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CAPÍTULO TERCERO

Estrategias De Desarrollo

Las propuestas teóricas de Antonio García no tenían como fin único servir de instrumentos para la interpretación y conocimiento de los procesos socioeconómicos de América Latina, no se busca el conocimiento per se, sino el conocimiento para la transformación revolucionaria. Por eso, no estamos en presencia de una teoría pura, sino de una teoría revolucionaria o mejor de una teoría para la revolución social. Por tal razón, las estrategias de transformación de la realidad se formulan simultáneamente con el razonar teórico. El siguiente párrafo es ilustrativo en este sentido:

A través de la obra teórica que he venido adelantando desde hace quince años -y que forma parte de ese movimiento de emancipación ideológica y política de América Latina al que pertenecen los más diversos valores, mexicanos o bolivianos, argentinos o ecuatorianos, peruanos o chilenos- he insistido en la necesidad impostergable y vital de que los países débiles y atrasados -la zona oscura del mundo, que cubre una extensa área de Asia, Africa y América Latina- elabore su propia teoría, su propia versión de la historia, su propia filosofía de los hechos, con el objeto práctico de que fije su posición y sus normas de desarrollo1.

Algunos aspectos característicos de las estrategias de García pueden ser identificables. Sus planteamientos combinan el largo plazo, hacia los cambios sociales radicales, con los cambios tácticos, posibles de llevar a cabo al interior del mismo sistema capitalista dependiente, característico de Colombia. En este aspecto, seguramente, además del marxismo, recibió la influencia del líder Jorge Eliécer Gaitán. Quien, a su parecer, identificó:

1) el principio doctrinario de que la causa del proletariado y de las clases y razas oprimidas iría a variar fundamentalmente la suerte del capitalismo y de la Nación colombiana y 2) el principio táctico de que los ideales socialistas podían realizarse a través del Partido Liberal Colombiano2.

En el esquema teórico de García, el Estado asume un papel central en cualquier proceso de transformación social, pues es la única estructura capaz de conducir una operación estratégica y global de desarrollo económico y social, de movilizar el esfuerzo interno, de imponer una dinámica al proceso de transformación y de diseñar e implementar unas nuevas reglas de juego. Sin embargo, el Estado, dice García, debe disponer de un poder real para enfrentar los obstáculos y resistencias internos y externos (dominación y dependencia) que se presentan en todo proceso de reforma; el nuevo poder no solamente debe concentrarse en el Estado sino que debe legitimarse frente a las fuerzas sociales, sustituyendo al sistema tradicional de conducción política por unas nuevas estructuras de participación y de movilización popular que expresen y representen las nuevas líneas teórico-ideológicas de la nueva organización social. García agrega que el desarrollo es políticamente imposible sin un Estado nacional fuerte y sin un orgánico y decisivo sector estatal de la economía.

Las propuestas de cambio de la sociedad, en el corto y mediano plazo, tienen en cuenta tres aspectos fundamentales: la participación activa del Estado en la sociedad, a través de las políticas y la planeación económica; la reforma agraria y la presencia autónoma de la universidad pública, que debe jugar el papel de guía teórica. Si bien, como quedó dicho, sus propuestas estratégicas se entrelazan con las teóricas, existen algunas obras de connotaciones especialmente estratégicas. Es el caso del libro que escribió a finales de la década de los cuarenta, mientras se desempeñaba como concejal de Bogotá: Planeación Municipal; sus obras sobre reforma agraria y cooperación agraria y los libros La crisis de la Universidad y Una Vía Socialista para Colombia.

Una característica persistente en las estrategias de cambios fundamentales, es su insistencia en las particularidades de la revolución colombiana o, al menos, latinoamericana.

Los cambios en la organización económica pueden tener lugar a partir del municipio, con la socialización de los servicios básicos que éste presta a la comunidad. Este tipo de transformaciones, sin embargo, pueden considerarse revolucionarias, por cuanto no son corrientes ni propias de las clases que han detectado el poder en América Latina. Al respecto dice García:

...no hay razón suficientemente poderosa para no creer que una transformación de la vida colombiana como la que puede operarse con este socialismo municipal -tan liberal en sus propósitos y tan ajustado a la necesidad de una planificación de las inversiones- no sea una transformación revolucionaria3.

La planeación, con socialización, es posible de realizar a través de una serie de etapas, de las más elementales a las más complejas. La primera etapa sería la socialización de los servicios municipales. Se trata de prestar servicios como los de agua, energía, salud, educación, etc., sin esperar de ellos rentabilidad capitalista. Un buen contra ejemplo tuvo lugar en las últimas décadas del siglo XX con el proceso, que podemos llamar contra revolucionario, de privatización de los servicios públicos, buscando lo que dieron en llamar competitividad, que no es otra cosa que la búsqueda de la rentabilidad de tipo capitalista.

Una segunda etapa en la socialización pasaría a los órganos de servicio del Estado y de las empresas de los productos clave de la economía. Pensaba García en productos como transporte, combustible, minería y similares.

En una tercera etapa se pasaría a socializar los medios fundamentales de producción. Pero incluso esta etapa no se podía considerar como propia de un país socialista, puesto que tal socialización era compatible con el liberalismo gaitanista y a Gaitán no se le puede acusar, por supuesto, de comunista. Estas socializaciones, así no sean más que las del municipio, se pueden constituir en pasos tendientes a la construcción de una verdadera democracia en el país, una democracia orgánica, que es la propuesta garciista.

Esta socialización municipal nos acercaría a la fórmula de una democracia justa y auténtica para Colombia: Socialismo Económico + Liberalismo Político. O lo que es igual: economía planificada para el bienestar del pueblo y para la ampliación y garantía de las libertades políticas4.

La planeación, a cualquier nivel, como la entendía García, implica no la decisión vertical de los órganos planificadores, respecto a las comunidades o la sociedad, sino la interrelación entre los distintos organismos y entre éstos y las organizaciones sociales de todo tipo. La esquematización de las diferentes interrelaciones, se puede plantear de la siguiente manera:

De una parte, entre los distintos órganos del poder público. Entre las unidades administrativas del municipio, por ejemplo secretarías, o entre los diferentes niveles de la administración, ya sea del municipio con el departamento o con la Nación, etc.

De otra parte, entre el Estado y las organizaciones de la sociedad. Estas pueden ser partidos, iglesias, sindicatos, cooperativas, gremios empresariales, etc5. Lo importante es comprender la planificación como un proceso concertado entre los órganos del Estado, entre el Estado y las organizaciones de la sociedad y entre las organizaciones sociales. No se trata de la planificación centralizada obligatoria que fue característica de los países socialistas ni de la planificación indicativa, como la que se lleva a cabo en la actualidad en nuestro país, que ni se concerta con la comunidad ni conlleva garantías de implementación.

Un componente esencial en las estrategias de desarrollo, para García, tiene que ver con la transformación del sector agrario. Él consideraba que el problema agrario de América Latina, como los otros componentes de la economía y la sociedad, no debe tratarse como la simple articulación y sistematización de los elementos y componentes de la estructura agraria en un sistema teórico con un alto grado de abstracción, donde la teoría no tenga que ver con la realidad social. Por el contrario, la interpretación teórica debe dar lugar a la formulación de unos objetivos estratégicos de transformación.

De otra parte, las transformaciones agrarias no pueden existir al margen de la transformación social en su conjunto, sino que se constituyen en un componente del cambio de modelo económico, en la dirección de construir una nueva sociedad. La transformación agraria no es una estrategia en sí misma, sino un componente de una estrategia mayor, la transformación social.

Hablando ya de una estrategia de desarrollo agrario per se, para garantizar su funcionamiento en la práctica, se debe dotar de unos instrumentos y mecanismos básicos de acción que den viabilidad y dirección a los procesos de cambio, de remoción y de sustitución de las estructuras a transformar y se debe garantizar la movilización y organización de los sectores sociales interesados en el cambio. El propósito final debe ser un cambio radical de la estructura agraria.

En concepto de García, son dos los instrumentos o mecanismos de una estrategia de desarrollo que permiten la transformación estructural y la formulación de un proyecto de desarrollo agrario auténticamente latinoamericano: la reforma agraria y la cooperación agraria.

La reforma agraria se entiende como un proceso global de remoción y sustitución de todos los componentes de la estructura agraria existente. La estructura agraria es una trama sumamente compleja, entre cuyos componentes encontramos los siguientes: el sistema de uso y tenencia de la tierra, el aparato productivo, la gestión económica, la distribución del ingreso, las relaciones sociales, las relaciones de poder, la cultura y la trama de relaciones con el sistema urbano-industrial y con la economía de mercado.

De otro lado, en la conceptualización y tipificación de la reforma agraria, no basta conocer el tipo de estructura agraria que se reforma, sus articulaciones internas y la manera como se integra a un cierto mercado y a un cierto orden internacional, sino que además se debe conocer el contexto histórico en que ésta funciona, valga decir, el modelo capitalista atrasado y dependiente, propio de América Latina.

De acuerdo con este enfoque, la reforma agraria hace parte de un proceso de transformación estructural de la sociedad, de un proceso revolucionario de movilización social y de definición de unos objetivos estratégicos de acuerdo con el querer y el hacer consciente de la sociedad. Reforma agraria no es un concepto general de significado único. Por el contrario, existen varios tipos, dependiendo de la orientación ideológica de quienes ostentan el poder en el momento de su realización y del propio contexto histórico en que se desarrolla.

Por esta razón, García afirma que la reforma agraria comprende una serie de ciclos históricos y una diversidad de fenómenos de confrontación y de conflicto y de enfrentamiento estratégico a las estructuras de dominación interna y de dependencia externa. No significa lo anterior que el enfrentamiento deba ser violento per se, pero sí es inevitable algún tipo de confrontación. Estas son las palabras de García, al respecto:

La experiencia histórica enseña que aún las reformas agrarias obtenidas por consenso exigen o conllevan una confrontación dialéctica de fuerzas sociales y una agresiva capacidad de alterar políticamente el sistema tradicional de poder... no expresan, en suma, una eliminación del conflicto sino un método racionalizado de enfrentarlo institucionalmente6.

