Argentina, Brasil y las Deudas Externas
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URUGUAY UN DESTINO INCIERTO


Jorge Otero Menéndez

 

 

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Argentina, Brasil y las Deudas Externas

La idea de instalar un Banco aquí, en nuestro país, provino también de Buenos Aires. Su nombre, el nombre propuesto para tal fin, fue el de Banco de Montevideo. Afortunadamente, no prosperó.

El modelo originado en Argentina – como no podía ser de otra manera – al poco tiempo de instalado ya conoció de críticas a su actuación desde que prestaba dinero sólo a extranjeros y a altos comerciantes, dejando de lado cualquier asistencia a la producción.

La intención manifestada para obtener el permiso de actuación en Buenos Aires, sin embargo, fue la de atender la falta de circulante en la plaza porteña y se llamó Banco de Descuentos. Los directivos británicos, a poco de integrarse el capital de la entidad financiera - abril de 1824 -, desarrollaron la política crediticia consignada[1].

Debido a ello, en 1826, es creado el Banco Nacional de la Provincia de Buenos Aires, fusionándosele la primera institución: la del Banco de Descuentos. Y se crea aquél con parte del dinero del primer empréstito obtenido en el exterior, desviándose el dinero por el cual fue solicitado.

La más notoria de las personalidades porteñas relacionada con ese inicial mundo financiero de Buenos Aires fue el belfo Bernardino Rivadavia (1780-1845), quien desarrolló diversos negocios con intereses británicos de distinta sustancia y concretó lo que podríamos llamar la primera deuda externa de esa República: Un empréstito realizado en 1824, que Argentina dejó de honrar en 1829 conjuntamente con sus demás compromisos, manteniéndose el pleno incumplimiento hasta 1857, año en el que planteó Buenos Aires como pago una chúcara reprogramación de sus adeudos.

El objetivo de la propuesta consignada era el de obtener las autoridades porteñas un apoyo contra la presidencia de Justo José de Urquiza (1852-1860[2]) y capital británico para pagar a acreedores de igual nacionalidad. Situación que no fue atendida originalmente pero que luego logra hacerlo, dándole un respiro a las finanzas públicas bonaerenses y permitiéndole incurrir a su gobierno en nuevas suspensiones de pagos, muy poco tiempo después. Aquél primer préstamo de 1824 recién se terminó de pagar en 1904.

Por otra parte, el sistema bancario argentino no existió como tal desde el año 1836 – fecha en la que aconteció un profundo aprieto bancario: el vaciamiento de instituciones financieras – hasta 1862 en que se instala el Banco de Londres, Buenos Aires y Río de la Plata. Este, quince años después, sufre distintos traspiés que, entre otras consecuencias, llevan a la prisión al gerente de su principal sucursal provincial: la de Santa Fe. Todo muy parecido, como se ve.

En Brasil, el acontecer en la materia no fue muy diferente. Tengamos presente que a poco de declarar nuestro vecino norteño su independencia (1822) entra en profunda crisis el Banco do Brasil, fundado en 1808.

Con el fin de sufragar los gastos ocasionados por su separación de Portugal y el raspaje de arcas públicas que realizó João VI antes de su retorno a Lisboa, gestionó el gobierno un empréstito en Londres. Demás está decir que quien concretó dicho préstamo - por un monto de dos millones de libras - percibió una comisión personal del 2%. Era el representante brasileño en Inglaterra, Felisberto Caldeira Brant Pontes, marqués de Barbacena, de explícita avidez y fisiológica codicia,  y familiar del Supremo Dictador Perpetuo paraguayo, el hijo de padre nacido en Río de Janeiro, José Gaspar de Francia (1766-1840). Un hombre, el marqués, que, a estar a versiones históricas, se puede decir que actuaba con solvente deshonestidad, facilitada por una arraigada y auténtica vocación en ese sentido. Es el mismo que después será primer ministro y posteriormente enviado a Río Grande para evitar un posible contagio republicano en dicha región, participando en el comando brasileño cuando la batalla de Ituzaingó o Passo do Rosario (20 de febrero de 1827). En cada cargo que desempeñó supo hacer una diferencia– como se dice habitualmente – con destino a su beneficio personal, en precaución a lo que el futuro podría tener de adverso para sus intereses, marcando una pauta que repercute como señalamiento del camino de muchos altos servidores públicos hasta hoy día. Actitud esta, la del marqués, que fue reconocida y elogiada por el emperador Pedro I cuando, ya instalado en el barco inglés desde el que instrumentaría su renuncia al trono, le contesta a un devoto noble que le señala las vicisitudes que vivirían – incluso en el orden material - sin su presencia: Hubieras hecho – le señala – como el marqués de Barbacena.

