Los Reflejos de Herrera
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URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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Los Reflejos de Herrera

Por su parte, en resguardo de su posición, Julia Herrera y Obes señalaba, respondiendo así también a lo apoyado por Batlle y Ordóñez.

Lo hace, el presidente Herrera, cómodamente instalado en un consolidado auto convencimiento favorable a la “influencia directriz”, vanguardia lúcida de lo que hoy algunos llaman banalmente, y con vacua generalidad, política antipopulista.

Desde ella, además, las clases dirigentes se consideran inocentes de las consecuencias negativas que tienen para el país las orientaciones que defienden: “El Gobierno actual – dice Herrera y Obes -, que no ha provocado con sus actos ni podido remediar con su voluntad la crisis violenta que pesa sobre la República, no ha hecho ni podido hacer otra cosa dentro del ejercicio de sus facultades y en el cumplimiento de sus deberes, que atenuar en lo posible los efectos de esa enfermedad social, ya acompañando a la opinión pública en las soluciones parciales y del momento que reclamaba, con justicia, ya contrariándola y resistiéndola, cuando con sus impaciencias irreflexivas ha pedido medidas radicales y violentas que por su naturaleza y sus efectos inevitables, habrían complicado y agravado la crisis en vez de facilitar y apresurar su solución. (....)

Es seguro que los Poderes Públicos han podido, en estos últimos meses de penurias comerciales y de exasperación popular, decretar con aplauso de una gran parte del país, el régimen de papel moneda y del curso forzoso, pero está muy lejos de ser seguro que esa medida extrema hubiese entrañado la solución de la crisis y representado para la República un germen de riqueza y de prosperidad en el futuro; y entonces ha sido preferible arrostrar con ánimo sereno la impopularidad transitoria de la hora presente, que es de acriminaciones insensatas y de torpes injusticias, a merecer, por debilidad, el anatema permanente y justiciero de la historia.

Es incierto que los Poderes Públicos no hayan hecho nada para sacar al país de la situación económica desgraciada en que se encuentra hace dos años: los Poderes Públicos han hecho cuanto dependía de su voluntad de hacer en ese sentido; y, si sus esfuerzos perseverantes no han tenido el éxito que era de esperarse, se debe en parte a la falta de cooperación de los que con su iniciativa y con su ejemplo pudieron en un momento dado ayudar poderosamente a la salvación del país. Y entonces, si de lo que se acusa a los Poderes Públicos es de no haber hecho el mal, a falta de no haber podido hacer el bien, entonces venga en buena hora el fallo que nos condene por haber defendido a la República contra sus propios errores.”

Pero rápidamente descarga su culpa. Es iniciador de una técnica de defensa de la acción del gobierno que hemos visto poner luego en práctica en demasiadas oportunidades. La llevó adelante contradiciendo la prédica de inacción en la materia que su ya declarado adversario le enrostraba, mezclando Herrera hechos sobre los cuales realmente no podía influir con circunstancias que dependían de su voluntad política: No estaba en las manos del Gobierno modificar el pesimismo egoísta del capital nacional, haciéndolo salir de su retraimiento obstinado; no dependía de su voluntad reconstituir y hacer funcionar regularmente el mecanismo del crédito, cuyo resorte impulsivo lo forma ese mismo capital nacional en su expansión circulatoria: no ha estado en las facultades de los Poderes Públicos impedir la seca, la invasión de la langosta, los estragos de la seca, la pérdida de las cosechas, la flacura de los ganados, el bajo precio de nuestros frutos del país en Europa, la paralización de las industrias, la falta de trabajo, la disminución de los salarios, la depreciación de los valores, el decaimiento de las rentas nacionales, que son las causas y los efectos característicos de la crisis que nos oprime; pero ha debido, sí, el Gobierno, y a despecho de todo, introducir una severa moralidad en la administración pública que impida la defraudación de las rentas nacionales; regularizar las finanzas, ajustando en la medida de lo posible y dentro de la ley los egresos a los ingresos del Estado; prestar a la industria y al comercio el auxilio que fuera posible para atenuar, ya que no para remediar sus males; estimular por medio de una garantía eficaz la actividad amplia y libre de todos los habitantes del país; buscar con ahinco dentro y fuera de la República, pero sin atingencias con combinaciones empíricas, los elementos necesarios para fundar uno o más Bancos Comerciales, Agrícola y Fundario, cuyo funcionamiento ha de marcar el instante preciso de la solución definitiva de la crisis. Eso es lo que el Gobierno podía hacer, y eso es lo que ha hecho.

