Rebelión contra el centralismo

 

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Alfonso Klauer

Adopción por referéndum e implementación progresiva

Una decisión tan trascendental como la que se propone no puede ser adoptada por el Poder Ejecutivo. Pero tampoco debe ser adoptada por el Congreso, ni siquiera bajo los procedimientos tradicionalmente previstos para modificación de la Constitución. Deberá ser estudiada, debatida y, a la postre, y sin intermediaciones de ningún género, acordada por todos los peruanos.

La decisión, pues, tendrá que acordarse en referéndum. Y aún cuando la participación en éste debe ser voluntaria, la decisión deberá contar con el voto aprobatorio de la mayoría absoluta de cuantos intervengan en el sufragio. El proceso, muy probablemente, será lento y hasta escabroso. Puede incluso tomarnos años. Pocos o muchos, no importa.

Pero algún día debemos comenzar a debatir la idea. Y algún día debemos adoptar esa decisión. Mas ojalá que, como viene ocurriendo en casi todas las cosas de nuestra historia, no sea a la hora undécima, a la zaga del resto de los países.

El debate y la acción esclarecedora –pacientes, sin precipitaciones y premunidos de gran tolerancia–, permitirán que lo que hoy puede resultarnos difícil de procesar y asimilar, mañana nos resulte tolerable y, llegado momento, aceptable. Del mismo modo que, por ejemplo, tras arduos años de lucha y debate, un día resultó consensual la idea de la independencia, y en otro la de abolir la esclavitud. Fueron opciones que, recordémoslo, incluso en los años previos a su adopción, resultaban inimaginables.

Todos debemos entender sin embargo que, de aprobarse la propuesta que resulte sometida a referéndum, recién a partir de allí se iniciaría el proceso de implementación de la nueva estrategia de defensa del Perú. En definitiva –postulamos–, debería ser un Plan Progresivo de adopción de una nueva estrategia de defensa lo que debería someterse a consideración de la ciudadanía. Entre tanto, las entidades correspondientes podrían ir preparando planes de aproximación a la propuesta.

Los aspectos más controversiales de la cuestión

La principal objeción que habrá de escuchar el país será, sin duda, que nuestros vecinos, Chile y Ecuador en particular, seguirían armándose. Y que, entonces, frente a esa realidad constituiría una irresponsabilidad quedarnos inermes y expuestos a la agresión.

Entre la postura tradicionalmente armamentista, en un extremo, y la propuesta del desarme absoluto y unilateral, en el otro, pueden encontrarse múltiples gradaciones. Una de ellas es, por ejemplo, la que acaba de plantear el presidente Toledo: un acuerdo regional de limitación de gastos militares y en particular de adquisición de armas ofensivas. Dicho planteamiento, sin embargo, por múltiples razones, además de difícil de negociar, es sólo una opción mediatizada. No es una solución.

Dicho acuerdo no impediría, por ejemplo, que el Perú gaste en el 2002 más de 200 millones de dólares en poner nuevamente en servicio su flota de aviones MIG–29, como viene reclamando la Fuerza Aérea peruana.

¿El desarme unilateral y absoluto nos expone a la agresión? Ése es, en verdad, el fondo de la cuestión. Ciertamente, de la forma como precisemos la pregunta dependerá la respuesta. Agregar “hoy” a la pregunta tiene implicancias fundamentales. Hace ciento veinticinco y hace sesenta años la misma interrogante tenía respuestas muy distintas a la que podemos dar hoy.

Sólo por el hecho incuestionable de que “el mundo ha cambiado muchísimo en todo este tiempo” es que nuestra respuesta, hoy, es necesariamente distinta. No sólo entre nosotros y nuestros vecinos, sino dentro de la comunidad americana, e incluso dentro de la comunidad mundial, las fronteras de nuestros países son realidades estables, por todos conocidas.

Internamente, además, nuestras sociedades, a pesar de cuantas deficiencias seamos capaces de percibir, son inmensamente más “democráticas” que antaño: hoy, por sí y ante sí, y a la sombra de oscuros intereses, ningún dictadorzuelo tiene capacidad de lanzar a su pueblo a una guerra internacional; y son amplios y complejos los conjuntos de personas, autoridades e instituciones que deben participar en la toma de una decisión de guerra. Y, en el supuesto negado de que nada de ello estuviera dándose en nuestros países, ¿cómo podría justificar el agresor, hoy, ante su propio pueblo y ante la comunidad internacional, la agresión a un país declarada y probadamente desmilitarizado? Por lo demás, la tan proclamada “globalización”, habida cuenta de las serias objeciones a que se hace acreedora, es, sin embargo, un hecho insoslayable e irreversible. Y tiene un flanco “democrático y pacifista” que tenemos obligación perentoria de explotar a nuestro favor. En efecto, la “globalización” también implica que la comunidad internacional, enterada como está, en tiempo real, de cuanto sucede en todos lados, es pues, más que nunca, co–responsable de cuanto ocurre en el planeta.

¿No es obvio que en el contexto de la globalización, y del irrecusable avance de la democratización, el mundo vería con enorme simpatía un gesto decidido –serio, probado y comprobado– de desarmamentismo en pro del desarrollo, más aún en el caso de un pueblo de tan larga historia y de tan postergadas realizaciones como el nuestro? Debemos ser capaces de apalancar en nuestro beneficio ese flanco de la globalización. Y debemos ser capaces de un gesto que convoque las simpatías decididas de la comunidad internacional.

