Cuando el “Unicato” Se Fue 
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URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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Cuando el “Unicato” Se Fue 

Al otro día de producirse la renuncia a la Presidencia de la Nación argentina de Miguel Juárez Celman (1886-1990) – la cual ocurre el 6 de agosto -, el diario El Día[i] – que aparecía al público en la tarde y vivía su segunda etapa[ii],- recogía en el editorial la opinión de José Batlle y Ordónez, sobre lo acontecido en la Argentina, bajo el título La Caída de Juárez: “Los sucesos políticos de la República Argentina han tenido el desenlace lógico que era de esperarse. Juárez ha presentado y le ha sido aceptada su renuncia viéndose aislado en medio del círculo mismo de aquellos que habían sido sus amigos. Es dudoso saber hasta qué punto le correspondía a Juárez exclusivamente la responsabilidad de la situación creada en la Argentina.

El sin duda pudo contener la corriente de corrupción que lo arrastraba, pero no quiso pararse en medio de ella y siguió contribuyendo con su actitud a fomentar los escándalos que se venían consumando. Juárez no ha sido un gobernante, ha sido un símbolo bajo el cual se alcanzaban posiciones y fortunas. No es él, por lo tanto, el único autor de los presentes males en la República Argentina. Esa situación se ha venido elaborando y envolviendo por la fuerza de las circunstancias, por una especie de locura común que se había apoderado de la masa del pueblo que se creía millonario; que se forjaba una prosperidad ficticia y que se entregaba a todo género de aventuras descabelladas pensando que siempre las fortunas habían de marchar en una progresión creciente basando su cálculo en un porvenir cercano y esplendoroso en que todos habían de quedar enriquecidos.

Juárez fue contagiado por estas tendencias de la generalidad y continuó su marcha por la misma senda que los demás seguían, autorizando el derroche y la dilapidación, que los mismos se hacían en la capital argentina que en la Provincia de Buenos Aires, en Santa Fe, en Córdoba, en Entre Ríos y hasta en las más olvidadas y lejanas provincias de la República.

Tan común era este espíritu, especialmente en las clases acomodadas, que tan solo en la Exposición de París se gastaron no menos de 15 millones de pesos oro quedando sorprendidos los parisienses de ese lujo incomprensible de derroche y de mil caprichos superfluos en que se arrojaba a manos llenas el dinero.

Y el Director Juárez, que no tenía condiciones para el gobierno, no se daba cuenta de eso ni medía las consecuencias de tanta informalidad de conducta ni de los extremos a que tal sistema conduciría. Los bancos continuaban entre tanto descontando con liberalidad desmedida, y las cédulas hipotecarias se regalaban por millares sobre tierras y propiedades de equívoco valor. En medio de todo esto, el Presidente solo era para presidir esos desórdenes o para tolerarlos pasivamente, haciéndose cómplice y director de todo.

Aparte la cuestión política, que sin duda era una base fuerte de resistencia a Juárez, lo que más ha contribuido a convulsionar a la República Argentina ha sido el estado económico del país. Desesperado el pueblo que veía la perspectiva de su ruina, se ha levantado para protestar contra el causante o cómplice de tantos males, y no sólo contra él sino también contra los que lo acompañaban en la criminal expoliación de la fortuna pública.

La caída del presidente argentino no es la caída de un hombre. Es la de un sistema ruinoso de un orden de cosas que se había venido desenvolviendo y que había llegado ya a extremos que no se pueden salvar.

Era necesario reaccionar, y comprendiéndolo así los hombres mismos que componían la situación, dejaron aislado a Juárez en el momento que creía alcanzar mayor prepotencia con su triunfo sobre la revolución.

Ese triunfo fue efímero; el triunfo de la fuerza y nada más; porque la victoria había sido moralmente alcanzada por la revolución que, aunque sometida, difundía su espíritu e imponía su voluntad a los mismos adversarios que la combatían con las armas en la mano. Ha renacido, puede decirse, de su propia tumba, tal es la fuerza que las convicciones morales tienen sobre la masa común. Tal es el poder de la idea sostenida con resolución y valor.

El éxito alcanzado en medio de la derrota puede bien lisonjear a los vencidos. La conmoción producida ha dado si no totalmente, al menos en gran parte, los efectos que se buscaban.

La situación creada por Juárez y su sistema de gobernar ha terminado y la República Argentina podrá entrar en una era de reparación y de progresos efectivos.