Es obvio que no se está entendiendo reforma agraria como una simple redistribución de la tierra, sino como la toma de conciencia de la propia realidad, la transformación y elevación del pensamiento crítico de los pueblos; solo de esa manera, dice García, es posible que la reforma agraria cumpla su papel transformador de la sociedad, la economía y la política.

La reforma agraria, entendida a la manera que lo hace García, no es un fin en sí misma, sino un medio para la transformación social, hace parte de una estrategia global de desarrollo, en la que cambian la concepción tradicional y las consuetudinarias funciones del Estado. En suma, cambia el conjunto de la sociedad en todas sus esferas: económica, política, social y cultural, y se eleva el nivel de la conciencia crítica de la sociedad.

Desde un punto de vista dialéctico, la reforma agraria no es solo una política, un limitado instrumento de cambio rural, sino también un proceso estratégico, en cuanto supone y comprende tanto la actividad del Estado como la movilización simultánea y conflictiva de las fuerzas sociales motrices y conductoras del proyecto de cambio, de liberación y de creación de una nueva sociedad7.

Desde el punto de vista económico, la reforma agraria implica romper el monopolio y el poder económico que ejerce el terrateniente sobre la constelación latifundista, transferir la propiedad sobre la tierra y sobre los medios de producción del terrateniente al campesino, organizar un nuevo tipo de empresa agrícola, permitir una mayor participación del campesino en el ingreso, en la gestión y conducción de la empresa agrícola y vincular al campesino con el sistema nacional de mercado. Lo cual no solamente contribuye al bienestar y a una más eficiente y racional utilización de la tierra y de los recursos productivos, sino que genera una mayor dinámica económica que, a su vez, repercute en la ampliación del mercado. El autor lo manifiesta de la siguiente manera:

Desde el punto de vista económico, la reforma agraria es un proceso redistributivo... que conlleva una modificación sustancial en la imagen empresarial y en la economía de uso de los recursos físicos, humanos, culturales y financieros8.

El proceso de reforma agraria implica transformación no solamente para el campesino, sino que también se produce un cambio cualitativo en las relaciones sociales de producción, al incorporar al campesino en un nuevo sistema de trabajo y de vida; el campesino asume la conducción de su propio destino, rompe las relaciones tradicionales de inmersión y de marginalidad social y aparece como una clase social con participación y liderazgo en las decisiones de la sociedad.

Desde el punto de vista sociológico, la reforma agraria es un proceso de apertura a un nuevo tipo de sociedad, nacionalmente integrada, abierta al ascenso de clases, inclinada a la extinción radical de las formas tradicionales o modernas de marginalidad campesina y capaz de provocar un cambio profundo de las motivaciones y valores de la masa rural9.

Es decir, que la reforma agraria significa un cambio y una ruptura en la mentalidad tradicional del campesino, propia de la cultura impuesta por la dominación social que ejerce el terrateniente, y la apropiación de unos nuevos valores culturales latinoamericanos y de una nueva ideología de liberación y autonomía, que se construyen en el proceso estratégico de cambio y formación de una nueva sociedad, con la movilización social y la elevación del pensamiento y de la conciencia crítica.

Desde el punto de vista político, la reforma agraria significa la transformación de las estructuras de poder que sujetan y condicionan la capacidad de decisión política del campesino, que lo mantienen ignorante de sus derechos y le impiden expresar su ser político. Es claro, que la marginalidad, el aislamiento y la inmersión social se reducen en la medida que el campesino es capaz de pensar por si mismo, asume la dirección de su destino y puede participar en la toma de decisiones o tiene acceso a los órganos de decisión del Estado. Es decir:

Desde un punto de vista político, la reforma agraria es un proceso de remoción y sustitución de las estructuras e imágenes tradicionales del poder, configurando nuevas formas sociales de representación y participación de las masas campesinas, y abriendo a estas las vías políticas de acceso a la conducción del Estado nacional10.

Para García es claro que la reforma agraria no es un modelo o un arquetipo que se pueda trasplantar de una sociedad a otra o de un contexto histórico a otro, sin reflexionar sobre su pertinencia y aplicabilidad en unas condiciones particulares, tanto geográficas como políticas, culturales, económicas y sociales. Las reformas agrarias, como todos los cambios estructurales, son experiencias originales y singulares, producto del proceso histórico de transformación económica, social y política y del sistema de vida y de cultura de una sociedad específica. La reforma agraria es un proceso que responde a las condiciones particulares de su propio contexto, de su propia realidad histórica y del grado alcanzado en la conciencia social, por lo tanto, una reforma agraria no tiene validez fuera del contexto específico en que se ha producido. Esta formulación, característica de García, es muy importante en América Latina, si se tiene en cuenta que históricamente los latinoamericanos de derecha o de izquierda han estado condicionados por los procesos llevados a cabo en los países centrales.

No se puede hablar, en consecuencia, de un único modelo de reforma agraria con normas invariables y de validez universal, sino que existen tantos tipos históricos de reforma agraria como contextos sociales y económicos y como modelos políticos de crecimiento existan. Incluso, dentro de un mismo país o región, en los diferentes ciclos históricos de desarrollo económico y social, por los que ha atravesado esa sociedad, se han aplicado diversos esquemas políticos de desarrollo y diversos tipos históricos de reforma agraria.

Un tipo histórico es el producto de una serie compleja de circunstancias y de una movilización contradictoria de fuerzas sociales y políticas que actúan sobre la estructura agraria -voluntaria o involuntariamente- bien sea utilizando las herramientas, el aparato institucional y el poder jurídico-político del Estado (normas, políticas agrarias, transferencia de recursos a través de los órganos, servicios y empresa de carácter público) o bien la acción directa a través de las organizaciones económicas, políticas y militares11.

Un tipo histórico de reforma agraria, entonces, es el resultado de una movilización de fuerzas sociales y políticas de una sociedad en particular, con el propósito de provocar la transformación de determinada estructura agraria. La importancia de la definición del tipo histórico de reforma agraria radica en que sirve para la evaluación crítica, la comprensión y explicación de los procesos de transformación llevados a cabo en otras latitudes, dentro del contexto de su propia realidad histórica, con el propósito de determinar la coherencia histórica de los procesos de transformación, que sirve de base para la creación de nuevas formas, nuevas instituciones y métodos de acción y para diseñar un modelo operacional de reforma agraria aplicable a la sociedad específica en la que se desea intervenir.

Teniendo en cuenta lo anterior, García plantea la necesidad de hacer una tipología dialéctica de las reformas agrarias, con el objetivo de mostrar sus características y peculiaridades y hacer evidentes sus diferencias, es decir, una tipología en la que se analice y valore el proceso histórico de cambio desde una perspectiva particular, que permita medir la profundidad del proceso de cambio y transformación, de acuerdo con la capacidad del tipo de reforma implementado, para modificar y sustituir los diversos tipos de estructura latifundista, alterar las relaciones de poder y dominación social y las normas institucionales que los expresan, en función de ciertos objetivos estratégicos o proyectos de vida.

Una evaluación crítica de la reforma agraria, con miras a su tipificación, debe responder a tres interrogantes básicos: qué se reforma, cómo se reforma y para qué se reforma. La respuesta dada a cada uno de estos interrogantes, en la caracterización de los diferentes procesos de reforma agraria realizados en Latinoamérica, permitirá formular una tipología histórica de la reforma agraria y determinar la naturaleza, profundidad y alcances de la misma. En palabras de García:

Una tipología histórica de las reformas agrarias en América Latina debe tener la capacidad de responder a tres grandes cuestiones: qué se reforma, cómo se reforma y para qué se reforma. Lo primero tiene que ver con la definición de los obstáculos estructurales que impiden y definen la naturaleza del cambio. Lo segundo se relaciona con las fuerzas sociales que se integran y movilizan políticamente con un sentido de remoción frontal o institucional de los obstáculos y de canalización del esfuerzo interno de acuerdo con una ideología de liberación y una estrategia global de desarrollo. Lo tercero se refiere a los objetivos estratégicos o finalistas de la reforma, en el supuesto de que la problemática consiste no solo en modificar o fracturar una estructura sino en sustituirla por otra de nivel históricamente superior y articulada con el proyecto de una Nueva Sociedad12.

La primera pregunta a la que se debe responder, al analizar una reforma agraria, es qué se reforma. Esta pregunta se relaciona con el reconocimiento de la naturaleza de la estructura latifundista que debe afectarse, con la identificación y definición de los obstáculos estructurales que bloquean las posibilidades de desarrollo de las fuerzas sociales y productivas e impiden el proceso de transformación de la estructura agraria; es decir, con esta pregunta se trata de precisar la naturaleza social e histórica de la pluralidad de estructuras latifundistas, arcaicas y modernizadas, presentes antes de la reforma. De esa manera, se define la profundidad histórica de la reforma agraria.

En este sentido, es necesario precisar si se trata del latifundio señorial de colonato, del latifundio modernizado de colonato, del sistema de plantación y de enclave o de los diversos tipos de latifundio modernizado. De la misma forma debe estudiarse la configuración del latifundio como constelación social; es decir, la forma como está compuesta u organizada la comunidad campesina o indígena alrededor del latifundio, el tipo de relaciones y vinculaciones económicas que se establecen entre el latifundio y las comunidades y poblados que gravitan alrededor y en las fronteras del latifundio y las diferentes formas de tenencia agraria. Se define si se trata de propiedad o de tenencia precaria: arrendatarios, colonos, aparceros, etc.

Es necesario también precisar los diferentes tipos y niveles de concentración de la propiedad de la tierra, no solamente como el producto de la relación entre la superficie apropiada y el número de propietarios, sino también con relación a la ponderación de este índice respecto al tipo de recursos físicos que controla el latifundio (tierra, agua y bosque), y su significado en términos de subutilización de recursos humanos y físicos. Se debe tener en cuenta, que la concentración agraria no se expresa únicamente en la cantidad de tierra que monopoliza el latifundio, sino que implica también otras formas de acaparamiento: la concentración de los recursos físicos, infraestructura, y medios de producción, su ampliación a otros elementos fundamentales para el desarrollo agrario, como son los recursos tecnológicos y financieros, así como los canales de comercialización interna y en los mercados externos.

