el aprendiz de brujo
BIBLIOTECA VIRTUAL de Derecho, Economía y Ciencias Sociales

 

CUENTOS ECONÓMICOS

David Anisi

 

 

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EL APRENDIZ DE BRUJO

Hubo una vez un rey bueno que un día recibió un presente del lejano y poderoso Emperador del Oriente. El regalo estaba cuidadosamente empaquetado, y al quitar la seda que lo envolvía nuestro rey halló dos cajas y una carta. Cuando comenzó a leer la misiva se encontró con lo siguiente:

"En prueba de mi afecto y recordando nuestra vieja amistad te envío algo que estoy seguro que te gustará. Abre ahora la caja azul y luego sigue leyendo lo que tengo que decirte..."

El Rey, que sabía que el Emperador gustaba de los juegos, interrumpió la lectura de la carta y tal y como se lo habían sugerido abrió la caja azul y extrajo su contenido.

Se encontró con algo parecido a una esfera plateada del tamaño de una sopera, con una abertura en el inferior y una pequeña manivela en un lateral. Nuestro Rey confiando en que nada peligroso podría derivarse de la utilización de un artilugio enviado por su amigo el Emperador comenzó a girar la manivelita.

Al comienzo nada pareció ocurrir pero poco a poco nuestro personaje empezó a ver como por el orificio inferior de la esfera empezaba a surgir algo.

Al cabo de veinte minutos de incómodo trabajo - ya que la manivela era demasiado pequeña para que la mano del Rey pudiera hacerla girar con facilidad - ya se percibía claramente el resultado.

El Rey se relamió de gusto al contemplar como de aquella esfera mágica surgía ya la mitad de una maravillosa naranja de la China de la que tanto él gustaba. Tras otros veinte minutos de darle a la manivelita la naranja completa estaba a su disposición, y la degustó con gran deleite. Después continuó leyendo la carta, que seguía así:

"...¿Te ha gustado, verdad?. Sé la ilusión que te haría poseer esta máquina que da esas frutas imposibles de cultivar en tu país y que tanto te gustan. Pero también sé que es muy lenta y que te ha costado mucho tiempo extraer una, y para solucionar ese problema te he mandado la caja pintada de rojo. Ábrela y luego sigue leyendo..."

En la caja roja se encontraban cuatro enanitos. Saludaron afables y luego, al ver los restos de la naranja de la China que el Rey había dejado se precipitaron hacia ellos, aunque manteniendo en lo posible la compostura, y los acabaron en un santiamén.

El Rey, asombrado, volvió a la carta, y en ella leyó:

"Como te puedes empezar a imaginar ya no será necesario que tu gires la manivela. Estos pequeños seres se alimentan de naranjas de la China y trabajarán para ti a cambio de algunas de ellas. Por lo demás son muy decorativos y pienso que quedarán muy bien en tus jardines. O sea, que disfruta de mi doble regalo y sé feliz.

¡Ah!, se me olvidaba pero es muy importante, estos enanos son serviciales, simpáticos, trabajadores y difícilmente te causarán problemas, pero se reproducen cuando ellos quieren. Es decir, que si de un día para otro deciden que deben ser mas, pues lo son y nadie sabe como lo hacen. Si te ocurre algo así te deshaces de los que te molesten y en paz.

Y paz es también lo que te desea tu viejo amigo el Emperador de Oriente."

El Rey estaba feliz. Consideró que le gustaría comer diariamente ocho naranjas de la China y pensó que con una naranja para cada uno de los enanos habría suficiente. Así uno de ellos daría a la manivela durante ocho horas y se llevaría a casa cuatro de las doce naranjas que obtendría.

Llevó a los cuatro enanos a un rinconcito agradable de los jardines, les instaló allí y les explicó el plan.

- En adelante - les dijo - viviréis aquí y podréis moveros libremente. Únicamente necesito que uno de vosotros, por ejemplo tú, - dijo señalado a uno de ellos - venga todos los días a girar la manivela de la máquina durante ocho horas y a cambio te entregaré cuatro naranjas. ¿Queda claro?.

Los enanos asintieron y así comenzaron a pasar los días. El enano trabajador recogía cotidianamente las cuatro naranjas que ponía a disposición de todos. Las comían con deleite y agradecidos, pero no les bastaba puesto que a cada uno de ellos le hubiera gustado comerse dos en lugar de una. Tampoco querían mas, pero una era claramente insuficiente.

Los cuatro enanos se reunieron en consejo. Si pudieran convencer al rey de que utilizase a otro de ellos como trabajador podrían conseguir las ocho naranjas que deseaban, y así decidieron que otro de ellos debería trabajar, y por sorteo le tocó a alguien.

De esta forma, cuando al cabo de unas semanas el Rey los visitó e inquirió sobre la existencia de algún problema, uno de ellos alzó la mano y manifestó:

- A mí también me gustaría trabajar en la máquina.

El Rey volvió a palacio levemente preocupado. Su reino se regía por leyes, normas y costumbres, pero también sabía, en cuanto era ciertamente leído e instruido, que con el asunto de los enanos y la máquina de frutas había introducido el trabajo asalariado. Y claramente uno de aquellos pequeños seres le había informado de que deseaba trabajar y no lo hacía. Es decir, que en su reino existía un "desempleado", y esto, a él, no le agradaba en absoluto.