La constitución del nuevo gobierno, si no satisface por completo a todos, es un gran paso que aproxima al país a una época de moralidad política y administrativa y que habilitará tal vez al pueblo para entrar con más garantías que hasta el presente al ejercicio de sus derechos”. 

Pocos días después, el lunes 11 de agosto de 1890, se produce en Buenos Aires una importante concentración pública de la Unión Cívica, en la que se vocean los nombres de Mitre, Além, la libertad y la república. En la ocasión hacen uso de la palabra, entre otros, Bonifacio Lastra, el propio Leandro N. Além, el Gral. Manuel Campos y la Srta. Eustacia Cabral quien, a estar a las crónicas periodísticas, “suscitó un verdadero delirio”.

El ya presidente Carlos Pellegrini (1890-1892) – al que apodaban “el gringo” por ser hijo de italiano - esperó en su casa a la manifestación y vivó a la Unión Cívica mientras saludaba, agradecido, a la multitud. Grupos desprendidos de ésta se dirigieron luego hasta el cercano Palacio de Juárez – así era llamada la residencia del ex mandatario - protagonizando lo que ahora se denomina un “escrache”, al identificarse en la galería del segundo piso del mismo la figura del “burrito cordobés” como le decían a Miguel Juárez Celman. Éste, encolerizado – según informó la prensa – se introdujo en una de las piezas de la casa y retornó con un arma en la mano, siendo disuadido de usarla por varios amigos que aparecieron junto a él. De inmediato, soldados del cuerpo de caballería rodearon la manzana con el logrado propósito de evitar la repetición de los incidentes contra la persona del renunciante jefe de Estado.

El diario El Día, ya en la tarde siguiente de la manifestación popular realizada en Buenos Aires, señaló sus discrepancias con los inicios de la gestión de Carlos Pellegrini al comentar sus primeras medidas de gobierno[iii]: “Es difícil de explicarse el género de política que ha de seguir el nuevo gobierno argentino, que a pesar de haber nacido de la revolución que ha producido el movimiento salvador que todos aplauden ha resuelto condenar la actitud de los cuerpo de línea que en él tomaron parte borrándole su numeración y refundiéndolos en los demás cuerpos que permanecieron fieles al gobierno.

Esta actitud no se explica en el Dr. Pellegrini que de hecho ha aceptado y consagrado la revolución aceptando las manifestaciones que la Unión Cívica le ha hecho en representación del pueblo, cuyo derecho ha reconocido ofreciéndose a marchar con él.

Y sin embargo, el Dr. Pellegrini condena en la forma el movimiento producido y que lo ha llevado al poder, calificándolo de sedicioso, de rebelión o de motín militar por el hecho de condenar la actitud de los cuerpos sublevados al eliminarlos de la lista y borrar su número entre los que existen en la Argentina.

¿No ha sido digna la actitud de esa parte del ejército?

¿No han salvado al país?

¿No la ha expresado el pueblo entero de Buenos Aires reconociéndolo igualmente el Gobierno de la República?

Si esto es así, ¿por qué hacer una desleal mistificación, dando a entender que la actitud de los revolucionarios es vituperable, cuando el gobierno actual surge de esa revolución?

No es éste el medio de conciliar, atemperar, y entendemos que por este medio no alcanzará el nuevo gobierno argentino a llenar los ideales del pueblo”. 

Aquella noche del lunes 11 de agosto, en Montevideo, y a las 20 y 30 horas, desde Plaza Independencia partió una manifestación de solidaridad con el pueblo argentino, la que estuvo encabezada por un carruaje descubierto en el que viajaban dos niñas “vestidas de Libertad. Una portando la bandera argentina y la otra, la oriental. Pertenecía la primera a la familia Escardó y la segunda a la de Anaya”.

Estaba constituido el grupo por unas seis o siete mil personas que marcharon por 18 de Julio hasta la calle Andes, bajaron por ésta hasta la avenida Uruguay tomando luego las calles 25 de Mayo, Treinta y Tres, Misiones y Sarandí, disolviéndose en la Plaza Constitución, donde, desde el tablado ubicado allí, el argentino Luis Fuentes se dirigió a los presentes.

La multitud se había detenido ante las residencias del ciudadano argentino Tomás Eastman, del cónsul del vecino país, Tomás Guido, del ex ministro argentino en Uruguay y representante de su país en Lima, Jacinto Villegas – el que formuló un discurso, siendo reiteradamente aplaudido - y la del presidente Julio Herrera, quien saludó a la concurrencia desde un balcón de la misma.

