BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

Globalización, Desarrollo Local y Sociedad Civil
Leandro Venacio

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CAPÍTULO 1

Globalización, Desarrollo Local y Sociedad Civil

Capital Social y Desarrollo Local

Los mecanismos de producción de bienes colectivos que hemos examinado tienen un importante elemento en común: el propio funcionamiento está influenciado por la existencia de relaciones sociales personales entre sujetos comprometidos, que facilitan la cooperación. Se trata de relaciones extra económicas que inciden en el desarrollo económico, directamente en el proceso productivo –como es el caso de las relaciones entre empresarios y entre estos y los trabajadores- o indirectamente a través de la formulación de políticas públicas o de intervenciones que crean bienes colectivos dedicados al contexto local. En ambos casos el rol de las redes de relaciones sociales tiene particular relevancia, porque hacen posible transacciones complejas y riesgosas de confianza que consienten a los sujetos de cooperar, inclusive en presencia de condiciones de incerteza o de carencia de información.

En los últimos años se ha difundido la tendencia a definir las redes de relaciones sociales personales entre sujetos individuales como capital social. El capital social es sinónimo de comunidad cívica14 o cultura cívica: una cultura compartida que limita los comportamientos oportunisticos y favorece la cooperación.15

Se puede considerar al capital social como al conjunto de relaciones sociales de las cuales un sujeto individual (por ejemplo un empresario o trabajador) o un sujeto colectivo (privado o público) disponen en un determinado momento. A través del capital de relaciones se alimenta la formación de recursos cognitivos, como las informaciones, las normas y la confianza, que permiten a los actores realizar objetivos que no serían de otra forma materializados, o lo serían a costos muy altos.

Robert Putnam (1993) hace un análisis muy interesante para evaluar el desempeño de los gobiernos regionales en Italia. Construyó un índice haciendo uso de doce indicadores, por ejemplo la estabilidad de los gabinetes, la puntualidad en la presentación del presupuesto, la innovación legislativa, los consultorios familiares por cada mil habitantes creados por cada gobierno con fondos provistos por las autoridades centrales y la capacidad de respuesta de la administración a los requerimientos de particulares.

El desempeño superior de los gobiernos del Norte respecto a los del Sur se extendía a la mayoría de los indicadores, perduraba en el tiempo y además era reconocido, independientemente de la medida objetiva proporcionada por el índice, por los mismos ciudadanos y dirigentes de la comunidad. ¿Cómo explicar estas diferencias?

Descubre que la causa de los distintos desempeños residía en la comunidad cívica, es decir, que el desigual desempeño de los gobiernos se explicaba por la diferente calidad de la comunidad cívica.

Luego, para determinar si entre las regiones italianas existían diferencias de desarrollo cívico que explicaran las disparidades en el desempeño de los gobiernos regionales, Putnam construyó un Índice de Comunidad Cívica16. Al aplicar el índice a 20 regiones halló que la Región Emilia-Romagna era la más cívica; la menos, Calabria.

En las regiones más cívicas los ciudadanos participaban en numerosas asociaciones, leían más periódicos, confiaban más entre sí y respetaban la ley. Los dirigentes políticos eran relativamente honestos, creían en ideas de igualdad política (como "participación" en asuntos públicos) y, si bien no faltaba el conflicto o la controversia, estaban predispuestos a resolver sus diferencias.

En las regiones menos cívicas la vida pública estaba organizada de modo jerárquico, los asuntos públicos eran cosa de "los políticos", la participación estaba impulsada por la dependencia o el interés particular y la corrupción era la norma. Los dirigentes políticos se mostraban escépticos con la idea de "participación" de la gente. Tenían más contactos con los pobladores que en las regiones más cívicas, pero éstos se hallaban relacionados fundamentalmente con cuestiones personales. Los habitantes "se sienten impotentes, explotados e infelices", nos dice previsiblemente Putnam.

Se puede decir que un determinado contexto territorial resulta más o menos rico de capital social en la medida que los sujetos individuales o colectivos que allí viven, se encuentren comprometidos en redes de relaciones cooperativas más o menos difusas.