Nuestro rey nunca se había encontrado con un problema tal y decidió consultar algún libro. Adecuadamente colocado en la sección de Brujería de su biblioteca encontró un manual reciente sobre Economía.

Al abrir el manual se le nubló la vista y casi se desvaneció pero pronto se recuperó y encontró lo que buscaba: "el desempleo puede reducirse con la adecuada disminución de la jornada de trabajo".

Dejó de leer y se aprestó a la tarea. Anunció a los enanos que a partir de ese momento habría dos turnos de cuatro horas cada uno por el que se recibirían dos naranjas y así aquel que deseaba trabajar podría también hacerlo.

El mismo Rey vigiló que en el segundo turno se presentase un enano distinto al que había acudido al primero, puesto que como eran casi indistinguibles podrían hacerle trampas, y esa misma noche los visitó.

- Bien -les dijo - ahora están trabajando dos de vosotros: el que ya lo hacía antes y el que deseaba hacerlo. ¿Hay algún problema?

Los cuatro enanos lo tenían muy claro. Si ahora cada uno de los que trabajaba podía obtener dos naranjas, para conseguir las ocho que deseaban deberían trabajar los cuatro. Por ello los dos que todavía no trabajaban le comunicaron al Rey su deseo de hacerlo.

Algo parecía no funcionar, pensaba el Rey mientras que se dirigía a su palacio. Había reducido la jornada de trabajo y ahora en lugar de tener un "desempleado" se encontraba con dos.

- Pues que trabajen los cuatro - se dijo - poniendo cuatro turnos de dos horas a una naranja por turno.

Y así se hizo. Los enanos se reunieron por la noche y uno de ellos habló expresando el sentimiento compartido:

- Tal como estamos nunca podremos conseguir las ocho naranjas que deseamos. Tal como están las cosas tendríamos que ser el doble.

Con lo que al día siguiente y sin saber nadie cómo y de que forma aparecieron cuatro enanos más, que comenzaron a gritar por el jardín demandando un trabajo.

El Rey redujo la jornada a una hora por media naranja para que trabajaran los ocho, pero al día siguiente había un total de dieciséis; y luego a media hora para pudieran trabajar los dieciséis, pero se encontró con treintidós al amanecer.

Mientras que nuestro personaje disfrutaba de sus ocho naranjas veía como ya sólo un octavo de naranja tomaba cada uno de los enanos. Sin embargo, la receta de aquel manual de economía no podía dejar de funcionar y decidió seguir reduciendo la jornada: a un cuarto de hora, a cinco minutos, a minuto, a medio minuto...

Su jardín se iba llenando de multitud de enanos. Pero ya no eran graciosos ni decorativos. Eran unas masas de seres famélicos que deambulaban sin sentido durante todo el día entreteniendo su hambre con el pequeño trozo de gajo que les correspondía. Y cada día más gentes, más hambre, más dolor.

Nuestro rey no quería que todo ello acabase en sangre y volvió a la biblioteca a consultar el maldito manual de Economía. Al abrirlo surgió de él una nube luminosa que se materializó posteriormente en un alguien que miraba con preocupación y un tanto de reproche a aquel Rey.

- ¿Qué has hecho, insensato? - Dijo la aparición.

- Seguí las instrucciones del libro. - Contestó el monarca.

- Estáis locos, estáis locos. Estáis todos locos, quienes escriben estos libros y quienes los leen. Y además sois unos ignorantes. Unos locos ignorantes y peligrosos.

- Pero dime espíritu - balbuceó el Rey - ¿Qué podía haber hecho para dar trabajo a aquel desempleado?

- Desde luego nada parecido a lo que realizaste. Comenzaste con un desempleado y ahora tienes a miles de hambrientos. Podías quizá haber reducido la jornada a la mitad manteniendo el salario de cuatro naranjas; o quizá hubieras podido mantener la jornada de ocho horas elevando el salario al doble...

- Pero eso supondría - contestó el Rey - que de las doce naranjas yo me quedaría con cuatro y ocho irían a los enanos, y yo estoy siempre acostumbrado a tener el doble que los demás.

- Pues si es así podías haberles propuesto una doble jornada de ocho horas a cuatro naranjas por período. Ellos se hubiesen llevado las ocho que deseaban, hubiesen trabajado los dos que así lo querían y tu tendrías dieciséis naranjas en lugar de ocho.

- Pero yo sólo quiero ocho, no dieciséis.

- Pues ofrece las ocho que no quieres a un santuario dedicado la memoria de los economistas no estúpidos. Con que las renueves diariamente tendremos para todos y aún nos sobrarán muchas.

El espíritu desapareció lentamente y nuestro Rey levantó su cabeza del manual sobre el que dormido se había quedado. En el jardín sólo estaban los cuatro enanos regalo del Emperador. Se dirigió hacia ellos y les dijo:

- A partir de mañana necesitaré ocho naranjas más, con lo que el que me dijo que quería trabajar en la máquina podrá hacerlo cuando acabe su jornada de ocho horas el más antiguo.

Nuestro Rey había elegido unas piedras sobre el acantilado para depositar las naranjas como ofrenda. El sol se ponía, y pronto los animalillos, terrestres, acuáticos y alados, tendrían su festín. Pensó, mientras que el rumor de la vida le envolvía, que tal vez esas naranjas podrían tener mejor destino, pero mientras que no se le ocurriera otra cosa estaba bien así.

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