Enterado El Día que algunos participantes del acto se habrían propuesto originalmente ir a saludar al diplomático argentino acreditado en nuestro país, Moreno, el diario subraya su discrepancia, afirmando que éste no sólo era partidario de la situación que acababa de finalizar en Buenos Aires, sino que había sido el representante cuando la dictadura de Santos, desarrollando entonces actitudes censurables. Exhortó el diario de Batlle y Ordónez a ir a lo de Jacinto Villegas, a quien consideró la persona idónea, por sus antecedentes, para recibir las muestras de solidaridad del pueblo montevideano con su país. Moreno esa noche ya no iba a estar en la ciudad.

Durante el transcurso de la marcha popular se lanzaron cohetes voladores, se hizo explotar ruidosas bombas y desde balcones especialmente engalanados para la ocasión se arrojaron flores a los desfilantes, quienes estaban escoltados por unas tres mil personas ubicadas en las aceras y que adherían así al motivo que reunía a los manifestantes. 

Pero la ciudad vivía ya el fuerte cimbronazo de la crisis y El Día advirtió en su edición del 14 de agosto que, al entrar la Cámara en “la discusión del presupuesto para el año económico entrante, debe tener presente ante todo la necesidad de reducir en lo posible los gastos”.

“El presupuesto – recordaba - se confeccionó hace ya dos meses, ..... pero entonces no se había producido la crisis actual y se calculaban los recursos basados en los dos años anteriores”.

*Las ventas decrecen – destacaba más adelante El Día con preocupación - , si esto continúa así, tendremos un déficit considerable a fin de año.

 “Nuestra situación financiera – observaba - no se mejorará con el auxilio extraño, sino con nuestros propios recursos y medios. El principal entre ellos es, por el momento, la introducción de rígidas economías, limitándose los gastos a lo estrictamente necesario.”

Y enfatizaba: “NADA: Economía: esta debe ser la voz de orden pudiéndose dar principio por la supresión de agregados militares a sueldo integro que ningún servicio prestan al Estado”.

Batlle y Ordónez no limitó su posición a lo expresado por El Día desde que, de no apoyarse en otras medidas se produciría un agravamiento de la crisis pasándose de una fuerte recesión a la depresión económica .

Del mismo modo se oponía al “orismo” ya que “si se examinan los rasgos culminantes de toda la conducta de los Poderes Públicos y de toda la propaganda orista se verá claramente que los verdaderos intereses nacionales nunca se han tenido en cuenta; muy al contrario: se verá que han sido sacrificados a los intereses de lo que aquí llaman el alto comercio o sea a los intereses de un grupo de dependientes o factores de fábricas europeas cuyos productos introducen al país.

A la verdad que sería ya tiempo de que se empezaran a comprender los intereses nacionales y se pusieran en práctica los medios de protegerlos.”

Por esas fechas se plantea la renuncia del ministro de Hacienda Carlos María de Pena[iv] y la crisis uruguaya continúa profundizándose.

[i] El Día se encontraba entonces en el local de la imprenta a gas Independencia, la que arrendaba, y estaba ubicada Plaza Independencia Nro. 21 estando bajo la dirección de José Batlle y Ordóñez y Olivio Sandes, siendo el secretario general de Redacción Juan Carlos Moratorio, quien desempeñará ese cargo durante largo lapso – ocupándolo asimismo luego, Héctor Álvarez Cina.

El lunes 20 de julio de 1891 El Día sale al público desde un nuevo domicilio – contando ya con imprenta propia – en 25 de mayo 421, 423 y 425 entre Juncal y la calle entonces denominada Cerro, la actual Bartolomé Mitre.

De ese sitio, El Día se trasladó, en junio de 1903, a la acera sur de Mercedes entre Andes y Florida (sus números de calle eran 40, 42, 44 y 46, pasando a ser luego 822-824-826), desempeñando la tarea de secretario general de Redacción José Pereira González, quien fue la persona que mayor tiempo ocupó dicho puesto, en toda la historia de El Día, llegando a ser miembro de su Consejo de Dirección. El primer ejemplar editado en el nuevo local tuvo como fecha el lunes 15 de dicho junio.

El lugar definitivo ocupado por el diario en 18 de Julio esquina Yaguarón corresponderá al que fue residencia de Batlle cuando su primera presidencia y también al ocupado por su predecesor en el cargo, Juan Lindolfo Cuestas. La casa entonces era arrendada. El primer ejemplar que fue publicado en el remodelado edificio salió a la calle el sábado 7 de julio de 1928. La inauguración oficial, sin embargo, se produjo el lunes 30 de julio. Fecha en la que arribó al país el equipo celeste que triunfó en los juegos Olímpicos de Amsterdam. En la oportunidad, la sirena de El Día sonó por primera vez. Había sido adquirida por Lorenzo Batlle Pacheco. De producción alemana, su destino original era complementar un faro brasileño.