Analizando evidencia cuantitativa sobre civismo y desarrollo económico en las distintas regiones disponible a partir de 1860, Putnam encuentra que por entonces no existía una alta correlación entre ambos. Además, desde la creación de los gobiernos regionales, las regiones cívicas crecieron más rápido que las menos cívicas controlado por el nivel de desarrollo económico en 1970. En base a estos y otros datos concluye que “la economía no predice el civismo, pero el civismo predice la economía, incluso mejor que la economía misma (...) Las tradiciones cívicas pueden tener poderosas consecuencias para el desarrollo económico y el bienestar social, tanto como para el desempeño institucional”17

Un ejemplo de cómo las normas y redes de la "comunidad cívica" contribuyen a la prosperidad económica son los bien conocidos distritos industriales italianos formados por pequeñas y medianas empresas –los cuales estudiaremos en los próximos capítulos-. Este modelo de "especialización flexible" se caracteriza a la vez por la integración y la descentralización, la competencia y la cooperación entre las empresas que lo componen.

Llegado a este punto de análisis sería interesante saber ¿cómo surge la confianza a nivel social, es decir, entre personas que no se conocen?

Un punto de relevancia es que la estrategia de no cooperar para beneficio mutuo no es necesariamente irracional. Por el contrario, puede ser perfectamente racional en determinado contexto. La teoría de los juegos lo muestra en el llamado “dilema del prisionero”. Para actuar en forma cooperativa, dice Putnam, es necesario no sólo confiar en el otro, sino además creer que el otro confía en uno. Lo mismo es válido entre partidos políticos, entre empresarios y trabajadores, entre el gobierno y los grupos privados.

Así, la confianza a nivel social surge en primer lugar, por normas de reciprocidad que los individuos internalizan y que son reforzadas por sanciones informales y formales. A través de estas normas se facilita la cooperación y se reducen los “costos de transacción” de los que habla la economía. Se distingue una reciprocidad “específica”, que es el intercambio simultáneo de ítems del mismo valor, de otra “generalizada”, que adopta la forma “haré esto por ti sin esperar nada específico a cambio, confiando en que algún otro hará algo por mí el día de mañana” (se trata así de un “altruismo” de corto plazo combinado con un “interés propio” en el largo plazo.)

La confianza surge también de la existencia de redes de compromiso y participación cívicas que facilitan la comunicación y el conocimiento mutuo, refuerzan las normas de reciprocidad y aumentan los costos potenciales de desviarse de ellas. Aunque en todas las comunidades hay tanto redes horizontales como verticales, cuanto más densas sean las primeras (por ejemplo, las asociaciones vecinales, los clubes deportivos, etc.), más probable será que las personas cooperen para resolver sus problemas comunes. Las experiencias asociativas del pasado funcionarán como modelo cultural para afrontar las situaciones del presente. Las redes verticales, como las que se establecen entre patrones y clientes, sostiene Putnam, no pueden desarrollar la confianza ni la cooperación, pues el flujo de información y las obligaciones son asimétricos.

La confianza, las redes, las normas, se refuerzan entre sí y, en un círculo virtuoso, hacen que el "stock" de capital social de una comunidad aumente con su utilización. La sociedad alcanza así un estado de equilibrio basado en la cooperación. En una comunidad en la que predominan la desconfianza, la falta de respeto a las normas, el aislamiento, estos rasgos también se alimentan mutuamente en un círculo vicioso, de modo que la sociedad alcanza finalmente un estado de equilibrio, muy distinto al anterior, en el que la solución “racional” pasa por el gobierno autoritario y el clientelismo.

¿Si el capital social es importante para el desarrollo local, hasta que punto, y en que modo, es posible promover intencionalmente la construcción?

En los últimos años se ha reunido evidencia empírica acerca de que las asociaciones locales y las redes sociales tienen un impacto positivo en el desarrollo local y el bienestar.

El aumento de la confianza se produce debido a que la información sobre la credibilidad de las personas circula por la red de relaciones informales o formales. Las interacciones permiten a su vez que aumente el conocimiento del entorno, ya sea por imitación o copia de las personas mejor informadas o por intercambio de ideas entre agentes que dominan diferentes áreas de conocimiento. Finalmente, la interacción favorece la construcción de normas, ya sea a través de la coordinación espontánea de acciones como de decisiones conscientes.

Por ello, y como veremos en el próximo capítulo, políticas que –a través del diálogo entre público y privado- incentiven y fomenten la concentración de empresas generarían, además de beneficios económicos, instrumentos para organizar el proceso de compartir información, coordinación de actividades y la toma de decisiones colectiva, gestándose así redes de relaciones sociales, elemento constituyente del capital social.

Finalmente, en presencia de condiciones institucionales y personales favorables, estas pueden empujar a otros sujetos colectivos a experimentar formas de colaboración. Así, el capital social que se crea en la experimentación entre actores colectivos tiene origen en el propio proceso político.


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