Impávido ante la realidad que lo circundaba y el futuro que se cernía, concentrado en la defensa de su gestión, destacó en la oportunidad un accionar gubernativo que se convertiría en el lema del conservadurismo colorado, sin la relativización con que fue originalmente expresado. Ni siquiera Herrera se animó entonces a lo que sostuvieron luego sus inconfesos seguidores: Merced á esta conducta, de procedimientos lentos pero seguros (el subrayado es nuestro) y que eran los únicos posibles, puede hoy decirse sin temeridad, que la crisis está dominada en sus causas primordiales, pues la liquidación de todos los negocios pendientes – que es lo que cierra su período álgido de explosión- se ha efectuado casi por completo en los dos años últimos, aún cuando para ello haya habido que vencer las dificultades y soportar los perjuicios inherentes á la depreciación exagerada de todos los valores, que es una consecuencia necesaria de la falta de crédito y de medio circulante.

Más adelante continúa con su método, que suponía una extrema ingenuidad en los destinatarios del planteamiento : La influencia de la crisis se siente aún en las manifestaciones enfermizas de nuestra vida comercial, pero se siente de un modo indirecto, como consecuencia de la falta de los establecimientos de crédito que cayeron envueltos en el derrumbe general del país, y como proyección del pánico, que esos hechos engendraron en todos los ánimos y que todavía subsiste, traducido en la retracción del capital local y en la paralización de los negocios.

Ahí es donde está y ahí es donde será necesario atacar la causa determinante de los males transitorios de nuestra actualidad económica, y á ese objetivo ha contraído el Poder Ejecutivo todos los esfuerzos que, si hasta hora no dieron el resultado perseguido, ha sido, como lo sabe Vuestra Honorabilidad, por efecto de sucesos imprevistos y desgraciados, que han hecho fracasar varias combinaciones financieras en el momento preciso en que iban a realizarse.

Comulgando de inmediato en esa religión del optimismo que practican quienes se niegan a reconocer los hechos, destacó: Esas contrariedades no han debilitado la fe del Poder Ejecutivo en que la República encontrará en breve, fuera ó dentro del país, en condiciones ventajosas, el auxilio del capital que necesita para reconstituir su organismo bancario; muy lejos de eso, la índole de aquellas negociaciones y de los sucesos que las han frustrado, fortifican aquella fe.

Añadía Julio Herrera más adelante, desbordante de una inexplicable seguridad, siendo involuntario heraldo de una futura rectificación, cosa ésta última que hace un año después[i], precisando uno de los “fundamentos racionales y económicos que lo explicaban: ... y el conocimiento, que en Europa se tiene ya, de las condiciones excepcionales económicas y financieras que se encuentra la República del Uruguay, y que son una demostración de su solvencia y una eficaz garantía de los préstamos que se hagan”.

Inmerso en una fuerte desconsideración por toda persona medianamente informada sobre lo que ocurría, y su propia biografía, destacó Herrera: Los esfuerzos perseverantes y los sacrificios de todo género, que se han hecho, para salvar el crédito público y conservar el régimen metálico de la circulación monetaria, no han sido infructuosos como no lo es nunca la abnegación en el cumplimiento del deber y de la honradez;

Abusando del lugar común pero haciéndolo con elegancia, como era costumbre en él, ahuecando sin duda la voz, sentenció: No hay prosperidad fecunda sin crédito, pero no hay crédito sin estabilidad y no hay estabilidad posible donde falta para las transacciones comerciales la base de todo cálculo, que es, la fijeza en la medida de los valores y la seguridad en el porvenir.

Y lo dice para recaer nuevamente en la irrealidad: Nuestro país mantiene esas condiciones primordiales de todo progreso sólido; y el capital extranjero, esencialmente emigrante, ha de venir a nosotros espontáneamente, atraído por el incentivo egoísta del lucro. Es cuestión de tiempo y de tiempo no remoto.

Lo cual no lo lleva a ignorar - resultaba imposible - la situación por la que atravesaba, entre otros sectores (casi todos), el agro: “La crisis porque pasa la industria ganadera es más profunda porque reconoce por causa fundamental la falta de mercados para sus productos saladeriles – que luchan hoy con la competencia temible que les hace la República Argentina, en los dos únicos pueblos consumidores de tasajo: el Brasil y Cuba”

No obstante lo transcripto, unos párrafos antes había señalado que “la República ha salido del período pastoril para entrar en ese segundo período evolutivo de la industria agraria, llamado el período agro-pecuario”. Destacando, asimismo, para sorpresa de no pocos dado lo consignado: “Con un año bueno para nuestras industrias agropecuarias, es posible que la situación del país estuviese hoy normalizada ó poco menos; pero desgraciadamente una seca tenaz, que viene reproduciéndose periódicamente desde hace tres años, ha venido á introducir una nueva causa de perturbación en el organismo nacional impidiendo y retardando el restablecimiento de la normalidad de todos los negocios”.