Otro aspecto del análisis se refiere a los componentes sociales presentes en la estructura agraria que han de ser removidos, modificados o sustituidos, por la reforma agraria, y el tipo de organización o estructura social que ha de sustituirlos, lo que permite al analista que realiza una evaluación critica del proceso de reforma agraria definir la profundidad y alcances de ésta. Se deben tener en cuenta elementos como la estructura de clases, el tipo de relaciones sociales de producción, las formas de organización social y el sistema de relaciones de poder y de relaciones con el Estado, los vínculos con la economía de mercado, la participación del campesino en la gestión económica y en el ingreso agrícola, presentes en cualquier sistema de explotación agrícola.

El anterior análisis tiene dos momentos, de una parte, la realidad existente al momento del inicio de la reforma agraria y, de otra, los cambios alcanzados por el proceso de reforma. El análisis debe dar claridad sobre la profundidad de los cambios ocurridos en la estructura reformada y permiten una tipificación más objetiva.

Además de lo anotado, es importante determinar los cambios en la estructura de clases, en las relaciones sociales de producción y en las formas y relaciones laborales después de la reforma, pues estos cambios definirán el grado de inserción de la comunidad campesina en la sociedad nacional y en la dinámica de las relaciones sociales, y el grado de ruptura de las complejas formas de estratificación social. Los cambios en las formas y relaciones sociales, laborales y de clase obligan a la mayor precisión conceptual, pues existen categorías que conservan una misma denominación antes y después de la reforma, que hacen necesaria su diferenciación teórica; no es lo mismo, por ejemplo, la aparcería y el sistema de salariado en las formas señoriales de producción, que en las capitalistas.

Otros elementos que deben analizarse se relacionan con el grado de ruptura del sistema de poder terrateniente, el tipo de relaciones del terrateniente con el Estado y la inserción del campesino en los ámbitos decisorios del Estado. Pues, la estructura de poder no solamente tiene que ver con los niveles de concentración agraria y la influencia del terrateniente dentro de la constelación latifundista, sino con la relación del terrateniente o las empresas transnacionales, que controlan la producción y comercialización agraria, con las formas de organización política y con el grado de influencia que ejerce sobre los órganos políticos y operacionales del Estado.

El último elemento de análisis es el sistema de relaciones de la estructura reformada con la economía y el sistema de mercado, pues el éxito y la viabilidad de la reforma hacia el futuro depende de la capacidad de la estructura reformada de insertarse en el sistema de mercado y de su participación activa en la comercialización en condiciones de igualdad. El grado de profundidad de la reforma podrá evaluarse de acuerdo con el tipo y grado de relación de la organización campesina con el mercado, el acceso a los recursos financieros y tecnológicos, tanto del Estado como privados, y la capacidad de destruir sistemas de explotación agrícola como la economía campesina e incorporar un nuevo y moderno tipo de economía empresarial en las áreas reformadas que tenga el control sobre la producción y los canales de comercialización. Es importante notar aquí que García se mantiene en la posición, un tanto tradicional, de entender el desarrollo como el paso de formas precapitalistas de producción a formas capitalistas, llamadas modernas.

La segunda pregunta de análisis de la reforma agraria es cómo se reforma. Esta hace referencia a las fuerzas sociales, las ideologías, los mecanismos institucionales y políticos, las normas y los recursos que determinan la naturaleza, el alcance y la dinámica de la reforma agraria. El reconocimiento y la definición de estos factores que entran a operar directamente en el proceso de reforma agraria permiten precisar el tipo histórico y la continuidad futura de la reforma, pues, en la práctica, es la naturaleza y la claridad teórico-ideológica de las fuerzas sociales que promueven y dirigen políticamente el proceso de cambio, lo que define el alcance y ritmo de la reforma. Ello se expresa al organizar, disponer y ordenar la asignación de recursos, lo cual depende del control que se tenga del aparato estatal para diseñar la normatividad, que irá a acelerar o a obstaculizar el proceso de reforma.

Un aspecto fundamental que condiciona la reforma agraria tiene que ver con la madurez ideológica, las aspiraciones, los intereses, los conflictos y los sistemas de valores de las fuerzas sociales movilizadas. Lo anterior determina la profundidad del cambio y, por lo tanto, el tipo histórico de la reforma, porque del liderazgo de las fuerzas sociales depende la capacidad de alterar tanto la estructura agraria como el tipo de relaciones sociales y de poder presentes en la estructura. Igualmente, ese liderazgo determina la forma de utilizar los recursos y determinar las formas de organización de la comunidad, bien sea constituyendo asociaciones, cooperativas, empresas privadas, etc.

Es decir, la preferencia ideológica de las fuerzas sociales movilizadas en la reforma agraria incide en la capacidad para tomar decisiones y en la dirección y ritmo de las transformaciones. De la ideología depende que se tienda a la modernización de la estructura o a su conservación; porque definirse por una línea ideológica implica, en última instancia, asumir una posición política frente a la estructura que se reforma y frente al modelo de desarrollo que se adopta. En última instancia, como anota García:

El problema de los medios operacionales está estrechamente relacionado con la composición, organización y niveles ideológicos de las fuerzas sociales protagónicas de los cambios, ya que son estos factores los que determinan su capacidad política de modificar las relaciones de poder y de constituir un elenco de nuevas clases dirigentes13.

La preferencia de las fuerzas sociales que protagonizan los cambios por un cierto tipo de propiedad, por una cierta línea de empresa y por un cierto sistema de relaciones con el mercado mundial, depende de sus preferencias ideológicas del nivel de desarrollo de la conciencia social y del grado de organización y de integración política. Son estos los elementos que determinan la capacidad de esas fuerzas sociales para constituirse en un sistema o una alternativa de poder, de tener acceso directo al aparato del Estado y ejercer influencia práctica en el funcionamiento de sus mecanismos políticos y operacionales. En definitiva, es la ideología lo que lleva a que una reforma agraria avance o se estanque. Como dice García:

En última instancia, el factor esencial que define la naturaleza revolucionaria, modernizante o conservadora de una reforma agraria es la movilización de fuerzas sociales que desencadenan el cambio, la confrontación de clases antagónicas, o la maniobra táctica de ciertos sectores más emprendedores de las clases dominantes con el objeto de cerrar las vías institucionales del proceso. La movilización social -dentro de esta concepción dialéctica de los cambios- comprende tanto el grado de organización y el desarrollo de la conciencia social, como la capacidad de confrontación política y militar de clases antagónicas, que asedian o que preservan la estructura. Las nuevas ideologías van señalando los objetivos finalistas en la medida en que se configura la imagen de la Nueva Sociedad... En este sentido, las reformas agrarias de tipo convencional o marginal deben sustituir el nuevo proyecto de vida con alguna imagen mitificada de la sociedad tradicional. En la reforma agraria estructural, la movilización social rompe todo compromiso o toda forma de negociación entre clases antagónicas -en relación con el statu quo-, y prevalece una nueva estructura de poder y un nuevo sistema de reglas institucionales14.

Además, las fuerzas sociales movilizadas no tendrán mucha posibilidad de adelantar una reforma agraria, si no tienen acceso franco a la asignación de los recursos físicos, financieros y tecnológicos, así como al control de los mecanismos políticos e institucionales del Estado. Es decir, la profundidad de la reforma agraria y la caracterización de sus tipos históricos depende de las fuerzas políticas instaladas en el Estado y de su capacidad para modificar las relaciones de poder y de constituir un elenco de nuevas clases dirigentes.

La capacidad para remover las estructuras económicas, culturales, de poder político y de dominación social, de superar los obstáculos que se oponen a la reforma agraria y de implantar un nuevo sistema de producción, de organización social y empresarial, de gestión y de conducción política, está determinada, no solamente, por el acceso de las fuerzas sociales movilizadas a los mecanismos institucionales y políticos del Estado, sino también por la voluntad política de la élite dirigente instalada en el Estado de formular y aplicar políticas y normas institucionales de reforma agraria. Como dice García:

El sistema político institucional de normas es radicalmente diferente cuando la reforma agraria constituye el producto de una transformación revolucionaria de la sociedad y del Estado -ya que se hace posible la creación de un nuevo derecho en materia de propiedad, expropiación, indemnizaciones, dotaciones agrarias, relaciones laborales o formas de organización social- o cuando es el resultado de una negociación entre fuerzas sociales contendientes a través de los mecanismos de la democracia parlamentaria o cuando sólo expresa una tendencia reformista de algún sector de las clases dominantes con un sentido estricto de modernización del sistema normativo tradicional15.

La tercera pregunta en el análisis de la reforma agraria es para qué se reforma. Esta hace referencia a los objetivos estratégicos de la reforma. Tales objetivos son definidos en el proceso de movilización social, de enfrentamiento y remoción de las estructuras de dominación social y poder político y una vez se ha clarificado ideológicamente la posición de las fuerzas sociales que lideran la reforma. Sin embargo, dependiendo del tipo de reforma agraria que se analiza y del papel que se asigna al sector agrario en el modelo de desarrollo general de la sociedad, estos objetivos tendrán la capacidad de determinar la naturaleza, los alcances y la dinámica de la misma. Al respecto García afirma:

Los objetivos de una reforma agraria no sólo pueden y deben precisarse de acuerdo con la naturaleza, coherencia e integración política de las fuerzas sociales que la promueven, orientan y ejecutan, sino por medio de la determinación del papel específico que se asigna al cambio de estructura o al sector reformado en el modelo político de desarrollo: el de modernización capitalista, el nacional-revolucionario o el inspirado en alguna corriente ideológica del socialismo16.

La capacidad de una reforma agraria para alterar las relaciones de poder y las normas institucionales que las expresan depende de la estricta, clara y precisa definición de sus términos y objetivos estratégicos. Por lo tanto, en la caracterización de una reforma agraria es fundamental distinguir claramente la clase de objetivos estratégicos que la misma se propone alcanzar, así como las líneas ideológicas en que dichos objetivos se sustentan.

