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Anexo IV
Una apuesta geoestratégica
(la incorporación de Turquía + Rusia a la Unión Europea)


Turquía



El debate sobre el ingreso de Turquía en la Unión Europea ha entrado en una nueva fase. El presidente de la Comisión, Romano Prodi, ha anunciado que recomienda la apertura de negociaciones siempre y cuando se cuente con la garantía de que el proceso de reformas en Turquía será irreversible y se verá culminado. Prodi plantea unas salvedades importantes en el sentido de que “cualquier interrupción en el camino de la democracia, el respeto a los derechos humanos y libertades del Estado de Derecho acarreará una suspensión de las negociaciones”.
Los dados han comenzado a rodar y la cuestión turca ocupará el centro del debate sobre el futuro de Europa. Aunque el ingreso definitivo no se produciría hasta el año 2014 será muy difícil que se interrumpan las negociaciones porque Turquía tiene como prioridad nacional el formar parte de la Unión Europea. Los argumentos son muy poderosos entre los que son partidarios de dar este paso y los que consideran que una Turquía en Europa desnaturalizaría el Tratado de Roma de 1957 en el que no se consideraba la posibilidad de cruzar algún día el Bósforo.

Los partidarios (entre los que me incluyo) argumentan apasionadamente que admitir a un país socialmente musulmán es decisivo para evitar un choque de civilizaciones entre el Islam y Occidente. Los que se oponen con igual pasión dicen que sería un gran error que acabaría destruyendo la idea de Europa.
Antes preguntaba: dónde comienza y dónde termina Europa?
No soy el único (y espero no ser el último) que contesta: Europa comienza y termina allí donde decidan los europeos.

En la presentación que se realizó del Informe sobre la adhesión de Turquía a la Unión Europea, elaborado por una Comisión Independiente encabezada por el ex-presidente de Finlandia, Martti Ahtissari, y de la que han formado parte personalidades tan relevantes de la vida política e intelectual europea como Michel Rocard, ex-primer ministro de Francia, Marcelino Oreja, ex ministro español de Asuntos Exteriores y ex comisario europeo, Emma Bonino, ex comisaria europea, o Anthony Giddens, ex director de la London School of Economics e inspirador de buena parte de las políticas de Tony Blair, efectuado en el Palau de la Generalitat de Catalunya (en noviembre de 2004), el ambiente en la mesa presidencial era claramente favorable a la adhesión de Turquía. Emma Bonino, por ejemplo, se lamentó que la UE exigiera indebidamente a Turquía mucho más de lo que normalmente exige a otros candidatos a la adhesión, como Bulgaria o Rumania.
Emma Bonino y Martti Ahtisaari presentaron al unísono las principales conclusiones de la Comisión Independiente: las negociaciones “deben iniciarse ya, tan pronto como Turquía cumpla los criterios políticos de Copenhague (derechos humanos, respeto a las minorías, etc.) pues su demora una vez más perjudicaría la credibilidad de la Unión y sería vista como una violación del principio generalmente reconocido conforme al cual los pactos deben cumplirse…Turquía es un país euroasiático, su cultura e historia están estrechamente entrelazadas con Europa…Cualquier objeción en principio contra la incorporación de Turquía debería haber sido planteada en 1959, en el momento en que Turquía presentó su primera solicitud, en 1987 cuando Turquía depositó su segunda solicitud, o en 1999 antes de que a Turquía se le reconociera la condición de candidato a la adhesión”…

La Comisión, sin embargo, no fue unánime con respecto a Turquía. Media docena de los veinte comisarios se opusieron a que se abran negociaciones por diversas razones. Pero la polémica también estaba (y está) en la opinión pública europea, una parte de la cual ve con reticencias e incluso temor una adhesión de Turquía, no sólo por razones políticas y religiosas, sino sobre todo económicas y principalmente por miedo a una ola migratoria de trabajadores.
Turquía es un país que tiene en al actualidad 70 millones de habitantes, pero que superará los 80 millones dentro de 10 años. Tiene ahora un PIB por habitante de 2.790 dólares, que es una séptima parte de la media europea ampliada a los veinticinco países actuales, y un 33% de la población trabaja en la agricultura, lo que da cuenta del bajo estado de desarrollo de su economía. Al margen de la cuestión del poder político que le correspondería por el número de habitantes, la parte de los presupuestos europeos que en forma de fondos de cohesión recibiría Turquía tendría ahora un fuerte impacto para la política agrícola común (PAC) y supondría un grave problema presupuestario.

(La Unión Europea) está a prueba ahora. “Si no queremos un choque de civilizaciones, y queremos la reconciliación, Turquía debe tener un lugar en la UE”, dijo Tayip Erdogan, primer ministro de Turquía. (BBCMundo.com – 7/10/04)

La decisión final sobre la fecha de inicio de las negociaciones con Turquía será tomada por los gobernantes de los 25 países miembros el próximo 17 de diciembre (a un mes del momento en que se redacta esta apartado del ensayo).
Si la respuesta es positiva (como deseo y espero), los analistas creen que las partes se sentarán a la mesa a mediados de 2005, cuando Gran Bretaña asuma la presidencia rotativa del bloque, y que podrán permanecer conversando más de una década.