 No podía dejar de referir a la situación que vivía la propia Administración. Y no lo hizo: El 15 de febrero del año ppdo. El Gobierno adeudaba los presupuestos de Diciembre, Enero y Febrero, no obstante haber aplicado a esos pagos la renta que dejaba disponible la suspensión del servicio de las Deudas Públicas.

En ese mismo día de este año el Gobierno adeuda los presupuestos de Noviembre, Diciembre, Enero y Febrero, esto es, uno más que el año pasado, no obstante haber atendido al servicio de todas las Deudas Públicas y haber pagado el déficit que dejó el ejercicio económico último.

Lo que el Gobierno adeuda hoy, por razón de presupuestos y gastos de la administración, asciende á 2:084.226 pesos.

Los recursos disponibles y los saldos de rentas á cobrar en este mes ascienden a 1:938.250 pesos.

(...)

En la última quincena del presente mes quedará saldado el presupuesto de Noviembre – que ya ha empezado á pagarse,- y él presupuesto de Diciembre, de modo que el 1.o de Marzo el Gobierno adeudará 1:144.212 pesos, para pagar cuya deuda dispondrá de 998.050 pesos, dejando un déficit de 146.000 pesos.

Pero inmediatamente recuerda su exculpación, a tres años de haber asumido como presidente y olvidándose que fue ministro del anterior gobierno. El de Tajes.

Todas las inculpaciones que se hace y puede hacerse á este Gobierno son las de haber tocado regir el país en una de las épocas más difíciles y complicadas de su existencia política, asumiendo, por en efecto inevitable de los deberes a su cargo, la ardua tarea y la responsabilidad abrumante de remediar culpas y errores políticos y financieros que traen su origen de época remota y que han llegado casi á ser anónimos por la naturaleza de los acontecimientos en que vienen envueltos. Y en verdad, que si esa circunstancia puede aumentar las dificultades y acrece el mérito de su obra sí la realiza, el fracaso de ella, posible también por la fabilidad humana, no sería causa bastante para que fuese lapidado por las iras populares[ii]. 

El intento llevado a cabo por el gobierno de Julio Herrera por consolidar las instituciones por su doctrina y la práctica de la influencia directriz estaba condenado al fracaso por ser auténticamente falso.

No se asientan nada sano sobre el fraude, la arrogancia y el desprecio que supone todo cinismo disfrazado de demagogia. Esa es la definición primera y última del régimen que intentó implantar, que informaba al gobierno de Herrera .

Los primeros mecanismos en los que se apoyó fue la ley de elecciones y el intento de reforma de la Constitución que permitiría su reelección presidencial.

Se lo conoce como “colectivismo” a ese grupo político, nuevo hijo legítimo de viejos compañeros bastardos: la fuerte inercia de cúpulas partidarias y el explícito impudor del herrerismo. Era, es, el antiguo sueño de muchos “doctores”: el ser “caudillos” sin el esfuerzo de un accionar partidario, facilitada su carrera por la manipulación de la gente.

El nombre es heredero del período de 21 días en que la Asamblea General debía elegir al sucesor de Julio Herrera y Obes como presidente de la República a partir del 1 de marzo de 1894.

En la fecha venció el mandato de Herrera y asumió interinamente la jefatura del Estado el presidente del Senado, el argentino Duncan Stewart (1833-1923)[iii].

El grupo de parlamentarios que respondía a Herrera y Obes pretendía encontrar un candidato de sus propias filas o alguien de fuera que cumpliera con la posibilidad de renuncia inmediata luego de confirmarse la reforma constitucional que habilitaría la reelección de Herrera como presidente de la República. Ante cualquier posible candidato que se le presentaba a dicho bloque legislativo por parte de otros sectores políticos, pero que no reunía la característica señalada, estos contestaban, en particular su hermano Miguel Herrera y Obes, en seráfica actitud: “No. No es de la colectividad”.

Descendiente, de alguna manera[iv], de los “candomberos” - quienes seguían más a las personas que a las ideas, y en los que predominaba una fuerte base “movimentista” -, el grupo dirigente colectivista se confundía, sin embargo, con la clase gobernante, y la justificación de su posición – la influencia directriz - podría ser calificada de aristocratismo republicano, algunas de cuyas aristas han podido ser vislumbradas como reaparecidas, hoy día, en el país.