La manzana delimitada actualmente por las calles 18 de Julio, Yí, Colonia y Yaguarón fue originalmente vendida por el gobierno a Antonio Rius, Genaro Rivas, Narciso Figueroa y Andrés Vázquez. La escritura se realizó en diciembre de 1834. El predio de El Día le fue atribuido a Narciso Figueroa. Casi noventa años después el propietario en ese momento del inmueble, José María Rodríguez Sosa, se lo vendió a Batlle y Ordóñez. Fue el martes 10 de junio de 1824.

Cabe señalar que cuando El Día apareció por primera vez lo hizo teniendo como domicilio el predio de Florida 124 esquina Colonia, calle ésta en la que tenía el número 16. 

[ii] La segunda etapa de El Día se inició el jueves 19 de diciembre de 1889 con motivo de la candidatura presidencial de Julio Herrera y Obes a la Presidencia de la República. La primera, como señalamos, se inició el miércoles 16 de junio de 1886, poco después de la derrota de la Revolución del Quebracho (marzo de 1886), cerrando El Día al año siguiente, luego de su apoyo a la postulación presidencial de Máximo Tajes. El último ejemplar de su primera etapa fue el del jueves 7 de julio de 1887.

El editorial en que comenta el cese de actividades historia las razones de su aparición y la misión cumplida, afirmando en sus párrafos finales: “El general Tajes asumió la Presidencia de la República en momentos excepcionales para el país. La lucha electoral se inició volviendo a agruparse todos los partidos políticos alrededor de su bandera. El Partido Colorado llamaba a todos los que habían olvidado sus gloriosas tradiciones buscando en un olvido patriótico el modo de contrarrestar la prepotencia corruptora del santismo; y El Día, sacrificando su bienestar material y las simpatías generales que le aseguraban una vida desahogada, se afilió al partido al que lo llamaban los sentimientos más puros del alma ...

Hemos procedido con cultura, sin descender de nuestra dignidad y sin violentar nuestra conciencia, en esa prédica que hemos hecho por el triunfo de ideales de patriotismo; y hoy al cesar el diario, sentimos la satisfacción del deber cumplido y de habernos sacrificado por los intereses de nuestra colectividad, a la que no debemos NADA sino desencantos dolorosos”.

La nueva aparición de El Día se produce el 19 de diciembre de 1889 con el fin de apoyar la candidatura presidencial de Julio Herrera y Obes por la cual venía trabajando José Batlle y Ordóñez. Para la refundación de El Día contribuyen económicamente, entre otros, Arturo Santana – gran amigo de Batlle.

En el transcurso de su vida empresarial recibió diversas ayudas económicas de correligionarios. Incluso emite Títulos de Deuda que rescata a su vencimiento. Y en ocasiones, antes de ello.

A los efectos de sostener el esfuerzo económico de su primera época, generosos colaboradores como Mateo Magariños Veira ven mermar su fortuna sin poder evitar el cierre de El Día. 

[iii] El Día, lunes 11 de agosto de 1890.

[iv] La renuncia de Carlos María de Pena (1852-1918) se produce el 20 de agosto de 1890 a las 7 de la tarde según señala la información periodística de la época. En situaciones como éstas, entendía que no se debían depreciar los valores causantes de la crisis, sino procurar sostenerlos y levantarlos, considerando que así era conveniente para el interés general, a fin de garantizar los intereses de todos.

Quien lo sustituyó en la Cartera, Alcides Montero, declaró a la prensa que “no pensaba que era bueno el sistema de depreciar valores para buscar la circulación metálica, y creía que lo contrario era lo conveniente a los intereses públicos”

Comentando esa declaración El Día observó en su crónica publicada el 23 de agosto de 1890: “De todo lo dicho (se deduce que) Montero será un hombre con tendencias e ideas nuevas, en oposición a los rumbos financieros que seguía el ex ministro de Hacienda, y más en armonía con las teorías del Presidente”.

Alcides Montero había sido director del Banco Nacional.

Al año siguiente, en 1891, Carlos María de Pena forma la Unión Liberal conjuntamente con Luis Melián Lafinur, Ángel Floro Costa y Juan Carlos Blanco entre otros.

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