Lo anterior es importante, porque la formulación de los objetivos, en sus diferentes grados y niveles, depende de la naturaleza del modelo político de desarrollo, de la claridad y orientación ideológica de las fuerzas sociales y de la orientación ideológica de la reforma. La naturaleza y alcances de los objetivos estratégicos determinan la transformación, modernización o preservación de las estructuras agrarias.

García tipifica las reformas agrarias, que históricamente han tenido lugar en América Latina, en tres categorías: estructurales, convencionales y marginales. Cada una de ellas se caracteriza por el grado de transformación que ha logrado en la estructura agraria: las de mayor impacto son las estructurales, en segundo lugar las convencionales y por último las marginales. Existen, además, interrelaciones dinámicas entre los diferentes tipos, de tal manera que un tipo se puede transformar en otro, hacia arriba o hacia abajo, según como cambie la relación de fuerzas entre los sectores sociales que impulsan el cambio y los que defienden el statu quo.

Como una estrategia de desarrollo para América Latina, las fuerzas del cambio deben aspirar a llevar a cabo una reforma agraria estructural. Esta es definida por García como un tipo de reforma capaz de destruir o transformar las bases que sustentan el sistema de relaciones de poder y de dominación social y las normas institucionales que expresan y articulan al sistema latifundista. Se refiere a los diferentes componentes de dicho sistema: propiedad, renta, trabajo, poder social, distribución del ingreso, etc., así como a sus diversas dimensiones: económica, política, social y cultural, y al sistema de relaciones de dependencia y dominación extranjera. Y la sustitución de la estructura latifundista por otra de nivel superior, diseñada de acuerdo con los objetivos estratégicos formulados por las fuerzas sociales organizadas y movilizadas en un proceso global de transformaciones.

La reforma agraria estructural, no constituye un fin en sí misma, sino que hace parte integral de un proceso nacional de cambios estructurales en la economía, en la política, en la cultura, en la organización social y en el Estado, guiado por una estrategia global de cambios y unos objetivos finalistas. Tal reforma no se limita al problema de la tierra, sino que se integra a un proceso nacional de transformaciones, de tal forma que altera las relaciones de clase, modifica la distribución del ingreso, transforma las relaciones de poder y dominación social, altera en forma significativa las normas e instituciones que sustentan el sistema social, político, cultural y económico tradicional, produce cambios en las formas estructurales del latifundio y fractura el sistema de relaciones con la estructura de dominación extranjera y hace parte fundamental de la estrategia y del modelo de desarrollo de una nueva sociedad.

La reforma agraria estructural es liderada por un elenco de nuevas fuerzas sociales, que toman la iniciativa de conducción política del proceso de cambio:

... es la movilización de las fuerzas sociales más oprimidas, y en particular del campesinado, que desborda las estructuras tradicionales de poder y crea las condiciones para imponer nuevas reglas institucionales de juego17.

La movilización de las fuerzas sociales implica su organización e integración en un sistema político nacional, que debe estar cohesionado, coherente ideológicamente e identificado con un proceso nacional de cambios estructurales y con una estrategia global de desarrollo.

Esas nuevas fuerzas sociales ganan la capacidad de promoción y conducción del proceso revolucionario cuando se integran nacionalmente en estructuras políticas y se identifican con una ideología de cambio estructural, esto es, en una línea coherente en que expresan sus aspiraciones y su sistema de valores18.

Tal organización política será la única capaz de liderar el proceso como un todo, definir los objetivos estratégicos y trazar la estrategia de desarrollo global. Solo tal organización política tendrá la capacidad de movilización social con suficiente capacidad de presión, para que los cambios se realicen y los esfuerzos no se diluyan en acciones dilatorias.

Además, es imprescindible la participación organizada y activa directamente del campesinado en la toma de decisiones políticas, y no simplemente de sus líderes o representantes, pues ninguna fuerza social puede sustituirlos en el proceso de destrucción y remoción de las estructuras latifundistas, ni existe fuerza más interesada, ni con mayor capacidad, que la campesina en profundizar los cambios que lleven al desmantelamiento de la estructura latifundista. Pero el campesino no cuenta con la capacidad de auto-organización, por lo tanto, la organización que lidera los cambios debe integrarse al campesinado e integrar éste en la organización. Para cumplir las tareas mencionadas, el campesino debe tener una formación política e ideológica, sin la cual no le será posible participar y tomar decisiones; la organización campesina es importante, no solamente para el proceso de confrontación en el conflicto, sino, y sobre todo, para la definición del nuevo tipo de estructura agraria que se va a implementar. Por lo tanto, el campesino requiere de un sistema organizativo que le permita, además de adelantar eficientemente las luchas necesarias para el cambio y organizar un tipo de asociación solvente en materias como la producción, la comercialización y la industrialización de la producción agraria.

Una reforma agraria estructural no está destinada simplemente a la redistribución de la tierra, a la destrucción de los latifundios más arcaicos y esclerosados o a la negociación de las reglas de funcionamiento del latifundio, su objetivo va mucho más allá, tiende hacia la definición de un nuevo tipo de estructura agraria, de un nuevo tipo de relaciones sociales y políticas y una nueva forma de distribución del ingreso. Para ello es necesario el desmantelamiento, desarticulación y remoción de las antiguas estructuras, normas e instituciones que identifican, sostienen y expresan al sistema latifundista, en sus dimensiones económica, cultural, social y política, porque la operación del cambio se fundamenta en una alteración radical del sistema tradicional de poder y, en consecuencia, de las normas institucionales que lo expresan, preservan y amparan19.

Modificar las reglas, normas, instituciones y relaciones de poder y dominación social que preservan y hacen funcionar la antigua estructura, es condición sine qua non, para que los líderes del proceso de cambio puedan instituir nuevas reglas de juego. Esto da mayor libertad de maniobra, para crear nuevos imaginarios colectivos y nuevas formas de ser y de hacer. De esa manera, los líderes pueden liberarse de los marcos estrechos, que proporciona la vida campesina, y adquirir nuevos valores, nuevas actitudes y una perspectiva más amplia del tipo y la profundidad, que requieren los cambios.

Una reforma agraria estructural, en consecuencia, centra sus esfuerzos en la remoción de las estructuras tradicionales de poder y de la institucionalidad en que ellas se sustentan, y no simplemente en temas como la expropiación, la indemnización u otros similares, que operan en los marcos de la institucionalidad existente y son propios de otros tipos de reforma agraria. Tal tipo de reforma se debe concentrar en dotar de los instrumentos y recursos necesarios a las nuevas instituciones estatales y organizaciones campesinas, creadas para hacer funcional el nuevo sistema social y económico y la nueva estructura agraria. Como dice el maestro:

Ninguna reforma estructural habría podido operar sometiéndose a las reglas clásicas del derecho burgués e indemnizando a los propietarios latifundistas por la abolición del monopolio sobre la tierra agrícola o por la liberación de los siervos, colonos, aparceros, comuneros y peones adscriptos a esa estructura de dominación20.

Por lo tanto, la reforma agraria estructural implica un cambio fundamental en la composición y estructura del Estado, no solamente porque constituye una sustitución de las relaciones tradicionales de poder y un proceso de redistribución del ingreso y de integración social, sino porque las nuevas fuerzas sociales proyectan en el Estado sus líneas ideológicas y entran a participar, directa o indirectamente, en sus diversos órganos de decisión política, en la medida que asumen el control del poder político y del aparato estatal y le imprimen un nuevo carácter y una nueva dinámica. Con ello se crea, como dice García:

... una nueva imagen nacional del Estado, como efecto de la ruptura del sistema tradicional de poder, de la nacionalización de la masa campesina y de la apertura política hacia formas nuevas, abiertas y auténticas, de representación popular21.

La reforma implica, por supuesto, la movilización del ahorro interno en dirección del desarrollo y la implementación de políticas de redistribución social de los ingresos. El Estado se constituye en la estructura de planificación, asignación y control de los recursos físicos, tecnológicos y económicos. De esa manera se llega a la constitución del Estado como fuerza motora del desarrollo nacional y con la exigencia de una enérgica movilización del ahorro interno y de los recursos de tierra, agua, trabajo y tecnología22.

Por su parte, las ideologías que inspiran una reforma agraria estructural son fruto del proceso mismo, de la confrontación de intereses, de la sustitución auténtica de las viejas formas de poder por unas nuevas, llevada a cabo por el conjunto de las fuerzas del cambio. No debe esperarse una ideología tal en el seno de los partidos tradicionales institucionalizados. Este tipo de reforma agraria es consustancial a procesos profundos de cambio social. Esta es la experiencia en América Latina:

Los procesos revolucionarios se iniciaron en México, Bolivia y Cuba como revoluciones políticas (lucha contra la excesiva presión del aparato represivo, contra el brutal aniquilamiento de las libertades y contra las formas más arbitrarias y groseras de la dictadura militar), desdoblándose luego en revoluciones sociales al insertarse y desatar la movilización insurreccional del campesinado. Al producirse ese desdoblamiento histórico, el proceso revolucionario definió la originalidad de su fisonomía, aclaró sus líneas ideológicas y entró a operar impulsado por las reglas de su propia dinámica23.

La reforma estructural siempre debe terminar, como queda claro, en una alternativa nueva. Una vez que las fuerzas sociales han clarificado las líneas teórico-ideológicas, se dirigen a modificar o fracturar la estructura y a sustituirla por el proyecto de una nueva sociedad:

... una reforma agraria... no solo endereza hacia la demolición de una estructura latifundista (en su totalidad o en sus formas más arcaicas) sino también hacia la sustitución de esta por otra estructura de nivel superior, conforme a la estrategia global de desarrollo o a los requerimientos y aspiraciones de las fuerzas protagónicas del cambio24.

Sin embargo, no es el caso que la reforma estructural se presente como un modelo único replicable en cada uno de los países latinoamericanos. También este tipo debe adaptarse a las condiciones históricas y culturales particulares; García habla de subtipos al interior del tipo estructural: un primer subtipo tendría lugar en los países que han orientado su actividad política a destruir las bases de sustentación del latifundio arcaico de colonato; un segundo subtipo en los países que han emprendido la afectación simultánea de tipos tradicionales y modernizados de latifundio; y un tercer subtipo correspondiente a países que han promovido la sustitución de la estructura latifundista-minifundista por un nuevo sistema fundamentado en formas estatales, cooperativas o privadas de tenencia de la tierra, articuladas mediante la planificación global y sectorial del desarrollo y la creación de empresas sociales. Los subtipos corresponden, en síntesis, a diferentes momentos históricos o diferentes sitios geográficos.