Un par de artículos periodísticos de referencia, publicados en Lavanguardia.es, para rizar el rizo:
(11/10/04): “En 20 años los europeos migrarán a Turquía”
(Entrevista a Serhan Cevik, vicepresidente de Morgan Stanley)
“Turquía es el país que tendrá este año el mayor crecimiento del PIB a escala mundial, con un alza que podría superar el 10%...
-Europa puede asumir el coste económico?
Turquía no entrará mañana. En el mejor de los casos, tardará diez años…En 2015, Turquía será un país distinto al de ahora y tendrá una economía comparable a la de los países mediterráneos en la actualidad…
-El FMI califica los resultados de la economía turca de excelentes, mientras que los analistas hablan de milagro. Exceso de optimismo?
Comparto mayoritariamente estas opiniones entusiastas. El factor más importante es el aumento de la productividad. En los noventa crecía a un ritmo del 2,4% pero en estos momentos lo hace al 7,5%. En el primer semestre, el PIB creció a un ritmo del 14% y este año el crecimiento de Turquía va a superar el de China. No es sólo una cuestión de números. Junto a la economía, todo el país se está transformando. Las reformas estructurales acompañan al renacimiento de la economía…
-En los próximos años veremos más deslocalizaciones hacia Turquía?
Le voy a dar un dato. En los últimos 80 años, desde que nació la Turquía moderna hasta el 2002, se instalaron unas 16.000 empresas. Hace dos años, se cambió la ley para facilitar las inversiones extranjeras. Ahora no hay ninguna discriminación. Pues bien, desde entonces, en apenas 15 meses, ¡se han instalado más de 2.200 compañías! En el sector de la automoción, por poner un ejemplo, se está creando un auténtico cluster industrial de empresas muy competitivo. Las firmas no se trasladan a Turquía sólo porque los costes son más baratos sino porque hay un mercado interior de 70 millones de habitantes con un poder de compra que va a incrementarse.
-Pero los europeos temen la llegada de una ola de inmigrantes procedentes de Turquía
Esto no va a ocurrir. Supongamos que Turquía cumpla con todos los compromisos y que en un plazo de diez años entre en la UE. Supongamos también que, igual que ocurre con los países del Este que acaban de acceder a la Unión, se limite la inmigración durante un periodo de siete años. Pues bien, dentro de 17 años ¿sabe lo que ocurrirá? Que los europeos irán a Turquía a buscar trabajadores. En Europa centro-occidental la edad promedio es de 55 años y va para arriba. En Turquía es de 26,5. Para el 2020, el país habrá crecido tanto que se habrá convertido en una zona atractiva para vivir. Hasta creo que los turcos no tendrán necesidad de emigrar, sino que los europeos optarán por irse a Turquía atraídos por un nuevo abanico de oportunidades”.

(18/10/04): “Apostar por Turquía: una oportunidad a largo plazo”
(César Molinas, ex Managing Director de Merrill Lynch)
“La más que probable entrada de Turquía como miembro de pleno derecho de la Unión Europea en un futuro no demasiado lejano tiene enormes consecuencias políticas, económicas y financieras. Al final del proceso de negociación, que puede durar diez o más años, se vislumbran una Turquía muy cambiada –a mejor- y una Unión Europea también muy cambiada –también a mejor-. Resulta llamativo que esta última dimensión del proceso parezca habérsele escapado a la mayoría de los comentaristas.
Para Turquía, el acceso a la UE será un factor decisivo de estabilidad política y acabará de consolidar un Estado democrático. Escribía Huntington en su famoso “Choque de las civilizaciones” que el proyecto turco –al igual que el ruso o el mexicano- conlleva nada menos que un cambio de civilización. De un paradigma otomano, oriental y musulmán a otro europeo, occidental y laico…
La Turquía que anticipamos formará parte de la UE antes de 2020 y será muy probablemente inclasificable en términos de los esquemas históricos al uso. De hecho ya lo es. No será nítidamente occidental, pero tampoco oriental. No habrá renunciado a ninguna de sus raíces culturales pero habrá asentado los hábitos democráticos, incorporado al legado de Ataturk el respeto a las minorías y a los derechos humanos, estabilizado su economía y avanzado en el sometimiento de la gobernación económica al imperio de la ley.
En la UE el acceso de Turquía precipitará cambios de gran envergadura. La vía funcionalista está ya agotada…La entrada de Turquía acabará definitivamente con la ficción de una Europa que de una manera homogénea va avanzando hacia una integración política cada vez mayor. Un espacio económico único extendiéndose desde el condado de Cork hasta el Kurdistán (¿por qué no más lejos?) convivirá con procesos de integración política de geometría variable o “a la carta” entre grupos de países interesados en colaborar más estrechamente en materias de política monetaria defensa y seguridad, política exterior, fiscalidad u otras.
Esto está ocurriendo ya. Hay tres estados miembros que, pudiendo hacerlo, no participan en la unión monetaria. Otros no participan en el acuerdo de Shengen. La unidad política requiere mucha mayor homogeneidad cultural que la económica. ¿Por qué negar los beneficios de la segunda –que, además son siempre mutuos- a los que no aspiran a la primera? Por si lo anterior fuera poco, el acceso de Turquía acabará con la tan criticada Política Agraria Común (PAC) por la simple razón de que, con Turquía dentro, no se puede financiar. La desaparición de la PAC librará muchos recursos en el Presupuesto comunitario que podrán dedicarse a fines con mayor racionalidad económica y política…
Un país inclasificable –Turquía- se integrará en un proyecto inclasificable, la UE. Las negociaciones serán largas y complejas porque en Europa hay intereses especiales que resultarán perjudicados: los agricultores son sólo un ejemplo entre varios posibles. Sin embargo el interés general, ese gran olvidado por la política económica, saldrá favorecido. Turquía aportará dinamismo demográfico, crecimiento vigoroso de la demanda interna, riqueza cultural, potencia militar…y grandes oportunidades de inversión”…