Es de recordar, sin embargo, que en esa materia de desaprensión para el manejo de los dineros públicos no le iba a la zaga al marqués su circunstancial jefe militar enemigo: Carlos de Alvear[3]. Pero ésta es otra historia – la de la conducta de las autoridades bonaerenses con respecto al dinero público – que merecería un libro aparte desde que se inicia apenas unas semanas después de la fundación de la ciudad.

Aquél empréstito tomado en Londres por el gobierno brasileño, en realidad se vio consumido en destinos distintos al inicialmente propuesto: devolverle al Banco do Brasil lo que el Estado le debía. Este problema – la deuda gubernamental con la institución financiera - se entendió que podía ser solucionado contablemente y, en consecuencia, de fácil superación...: Se acreditaron como activos del Banco las incobrables deudas del Erario y así pudo aquél repartir utilidades entre sus accionistas... Es vigorosa la voluntad oficial cuando se trata de estas cosas. Y Brasil no pudo hacer frente aa sus compromisos externos hasta 1828.

El tema del dinero nacional circulante en plaza tampoco representó, en el inicio, mayor inconveniente para el gobierno brasileño: Se imprimía sin áureo respaldo y todos tan contentos. En realidad, a poco, los comerciantes, mayoritariamente de origen portugués, percibieron que debían comprar libras esterlinas en el mercado libre - eufemismo que se conserva desde entonces, no así la intervención en el mismo desde que estaba prohibido que el gobierno lo hiciese - para pagar las mercaderías importadas, y descubrieron la inflación. No se conocía en la época ningún caso relevante de una moneda de curso legal, forzoso y sin respaldo alguno que fuera aceptada por el público. Pero éste no tenía muchas oportunidades para protestar, ni a la Armada inglesa surta en los puertos brasileños para apoyarlo.

Por lo menos se evitó el cinismo de afirmar que la inflación resultaba el impuesto más perjudicial para la base de la pirámide social, ya que ésta no percibía nada como remuneración por su trabajo. No se sabía, ni era necesaria, la manipulación electoral de la ciudadanía. No estaba reconocida para ningún efecto.

El préstamo británico fue análogo a la ayuda logística dada por Londres a la corona y corte portuguesas cuando viajaron estas de Lisboa a Brasil arrastradas, sin obstáculos, por el susto de la invasión napoleónica.

Los ingleses, quienes las custodiaban, se quedaron con barcos mercantes que les devolvieron años después, no sin antes resarcirse por los gastos de mantenimientos invertidos en el período en que los usaron...

Es difícil no encontrar excusas válidas para sostener cualquier posición desde que se cuente con el poder para sustentarlas. E Inglaterra, si carecía históricamente de base ética o racional en estas cuestiones, le sobraba poderío. Los optimistas más allá de la realidad dirían, y no le faltaría algún argumento que los auxiliara en la misionera tarea, que el mundo era algo mejor desde que antes no se preocupaban los ingleses por buscar fundamentos para sus demandas. Algo que los nuevos EE.UU. parecen estar desarrollando en la actualidad. Esto es, considerar innecesario un motivo aceptable ante una opinión pública que vive algo más informada que en aquella época. Por lo menos teóricamente.