Los diversos modelos políticos de tenencia de la tierra correspondiente al tipo de reforma agraria estructural no sólo se conforman en el ámbito de diversos países latinoamericanos sino que expresan los cambios cualitativos operados en los diferentes ciclos históricos de un mismo país25.

Todo lo anterior hace relación a la reforma agraria estructural, propuesta por García, los otros dos tipos, convencional y marginal, no serán tratados en este trabajo, porque la estructural constituye la propuesta estratégica de García.

Además de la tipología, el maestro considera importante definir los Modelos Operacionales. Es decir, la estrategia para alcanzar el objetivo del desarrollo agrario en las condiciones históricas del sistema capitalista y del modelo de desarrollo latinoamericano. Se hace necesario diseñar una metodología, planificar un conjunto de acciones, crear unos instrumentos y mecanismos de nivel regional para llevar a la práctica y hacer operacional una estrategia de desarrollo agrario en el contexto específico de una región o de un país. Un proceso de reforma agraria por sí mismo no logra el desarrollo agrario si no está dotado de los elementos y mecanismos que permitan al campesino realizar autónoma y productivamente una actividad económica que asegure su subsistencia y reproducción en condiciones dignas.

García afirma que la reforma agraria, como quedó dicho, no solamente debe contemplar el acceso del campesino a la tierra y a los medios de producción, sino que también debe promover un proceso coherente de transformaciones y reformas en la organización física y social de la constelación latifundista que permita materializar en un conjunto de acciones (un modelo operacional) y aplicar en la práctica el esquema ideológico de las fuerzas sociales que lideran el cambio, dentro de los marcos que puedan tolerar los diversos contextos político sociales. La reforma debe permitir la transformación del campesinado, del subproletariado agrícola, de la clase obrera agrícola y de las economías campesinas en una fuerza social organizada, ideológicamente coherente, que sustituya a la constelación latifundista por un sistema regional de empresas campesinas autogestionarias integrado en una estructura de nivel superior (regional o nacional), donde el campesino pueda participar democráticamente en todos los niveles de la toma de decisiones y de la gestión empresarial. La reforma debe facilitar la conformación de una unidad territorial (natural o político-administrativa) donde se concentren los esfuerzos, recursos e instrumentos financieros, tecnológicos e institucionales del Estado (líneas de crédito, transferencia de tecnología e instituciones de fomento y apoyo a la agricultura, entre otros) y los esfuerzos y recursos propios del campesinado que den lugar a la adopción de una estructura de planificación de la producción agrícola y la organización campesina de empresas asociativas en esas áreas que permitan consolidar la nueva estructura agraria, dinamizar su funcionamiento y asegurar la continuidad del proceso, dar viabilidad y hacer operacional el desarrollo agrario. Por último, la reforma debe promocionar y posibilitar la integración de un sistema de empresas campesinas asociativas multinacionales que aborden problemas de mayor envergadura como son el comercio exterior, la investigación científica y tecnológica, la producción industrial a escala y la obtención y canalización de recursos financieros de las agencias multinacionales destinados a proyectos específicos de desarrollo rural.

El conjunto de elementos aquí mencionados tiene diferentes ritmos, niveles y alcances, dependiendo del tipo histórico de reforma agraria y de la manera específica de abordar el proceso de reforma agraria, es decir, la profundidad, celeridad y alcances de la reforma dependen de las características operativas del modelo de reforma agraria diseñado e implementado por las fuerzas sociales conductoras del proceso de cambio, de la capacidad del modelo específico implementado para afectar positivamente una región o área objeto de reforma, beneficiar al mayor número de campesinos adjudicatarios y de lograr que la estructura reformada funcione productiva y eficientemente por sus propios medios y que el campesino sea capaz de decidir autónomamente, sin interferencias ni imposiciones, de acuerdo a su propia conveniencia, sobre su vida y su futuro.

En palabras de García:

Un modelo operacional es un método coherente para la acción sobre una realidad específica, a diferencia de un modelo teórico (que es un repertorio de elementos ordenados sistemáticamente de acuerdo con factores de racionalidad abstracta y no referidos a una cierta sociedad y a un cierto proyecto de transformación) o de un tipo histórico de reforma agraria, que expresa la manera como se han producido unos ciertos procesos económicos, sociales y políticos ocurridos en un cierto contexto de tiempo y espacio.

El modelo operacional es, entonces, un proyecto para la acción -esto es, un modo sistemático de abordar el problema de transformar la realidad- en tanto que el tipo histórico es un modo de ver, ordenar y comprender una realidad que ya ha pasado. El tipo histórico es una construcción conceptual hecha a posteriori -después de ocurridos los hechos- y el modelo operacional un proyecto trazado a priori, con el objeto de provocar una cierta transformación deliberada de los hechos. En cuanto proyecto para la acción, el modelo operacional exige conocer y comprender el contexto espacial e histórico de la sociedad en que se implanta y las condiciones específicas de funcionamiento de la economía de mercado26.

La planificación del desarrollo agrario es el segundo elemento metodológico de un modelo operacional de reforma agraria. En los términos de García, una planificación del desarrollo agrario involucra la organización de la producción, la integración de los procesos productivos, de transformación y comerciales en empresas asociativas, la participación democrática del campesino en la producción, en la gestión empresarial y en la planeación e implica además que los planes que se desarrollan deben ser de carácter obligatorio dentro del área reformada. Las áreas, a su vez, deben estar articuladas, bien sea a estructuras asociativas superiores o a algún órgano nacional de gestión.

La producción y la comercialización agropecuaria no deben caer en los marcos de la lógica de las empresas privadas o convertirse en un apéndice de la economía estatal, sino que han de constituirse en un tercer sector de la economía, el sector solidario. Esta ha de ser una consecuencia lógica de una reforma agraria estructural. Se entiende por sector solidario de la economía a un conjunto de sociedades y empresas integradas a nivel nacional en una estructura con autonomía operacional, con capacidad para impulsar sus propios mecanismos de acumulación, de producción y de mercadeo y para aplicar sus propias normas, democráticas y participativas, para la distribución de sus recursos y para la planificación de su propio desarrollo.

Los planes de desarrollo agrario deben cubrir todos los niveles y esferas de la actividad económica, de la organización productiva y comercial. Para ello es condición indispensable que se involucre al campesino de la base, quien debe participar democráticamente tanto en la gestión económica y empresarial, como en la planificación, regional y nacional. Los planes de desarrollo están encaminados a intervenir dentro de la conformación y el funcionamiento de las empresas asociativas de producción; en la investigación científica y la transferencia de tecnología; en el financiamiento de la agricultura asociativa; en la capacitación técnica y en mecanismos de participación democrática y en la gestión empresarial de los campesinos; en la industrialización y comercialización agropecuaria dentro del sector social de la economía.

Por último, las empresas asociativas campesinas constituyen el tercer componente metodológico de la propuesta de García de un modelo operacional de reforma agraria. Las empresas asociativas de producción son formas de organización fundamentadas en la cooperación como filosofía social, adecuadas a unas circunstancias concretas de tiempo y espacio y capaces de instrumentar los objetivos finalistas de un cierto modelo de reforma agraria y desarrollo rural. Son empresas que se someten a las normas y criterios de racionalidad económica (costeabilidad, reducción de costos de producción, acumulación social progresiva del excedente económico con recursos originados en la propia actividad económica, maximización, productividad y eficiencia), pero que están caracterizadas como sociedad de personas, es decir, donde los socios participan directa y solidariamente en el proceso productivo cuya gestión económica se fundamenta en la plena participación democrática y cuya distribución del excedente se efectúa de acuerdo con la actividad realizada por la persona y no según los aportes del capital. También se identifican por el carácter comunal de la propiedad, del uso de los recursos de la acumulación y de la distribución de los excedentes o utilidades repartibles y por su naturaleza participatoria en la propiedad, en el trabajo, en la gestión y en el ingreso. Lo anterior, como dice García, implica cambios fundamentales:

... la conformación de una economía nacional de tres sectores implica la realización de cambios muy profundos en la composición social y en la organización política del Estado, así como en el modelo de desarrollo27.

El desarrollo agrario cuenta en la cooperación agraria con una de sus estrategias más expeditas. La posibilidad de conformar un sector social o autogestionario de la economía, que funcione en forma independiente y por fuera del sistema privado o estatal, aunque articulado con ellos, es fundamental para estructurar una estrategia de desarrollo. La constitución de tal sector forma parte de un proceso de movilización social y de formación de la conciencia social, en el que se realizan profundos cambios en la economía, en la cultura, en la sociedad y en el Estado y se dirige a la conformación de una nueva estructura de la propiedad, de la empresa, del sistema de poder y de las relaciones sociales, pero que se consolida con la formación de una nueva forma de organización social y económica basada en la participación democrática, en el trabajo y en la propiedad comunal, en la planificación de la producción y en la autogestión empresarial. En resumen, se constituye un nuevo sistema de empresas asociativas de nivel regional o nacional.

Las cooperativas de reforma agraria son formas de organización económica y social de las comunidades campesinas que se implementan en una región como resultado de un proceso de reforma agraria de cualquier tipo histórico. Se trata de una forma de organización social, por cuanto la comunidad se organiza para lograr fines colectivos, donde las relaciones sociales, las relaciones de poder y las vinculaciones con el Estado y la economía de mercado son radicalmente diferentes a las existentes dentro de una economía de carácter privado capitalista. Se trata de una nueva forma de organización social, caracterizada por las relaciones de solidaridad en la participación democrática en los procesos de transformación y desarrollo, en la integración y el objetivo del bien común, que sustituye las relaciones sociales tradicionales basadas en el autoritarismo o el paternalismo de origen señorial.

