza.

JAIRO BAENA M.

EPILOGO

"Hay ciudades a las que nada podrá matar en la medida en que en ellas sobreviva, preservándolas en el fondo de sí, el último de sus habitantes..."

BODGAN BOGDANOVIC

Si, la ciudad es un palimpsesto.

O, en otras palabras, el palimpsesto de la ciudad es un hecho objetivo, real.

En Armenia, ciudad aromada por los cafetos en flor y edificada con el esfuerzo encorvado de sus arrieros, se siente el espíritu de otra ciudad, de otra civilización, de la cultura Quimbaya, raza de orfebres que dejó sus huellas, es decir, sus recuerdos, ancestros y amores, en la superficie de pisos volcánicos y arcillosos, teñidos con su sangre. Y en su afán de rendirle culto a la vida a través de la ceremonia sepulcral, construyó más que ciudades, necrópolis, que hablan en idioma polivalente de su organización social, política y religiosa y de sus relaciones colectivas y culturales.

Hace más de quinientos años, los Quimbayas escribieron con sangre y oro su historia sobre este palimpsesto de la Hoya del Quindío. En la piel cobijan de suelo dejaron tesoros, representados en collares, narigueras, poporos, coronas y cuentas de oro; vasijas, ocarinas y silbatos de cerámica tatuadas con los colores de la vida; o en rollos cardados y husos que les señalaban el camino de sus símbolos en busca de un lenguaje común. En estas huellas se leen sus sentimientos, sus creencias, sus acciones colectivas, su participación en la vida pública tribal, en su afán de construir sociedad y convivencia, de aprender de su propio pueblo.

Los vestigios de esa ciudad Quimbaya se difuminan hoy en medio de una galerna que los borra cada día de la historia, de sus cuentos mitológicos de tumbas y dorados, a través de la práctica guaquera, alejada de la ciencia arqueológica e histórica que construye y educa.

Esa ciudad está bajo nuestros pies, sepultada por la página ineluctable del tiempo, en una escritura anterior, borrada artificialmente, encima de la cual nuestros bisabuelos de Antioquia, del Tolima, del Cauca y de la meseta cundí boyacense, volvieron a escribir, esta vez con el hacha y el machete, insuflándole vida al palimpsesto del solar maravilloso de Tigrero, como pioneros escribanos de la ciudad que soñamos.

Primero fue un convite de colonos, luego un mercado de campesinos; después una aldea, más adelante un caserío que pronto se convirtió en corregimiento, en distrito y en ciudad. Pero siempre, a la sombra del diálogo, de la comunicación, de la comprensión, de la solidaridad y de la política. Ellos, los bisabuelos, llamaron a todos estos elementos: civismo.

Armenia fue posible como ciudad, no sólo por su trascendencia en la economía cafetera nacional y su posición estratégica como cruce de caminos, sino también _ y sobre todo - por los hombres y mujeres que se comprometieron a escribirla, a esculpirla en cada esquina, en cada calle, en las plazas, en los teatros, en sus casas de bahareque y en sus edificios públicos. Por aquellos que soñaron con el bienestar personal y que lo vieron dibujado en la construcción y defensa de lo público.

La ciudad creció, desde el primer día, al amparo de la solidaridad, aquella expresión que está íntimamente ligada al ser ciudadano. En el palimpsesto de la ciudad se escribe la historia del fundador Jesús María Ocampo Toro "El Tigrero", a quien - pocos días después de la fundación y repartidos los solares para las casas- un colono recién llegado le pidió su pedazo de tierra y, no habiendo más, éste le dijo: "toma la mitad de la mía". Se escribe la historia de doña Inés González de Ángel, heredera de la más grande fortuna amasada en el Quindío hasta la primera mitad del siglo XX, quien decidió irrigarla en la construcción y mantenimiento de hospitales, orfanatos, centros educativos y hogares de ancianos.

Ciudad privilegiada para la democracia y la política. En la que, desde la mitad de la segunda década de este siglo, sus habitantes empezaron a debatir la necesidad de su autonomía política y administrativa. Discusión y lucha rebelde y pacífica que se mantuvo por cincuenta años, hasta coronarse victoriosa en 1966.

En el palimpsesto de la ciudad se escribe la lucha por la democracia, reflejada en la rebelión ideológica del alcalde Helio Martínez Márquez contra todo un batallón del ejército en 1953, tras el golpe de Estado del Teniente General Gustavo Rojas Pinilla, cuando se abstuvo, a pesar de sus manos esposadas y un rifle en su cabeza, de entregar el cargo de primera autoridad civil y democrática del municipio.

La ciudad es una síntesis de gran parte del país. Es su microcosmos histórico. Aquí dejaron sus huellas, impregnadas de cultura, de principios y valores, tanto los antioqueños como los caucanos, vallunos, boyacenses, cundinamarqueses, tolimenses, huilenses y santandereanos. Por eso Armenia es poli étnica y multicultural, forjadora de una identidad que se niega a veces.

Sus ciudadanos aprenden de la ciudad. Ella les habla un lenguaje común a través de sus monumentos, sus calles, sus ventanas, su comercio, sus cañadas que guardan la historia de la biodiversidad de la Hoya del Quindío en esa primera escritura de los Quimbayas. Les habla de sus necesidades y estrecheces, de la pobreza y la marginalidad y del proceso orogénico provocador de las innumerables fallas geológicas que el 25 de enero de 1999 le abrieron paso a la onda sísmica que derrumbó los sueños ya centenarios de los fundadores.

Ese lunes 25 de enero de 1999, a la 1:19 p.m. la ciudad nos educó a través del terremoto. Y en el palimpsesto se lee: "Mi ciudad desapareció. La recorro en el centro, en los rincones, en aquellos meandros olvidados, en su intimidad. Sin embargo, no la reconozco. Luego de años de vivirla, de fatigar sus caminos, de construirla, de sufrirla entre sueños y esperanzas que se crean y se borran de manera alternativa, me pierdo en las esquinas, en los recodos que alguna vez me brindaron la felicidad del beso primigenio de aquella novia de juventud y de abrazar, después, a los hijos que el amor me prodigó".

El terremoto nos borró las páginas de esa historia esculpida en las casas solariegas y en los edificios construidos por los abuelos. El terremoto se llevó enredadas con su energía explosiva esas calles estrechas, otrora recorridas sin afanes en la cotidianidad parroquiana, perfumadas por crisantemos y adornada por girasoles y guayacanes.

Hoy, en ese recorrido de desolación y miedo que nos dejó el terremoto, los ciudadanos de ahora y del futuro aprendemos y forjamos el proyecto de la refundación de la ciudad, con la experiencia que ella misma nos ha brindado en su más que centenaria existencia, y que nos deja ver de nuevo en la textura de sus múltiples reescrituras, como en un prodigioso y mágico palimpsesto.


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