Debió ser la actitud inglesa de esos tiempos una señal para Pedro I y sus ministros de lo que sería el acuerdo futuro con su socio tutelar. No lo entendieron así. Detrás de Londres fueron las nuevas autoridades brasileñas para la realización de otro Tratado que asegurara aun más los lazos de dependencia: jurisdicción especial para los súbditos ingleses; entrega como garantía de los ingresos de los impuestos recaudados por la aduana; arancel del 15% exclusivamente para los productos manufacturados ingleses (los de otras procedencia tenían un arancel corrientemente superior), entre otras concesiones. A cambio: el reconocimiento de la independencia de Brasil, el pago a Portugal de una indemnización por los gastos incurridos por éste en su frustrado intento por sofocar la separación brasileña, y el consiguiente reconocimiento de la soberanía brasileña sobre los brasileños, en territorio de Brasil. O, al menos, no sobre los súbditos británicos. Todo lo cual era garantizado por la presencia de fragatas inglesas en los puertos brasileños, con su marinería a la orden del cónsul o el embajador británicos acreditados ante la corte imperial.

La experiencia de relacionamiento entre el reino de Portugal y sus dominios y los de la corona inglesa se había asentado, en lo que respecta a Brasil, con el Tratado de 1810 por el cual éste país no produciría casi nada manufacturado[4]. Será recién luego de la caducidad de los acuerdos comerciales, en la década de 1840, que se iniciará en Brasil un tímido desarrollo industrial. Sin embargo, una obsesión alimentaba João VI: la reconstrucción de su fuerza naval, lo que supuso un aliviado afán por vitalizar la siderurgia, la que, de todos modos, no llegó a prosperar[5].

Ello se produjo en el marco de una crisis que se llevó casi todos los bienes del tío de un niño que empezaba con él sus primeras actividades comerciales bajo protección familiar: Irineu Evangelista de Sousa, quien, pasado el tiempo y diversas dificultades, entra a la nobleza brasileña con el título de barón de Mauá.

Pocos años después, no podía ser de otra manera, se decide la liquidación del Banco do Brasil, por la cual cobran los accionistas – casi los únicos además del gobierno que podían beneficiarse, en los hechos, con préstamos no reembolsables de la institución – prácticamente el valor nominal de sus títulos. Había que salvar – se dijo ya entonces - la credibilidad del sistema financiero, sin el cual el país no se desarrollaría. En dicha tarea se encuentra Brasil, todavía. Todos sabían - los miembros de las clases dominantes obviamente, no los esclavos, de los que Brasil era el principal mercado del mundo - o no tenían inconvenientes en reconocerlo, que la honestidad no resultaba en réditos. O que el crimen pagaba, que viene a ser lo mismo.

Siempre parece existir una inocencia en cualquier nacimiento aun cuando sea de algo ilícito – es lo que pretendió invertir para la especie humana y desde el siglo II la observación del muy cristiano cartaginés Tertuliano al señalar el pecado original, particularidad enfantizada por el argelino san Agustín - y en Brasil surgía regionalmente, en esos momentos, el capitalismo financiero como fin en sí mismo, cuyas consecuencias estamos sufriendo.

Entre quienes integraban la privilegiada delegación de accionistas que concurre al Ministerio de Hacienda brasileño para hacer efectivos sus indiscutidos derechos accionarios encontramos también, ya más crecido, al futuro barón de Mauá.

No se crea que nuestro país no vivió ningún escándalo monetario, y que éste cuando se descubrió tuvo alguna consecuencia sobre su protagonista.

Durante el gobierno del dipsómano presidente Gabriel Pereira[i] (1856-1860) ocurre la primer gran defraudación financiera en Uruguay. Su autor: Hipólito Tampied.

Había realizado el gobierno un llamado a propuestas para la acuñación de monedas de cobre, siendo la más baja en precio la presentada por el citado Tampied. Éste habría obtenido un 25% de ganancia con la operación. A poco, le pareció a Tampied que dicho porcentaje podía aumentarlo reduciendo en un 20% el tenor de cobre de las monedas cuya acuñación había obtenido. Y así procedió.