Se habla de una forma de organización económica, por cuanto la asignación, organización y disposición de los recursos físicos, financieros y tecnológicos obedecen a los criterios del sector social o solidario de la economía y la propiedad, la organización y la gestión económica son sociales. El propósito del sector solidario es la creación de un nuevo sistema de empresa social, que supere el antiguo sistema de relaciones sociales existentes, las formas de explotación y métodos de uso de los recursos físicos del sistema latifundista, y constituya grandes unidades económicas capaces de adecuarse a las necesidades de producción en gran escala, a la introducción de nuevas tecnologías, al procesamiento industrial de productos, a acelerados procesos de acumulación social y a la integración de un sistema nacional de mercado. Este sistema estaría integrado por tres componentes básicos: un sistema de planificación global y regional, un sistema estatal de financiamiento y un sector cooperativo integrado a nivel regional, sectorial y nacional.

Las cooperativas de reforma agraria responden a unos objetivos políticos, que son trazados en el proceso de reforma agraria, por las fuerzas sociales conductoras del proceso de cambio. Por lo tanto, la naturaleza, contenido y alcances de tales objetivos están condicionados por el contexto sociopolítico al que están integradas las cooperativas y por el papel asignado al sector agrario en el modelo de desarrollo económico y social, en que funciona la sociedad objeto de la reforma. Las cooperativas responden también a la ideología y el sistema de valores de las fuerzas sociales que, desde el Estado, asumen la conducción del proceso de cambio. De esta manera, el significado y validez económicos y sociales de la cooperativa en un proceso de reforma agraria depende de la función política asignada por las fuerzas sociales conductoras del proceso de cambio y de la conformación estructural e ideológica del Estado. Se está insistiendo, en este caso, en que las cooperativas, al igual que la propia reforma agraria, no tienen vida propia, sino que responden a la orientación ideológica de las fuerzas que dirigen la transformación en su conjunto. Por eso, García afirma que carece de sentido cualquier intento de definir en abstracto y en un plano de falso universalismo, unos tipos de cooperativa de reforma agraria28, pues un mismo tipo de cooperativa de producción puede tener significado, naturaleza y alcances totalmente diferentes, dependiendo del modelo sociopolítico y del tipo histórico de reforma agraria en los cuales se enmarca. Así, una empresa campesina asociativa de producción, en un proceso de reforma agraria marginal, tendrá el rango de pequeña empresa campesina, sin relevancia alguna, a la cual no se le presta la mayor atención y tendrá que funcionar dentro de los patrones y condiciones de la constelación latifundista o dentro de los parámetros de la economía de mercado. Mientras que la misma cooperativa de producción en una reforma agraria estructural será la base fundamental para construir una nueva estructura agraria y un nuevo tipo de relaciones sociales de producción.

En las reformas agrarias estructurales, las cooperativas constituyen un instrumento de modernización social y tecnológica y hacen parte de las políticas diseñadas para romper la estructura latifundista.

Los objetivos de las cooperativas, en los marcos de una reforma agraria estructural, podrían ser los siguientes: la canalización de los recursos asistenciales del Estado, la creación de mecanismos de enlace con las economías capitalistas de mercado y la habilitación comercial y tecnológica de las unidades familiares beneficiarias de la reforma agraria.

La cooperativa se constituye, en las reformas agrarias estructurales, en el instrumento que permite hacer operativos los objetivos y estrategias de crear nuevas formas de organización social y económica. Las cooperativas de reforma agraria constituyen una nueva forma de propiedad social, en cuanto se diferencian tanto de la propiedad privada como de la propiedad estatal, y expresan un nuevo tipo de gestión social, dada la flexibilidad organizativa y el imperativo de que el campesino participe tanto en la administración económica de las empresas sociales como en la planificación de la producción. En las reformas estructurales, por medio del sector cooperativo, la planificación supera los límites simplemente empresariales, para alcanzar los ámbitos regional, sectorial y nacional.

La base del proceso radica en la conformación de un nuevo tipo de relaciones sociales y de poder, una nueva forma de organización política y estatal y un nuevo tipo de relaciones políticas con el Estado, dejando a éste las funciones de gestor económico, operador de servicios asistenciales y planificador del desarrollo. El sector social de la economía, por su parte, asume la responsabilidad de la comercialización y el financiamiento de las empresas cooperativas, la investigación científica y la transferencia de tecnología. Por lo tanto, se hace indispensable la existencia de un sistema de relaciones, encargado de articular y armonizar las acciones del sector estatal con las del sector social de la economía.

La reforma agraria requiere de un nuevo sistema nacional de mercado, un sector social de la economía, así como de unas instituciones reestructuradas, porque, en caso contrario, la comunidad campesina se ve obligada a depender de un mercado local o regional, restringido y monopolizado y de instituciones manejadas por clases burguesas retrógradas, lo cual terminará por dar al traste con la reforma misma. Como dice el autor:

...lo fundamental es la existencia de una forma de control social sobre los medios de producción como mecanismo impulsor del desarrollo económico y social al nivel de la unidades reformadas y de áreas, así como la participación del campesinado en las estructuras cooperativas de planificación regional29.

De otro lado, las cooperativas de reforma agraria, dentro de los marcos de la reforma agraria y de la estrategia de desarrollo agrario, deben desempeñar una serie de funciones necesarias para consolidar y hacer operativo el proceso, de acuerdo con la realidad, las exigencias de cada tipo de sociedad y el espacio político que permitan los sistemas políticos y sociales. Las cooperativas deben, en suma, permitir la integración de la comunidad campesina en un nuevo tipo de organización agraria, capaz de remover las formas tradicionales o modernas de la inversión campesina y la dominación social, de superar los monopolios y limitaciones de los mercados locales y crear las condiciones para constituir un nuevo sector de la economía, unas nuevas relaciones sociales, la constitución de un nuevo sistema de propiedad social y unas nuevas formas de participación en la conducción económica y política del Estado. Al respecto, dice García:

Desde esta perspectiva, es posible establecer una serie de escalas o tipos de integración en estos cuatro fundamentales niveles: el de integración de las comunidades campesinas; el de integración dentro del marco de las regiones ecológicas o áreas político-administrativas; el de integración nacional; y el de integración latinoamericana30.

Como puede verse, la visión de García respecto a la cooperación agraria tiene muy largo alcance; no se trata de una simple empresa cooperativa, sino de una forma económica integrante de un proceso revolucionario que llevaría, en último término, a la transformación de América Latina.

Según Antonio García, las estrategias de cambio, cualesquiera que ellas sean o a cualquier campo de la vida social que hagan referencia, deben estar cruzadas con procesos educativos y, muy especialmente, con la universidad. No olvidemos que el maestro fue siempre un hombre de Universidad, su pensamiento fue construido siempre al calor de la dialéctica entre la discusión académica, la indagación de la realidad social y la actividad política encaminada al cambio de esa realidad. La Universidad era entendida por García, consecuente con su método orgánico, interrelacionada con los procesos históricos concretos. No existe una especie de universidad en sí, al margen del devenir histórico de un país determinado y, al tiempo, de la historia universal; los modelos de universidad colombiana corresponden a determinados ciclos históricos del país. Pero la universidad, a la vez, no es solo un objeto que se adapta a las condiciones cambiantes de la historia, es también un sujeto activo capaz de influir en la transformación social. Por esa razón, una de las estrategias necesarias para la transformación revolucionaria está dada por el papel transformador de la Universidad.

Los ciclos históricos y los modelos universitarios analizados por García, se pueden resumir de la siguiente manera:

  1. Al ciclo histórico de la dominación hispano-colonial le corresponde un modelo de Universidad similar al medieval europeo.

  2. Al ciclo histórico de la Primera República Liberal, es decir, el periodo comprendido entre la independencia de España y la llegada al poder de Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, le corresponde un modelo liberal desescolarizado.

  3. Al ciclo de la contrarreforma, que se inicia con la Constitución de 1886 y permanece a través de todos los gobiernos conservadores, hasta 1930, le corresponde un modelo tradicional, elitista y escolástico; en cierta forma, es un regreso a la Universidad medieval.

  4. Al ciclo de la Segunda República Liberal, que comprende a los gobiernos liberales de la década de los treinta e inicios de los cuarenta, le corresponde un modelo de Universidad democrática y profesionista.

  5. Al ciclo de la contrarrevolución oligárquica, marcado por el regreso de la derecha al gobierno, le corresponde un nuevo regreso a la Universidad confesional.

  6. Al ciclo de la segunda postguerra, caracterizado por la continuación de la modernización capitalista, en la cual se instala en América Latina un capitalismo dependiente, le corresponde un modelo de Universidad tecnocrático-desarrollista.

No se trata por supuesto de modelos puros ni de pasos nítidos de uno a otro, sino, como en todos los modelos sociales, de tendencias o características generales. Se puede identificar también, una constante que permanece a través de todos los modelos, que consiste en la presencia de la influencia extranjera. García plantea ese fenómeno de la siguiente manera:

Una de esas constantes históricas es la de que siempre se ha pretendido implantar un modelo extranjero de universidad tomando como arquetipo el medieval-castellano, el europeo occidental, el alemán y, finalmente, el norteamericano. Sin embargo solo durante el ciclo de la dominación colonial española o en el moderno ciclo de dominación norteamericana podría hablarse de la existencia de un modelo educacional completamente estructurado y de propagación colonialista de las formas de pensamiento, de técnicas, de unas artes y de una ideología31.

Otro aspecto a tener en cuenta es la complejidad de los procesos, un ciclo no se puede entender como un periodo caracterizado por un solo aspecto y, por lo tanto, un modelo de Universidad puede ser contradictorio. Es el caso de los liberales radicales de mediados del siglo XIX, que a pesar de sus esfuerzos por entrar en la vida moderna por el camino de la democracia y con el apoyo de los sectores populares, no pudieron escapar a las medidas autoritarias que los llevaron a distanciarse fundamentalmente del artesanado, lo cual estableció una barrera entre los intelectuales liberales, representados en la Universidad, y sectores de los trabajadores. Como dice García:

La represión que sigue a la toma del Gobierno por las Sociedades Democráticas y las Guardias Nacionales, en 1854, desvertebra las fuerzas de transformación de la sociedad colombiana, abriendo una profunda brecha entre el artesano y las élites universitarias...32.