En síntesis, la crisis de 1890 marcó durante generaciones la prevención a todo lo que ocurría financiera, económica y empresarialmente en Argentina - hecho que es aceptado pacíficamente incluso por quienes se han solo acercado a este tipo de problemas.

Una nueva situación de debilidad nacional se arrastraba desde la época de Tajes quien, en 1887, ve cerrados, además, los puertos brasileños para nuestras exportaciones debido a la epidemia de cólera desatada en Buenos Aires.

Esto trajo como resultado una importante caída en la producción saladeril que tenía su principal cliente en Brasil, el cual además levanta nuevamente trabas para la importación de nuestro tasajo en beneficio de su propia industria, todo lo cual da lugar a una reducción de la matanza de animales y a una consecuente depresión general.

A esta adversa situación generada por nuestro vecino norteño y la situación en Argentina se le añade, dos años después, la mortandad de ovinos – que llega a un 30% de su stock – y a una pérdida de cosechas de tal magnitud que hubo de importarse granos de la Argentina. Asimismo, se produce la reducción de los precios de los cueros, y en el período 1887-1890 se presenta un déficit en nuestra balanza comercial de más de 21 millones de pesos, siendo lo importado fundamentalmente productos para consumo personal.

La balanza de pagos, en esos años, nos muestra que se registró un saldo negativo de 9.754.784 de pesos.

En dicho lapso, por otra parte, se produjo una importante especulación bursátil que actúa luego como prestidigitadora, entre otros muchos “pases mágicos”, de los bienes del Banco Nacional, en actividad en que participa incluso el Estado uruguayo, dando lugar a diversas denuncias de escándalo políticos, renuncias de ministros y graves acusaciones sobre la conducta de algunos hombres públicos. Todo ello teniendo como presupuesto de actuación un círculo exclusivo del poder.

 Es menester consignar – recordando ese período - la invasión de langosta que tomó cuenta del país en 1891 y llevó al gobierno a exigir el concurso de todos los habitantes del país en dicho combate, bajo pena de $ 2 de multa por día de incumplimiento.

Por esas fechas se presenta, también, una epidemia de filoxtera que lleva a la quema obligatoria de los viñedos infectados – quien no lo hiciera lo pagaría con un mes de prisión y el monto de $ 500 - y a la aprobación de restricciones para la importación de productos vegetales, por temor a que fueran portadores de la botánica enfermedad.

Las desgracias climáticas, sanitarias, financieras – rodeadas estas de una nueva y no menos apasionada discusión sobre el respaldo en oro de nuestra moneda – el Montevideo de entonces ve revertir el proceso migratorio, comenzando la emigración a superar la inmigración, repitiéndose, muy atenuado, lo ocurrido entre 1868 y 1870. Pero ello sólo sucede en los años 1891 y 1892. En 1893 vuele a ser superior el número de entradas de personas al país que las salidas del mismo.

[i] Expresa Julio Herrera en su Mensaje a la Asamblea General del 15 de febrero de 1894: ” ..esta situación financiera de desequilibrio y de déficit inevitable que ha tenido que luchar esta administración en medio de una crisis económica violentísima que le ha cerrado rigorosamente las puertas del crédito interno y externo que con tanta facilidad le abrieron espontáneamente a la administración pasada para facilitarle su marcha regular y holgada” 

[ii] Mensaje presidencial leído ante la Asamblea General el 15 de febrero de 1893. 

[iii] El Día recuerda el impedimento de Duncan Stewart para ejercer la Primera Magistratura dada su condición de argentino (natural de Buenos Aires, era hijo de un escocés y de la uruguaya Dorotea Agell, habiendo obtenido la ciudadanía legal uruguaya). Fue ministro de Hacienda de Lorenzo Batlle. Se opone al golpe de Estado de Cuestas, integrando las disueltas Cámaras colectivistas. Y deja de actuar en política desde entonces.

Duncan Stewart era tío de Matilde Pacheco Stewart, viuda de Ruperto Michaelson Batlle, quien casó en segundas nupcias con José Batlle y Ordóñez. El padre de Matilde Pacheco era el coronel Manuel Pacheco y Obes (1813-1869), sobreviviente de la batalla de Famaillá (en la que es degollado el padre del futuro presidente argentino Nicolás Avellaneda, víctima, como tantos otros, de la crueldad rosista), hermano del héroe de la Defensa de Montevideo, Melchor Pacheco y Obes (1809-1855) cuya secretaría privada desempeñó Duncan Stewart.  

[iv] La relatividad que supone la observación va por cuenta del hecho que Julio Herrera y Obes había enfrentado a los “candomeros” cuando los incidentes del 10 de enero de 1875 que desembocan en el golpe de Estado contra el presidente Ellauri, cinco días después.

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