Por lo demás, ¿cuál habría de ser la respuesta de nuestros vecinos, nuestros tradicionales y únicos “enemigos bélicos”? Dando por descontada su comprensión de la inviabilidad internacional de una agresión a un país declarada y probadamente desarmado, ¿querrán inútilmente seguirse desgastando económicamente y seguir postergando aún más su también legítimo y ansiado desarrollo económico? ¿No nos resulta obvio que sus propias poblaciones exigirán que se adopte una medida similar de desarme? ¿No sería nuestro desarme absoluto y unilateral, el gran catalizador y acelerador del tan ansiado y postergado desarme regional? Es, pues, muy probable que en un asunto tan trascendental como éste, nuestros pueblos decidan llegar a una solución genuina, antes que sus élites gubernamentales (que siempre negociarán medrosamente, y nunca del todo libres de las siempre actuantes presiones de oscuros intereses económico–armamentistas).

Está bien difundida la afirmación de que no pasa de ser un simplista y demagógica la propuesta de resolver los problemas del desarrollo y la pobreza mediante la reducción o eliminación del presupuesto militar. No, simplista y demagógico es pretender que nuestro país podrá solventar sus ingentes necesidades de recursos para el desarrollo, sosteniendo al propio tiempo un altamente significativo gasto militar.

Así, es mas bien simplista seguir proponiendo que se mantenga indefinidamente una fórmula que nunca ha dado resultados positivos a ningún país subdesarrollado. Fórmula que, por el contrario, es precisamente una de los grandes coadyuvantes emboscadas del atraso y la miseria. Es simplista mantener una estrategia inútil. Es simplista proponer seguir con la misma estrategia de antaño aún cuando los tiempos y las condiciones han cambiado. Nada de simplista tiene, en cambio, proponer una alternativa diferente y que nosotros nunca hemos aplicado. Pero que, no por simple coincidencia, viene dando singulares e indiscutibles éxitos a los escasos países del mundo que la vienen aplicando: Suiza, desde mucho tiempo atrás, y, en nuestra América, Costa Rica, que se atrevió a implementarla hace ya varias décadas.

El desarmamentismo absoluto y unilateral es, por cierto, y qué duda cabe, una opción que no está libre de riesgos. Al fin y al cabo, incluso convenientemente armados muchos pueblos han sido víctimas de agresión. Ella entonces también puede presentarse contra un pueblo desarmado. No es por poseer o no armas como se garantiza la paz. Bastante más eficaz resulta una política internacional sincera y francamente amistosa y pacifista. No sólo con los vecinos inmediatos. Sino también con los vecinos de nuestros vecinos. Y ciertamente con las grandes potencias del continente y de fuera de él.

Nuestra nueva política internacional, y nuestra nueva política de integración subregional y regional, que de ningún modo deberán ser las mismas que venimos llevando a cabo hoy, tendrán entonces la enorme responsabilidad de minimizar los riesgos.

Mas no puede soslayarse que a la política interna cabe igual o tanta responsabilidad. Harto se ha visto en la historia de cómo muchos pueblos han sido lanzados a la guerra para “resolver” contingencias que las élites gubernamentales no eran capaces de enfrentar adecuadamente. Muchas guerras han sido la grotesca y temeraria consecuencia de traiciones mayúsculas, diseñadas irresponsablemente por las élites gobernantes para actuar como “cortinas de humo” o como “válvulas de escape” de tensiones internas. E incluso, como bien deberíamos saber todos los peruanos, muchas guerras internacionales han sido incubadas y desatadas por decisiones de política económica interna en las que, no menos temeraria e irresponsablemente, se afecta directa y absurdamente grandes intereses foráneos.

De allí, por ejemplo, que nuestra nueva política de privatizaciones –que para lo que viene tiene también necesariamente que ser nueva— debe definirse en el contexto de una política general lo menos controversial y lo menos conflictiva posible. Salta así a la vista, por ejemplo, que, por lo menos para los grandes activos de que aún hoy se dispone (C.H. del Mantaro, SEDAPAL o puerto del Callao, para citar sólo tres), sólo debemos optar por las concesiones, e incluso por concursos internacionales de administración, no así por la transferencia perpetua de la propiedad.

Asumiendo como corresponde todas y cada una de las ventajas y restricciones señaladas, y como retribución al riesgo, dispondremos, para por fin dar inicio a nuestro desarrollo, de una suma que ninguna otra medida de política económica será nunca capaz de conseguir.

No obstante, mal haríamos en creer que con la “reingeniería” del presupuesto fiscal que a la postre se derivaría de un Acuerdo Nacional de Desarme, quedan resueltas, de un día para otro, nuestras carencias. No. Y menos todavía si, tras una decisión tan valiente, importante y trascendental, caemos en la irresponsabilidad de destinar a gasto improductivo el mayor porcentaje de los nuevos recursos disponibles.

Siendo que nuestras necesidades y carencias son gigantescas, el desarmamentismo será apenas la fuente de financiación del “inicio” de nuestro despegue. Aunque claro está, mal puede desconocerse que puede y debe cumplir un rol catapultador inigualable.

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