Este desafortunado episodio histórico contribuyó tempranamente para que la Universidad se convirtiera en un asunto de élites, que piensa fundamentalmente en los intereses de dichas élites.

Tampoco los ritmos de los cambios son similares en la sociedad y en la Universidad. La historia colombiana ha conocido periodos de acelerados cambios sociales, no seguidos de cerca por los cambios en el modelo universitario. Un buen ejemplo de este caso lo muestran las transformaciones económicas de entreguerras, acompañados de cambios relativamente lentos de la Universidad. En este periodo se constituyó:

...un nuevo modelo de capitalismo subdesarrollado y dependiente. Nunca antes, en la historia de la sociedad colombiana, se había producido, en tan corto tiempo, cambios tan acelerados, complejos y profundos como efecto de la plena inserción en la economía capitalista...33.

Después de la Segunda Guerra Mundial se fortalecen el desarrollo capitalista y el modelo de desarrollo capitalista dependiente. La dependencia funciona en todos los sentidos y, especialmente, en el aspecto tecnológico. Hay, en esta época, un salto cualitativo en la ciencia y la tecnología, pero estas son patrimonio de los países que a la vez constituyen los centros de poder y los países dependientes pasan a ser simples consumidores de ciencia y tecnología importadas. García califica esta situación como de colonialismo tecnológico:

El colonialismo tecnológico no es ni una expresión figurada ni un estado de excepción, ya que constituye una característica esencial del modelo de industrialización en los países de capitalismo dependiente y que determina -en el plano de la educación superior o en la esfera de la empresa capitalista privada- la mínima o nula posibilidad de desarrollo de la investigación científica o técnica. Esta incapacidad de iniciativa tecnológica -originada en el hecho de que la investigación carece de espacio propio de fuerzas motoras tanto en la Universidad como en la empresa estatal o privada- no solamente expresa el estado de subdesarrollo, sino la existencia del subdesarrollo como una situación autosostenida34.

Esto significa que al lado de la reforma agraria estructural, es indispensable la reestructuración de la Universidad, como un componente de las estrategias revolucionarias. El caso de la Universidad tiene especial significado, porque esta debe no solo transformarse como un componente más del cambio social, sino que está llamada a ser el faro intelectual de los cambios, a indicar a la sociedad las alternativas de futuro. García define el papel de la Universidad, en un proceso de transformación social, diciendo que:

...la universidad se integra realmente a la sociedad y a las clases que articulan y conducen el proyecto político de nueva sociedad, operando como una conciencia crítica y como un órgano de investigación y descubrimiento de los nuevos caminos y de formación de los nuevos contingentes identificados en la operación estratégica y global del desarrollo35.

Queda claro que la Universidad solo podrá jugar su papel en un proceso de transformación social, si se constituye en una institución independiente, creadora de ciencia y en general de pensamiento. No es posible que una universidad repetidora del pensamiento creado en los centros de poder, pueda contribuir a alcanzar la independencia en relación con éstos. Para poder jugar el papel que le corresponde, la Universidad tiene que ser autónoma y García entiende la autonomía, no simplemente como la posibilidad de elegir directivas y administrar recursos financieros, sino en un sentido mucho más amplio y más estructural. Una universidad autónoma es aquella capaz de participar, autónoma y directamente, en las conquistas esenciales de la cultura universal y en la transformación de la sociedad36.

En pocas palabras, podemos resumir diciendo que la autonomía universitaria es la posibilidad y la capacidad para crear pensamiento independiente. Las funciones básicas de la Universidad colombiana deben estar interrelacionadas y girar alrededor de un eje central, que consiste en la capacidad de pensarse a sí misma y pensar los cambios estructurales de la comunidad. La investigación no será la simple descripción de fenómenos particulares, sino la construcción de propuestas teóricas capaces de presentarse en el concierto universal. No será posible para la Universidad servir de guía a una sociedad, en la construcción de su futuro, si su producción científica no está a la altura del devenir mundial. Y, particularmente, la Universidad no podrá cumplir con su papel histórico, si no desarrolla las ciencias sociales hasta el punto de poder crear teoría del desarrollo propia; este es el papel que, según el maestro García, debe jugar la Universidad como parte constitutiva, y a la vez guía, de las transformaciones estratégicas de la sociedad colombiana.

Lo anterior, en relación con la investigación. La función de extensión, por su parte, debe estar estrechamente relacionada con los cambios sociales estructurales y guiarse por el pensamiento independiente. La docencia estará basada en la investigación y el pensamiento crítico, que es la única manera de librarse del autoritarismo y llegar a la docencia democrática. La enseñanza basada en autores extranjeros, leídos dogmáticamente, solo puede ser aceptada si el estudiante confía en la recomendación del profesor o da por sentado que todo lo que está escrito en libros, y más si los autores son extranjeros, debe ser verdad. Es decir, la docencia que no esté integralmente unida a la investigación, se basará en principios de autoridad o de fe. La transformación de la Universidad, por lo tanto, debe ser una estrategia fundamental en un proceso de cambio social.

Las estrategias planteadas en este capítulo, relacionadas con la planeación, la reforma agraria y la creación de pensamiento por parte de la Universidad, apuntan al logro del desarrollo. Pero no se trata aún del paso del capitalismo al socialismo. Aunque sí se trata de un nuevo modelo de desarrollo capitalista con democracia, capaz de eliminar la dependencia del capitalismo latinoamericano. Se trata en fin de estrategias de desarrollo estructural, entendido por Antonio García de la siguiente manera:

Se ha llegado a un punto en el que no desarrollarse es perder la capacidad de trazar el propio rumbo -el ser y el quehacer históricos- y renunciar a la autonomía de vuelo. Una vez más, debe insistirse en el concepto histórico de que ningún país del mundo ha sido desarrollado desde afuera y menos por la potencia que lo explota, aliena y oprime. El desarrollo es la forma genérica y totalista de autodeterminación nacional y social, en una cuádruple dimensión: a) la de ruptura y superación de aquellas estructuras y relaciones que impiden el desarrollo independiente; b) la de enérgica movilización de aquellas fuerzas sociales capaces de tomar conciencia de su responsabilidad histórica y de asumir la conducción del proceso de cambio; c) la de modificación radical del sistema de uso de la totalidad de recursos disponibles para el desarrollo, de carácter agrícola, forestal, hidrológico, marítimo, minero, energético, cultural o financiero y d) la transformación de las condiciones globales de vida de la Nación, movilizada hacia un objetivo finalista o estratégico: la creación de una nueva sociedad, a imagen y semejanza de las aspiraciones y valores de cada pueblo37.

Tampoco es válido, en la manera de pensar de García, plantear una ruptura terminante entre las estrategias de desarrollo hacia la independencia de los centros de poder y las estrategias que conduzcan al socialismo; por el contrario, las unas llevan a las otras, sin estricta solución de continuidad. Todo el proceso constituido por las estrategias anteriormente descritas no hace más que crear condiciones para el cambio revolucionario. Especial importancia tenía para García, sobre todo a partir de los años sesenta, el problema de la dependencia. El proceso de independencia de los países de América Latina arranca con la aplicación de las estrategias mencionadas, pero solo se completa con una sociedad socialista. Las posibilidades de desarrollo en un país dependiente no existen:

Son radicalmente excluyentes los términos desarrollo y dependencia: no existe un solo caso en el mundo de país que haya sido desarrollado por la potencia que lo explota y oprime, ni se concibe el caso de una nación dominante que estimule y financie la independencia de las economías satelizadas38.

La experiencia histórica indica que un país no puede esperar que la potencia de la cual depende le brinde su apoyo para que alcance el desarrollo. Esa sería una medida autodestructiva de parte del país dominante, puesto que desarrollo significa independencia.

La propuesta socialista, por su parte, implica la creación de una sociedad nueva, que rompa con todo el andamiaje ideológico que se ha venido consolidando a través de la historia. García lo plantea de la siguiente manera:

El nuevo ciclo de creación de una nueva sociedad colombiana, no podrá desarrollarse sino en la medida en que se destruya el poder, los privilegios, las supersticiones, los mitos, el colonialismo ideológico, los métodos de violencia de los partidos conservadores que obstruyen el desarrollo de la nación colombiana y en que el pueblo asuma, directamente, el poder de decisión, en las diversas instancias de la organización política, económica y social39.

El cambio ideológico implica un cambio de las clases en el poder político. Los partidos tradicionales, partidos conservadores, que han detentado tradicionalmente el poder en Colombia, deben ser reemplazados por organizaciones populares, que representen a toda la población.

Este proceso es revolucionario y tiene como punto de llegada el socialismo. Esta revolución tiene que ser adelantada desde abajo y desde adentro, no puede ser importada ni impuesta por partidos de vanguardia. Solo puede ser llevada a cabo por la unidad de los sectores populares, que incluyen, para el caso latinoamericano, al proletariado urbano, al campesinado, al estudiantado, y a las clases medias no comprometidas con el Estado dependiente.

Carece de sentido histórico la ingenua pretensión de importar modelos revolucionarios -los rusos, los chinos, los yugoslavos, los cubanos o los chilenos-, ya que toda auténtica revolución es el producto más original de la historia de cada pueblo40.

Esta fue una de las preocupaciones fundamentales de Antonio García, que es por cierto de indudable validez para los latinoamericanos. Las organizaciones revolucionarias del siglo XX siempre intentaron reproducir en nuestros países las experiencias históricas llevadas a cabo en aquellas sociedades con cuyas organizaciones políticas tenían afinidades ideológicas. No hay duda de que esta actitud de las organizaciones revolucionarias latinoamericanas ha sido una de las causas de que los pueblos de América Latina hayan visto una y otra vez frustradas sus esperanzas de cambio.

La estrategia revolucionaria debe definir de entrada, en opinión de García, algunos aspectos ideológicos fundamentales, como los siguientes:

  1. Las líneas ideológicas por medio de las cuales se identifican las clases sociales coligadas en la lucha por la captación del poder del Estado.