Advertido el gobierno de lo perpetrado decide bajar el valor cancelatorio de las monedas, perjudicando de esta manera a los tenedores y al Estado. Al tal Tampied no le sucedió nada.

[1] En 1825 se produce en Inglaterra una crisis originada en los Bancos provinciales ingleses que comprometieron al Banco de Inglaterra que venía soportando, además, los gastos del gobierno británico. En 1826 la vicisitud se había prácticamente vencido, resultando en un apoyo al Banco de Inglaterra y el permiso de participación de sociedades anónimas en la fundación de Bancos – superando así el hrecho que los bancos provinviales (que sumaban unos 700 en la crisis) se formaran con muy pocas personas – con seis personas resultaba suficiente -, generalmente comerciantes sin ninguna experiencia bancaria. El modelo seguido entonces por el gibierno británico fue el sistema vigente een Escocia.

[2] En 1852 fue designado Director Provisorio de la Confederación Argentina. Como presidente de la misma actuó en el período 1854-1860.

 

[3] Es de recordar que tiempo después de la batalla de Ituzaingó, Carlos de Alvear se ofrece al Imperio para estar a su servicio e invadir la Argentina.

 

[4] En realidad, como se ha señalado, lo sustancial del comercio inglés estaba destinado a ingresar de contrabando en las colonias españolas.

 

[5] II. O Brasil Monárquico. 4. Declínio e queda do Imperio. Historia Geral da Civilização brasileira. Sob a direção de Sérgio Buarque de Holanda. Difel 4 edición.

 

[i] La candidatura de Gabriel Antonio Pereira (1794-1861) si bien fue consecuencia del Pacto de la Unión, llevado a cabo por Venancio Flores y Manuel Oribe el 11 de noviembre de 1855, fue postulado por éste último quien era además su compadre. Venancio Flores sostuvo a Francisco Agell como candidato a la Presidencia, que se había desempeñado como diputado por Soriano entre 1854 y 1855. Dicho pacto da lugar a un alzamiento popular de protesta que involucra la toma de El Fuerte, el 25 de noviembre de 1855, sostenido por colorados liberales liderados por José María Muñoz, Fernando Torres y Eduardo Bertrán. No participó en la ocasión en la ocupación de la Casa de Gobierno el general Lorenzo Batlle, que sí lo había hecho en la anterior ocasión: el 28 de agosto de 1855 en levantamiento que lleva a Luis Lamas a la Presidencia de la República.

Nos dice Fernández Saldaña en su Diccionario Uruguayo de Biografías 1810-1940 (Editorial Amerindia 1945) “Hombre de larga y destacada figuración en los tiempos aurorales de la patria, llegó a la primera magistratura ...... en notorias condiciones de merma intelectual. “ Y agrega más adelante: “.... autoritario y apático en cuyo cerebro el alcohol venía labrando lentamente”.

El 1 de marzo de 1856 se reúne la Asamblea General para designar al nuevo presidente de la República. El primero en votar fue el diputado por Durazno Rafael Fernández Echenique y lo hace por Gabriel Pereira. Luego queda registrado en actas el sufragio por Florentino Castellanos (1809-1866) de Francisco de Tezanos. Florentino Castellanos tenía una bien ganada fama de hombre conciliador y liberal, asentada por haber sido sucedido en el cargo de ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores de Juan Francisco Giró por su opuesto Bernardo Berro.

Acompañan a Gabriel Pereira, posteriormente, el diputado por Soriano, José Encarnación Zás, el diputado por Tacuarembó, Pedro Chucarro, el diputado por Cerro Largo, Francisco Fernández Fisterraz.

Seguidamente lo hacen por Florentino Castellanos, el diputado por Cerro Largo Estanislao Durán y el diputado por Maldonado, Juan José Acosta.

Por Gabriel Pereira lo hace inmediatamente después el diputado por Maldonado José Gabriel Palomeque – que era el presidente de la Cámara de representantes - y por Castellanos, el diputado por Canelones Mateo Magariños – quien había antecedido a palomeque en la presidencia..