  2. Las estructuras democráticas de participación y de movilización popular: asambleas nacional, regionales y municipales.

  3. El sistema de conducción política.

La ideología revolucionaria ha de ser policlasista. En esto se diferencia de algunas organizaciones marxistas partidarias de la conducción de los procesos revolucionarios exclusivamente por la vanguardia proletaria. El proceso de construcción socialista tiene que ser democrático, más aún, García está hablando de democracia orgánica, que debe tener como fundamento:

...la constitución de un sistema de poder popular, la organización de un sistema pluralista de partidos, la toma de consciencia de las clases trabajadoras y la participación directa de estas en los múltiples órganos de conducción del Estado41.

Se trata de un sistema de partidos, que garantice el pluralismo. Es un planteamiento contrario a los partidos únicos propios de los procesos dirigidos por organizaciones comunistas. Si se aceptan las particularidades de América Latina, es necesario identificar las organizaciones que históricamente han surgido en las luchas de los pueblos de la región. Las fuerzas revolucionarias latinoamericanas son muy diversas, en ellas se destacan con singular importancia las organizaciones cristianas con movimientos como la Teología de la Liberación. En esas condiciones, tiene mayor pertinencia el pluralismo ideológico propuesto por García que el vanguardismo de clase proclamado por los partidos comunistas. Además, en la visión del maestro, no es suficiente que los distintos sectores de la sociedad estén representados en el poder, a través de sus respectivos partidos, sino que la comunidad participe directamente en la construcción de la nueva sociedad.

En el camino al socialismo se debe construir un Estado popular, que es visto por García en la siguiente forma:

El socialismo concibe el Estado popular como aquel en el que participan, directamente, todas las fuerzas sociales revolucionarias en la conducción del Estado (en todas las instancias y niveles), por medio de una pluralidad de partidos revolucionarios, de un libre juego de líneas ideológicas, de una constructiva posibilidad de oposición crítica, así como de un sistema de descentralización democrática de la autoridad y de toma de decisiones. Lo esencial, en este nuevo tipo de sistema pluralista, es que responda a los intereses y aspiraciones de las fuerzas sociales revolucionarias que conducen el cambio de estructuras y constituyen el nuevo elenco de clases dirigentes de la nación colombiana42.

Insiste García en la democracia y su componente, el pluralismo. Todo tipo de pensamiento único tiene la debilidad de que castra la creatividad, que es propia de la diversidad de visiones. En unas condiciones, en las cuales todos opinan igual y quien opina diferente no tiene derecho a expresarlo, se crea una situación tal que, en último término, solo los líderes opinan y el resto de la población repite. Una situación como esta tuvo lugar en la extinta Unión Soviética. El resultado de ello fue anotado por Mijail Gorbachev en la época de la perestroika, constatando que en muchos años los científicos sociales soviéticos no produjeron ni una sola obra que mereciera ser mencionada en el ámbito internacional. En las ciencias sociales, durante décadas, los soviéticos repitieron, en múltiples formas, lo mismo que habían dicho Carlos Marx y V. I. Lenin en su momento. Una actitud abierta y pluralista no petrifica ningún pensamiento, sino que lo contextualiza y lo enriquece.

García define las líneas ideológicas fundamentales, de la construcción del socialismo, las que podemos resumir así:

  1. Propiedad social sobre los medios básicos de producción;

  2. control estatal y popular sobre las áreas o medios estratégicos del desarrollo, sustituyendo la economía capitalista de mercado por un sistema de planificación global, sectorial y regional;

  3. control estatal o popular sobre los mecanismos reguladores del mercado;

  4. organización de un sistema pluralista de empresa;

  5. control estatal sobre los canales de acceso al sistema mundial y pluralista de intercambio;

  6. establecimiento de un sistema de relaciones abierto e independiente con todos los países y circuitos políticos del mundo y con todos los sectores estructurales de economía mundial;

  7. integración latinoamericana desde adentro y sin participación de la inversión extranjera directa;

  8. solidaridad con los pueblos que luchan contra la dominación imperialista y las formas del neocolonialismo, no alineación estratégica en los agresivos conflictos de poder entre grandes potencias;

  9. participación popular directa en todos los organismos de representación y operación del Estado;

  10. organización de la democracia como un sistema de vida y como una estructura indivisible en sus dimensiones económica, política, social y cultural;

  11. consideración de los valores del espíritu, como la ideología o la religión, como elementos inviolables de la conciencia humana;

  12. socialización de los medios de educación básica y establecimiento de una escuela única, democrática y gratuita;

  13. control popular sobre los medios esenciales de comunicación colectiva;

  14. adopción de normas socialistas en la distribución del ingreso nacional, de acuerdo con las grandes categorías: a- las exigencias globales del desarrollo, b- los aportes cuantitativos y cualitativos del trabajo, c- la satisfacción gratuita de las necesidades vitales de toda persona.

Algunos de estos puntos coinciden con la ortodoxia comunista, otros más son de alguna manera reformulados y, finalmente, se encuentran planteamientos exclusivamente garciistas.

Podemos considerar dentro de la tradición de los países socialistas de construcción leninista, la propiedad social sobre los medios básicos de producción, suponiendo que se trata de propiedad estatal; el control estatal del comercio exterior; las relaciones internacionales con todos los países y sistemas; igualmente, es un objetivo de las propuestas comunistas latinoamericanas, la integración de América Latina, que le permita alcanzar un desarrollo independiente.

Encontramos otras propuestas que, a la vez que guardan coincidencias con la ortodoxia, mantienen notables diferencias. A la vez que propone el control estatal de los medios de producción y la sustitución del libre mercado por un sistema de planeación centralizada, destaca la presencia de los sectores populares, tanto en la construcción de los planes como en el control de los distintos procesos políticos; esta presencia nunca fue real en los países socialistas, particularmente en los europeos; y la diferencia fundamental es que García propone varias formas de propiedad, además de la estatal y la cooperativa, como la autogestionaria y la privada. Igualmente, destaca la presencia del pueblo en el control de los mecanismos reguladores del mercado. Lo mismo sucede con los medios de educación, que a la vez que coincide con la ortodoxia en la socialización de los medios y el establecimiento de un sistema único oficial, se aparta en cuanto al establecimiento de un pensamiento único en la educación. Es sabido que toda la educación de los países socialistas se lleva a cabo bajo los principios estrictos del marxismo leninismo, tal rigidez no era compartida por García.

Las diferencias fundamentales entre el pensamiento de García y los gobiernos que dirigen o han dirigido los partidos comunistas tienen relación con la democracia. La participación popular debería ser, según el pensador colombiano, directa en todos los organismos oficiales. El poder estaría, no en el partido, sino en la asamblea nacional:

La asamblea nacional popular es la encarnación misma del Estado y de ella se desprenden los órganos fundamentales de operación: el de gobierno, el de planificación, el de control y el de justicia. Esta estructura supone el funcionamiento real de las tres formas integradas de la organización democrática: la democracia económica, la democracia política y la democracia social43.

El sistema de asambleas funcionaría, en la propuesta de García, a todos los niveles: el nacional que articula los otros, el regional, organizado de acuerdo con las condiciones ecológicas de la nación colombiana, el departamental y el local o municipal. El fundamento de la democracia estaría en las asambleas departamentales, que tendrían representación política, de las organizaciones de base y las organizaciones partidarias, y la representación económica, de las empresas.

En síntesis, las estrategias de García conducen al desarrollo de América Latina, tendiente a lograr una región moderna, democrática e independiente que, en última instancia pueda superar las relaciones capitalista de producción y avanzar hacia el socialismo. No establece una ruptura abrupta entre el desarrollo independizador y el socialismo, sino que lo primero conduce a lo segundo, sin solución de continuidad. En el capítulo siguiente veremos los planteamientos de García que, a mi modo de ver, mantienen su vigencia en la actualidad.


1 GARCÍA, Antonio. De la Rebelión a la Organización de los Pueblos Débiles, Humanismo y Sociedad Ltda., Bogotá, 1995, p. 63.
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2 GARCÍA, Antonio. Planificación Municipal, Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Bogotá, 1988, p. 13-14.
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3 Idem. p. 25.
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4 Idem. p. 23.
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5 Cfr. Idem. P. 24.
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6 GARCIA, Antonio. Sociología de la Reforma Agraria en América Latina, Cruz del Sur, Bogotá, 1973, p. 14.
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7 Idem. P. 23
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8 Idem. P. 24
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9 Idem. P. 24
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10 Idem. P. 25
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11 GARCIA, Antonio. Modelos Operacionales de Reforma Agraria y Desarrollo Rural en América Latina, IICA, San José, 1985, p. 70
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12 GARCIA, Antonio. Sociología ... P. 17
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13 idem. P. 19
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14 Idem. P. 19
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15 GARCIA, Antonio. Modelos Operacionales ..., p. 95
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16 Idem. P. 98
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17 GARCIA, Antonio. Sociología ... P. 23
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18 Idem. 30
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19 Idem. P. 32
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20 Idem. P. 34
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21 Idem. P. 34
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22 Idem. P. 35
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23 Idem. P. 36
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24 Idem. P. 36
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25 GARCIA, Antonio. Modelos Operacionales ..., p. 112
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26 Idem. p. 123
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27 Idem. p. 155
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28 GARCIA, Antonio. Cooperación Agraria y Estrategias de Desarrollo, Siglo veintiuno, México D.F., 1980, p. 130
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29 idem. P. 147
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30 Idem. P. 156
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31 GARCIA, Antonio. La crisis de la Universidad, Plaza & Janés, Bogotá, 1985, p. 37
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32 Idem. P. 54
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33 Idem. P. 65
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34 Idem. P. 98-99
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35 Idem. P. 32
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36 Idem. P. 145
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37 GARCÍA, Antonio. Cooperación Agraria y Estrategias..., p. 126-127
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38 GARCÍA, Antonio. Una Vía Socialista para Colombia, Ediciones Cruz del Sur, Bogotá, 1977 P. 31
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39 Idem. p. 40
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40 Idem., p. 46-47.
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41 Idem. p. 45
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42 Idem. p. 49
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43 Idem. p. 71.
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