El diputado por Montevideo Hermenengeildo Solsona, el diputado por Soriano Pedro de la Torre y el diputado por San José (con essa inverstidura consigna su balota) Tiburcio Cachón – quien actuaba, sin embargo, como senador por San José por renuncia de su titular José Alvbarez del Pino, sufragan luego por Gabriel Pereira. Haciéndolo por Castellanos, el diputado por Maldonado Francisco Veira.

El senador por Minas Apolinario Gayoso, que se desempeñaba en la ocasión como presidente de la Asamblea General dada su condición de vicepresidente del Senado vota por Gabriel Pereira, acompañándolo en su posición el diputado por Maldonado Luis Magariños Cervantes, el diputado por Minas Juan José F. Aguilar, el diputado por Montevideo Carlos Víctor López y el diputado también por Minas Ramón Fernández.

Enseguida el senador por Montevideo Luis Lamas – quien se encontraba completando el mandato de Salvador Tort el cual había renunciado el 14 de julio de 1855 - vota por Juan Miguel Martínez, el cual ocupará el siguiente año dicha banca.

Pero los senadores José Lozano (Colonia) y Manuel Basilio Bustamante (Montevideo) lo harán por Gabriel Pereira.

Por Castellanos lo hacen a continuación los diputados por Colonia Patricio Vázquez y Juan F. Rodríguez, y por Pereira el diputado por Paysandú Juan José de Arteaga.

Gregorio Conde, diputado por Canelones, sufragará por José Ellauri y por Pereira los senadores Manuel Flores (Durazno), Juan Manuel de Lazota (Tacuarembó) y los diputados Felipe de los Campos (San José), Salvador Buxareo (Montevideo), el senador Manuel Acosta y Lara (Salto), diputados Eduardo Martínez (San José) y Eugenio Fernández (Montevideo). Asimismo se pronuncia por Pereira el senador por Canelones Santiago Sayago, siendo el último en emitir su voto.

De ese modo, deja constancia el acta que votaron por Gabriel Pereira 24 legisladores, por Castellanos, siete; por Martínez, 1 y por Ellauri, 1.

Se encontraba en uso de licencia el senador por Cerro Largo José Pedro Ramírez. No se registró expresamente la ausencia del presidente de la Asamblea General, José María Plá desde que se encontraba en ejercicio de la Presidencia de la República., que se desempeñaba como senador por Maldonado. Ni se consigna la falta del senador suplente por Colonia, Enrique Muñoz (el titular Antonio Rodríguez se desempeñaba como Ministro ante la corte de Río de Janeiro), aunque es posible pensar que abedeció a su profundo anti oribismo.

Ni la ausencia de los diputados colorados conservadores – radicalmente contrarios a Venancio Flores - José María Muñoz, Fernando Torres y Eduardo Bertrán (quien luego de diversas vicisitudes muere asesinado por orden de Latorre, ejecutada por el coronel Valentín Martínez a tiros y puñaladas; el hecho sucedió cerca de la casa de Gobierno a plena luz del día). Sobre los tres parlamentarios recaía una acusación del Poder Ejecutivo – de alteración de la paz pública manifestada en el alzamiento del 25 de noviembre de 1855, que involucró la toma de la Casa de Gobierno – respecto a la cual debía dictaminar una Comisión Especial. Estos estuvieron primero emigrados en Buenos Aires. Posteriormente el presidente interino Manuel Bustamanet les impidió el retono al país, resolución que fue levantada por José María Plá (1794-1869) un día antes de la votación presidencial realizada por la Asamblea Generasl, cuando ocupa provisoriamente la Presidencia de la República – del 15 de febrero de 1856 al 1 de marzo del mismo año.

Se deja constancia en el acta que faltaron con aviso los diputados (Pedro) Bustamante (Montevideo) y (Francisco) Araúcho (Salto). Y sin aviso (Juan Carlos) Neves (Colonia), (Juan Antonio) Labandera (Canelones) y (Zacarías) Mayobre (San José).

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